El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 16
- Inicio
- Todas las novelas
- El Peligroso Aroma de tu Piel
- Capítulo 16 - 16 Capítulo dieciséis
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
16: Capítulo dieciséis 16: Capítulo dieciséis —Quédate conmigo y sé mi pareja real, Elara.
Casi dos semanas aproximadamente habían pasado desde que conoció a Egon Schreitz en el bar donde ella trabajaba y gracias al incidente, se vio envuelta en aquel caos con Los Lobos de Viena, usando un pretexto estúpido de fingir ser su novia frente a uno de los criminales que estaba bajo las órdenes del Lobo de Hielo y así evitar su muerte.
Interactuaron muy poco, casi nada, porque en el operativo todo salió mal y Egon tuvo que estar inconsciente varios días y ahora permanecer en el hospital hasta que le dieran de alta.
Y de la nada había aparecido una chica rubia con aire prepotente que afirmó ser esposa de él.
Sin embargo, para rematar la demencia, Egon le acababa de decir que se quedara con él como su pareja real, sin máscaras ni mentiras.
Pero ¿cómo podía responder a esa propuesta, si no era cualquier hombre quien se lo estaba proponiendo?
Era el próximo capo de la mafia austriaca y significaba mantenerse a su lado siempre, sin importar las consecuencias y estar en peligro la mayor parte del tiempo.
Ella alzó la vista a él luego de haberla bajado para procesar lo que acababa de escuchar, sintiendo el desasosiego en su mirada mientras esperaba su respuesta.
Ella no respondió de inmediato y se tomó más del tiempo esperado.
Elara tenía la costumbre de pensar con el cuerpo antes que con la boca: los dedos tensos, los hombros rígidos, la respiración contenida como si el aire pudiera traicionarla.
Lo miró.
No al hombre de los rumores, no al heredero del miedo, no al Lobo que todos temían.
Lo miró a él: a Egon con el pulso herido, los ojos cansados, la voz todavía rota por la sangre y la fiebre.
—No me pidas algo que no puedes cuidar —murmuró al fin.
Él frunció apenas el ceño, no por enojo, sino por la forma en que esas palabras le entraron directo al pecho.
—Puedo —dijo—.
Y si no puedo… aprenderé.
Elara soltó una risa breve, sin humor.
—Tú no estás aprendiendo a amar, Egon.
Tú estás aprendiendo a mandar.
Y yo no quiero ser una orden más en tu lista.
Obedecí a tu exigencia de aparentar ser novios para salvar mi vida porque fue lo más sensato en ese momento.
Él se incorporó un poco, ignorando el dolor que le cruzó la herida.
—No te estoy ordenando nada.
Te lo estoy pidiendo.
—Sus ojos eran un incendio contenido—.
No me sirves como excusa.
No me sirves como pantalla.
Te quiero aquí porque cuando estuviste a mi lado… sobreviví; y porque, aunque pudiste haber encontrado la manera de huir, no lo hiciste.
Eso la desarmó.
No por lo grandioso, sino por lo simple.
Ella se levantó y caminó unos pasos dentro de la habitación, como si necesitara espacio para que el corazón no se le saliera por la garganta.
—Si me quedo —dijo sin mirarlo—, no voy a fingir.
No voy a sonreírle a tus enemigos ni jugar a la mujer fuerte cuando tenga miedo.
Si me quedo… va a ser real.
Y lo real duele y sabes que puede ser más peligroso y riesgoso tanto para ti como para mí.
—Entonces quédate —respondió—.
Yo ya vivo con dolor y peligro constante.
Elara se volvió hacia él.
Lo vio vulnerable, terco, herido… y aun así peligroso.
Y entendió que no le estaba pidiendo que lo salvara.
Le estaba pidiendo que caminara a su lado mientras todo ardía.
—No te prometo para siempre, Egon—susurró—.
Pero te prometo verdad que lo voy a intentar.
Egon asintió lentamente.
—Con eso me basta para empezar.
—Y una cosa más, Egon—, se rascó una ceja, indecisa y algo avergonzada—.
¿Yo te gusto?
—Acércate.
Ella dudó, pero finalmente accedió y volvió a sentarse junto a él, con cierto rubor en las mejillas, notando la expresión de él, seria y determinada.
Egon no se rió.
No bromeó.
No esquivó la pregunta como hacen los hombres que no quieren hacerse cargo de lo que sienten.
La miró de frente, serio, quieto, como si esa pregunta fuera más peligrosa que cualquier arma.
—Sí —dijo—.
Me gustas.
Así, sin vueltas.
Ella tragó saliva.
—No como se dice por decirlo —continuó—.
Me gustas porque no me miras como me miran los demás.
Porque no tiemblas por mi nombre, pero tampoco me tratas como si fuera nadie.
Me gustas porque cuando estás cerca no tengo que actuar y aunque has presenciado de lo que soy capaz de hacer, no huiste ni pediste ayuda.
Te quedaste.
Hizo una pausa breve.
—No estoy enamorado de ti.
No todavía.
No voy a mentirte con palabras grandes que no siento.
Pero sí me importas más de lo que debería importar alguien que conocí hace tan poco.
Se inclinó un poco hacia ella, sin tocarla.
—Y sí, me atraes físicamente como no tienes idea.
Me dan ganas de besarte hasta quedar sin aliento.
De cuidarte.
De ponerte detrás de mí cuando algo se pone feo.
No porque seas débil… sino porque quiero que sigas intacta un poco más que este mundo.
La miró con una calma peligrosa.
—Eso es lo que siento.
Ni menos.
Ni más.
Por alguna razón desconocida, Elara no podía responder con la rapidez que ella quería.
No porque no supiera qué decir… sino porque su cuerpo estaba yendo más rápido que su cabeza.
Sintió calor en la cara.
Un nudo raro en el pecho.
Y esa sensación incómoda de querer acercarse y alejarse al mismo tiempo.
—Tú hablas como si todo fuera fácil —murmuró—.
Como si yo no fuera una mesera con miedo y tú no fueras… todo lo que eres.
Él ladeó la cabeza.
—Nada de esto es fácil.
Ella respiró hondo.
—Me gustas —admitió—.
No sé bien por qué.
Tal vez porque no me tratas como basura.
Tal vez porque cuando me miras no siento que soy un error en tu mundo.
Incluso siento que soy… valioso—.
La última palabra pareció costarle mucho externarla.
Lo miró a los ojos.
—Pero tú no eres un tipo normal, Egon.
Estar contigo no es ir a tomar café y discutir por tonterías.
Es sangre, es gente armada, es miedo.
Y yo no sé si estoy hecha para eso.
Él bajó un poco la voz.
—Yo tampoco sé si estoy hecho para alguien como tú.
Silencio.
Solo el pitido lejano de las máquinas y el murmullo del hospital.
—Quédate —dijo él—.
No como promesa eterna.
No como condena.
Quédate hoy.
Mañana vemos.
Elara apretó los labios.
—Eso es trampa.
—Sí —aceptó—.
Pero es la única que sé jugar contigo.
Ella lo miró largo rato… y al final no dijo que sí.
Tampoco dijo que no.
Solo acercó la silla un poco más a la cama.
Y sintió la mano de Egon sobre la suya para apoyarla sobre su pecho otra vez, como si esa fuese la respuesta afirmativa que él estaba esperando.
Y sin pensarlo mucho, se llevó el dorso de su femenina mano a sus labios.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com