Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 19

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El Peligroso Aroma de tu Piel
  4. Capítulo 19 - 19 Capítulo diecinueve
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

19: Capítulo diecinueve 19: Capítulo diecinueve Diez años atrás… Estaba a mitad del invierno más gélido jamás antes visto en Viena, pero a él no le importaba.

Él solo quería que su padre se diera cuenta de su valía y era la última oportunidad que tenía para demostrarlo antes de que eligiera a otro chico para que ocupara su lugar y se arrepintiera por el resto de su miserable vida.

Su madre había sido asesinada la semana pasada gracias a que él no pudo defender la casa cuando su padre y el resto de sus hombres se hallaban de operativo, viéndose como un completo inútil.

Asesinaron a los diez guardias que había dejado su padre para protegerlos y aun así, a Egon le fue difícil jalar el maldito gatillo y reventarle la cabeza al único asesino que había quedado vivo y los buscaba con mucha determinación porque aquello no había sido una casualidad.

El Hombre sin sombra había enviado a cinco sicarios por la cabeza de toda la familia Schreitz, que no era el capo de la mafia contraria a la que su padre pertenecía y que amenazaba con quedarse con su territorio a como diera lugar y ya había atacado de manera brutal.

—¡Por favor, no me hagas dispararte!

—.

Gritó un Egon Schreitz adolescente de quince años con la escopeta de dos cañones de su padre en sus manos temblorosas a mitad de la sala.

Había dejado a su madre asegurada en su dormitorio y se escuchaban los gritos de ella intentando abrir la puerta para proteger a su único hijo.

—Yo no vine aquí a hacer tratos con un mocoso—, respondió el asesino con el arma apuntando justo al corazón del chico sin ningún tipo de titubeo—.

Y si no te apartas, el que va a terminar reventándote los sesos, seré yo.

—No vas a tocar a mi madre—gruñó Egon, sollozando.

Era imposible que las lágrimas no dejaran de fluir por sus mejillas y tener la visión borrosa, pero no iba a permitir que le hicieran daño a su mamá.

En ese segundo comprendió que a la que habían llegado a matar era a ella, no a él, la cual sería para dejarle un mensaje a su padre y dejarlo traumado de por vida.

La sonrisa del asesino le heló la sangre a Egon, pero no retrocedió.

—Es un mensaje claro para tu padre, el gran Carnicero de Viena que pronto caerá ante mi jefe, y es una lástima que no estuvieras dentro del paquete porque ya te habría ejecutado, maldito puberto.

—Tu jefe y tú pueden irse a la mierda—siseó Egon y soltó otro sollozo.

Patético.

Aquello hizo sonreír más al desgraciado sicario, puesto que sabía que era tan solo un chico aterrorizado intentando salvar a su madre.

Esos segundos de angustia y silencio en el que ambos estaban enfrentados por sus armas, bastó para que la madre del adolescente lograra salir de la habitación y bajara corrieron a ver a su hijo.

—¡Egon!

—lo llamó su madre.

Egon se tensó y aferró la escopeta con más fuerza sin despegar la mirada de encima al asesino a cualquier movimiento en falso que pudiera hacer.

—¡No te acerques, mamá!

¡O van a dispararte!

—le gritó, histérico—.

Han venido por ti, no por mí.

Pero la advertencia no surtió efecto porque la mujer entró por la sala corriendo, volviéndose todo un caos y una locura, que dejó marcado al pequeño Lobo de Hielo que en aquel entonces solo tenía quince años.

En cuanto su madre entró por la puerta opuesta a donde Egon estaba, el asesino giró sobre sus talones y le disparó directo en el pecho, asesinándola al instante.

La sangre de su madre salpicó la alfombra y parte de los sillones al caer al suelo.

Las manos de Egon se movieron por sí solas y le descargó las dos únicas balas de la escopeta en la cabeza del tipo, haciéndola trizas.

Fue como si hubiera disparado a una sandía y los trozos grandes y diminutos se esparcieron por todas partes, pero a él no le importó.

Pasó pisando el cuerpo sin cabeza del asesino para ir a ver a su madre que yacía con los ojos abiertos y lágrimas deslizándose aún por sus mejillas, sin vida, y con un agujero en el pecho donde no paraba de emanar sangre caliente.

Tiró lejos la escopeta vacía y se aferró al cadáver de su madre con fuerza.

Le cerró los ojos para que pareciera que estaba durmiendo y lloró durante diez minutos como un niño pequeño y después gritó con histeria, destruyó la sala completa a patadas, golpes, lanzó todos los objetos de valor y delicados que su padre había comprado por capricho y se arrancó parte de su cabello por la locura que lo estaba invadiendo.

Su maldito padre ni siquiera se hallaba ahí para hacerse cargo de su mierda.

Esa noche se quedó al lado de su madre, aferrándose a ella como si su vida dependiera de ello y despertó de un salto cuando sintió la mano de alguien sobre su hombro.

En cuanto abrió los ojos, se puso a la defensiva y le propinó un golpe a esa persona justo en la cara.

—¡Cálmate, Egon, soy yo, carajo!

Era Hagen Falk, su mejor amigo de la escuela.

El chico rubio se agarró la mandíbula y sus ojos azules, que estaban entornados por todo lo que había ocurrido, no sabía qué decir.

—¿Qué haces aquí?

¿Quién te avisó?

—masculló Egon, limpiándose las lágrimas secas de las mejillas y mirando a su madre, que estaba helada.

—¿Te olvidas de que vivo a unas cuantas calles?

—inquirió el rubio, impactado—.

¿Quieres que llame a la policía?

—No.

Necesito llamar a mi padre porque esto fue un maldito mensaje para él de parte del Hombre sin Sombra que quiere apoderarse de nuestro territorio.

Se levantó del suelo y mecánicamente se acercó al teléfono que estaba debajo de varias cosas destrozadas en el suelo y le marcó a su padre.

Respondió a los tres intentos.

Egon, en la agonía que tuvo que pasar hasta quedarse dormido, se juró a sí mismo jamás volver a pasar por algo similar y mucho menos por su cobardía.

Odiaba a su padre más que nunca, pero tenía que darle la razón en algo: Ser cobarde era ser débil y gracias a esa debilidad, había dejado que asesinaran a su madre frente a sus ojos, y aunque al asesinar a ese hombre fue su primera vez, se detestó que fuese de esa manera.

—¿Qué pasó?

La voz de su padre le resultó vomitiva.

—El Hombre sin Sombra dejó un mensaje para ti, padre—habló sin emoción alguna, como si fuera un robot, pero sus ojos grises eran una tormenta de tristeza inexplicable.

—¿De qué demonios estás hablando?

Pásame a tu madre, Konstantin.

Egon apretó la mandíbula al escucharlo, cuyo segundo nombre odiaba porque solamente su padre lo usaba para regañarlo.

—Está muerta.

Ese es el mensaje—le respondió con odio y colgó.

Miró unos segundos el teléfono y con toda la cólera y furia que sentía en ese momento, lo estrelló en el suelo, haciéndolo añicos.

Hagen retrocedió, alarmado.

Egon Schreitz había dejado de ser aquel chico alegre, bromista y miedoso que conoció desde los diez años cuando se mudó a ese vecindario apartado de toda la ciudad de Viena, y el rubio no podía culpar su comportamiento; pero la asustaba verlo manchado de la sangre de su madre y con la mirada perdida.

Ese día fue el peor de toda la vida del hijo del gran Magnus Schreitz, mejor conocido como El Carnicero de Viena.

—Lo siento mucho—.

Fue lo único que pudo decirle Hagen.

—No lo sientas, la culpa fue mía—dijo Egon, riendo sin humor, preocupando más a su amigo.

—Claro que no.

Tú no tienes la culpa de nada.

Pero Egon negó con la cabeza sin dejar de sonreír demencialmente.

—Si no me hubiera dado tanto miedo dispararle en la cabeza a este maldito infeliz—replicó con asco, escupiendo el cadáver del asesino—, tal vez mi madre seguiría con vida.

De nada me sirvió haber matado por primera vez si eso implicó que me quedaría sin la única persona que me quería en este mundo.

Ni siquiera tengo hermanos, nada.

Los padres de Hagen Falk le habían prohibido hacerse amigo de Egon Schretiz desde que se mudaron a ese vecindario, pero jamás les hizo caso porque la amistad con él era completamente estimulante y divertida, y nunca había tenido problemas de ningún tipo por ser su amigo.

Y sabía que era momento de apoyarlo de alguna manera.

—Si tu padre no te quiere—comenzó a decir el rubio con severidad—, me tienes a mí.

Eres mi mejor amigo, Egon.

No necesitas que ese hombre te quiera—.

Y le colocó una mano sobre el hombro, haciendo que él volteara a verlo con los ojos llorosos—.

Yo seré tu hermano a partir de ahora.

Te seguiré adonde vayas sin protestar y si así lo deseas, seré tu mano derecha y cuidaré tu espalda para cuando heredes el lugar de tu padre.

Aquello era lo que Egon habría querido escuchar de su padre, pero se dio cuenta de que podía confiar más en una persona que no era de su sangre que en su propio progenitor.

—Y no te hagas el valiente frente a mí—siguió diciendo Hagen, llevándose la otra mano libre a su propio hombro—.

Aquí tienes este sitio, es tuyo y tienes permitido llorar todo lo que sea necesario y no tengas miedo.

Yo estoy contigo.

Si en el futuro tenemos que destruir a ese tal Hombre sin Sombra, te ayudaré.

Buscaremos su talón de Aquiles para hacerle pagar lo que te hizo—, susurró con los dientes apretados—.

Te lo juro.

Los ojos de Egon se cristalizaron y tragó saliva, aguantándose cada vez menos las lágrimas.

—Llora—.

Le ordenó su mejor amigo y lo abrazó con fuerza.

Egon se resistió un par de segundos antes de ceder.

Mientras caía lágrima tras lágrima, aquel adolescente de ojos grises se juró a sí mismo destruir al mayor enemigo de su padre y asesino de su madre, costase lo que costase, aunque eso implicase tener que vender su alma al diablo para conseguirlo.

Y si tenía que derramar más sangre para encontrar la manera de destruirlo, sin dudarlo lo haría.

Para cuando Magnus Schreitz volvió, justo al anochecer del tercer día, la casa siguió tal como había quedado después del asesinato, incluidos los dos cadáveres a mitad de la sala.

—¡Maldita sea, limpien todo este desastre!

—se quejó Magnus, tapándose la nariz con asco porque el olor de los cuerpos descomponiéndose era nauseabundo.

Sus hombres asintieron y empezaron a movilizarse.

—Encuentren a mi hijo también, no debe haber ido tan lejos—.

Ordenó, saliendo de la casa porque el vómito amenazaba con salir.

Pero en el segundo que puso un pie fuera de la casa, se encontró cara a cara con su hijo, que ya no era aquel tonto y estúpido que había dejado a cargo de la casa.

En su mirada grisácea ya no había inocencia y mucho menos miedo a nada.

Tenía la ropa manchada de sangre seca y parte de su cabello había sido arrancado.

Su rostro estaba sucio y tenía dos líneas limpias que iniciaban desde sus ojos hasta su barbilla.

Lágrimas secas.

—¿Qué crees que estás haciendo, Konstantin?

—se atrevió a ladrarle con severidad.

—Tal parece que la muerte de mi madre no te importó en lo absoluto, ¿verdad?

Porque lo único que te interesa es seguir regañándome por todo—, rompió a reír sin ningún tipo de gracia, sobresaltando a su padre, que lo miró con sorpresa.

—¡Claro que me importa tu madre!

—exclamó el hombre con el ceño fruncido.

—¿En serio?

—increpó Egon, burlándose—.

Porque la asesinaron, te llamé, te lo comuniqué, ¿y qué hiciste?

¡Viniste hasta tres días después!

Vaya, imagínate si no te hubiera importado, infeliz… Y sin previo aviso, Magnus Schreitz lo abofeteó.

El rostro de Egon viró hacia un costado con violencia, pero apenas y sintió el golpe.

Le dolía más el corazón que cualquier agresión física.

—Si eso te hace sentir mejor—dijo el chico, mirándolo con odio—sigue golpeándome, pero eso no hará que mi madre vuelva.

—Mañana mismo comenzarás tu entrenamiento—le espetó—.

Debí haber ignorado a tu madre sobre que eras muy joven aun, pero si yo ya te hubiera dado primicias del entrenamiento, la habrías salvado.

En cambio, sólo te hiciste más cobarde, incapaz de asesinar a nadie.

—¡Maté al asesino de mi madre!

—le gritó Egon, encolerizado.

Pero los ojos de su padre, idénticos a los suyos, pero más feroces, lo miraron con desprecio.

—Y fue después de que él la asesinara, así que no cuenta—siseó, iracundo—.

Debiste reventarle la maldita cabeza antes de que tocara a tu madre, no al revés, idiota.

Egon apretó los puños, sintiéndose más miserable.

Cada palabra que su padre le decía era como si navajas filosas se incrustaran más en su corazón, haciéndolo sangrar más y más.

Acababa de perder a su madre y en vez de tener el apoyo y consuelo de su padre, solo recibió desprecio y culpabilidad.

¿Cómo era posible que había encontrado apoyo emocional en su mejor amigo y no es su padre, sangre de su sangre?

Y a pesar de que Hagen le suplicó que no anduviera con la escopeta entre su ropa, hizo caso omiso y en aquel momento deseó tener la valentía de asesinar a su propio padre para librarse de él.

—Quieres probar si soy capaz de quitarle la vida a alguien, ¿no es así?

Necesitas comprobar si de verdad le reventé la cabeza a ese maldito—.

Casi le leyó el pensamiento con solo leer el lenguaje corporal de su padre.

El Carnicero de Viena enderezó más los hombros, mirándolo con desdén.

—Si me lo demuestras en este momento, te pediré disculpas y aceptaré que has heredado mi fuerza, astucia y valentía, y no el miedo, debilidad e idiotez de tu madre.

Egon apretó las mandíbulas al escucharlo hablar así de su mamá y agradeció haber encontrado más balas de la escopeta guardadas en la habitación de sus padres y cargar el arma por si en caso tenía que defenderse otra vez.

El chico movió ambos brazos para deslizar la escopeta que tenía escondida en su espalda, en medio de su ropa y la colocó entre sus manos, lista para usarla.

Su objetivo era el pecho de su padre.

—Te demostraría el valor que tengo ahora disparando directamente a tu cabeza, padre, pero no me serviría de nada porque estarías muerto cómo para verme—carraspeó con mal humor—, así que llama a uno de tus hombres y verás un espectáculo.

Magnus Schreitz esbozó una sonrisa fría y calculadora, llena de emoción demencial.

Y no hubo necesidad de llamar a nadie, porque justamente uno de los hombres en quien más confiaba su padre, salió a hablar con él.

Egon sonrió maliciosamente.

A ese idiota lo tenía entre ceja y ceja porque a menudo lo molestaba, diciéndole que era una pena que no hubiese heredado la sangre asesina de su padre y que no merecía siquiera pensar en ser su heredero.

Egon se giró con elegancia hacia el hombre y no dudó en tirar del gatillo.

El hombre entornó los ojos cuando sintió el impacto de la escopeta en su pecho, abriendo un enorme agujero en donde Egon logró ver a través de él como sus órganos vitales y huesos se esparcían en pequeños trozos por todas partes, manchando la blancura de la nieve.

La detonación de la escopeta había alertado a todas las personas porque enseguida se escuchó como se cerraron ventanas y puertas a su alrededor.

El occiso cayó al suelo con la cara enterrada en la nieve.

—No me hagas repetirlo contigo, padre—repuso Egon, mirándolo con el mismo desprecio que él—.

Ya no tengo nada que perder ahora.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo