El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 17
- Inicio
- Todas las novelas
- El Peligroso Aroma de tu Piel
- Capítulo 17 - 17 Capítulo diecisiete
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
17: Capítulo diecisiete 17: Capítulo diecisiete Después de un rato, Hagen entró a la habitación junto con Jaques, escoltando a una enfermera y al doctor Weiss para revisar a Egon y suministrarle más medicamentos.
—¿Cuándo podré largarme de aquí?
—masculló Egon al doctor.
—Tienes que estar en observación unos tres o cinco días—respondió el doctor Weiss—, y para darte el alta segura tienes que pasar mínimo siete días internado aquí.
Para que el dolor sea moderado es en dos o tres semanas, para poder caminar hasta el tercer día con mucho cuidado y con ayuda de alguien más.
Y la herida cerrará externamente a los diez o catorce días y para recuperación funcional total, es de cuatro a seis semanas, siempre y cuando no hagas movimientos bruscos como pelear, correr, cargar peso o tener relaciones sexuales.
Lo último fue lo que empeoró el genio de Egon, haciendo reír a Hagen.
—Cállate—.
Espetó Egon, malhumorado, desviando la mirada de Elara, quien había sonreído ante la risa burlesca del rubio—.
¿Y no puedo contratar médicos y enfermeras privadas para que me curen en mi casa?
El doctor intercambió miradas con Elara, Jaques y Hagen, ya que eso significaba que él tenía que volver a estar prisionero para salvarle la vida a domicilio.
—Yo digo que esperemos unos días más—.
Opinó Elara—, eso ayudará a que la herida cicatrice mejor.
—La policía pronto se dará cuenta de que tenemos acorralado a todo el sector hospitalario.
No hemos dejado entrar ni salir a nadie desde que Egon ingresó—manifestó Hagen con preocupación—, sin mencionar que tuve que hacerme cargo de esa enfermera demente que intentó asesinarte, Elara.
—¿Qué?
—Egon volteó a verlo con los ojos entornados e hizo una mueca de dolor.
—Larga historia, pero no ocurrió nada que pueda preocuparte—, lo tranquilizó Elara.
—¿Qué pasó, Hagen?
—Egon ignoró el comentario de ella porque sabía que su mejor amigo le daría la respuesta que necesitaba.
Hagen tardó solo cinco minutos en contarle ese mal momento y finalmente, cuando llegó al término del relato, el Lobo de Hielo se estremeció con alivio.
—Por eso necesito salir de aquí cuanto antes—, dijo Egon—.
La policía pronto sospechará y será peor.
Ni siquiera sé cómo logré salir vivo del operativo.
—Fue gracias a Jaques—le informó Hagen, señalando al susodicho que yacía recargado en el umbral de la puerta.
—Me tuve que encargar de asesinar a varios pelotones de policías ineptos que habían rodeado la camioneta en la que estaba, joven Schreitz y aunque fue difícil, ya sabe que para nosotros cuando se trata de usted, nada es imposible.
—Gracias, Jaques, te debo más de una.
—El señor Schreitz sabe que usted quedó en buenas manos—dijo Jaques, aceptando el agradecimiento con modestia.
—Si mi padre se hubiera hecho cargo de recuperar la mercancía, no estaría yo en esta situación y habríamos tenido éxito.
—Espetó Egon, y Elara advirtió un dejo de decepción y recordó aquellas notas que había en el estudio de él, en donde plasmó que se sentía insuficiente para su padre—.
Y fue únicamente mi culpa por haber confiado en el maldito adicto de Jan para salvaguardar la carga… ¡Perdimos demasiado dinero y no me quiero imaginar qué va a pasar cuando los socios se enteren!
—¿Socios?
¿Te refieres a que esa mercancía no era simplemente para venderla por gramos en lugares clandestinos?
—preguntó Elara con inocencia.
El doctor Weiss y la enfermera continuaban ahí en la habitación, incluso ya habían terminado de revisarlo y de administrarle los medicamentos, y parecían muy interesados en la conversación, y Egon fue el que se percató de ello porque le hizo señas a Jaques con la barbilla para que los echara de ahí.
—Cuando necesitemos de su ayuda, volveremos a llamarlos—, les dijo Elara, suavizando el ambiente porque Jaques los agarró bruscamente y los encaminó a la puerta.
Tras cerrarse la puerta, Hagen se asomó por la ventana y Egon miró a Elara.
—Esa mercancía iba a ser distribuida por toda Viena con el fin de que los socios hicieran sus propios negocios, dándonos regalías a parte del pago principal por el contrabando y uno de los nuevos socios que quiso hacer su propio negocio es Emil—añadió Egon con la mandíbula apretada y Elara sintió que le faltaba el aire—.
A estas alturas ya debe estar al tanto de todo, él invirtió toda su capital en ello y no debe estar contento con lo que sucedió.
—¿Quieres decir que podría venir a buscarte y hacerte daño?
—A Elara se le erizó la piel por el terror y se arrepintió de haberse quitado un rato el abrigo.
Ese hombre era un demente y aunque Egon lo puso en su lugar por haberla tratado mal en el bar, ahora dudaba que pudiera detenerlo si todo su dinero invertido se había ido al carajo y tenía toda la razón en encolerizarse.
—Emil no ataca por enfrente—terció Hagen, sin despegar la vista de la ventana—.
Él ataca por detrás, pero no te preocupes, si intenta hacer algo en contra de nosotros, tenemos la autorización de darle un tiro de gracia, ¿verdad, Egon?
Egon puso los ojos en blanco y asintió.
—Sabes que sí.
Cualquiera que me traiciona y se pone en mi contra, mis hombres tienen mi bendición de meterles un tiro en la cabeza.
Elara se mordió el labio inferior, sopesando la idea de comentarle lo que se le acababa de ocurrir y como sintió la mirada imponente de Egon, no tuvo caso seguir pensándolo nada más.
Ella quería útil.
—Quiero tener mi propia arma para defenderme de ser necesario.
Para Hagen fue una enorme sorpresa, pero para Egon fue una grandiosa idea.
—Muy bien, eso me gusta.
La iniciativa—asintió—.
Hagen va a conseguirte una pequeña y discreta, te enseñará a usarla y después, cuando me recupere por completo, veré si eres capaz de dispararle a una persona sin que te tiemblen las manos.
Sus ojos grises se postraron en la mano izquierda de Elara en donde no había rastro del anillo que le había dado.
—¿Y el anillo?
—Lo he dejado en mi dormitorio—explicó con tranquilidad, ya que era cierto, se lo había quitado para poder estar con Egon en recuperación—, porque cuando estuve supervisándote en tu habitación, el doctor Weiss no quería que mis manos tuvieran algo que pudiera infectarte la herida.
Regresando me lo voy a poner de nuevo.
—Elara—la llamó Hagen ahogando un bostezo—.
¿No tienes hambre?
Yo sí y muero por comer una maldita hamburguesa.
—Sí, gracias por antojarme cuando sabes que solo puedo comer gelatina y agua—graznó Egon.
—Pronto podrás comerlo si llevas al pie de la letra tu recuperación—lo tranquilizó Elara.
—En todo caso lárguense a comer y vuelvan rápido porque estoy aburrido, los medicamentos aun no están surgiendo efecto—protestó el Lobo de Hielo con indignación.
Elara tomó su abrigo del respaldo de la silla y se lo puso sin dejar de mirarlo.
Egon fingía fastidio, pero ella ya le conocía ese gesto: cuando se sentía vulnerable, se volvía insoportable.
Era su manera de no mostrar miedo.
—No te tardes —murmuró él, más bajo, como si no quisiera que Hagen lo oyera—.
Este lugar me pone nervioso.
Ella se acercó a la camilla y, sin pedir permiso, apoyó la mano sobre su pecho, justo donde el vendaje subía y bajaba con su respiración.
—No voy a desaparecer en una hamburguesa, te lo prometo —dijo con una sonrisa suave—.
Vuelvo rápido.
Egon atrapó sus dedos antes de que los retirara.
—No es por eso —admitió, serio—.
Es porque cuando no estás aquí, todo se siente… más frágil.
Eso la desarmó.
No respondió.
Solo inclinó la cabeza y rozó su frente con la de él, despacio, como si ese gesto fuera un acuerdo silencioso.
Hagen carraspeó exageradamente.
—Bueno, Romeo, guarda un poco de drama para cuando salgas de aquí.
Vámonos, Elara, antes de que me coma hasta el florero del pasillo.
Ella se separó al fin, mirándolo una última vez.
—Descansa.
No hagas tonterías.
—No prometo nada —masculló él—, pero intentaré no arrancarme los puntos.
Cuando salieron al pasillo, Elara sintió cómo el aire cambiaba.
Ya no estaba la calma artificial de la habitación, sino esa tensión espesa que siempre acompañaba a los hombres de Egon, como si el peligro caminara con ellos, aunque nadie lo nombrara.
—¿De verdad quieres un arma?
—preguntó Hagen mientras avanzaban—.
No es un juego, Elara.
—Lo sé, hace unos días no bromeaba cuando te lo dije en aquel edificio de mala muerte—respondió sin titubear—.
Pero tampoco es un juego vivir cerca de ustedes.
Hagen la miró de reojo, serio por primera vez en mucho rato.
—Entonces más te vale aprender rápido.
Mientras caminaban hacia la salida, Elara no pudo evitar mirar atrás, hacia la puerta donde había dejado a Egon.
Y por primera vez desde que todo comenzó, entendió algo con claridad dolorosa: No estaba atrapada ahí por una mentira.
Estaba quedándose por una decisión.
Y no tenía ni la menor idea si eso le atrajese más problemas a su vida.
Después de ir a comer a un restaurante cercano, Hagen le pidió las llaves de su camioneta a su chófer para manejar él mismo y como a esas alturas, a los únicos que podía confiarles la vida era Egon, Jaques y Hagen, no lo cuestionó cuando en vez de dirigirse al hospital, se desvió a otra parte.
Estuvieron merodeando la ciudad durante veinte minutos hasta que él aparcó afuera de una tienda pequeña de artículos de pesca, muy extraña, que apenas se notaba entre los edificios y parecía que esa era la idea: Que únicamente los que sabían de ese lugar, entraran sin llamar la atención.
—¿Qué hacemos aquí?
—preguntó Elara, con curiosidad.
—Querías un arma para ti, ¿no?
Pues vamos a comprar algunas, ¿quieres venir o esperarme en la camioneta?
—Prefiero quedarme aquí, me siento más segura.
El chico rubio asintió y se deslizó fuera del vehículo, dejando las llaves puestas con la calefacción encendida.
A Elara ya no le quedó duda: Hagen Falk confiaba ciegamente en ella.
Esperó alrededor de media hora cuando él estuvo de regreso con una bolsa de cuero oscura colgada al hombro.
Con total tranquilidad se acercó a la camioneta y la abordó, colocando el botín en los asientos traseros.
—Bien, ¿quieres conocer el lugar de entrenamiento?
—le propuso.
—Espero que Egon no se moleste por estar tardando mucho.
—Créeme, es probable que en este momento se encuentre durmiendo por los medicamentos.
En todo caso, era cierto y además, no es que Egon pudiera hacer mucho estando en recuperación, así que accedió a acompañar al rubio, que condujo por unos minutos más hasta llegar a un edificio similar a donde había sido la reunión en donde ella presenció el castigo de Emil y el asesinato de otro hombre.
—Vamos—, le instó Hagen.
Abrochándose el abrigo, ella obedeció y bajó del vehículo.
—¿No vas a llevar lo que compraste?
—le susurró Elara al ver que la bolsa de cuero había quedado en los asientos.
—No, en el lugar donde estaremos hay armas y únicamente Egon, Jaques y yo, tenemos acceso ahí para entrenar o pasar el rato—le explicó.
Al entrar a ese lugar, el ambiente cambió.
Todo estaba abandonado, en ruinas y polvoriento.
Podía sentirse las vibras extrañas a su alrededor.
Y lo extraño es que había un elevador que era lo único que parecía funcionar porque no estaba deteriorado, señal de que Hagen tenía razón en decir que usaban aquel sitio para entretenerse de vez en cuando.
El elevador tardó una eternidad en llegar.
Elara sentía el peso de cada segundo como si alguien le hubiera colgado piedras en el pecho.
Cuando por fin se abrieron las puertas, entraron en silencio y el reflejo del espejo le devolvió una imagen que no reconocía del todo: ya no era solo la chica del bar, tenía los ojos más alertas, más oscuros, como si el miedo le hubiera enseñado a mirar distinto.
—No te asustes cuando dispare cerca de ti —le advirtió Hagen, rompiendo el silencio—.
Es parte del entrenamiento.
—No me asusto fácil —mintió ella.
El elevador se detuvo en el estacionamiento subterráneo.
El olor a gasolina y metal le recordó que la vida de Egon siempre olía a peligro, incluso en los lugares más comunes.
Echaron a andar sin decir nada más y el trayecto fue corto, pero pesado.
El sitio donde Hagen la llevó no era un campo de tiro elegante.
Era un almacén viejo, con paredes manchadas y luces frías que parpadeaban como si estuvieran cansadas de existir.
Sobre una mesa había varias armas: pequeñas, medianas, negras, plateadas.
Elara tragó saliva.
—Elige una —dijo Hagen—.
La que te haga sentir menos indefensa.
Ella pasó la mano por encima de ellas sin tocarlas, como si le quemaran.
Al final tomó una pequeña, ligera, casi discreta.
—Esta.
Hagen asintió.
—Buena elección.
Ahora, lo primero: no es un adorno.
No es un juguete.
Es una decisión—le informó con severidad.
En ese momento su tono divertido no estaba—, con la que decidirás el destino de la vida de las personas.
Con esta arma, tienes el poder de quitar o perdonar la existencia de quien tú desees, Elara, hasta de ti misma.
Le explicó cómo cargarla, cómo sostenerla, cómo no dispararse el pie por nerviosa.
A Elara le temblaban las manos al principio, pero poco a poco la respiración se le fue acomodando.
—Apunta —ordenó Hagen, señalando una silueta de metal al fondo.
Ella levantó el arma.
Sus brazos se sentían extraños, como si no fueran suyos.
Pensó en Egon, en la herida, en la sangre, en el miedo que sintió cuando creyó que no volvería a abrir los ojos.
Apretó el gatillo.
El disparo retumbó en todo el lugar y el eco le vibró en los huesos.
La bala dio cerca del centro.
Elara se quedó inmóvil, con el corazón desbocado.
—No bajaste el arma —notó Hagen—.
Eso es bueno.
No cerraste los ojos.
Eso es mejor y tampoco te moviste demasiado ante el retroceso.
Ella soltó el aire que estaba conteniendo.
—No me gustó —susurró—.
Pero tampoco me odié por hacerlo.
Hagen la miró con algo parecido al respeto.
—Eso significa que puedes sobrevivir aquí.
—¿Después podré aprender a usar las mismas armas que llevan los hombres de Egon?
Hagen alzó las cejas con sorpresa.
—¿Quieres usar rifles?
Porque esas armas son de largo alcance y debes tener mejor puntería que con una pistola o escopeta, ya que esas son de corto y medio alcance cuando tienes al enemigo muy cerca de ti.
—¿Y no hay otra arma más pequeña, pero que descargue muchas balas al mismo tiempo, pero que no sea de largo ni de corto alcance?
Hagen se quedó pensativo y después asintió, con un brillo malicioso en la mirada.
—Necesitas un subfusil de cincuenta a doscientos metros de alcance efectivo, ideal para emboscadas y combate cuerpo a cuerpo, y creo que sé cuál sería la indicada para ti.
Dame un momento—, dijo, eufórico.
Se acercó a unas cajas al fondo del recinto en donde rebuscó unos minutos hasta que encontró lo que buscaba y se acercó a ella con una sonrisa lobuna.
—Esta belleza que ves aquí, es una hermosa UZI—le depositó el arma en las manos.
Elara sostuvo la Uzi como si fuera una extensión nueva de su cuerpo, algo ajeno todavía, pero ya peligroso.
El metal frío le mordió las palmas y el peso exacto le bajó un poco los hombros, obligándola a enderezarse.
No era un arma elegante: era compacta, tosca, directa.
Como una amenaza que no necesita explicarse.
Sus dedos rodearon la empuñadura con torpeza primero, luego con decisión.
El gatillo era más sensible de lo que esperaba; lo sintió vivo, tenso, como si también estuviera esperando algo.
El cargador sobresalía recto, orgulloso, y ella pensó que parecía una columna vertebral: rígida, lista para sostener la furia.
La Uzi no prometía precisión perfecta ni disparos poéticos.
Prometía cercanía.
Prometía ruido.
Prometía que, si alguien se atrevía a cruzar esa distancia corta entre ella y el peligro, no habría tiempo para arrepentirse.
Hagen apoyó la espalda en la pared mientras la miraba como Elara contemplaba el arma y señaló la Uzi con la barbilla, sin tocarla.
—Es de corto alcance —dijo—.
No es para jugar a los francotiradores.
Es lo que necesitas.
Elara lo miró, atenta.
—Dispara rápido, muy rápido.
No apunta bonito, apunta brutal.
Sirve cuando el enemigo está cerca… demasiado cerca como para hacerte daño.
Le indicó el cargador —Muchas balas en poco tiempo.
Eso te da margen para fallar sin morirte por ello.
Luego levantó dos dedos.
—Pero ojo: se vacía igual de rápido.
Si disparas sin pensar, te quedas muda en medio del infierno.
La miró a los ojos.
—La Uzi no es paciencia.
Es determinación.
Si la levantas con el fin de usarla, es porque ya elegiste no retroceder.
Elara bajó la mirada un segundo, respiró hondo, y cuando volvió a alzar el arma ya no temblaba.
La Uzi no era su amiga.
Era su decisión tomada en metal.
Y ella estaba lista para sostenerla.
Cuando regresaron al hospital, ya era de noche.
Elara caminó rápido por el pasillo, con la sensación de que algo había cambiado dentro de ella.
Al entrar a la habitación, encontró a Egon despierto, mirando al techo como si estuviera peleando con sus propios pensamientos.
—¿Me extrañaste?
—preguntó ella, suave.
Él giró la cabeza hacia ella y en sus ojos grises hubo un alivio que no intentó esconder.
—Más de lo que debería.
Elara se acercó y se sentó a su lado, apoyando la mano sobre la suya.
—Ya no soy la misma que salió de aquí hace unas horas.
—Yo tampoco soy el mismo desde que entraste a mi vida —murmuró él.
—Y yo estoy muriéndome de ganas de tener un polvo bien sucio con alguna chica, nos vemos más tarde—interrumpió Hagen, guiñándoles el ojo a ambos y marchándose de la habitación.
Egon rodó los ojos, acostumbrado y Elara suspiró, sin dejar de observarlo.
Y aunque ninguno lo dijo en voz alta, los dos supieron que ya no había marcha atrás.
No era amor todavía.
Era algo más peligroso: el inicio de una lealtad que podía costarles todo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com