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El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 18

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18: Capítulo dieciocho 18: Capítulo dieciocho Cuando Egon cumplió los siete días exactos en el hospital, el doctor Weiss le informó que podía marcharse a casa, siempre y cuando tuvieran los cuidados necesarios para una pronta mejora que sería casi absoluta hasta después de un mes.

—Usted vendrá con nosotros—, agregó Hagen con una sonrisa.

El doctor frunció el ceño y retrocedió.

—Mi trabajo con este muchacho ha terminado, yo no… —balbuceó.

Egon Schreitz se hallaba sentado en la camilla con la mano apoyada sobre la de Elara, listo para largarse.

Entre Hagen y Jaques lo habían vestido con ropa cómoda y abrigadora.

—Le voy a pagar lo que gana en seis meses por cada semana que usted me cuide en mi casa, doctor Weiss—le ofreció Egon con voz trémula—.

Ahora se ha convertido en mi médico de confianza y de ninguna manera lo voy a dejar ir de mi vida.

Elara se aguantó las ganas de echarse a reír porque no era una amenaza como tal, pero tampoco una propuesta.

Era un orden y el doctor seguía pálido como la nieve mientras lo escuchaba.

—Doctor Weiss, voy a estar con usted, no estará solo con él—se apresuró a decir Elara para apaciguar el pobre corazón de ese hombre.

Egon gruñó y miró a Jaques, quien se acercó inmediatamente.

—Mientras el doctor se prepara para irse con nosotros, reparte lo que te encargué con todo el personal del hospital y los familiares de los pacientes que quedaron aquí desde que yo ingresé—.

Le ordenó con sequedad y afianzó su mano con la de Elara y su mirada se desvió a Hagen—.

Ve a decirles a todos que ya nos vamos y preparen mi camioneta.

Jaques y Hagen salieron rápidamente a cumplir con las órdenes, dejando solamente al doctor con ellos, quien ni siquiera pidió permiso para salir también, simplemente corrió hacia la puerta y los dejó a solas.

Era obvio que estaba aterrado con la idea de tener que permanecer cautivo en la casa de un mafioso cuidando de su salud.

—¿Cuál es su problema?

—bramó.

—Si quieres que el doctor Weiss acepte de buena gana ir a cuidarte las semanas restantes de tu recuperación, debes pedírselo por favor y prometerle que no le vas a volar los sesos si te llegas a enfadar, Egon—.

Le aconsejó Elara.

—Hasta el momento no lo he tratado mal, sino todo lo contrario—la miró con extrañeza.

—Lo sé, pero recuerda que cuando te llevaron a tu casa luego del incidente con el operativo, no tengo idea de como fue que Jaques consiguió raptar al doctor y llevarlo a punta de pistola para que te revisara—, le explicó—.

Y aunque no lo creas, a las personas que no estamos acostumbrados a este estilo de vida, nos aterra morir por un capricho.

Egon, que se había mantenido mirando a la nada en todo ese momento, volteó a verla con el ceño fruncido y cómo ella yacía con la vista puesta en la puerta, él estiró la mano, la tomó de la barbilla y le hizo mirarla.

—Tú no eres un capricho mío—, le recordó.

Ella sonrió a medias.

—Tranquilo, ya he entendido que has cambiado de opinión y por eso Hagen me ha estado entrenando una hora al día para saber usar mi subfusil—añadió con orgullo y Egon Schreitz arqueó una ceja, muy interesado.

Sus ojos grises se dilataron.

—Subfusil, eh, pensé que habrías querido un arma menos escandalosa como un revólver, tal como me gusta a mí—.

Ladeó la cabeza, sonriéndole de forma maliciosa—, y dime, trouble, ¿cuál fue tu arma destinada?

—La mejor de todas—Elara enderezó la espalda y le guiñó el ojo—.

La Uzi.

—Vaya—, asintió él, ensanchando más la sonrisa y liberando su barbilla para luego despeinarla como si se tratara de una niña pequeña—.

A mí me costó mucho dominarla por el retroceso, pero estoy seguro de que lo harás mejor que yo.

Escucharon algunos pasos en el pasillo y Elara suspiró.

—Hazme ese favor, ¿sí?

Egon la miró con perplejidad.

—Sé amable con el doctor Weiss y pídele de forma amable que te acompañe en tu recuperación las próximas semanas.

Él no merece estar con miedo todo el rato, por más que le pagues mucho dinero.

El Lobo de Hielo hizo una mueca y se quedó pensativo.

—Es la primera vez que alguien se atreve a convencerme de desistir de una decisión que ya he tomado—.

Dijo con seriedad, pero sus ojos delataban diversión, señal de que estaba bromeando.

—¿Entonces lo harás?

—Elara juntó ambas manos en posición de oración, casi suplicante.

—¿Qué ganaré yo si accedo?

Todo tiene un precio, trouble—.

Su voz era baja, trémula y seductora; y su mirada intensa, salvaje y al mismo tiempo oscura.

Ella se puso nerviosa al percibir el doble filo de sus palabras, pero ya no temía en que Egon Schreitz le hiciera daño físico ni psicológico, sino que lograra enamorarla y después se deshiciera de ella o la ignorara como hizo con su supuesta esposa, Viktoria Richter.

Había dos cosas que Elara deseaba saber con desesperación: La primera: ¿Por qué Egon tenía una carpeta con información suya en su estudio?

Y segunda: ¿Cómo fue que se casó con Viktoria Richter y dejaron que ese matrimonio se fuera al carajo?

Parpadeó, volviendo a la realidad cuando Egon se aclaró la garganta y ella humedeció sus labios.

—Escucho tus términos y condiciones.

—Muy bien, eso me gusta.

Lo vamos a discutir en casa—le guiñó el ojo.

Y en cuanto el doctor Weiss, Jaques y Hagen regresaron a la habitación, Elara quiso grabar la reacción de los tres al momento de escuchar a Egon pedirle de manera educada y amable al doctor que lo cuidara hasta quedar completamente bien, jurándole, no prometiéndole, que no le tocaría ni un solo cabello y estaría a salvo todo el tiempo que estuviera en su casa.

Incluso Jaques tuvo que acercarse a Egon para comprobar si no tenía fiebre y Hagen se rascó el cuero cabelludo, incapaz de creer lo que estaba presenciando.

—¿Está seguro de que se encuentra bien, joven Schreitz?

—insistió Jaques, sacando de quicio a Egon, quien, con una sola mirada, le hizo cerrar la boca y continuar el trayecto hasta la camioneta que estaba en el primer piso.

Lo llevaban en una silla de ruedas y tanto Elara como Hagen iban a sus costados; Jaques atrás y el doctor Weiss liderando.

Afuera había comenzado a nevar tenuemente y el frío provocó que se les helara el cuerpo.

Egon gruñó, agarrándose el abdomen porque la herida estaba recibiendo demasiado frío como para soportar el dolor y enseguida cuatro hombres abrieron la camioneta y lo cargaron fácilmente, siendo cuidadosos de no lastimarlo.

—Elara, tú vienes conmigo—.

Ordenó Egon en cuanto estuvo en el interior de los asientos traseros.

Ella obedeció y le abrieron paso para deslizarse a su lado, mientras que Jaques, Hagen y el doctor Weiss se iban en otra camioneta.

Elara se acurrucó a su lado durante todo el trayecto.

La casa dejó de verse tan triste y miserable porque el dueño por fin había vuelto; acompañado de un doctor que iba a cuidarlo como jamás había cuidado a un paciente.

—Por fin podré comer comida de verdad—dijo Egon, animado, dejándose caer en el sofá con ayuda de Hagen y Elara.

—De hecho, no—.

El doctor Weiss le cortó las alas inmediatamente y Egon frunció el ceño.

—¿Qué?

Elara negó con la cabeza, ocultando una sonrisa y el doctor se acercó a ella en busca de ayuda.

—¿Acaso piensas que con sólo darte de alta se acabó todo?

Pues no.

Tienes que llevar una dieta estricta para que no hagas esfuerzo al ir evacuar y evitar que los puntos se abran—.

Tradujo ella.

Para Egon fue un completo infierno tener que acoplarse a esas indicaciones, pero para Elara y Hagen fue lo contrario.

Durante las siguientes semanas que restaron, el rubio fue su mano derecha en todo, incluso para ir de compras y para preparar la comida especial de Egon y adaptarse a él para no hacerlo sentir peor.

Aunque en ocasiones, cuando se sentaban a ver películas en la sala, Hagen tuvo el descaro de preparar palomitas de maíz y llevarle un plato de verduras a Egon para que tuviera algo que picar mientras miraban películas, haciéndolo enfadar.

—Muy gracioso, imbécil—le espetó Egon, mirando con desprecio las verduras al vapor y algunas crudas dentro del cuenco de cristal.

Y la siguiente vez, Hagen decidió ser menos bromista y le colocó un poco de aderezo de ranch, siendo solidario, haciendo reír a Elara e incluso al doctor Weiss, porque habían comprado alitas para cenar y únicamente a Egon le tocó comer las verduras.

—Ya casi falta poco para que puedas comer lo que quieras, pero siempre y cuando con moderación—le dijo el doctor cuando Egon le lanzó el plato de verduras a Hagen en la cabeza.

El rubio lo esquivó ágilmente y continuó comiendo sus alitas.

—Una semana más—susurró Elara en su hombro.

Y Egon se estremeció ante la calidez de su aliento y se inclinó a ella.

—Hasta entonces, sabrás mis términos y condiciones de haberle pedido gentilmente ayuda al doctor Weiss—le dijo al oído, haciendo que la piel de Elara se erizara ante su cercanía.

Ella también planeaba confrontarlo sobre la carpeta con su nombre y su querida esposa La tranquilidad tenía que acabar, tarde o temprano.

Y ya había pasado más de un mes de estar comprometida hasta las cejas en ese mundo y tenía que saber algunas cosas antes de querer seguir con eso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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