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El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 2

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2: Capítulo Dos 2: Capítulo Dos —Ella está conmigo.

Es mi pareja.

Aquello tenía que ser una broma de mal gusto.

Pero el delicioso perfume de ese líder mafioso olía exquisito y por unos momentos ella estuvo callada, sin negarse ni afirmar nada.

Además, su cuerpo repleto de tatuajes y bien ejercitado la hizo quedar hipnotizada.

—No te creo, es imposible, tú estás… ——Escucha, Emil.

Una palabra más, un gesto más hacia ella… y te arranco las manos.

Después la cabeza.

Y la pondré en mi estudio como trofeo.

—Hubo un silencio sepulcral en el que Elara no sabía a donde mirar—.

Y sabes perfectamente que yo jamás miento ni voy por estúpidos rodeos.

El sujeto alzó las manos con las palmas a la vista en señal de haber comprendió el mensaje.

—Ahora lárgate, seguiremos esta conversación mañana—siseó Egon con calma peligrosa.

El hombre asintió y se marchó, pero no sin antes enviarle una mirada desdeñosa a Elara.

A pesar de que haber quedado solos y que el verdadero peligro se había ido, Elara no estaba a salvo todavía.

Observó como Egon Schreitz se ponía una camisa negra limpia tranquilamente y se acercaba al espejo de un mueble para peinarse el cabello que estaba secándose.

Ya no olía a licor, señal de que se había lavado el cabello y cambiado de ropa.

Elara aprovechó a que estuviera aparentemente distraído para ir lentamente hacia la puerta.

—Aun no he terminado contigo—dijo sin elevar la voz, pero lo suficiente para congelarle la sangre.

Ella se quedó de piedra al escucharlo hablar con una calma exasperante, reafirmando las palabras de Boris sobre él.

Dios.

—Quiero agradecerte lo que hiciste por mí, pero me tengo que ir a casa.

De pronto él dejó escapar una carcajada como si ella hubiera contado algún chiste.

Él rió.

No fue una risa alegre, sino una curva lenta y peligrosa en sus labios.

—De ninguna manera, Trouble, no irás a ninguna parte.

Elara, con las rodillas temblando, tragó saliva.

¿La había llamado “Trouble”?

Eso significaba “Problema” en inglés.

¿Y a qué se refería que no iba a ir a ningún lado por lo que pasó con ese animal?

—¿De qué hablas?

—preguntó con voz temblorosa, especialmente porque los ojos de él parecían querer ver más allá de ella con una mirada.

—Te metiste en un mundo que no entiendes —murmuró—.

Y ahora… me perteneces hasta nuevo aviso.

—¿Qué?

—cada palabra que él decía, ella sentía que la sangre iba abandonando cada vez más su rostro.

—Tienes que fingir ser mi novia o de lo contrario, van a asesinarte, así de simple—, se encogió de hombros—.

No debiste acercarte otra vez a nosotros, pero si quieres vivir, tendrás que aceptar el trato de ser mi pareja enfrente de ellos y actuar como tal.

—¿Por qué?

—se le quebró la voz.

—No creo que seas tan idiota como para no darte cuenta de que escuchaste cosas que no debías—, su mirada tranquila se encendió y cambió a la ironía oscura—.

Y te salvé el trasero porque nunca había visto a una mujer ser tan torpe y con tanta mala suerte como para caer en manos equivocadas.

—Lo siento.

—Murmuró, avergonzada.

—No lo sientas, solo obedece y no te va a pasar nada.

—Recuperó nuevamente esa voz hipnótica por un momento y volvió a verse al espejo una vez más—, bien, es hora de irnos.

—¿Qué ganas tú al ayudarme?

—se atrevió a preguntarle.

Si se había metido en eso hasta el cuello, al menos deseaba saber bien como estaba el asunto.

—Porque algo me dice que no eres el tipo de hombre que ayuda a los demás sin beneficiarse.

Los ojos grises de Egon emitieron un extraño brillo que Elara no supo descifrar y de repente se sintió más vulnerable que nunca.

—Lo vamos a discutir en mi casa, ahora es tiempo de irnos.

El Lobo de Hielo se acercó a ella con determinación y la agarró de la mano como si en serio fueran una pareja.

Elara no protestó y se dejó guiar por él, siendo consciente de que acababa de firmar su sentencia de muerte al involucrarse con la maldita mafia austriaca y todo gracias a su estúpida torpeza.

Al salir de esa habitación VIP, se encontraron con Boris, que se quedó boquiabierto al verla caminar de la mano de ese hombre.

Elara le envió una mirada desesperada, pero su jefe no podía hacer nada por ella, o al menos, no directamente.

—Pensé que ya te habías marchado, Elara—le dijo Boris con voz tranquila, pero se notaba la preocupación.

—Eh… —Boris—, sentención Egon con su típica calma, mirándolo con fijeza.

Le sacaba a Elara dos o más cabezas de altura y a Boris una.

—Ella ya no va a trabajar más en este lugar, ¿de acuerdo?

Si alguien pregunta por ella, di que renunció y no des explicaciones.

—¿Por qué ya no vendrá?

—quiso saber Boris.

—Porque lo he decidido yo—carraspeó Egon, perdiendo la paciencia.

—Ella es mi pareja y hará lo que yo quiera, ¿comprendes o te lo explico con mi revólver, Boris?

El jefe del bar asintió, tragando saliva y mirando a Elara con compasión, ya que no podía hacer nada por ella.

Egon tiró de su mano sin ser lo suficiente rudo, pero con fuerza para hacerle saber que ella ya no era dueña de su vida y había pasado a ser propiedad de él.

En el exterior, una camioneta negra los esperaba.

Los cristales parecían espejos porque no podía distinguirse nada por dentro y retrocedió cuando un hombre de traje y de rostro áspero bajó a abrir la puerta trasera.

—Sube primero.

—Le ordenó Egon con dureza.

Abrumada, obedeció.

Se deslizó al interior con cautela, sintiendo que se asfixiaba.

En cuanto él abordó el vehículo, ella optó por acercarse a la otra puerta y discretamente intentó abrirla.

—No me obligues a arrepentirme de mi decisión, Elara Moreau.

La calma que ves no es paz… es una jaula que me tomó años construir para contener lo que soy.

Y créeme… no quieres conocer lo que ocurre cuando decido abrirla.

—¿Por qué no solo me asesinas?

Es más fácil que cargar conmigo—musitó ella, con los ojos llorosos.

—Si quisiera asesinarte, trouble, ya no estarías respirando.

Pero no hago lo sencillo… y tú me intrigaste desde el momento en que me miraste con miedo.

No descarto lo que marco… y ahora llevas mi marca.

Vivir a mi lado puede ser un castigo mucho más pesado que morir… pero hasta que deje de interesarme, sigues con vida.

Elara sintió como su corazón se detenía por un segundo.

¿Acaso sería una víctima más?

¿La iba a torturar mientras decidía matarla?

¿Cómo sabía su nombre?

Ya ni siquiera eso importaba saber.

Ella era su nuevo maldito juguete.

—Tal vez para ti soy un interés pasajero… pero para mí esto es terror real.

No juegues conmigo si no piensas dejarme vivir.

—Inquirió, abatida.

—No juego con aquello que reclamo.

No eres un pasatiempo… eres una decisión.

Y en mi mundo, las decisiones no se abandonan.

Vives porque lo ordeno y quiero que así sea, ¿entiendes?

Y eso, Elara… es lo más cercano a la protección que alguien como yo puede darte.

—En serio—susurró Elara, con la voz rota pero firme—.

Si tu plan es asesinarme cuando tu interés en mí se acabe… entonces hazlo ahora mismo.

No voy a ser tu distracción mientras decides cuándo apretar el gatillo.

Lo miró con repugnancia, aun cuando su presencia irradiaba una belleza peligrosa, casi hipnótica.

Podía ser atractivo… pero su mente era un laberinto oscuro, y ella no iba a dejarse arrastrar por él.

Egon ladeó la cabeza con una calma inquietante.

—No me obligues a repetírtelo—gruñó con voz áspera—.

Y créeme… no quieres escuchar la segunda advertencia con mi revólver.

El clic metálico resonó dentro de la camioneta, seco, definitivo.

Los hombres que viajaban en los asientos delanteros se tensaron al instante.

No hablaron.

No respiraron.

Se preparaban para matar.

Y Elara lo supo.

Su respiración se aceleró y tragó saliva.

Nadie iba a saber cómo fue su muerte y en el mejor de los casos, nadie encontraría su cuerpo y esperaba que en serio no, porque sería un fuerte golpe en el corazón de su madre.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas mientras el vehículo seguía en movimiento y estaba rodeada de asesinos, especialmente del Lobo de Hielo que la miraba en la oscuridad con sus ojos grises, que parecían dos monedas de plata al acecho, como un verdadero lobo a punto de devorar a su presa.

Una inútil presa que entró a su guarida por decisión propia debido a su torpeza.

—No quiero que llores.

Nadie va a tocarte un solo pelo mientras estés conmigo y, si alguien se atreve a hacerlo, lo destrozaré y le enviaré su cabeza a su madre.

Así que cálmate—prometió con una calma peligrosa, casi divertida.

Sus palabras, lejos de consolarla, avivaron el fuego del miedo en el pecho de Elara.

El llanto se volvió más profundo, silencioso, como si cada sollozo intentara escapar de sus costillas sin permiso.

La oscuridad dentro del auto se sentía espesa, densa… hasta que una mano grande y tibia se cerró de pronto en torno a su barbilla.

Egon la obligó a alzar el rostro hacia él, acercándola más de lo que ella habría permitido si aún tuviera control sobre algo.

—He dicho que te calmes—gruñó con voz baja, esa clase de voz que parecía arrastrar la amenaza entre los dientes.

Sus dedos apretaron sus mejillas apenas un segundo… y luego, con un contraste desconcertante, la otra mano de Egon acarició su piel con suavidad.

Elara se estremeció cuando sus dedos ásperos le limpiaron las lágrimas con una delicadeza que no debería existir en alguien como él.

—No me gusta ver a las mujeres llorar.

La frase cayó entre ambos como una confesión oscura.

—¿Por qué?

—susurró entre sollozos, temblando… no sabía si por miedo o por la extraña calidez que se escondía bajo su brutalidad.

Por un instante, el silencio se apoderó del auto.

Afuera, la noche y la lluvia parecían contener el aliento.

Los escoltas no dijeron nada… pero estaban escuchando.

Siempre escuchaban.

Egon la observó con una intensidad que quemaba.

Y en esos ojos helados… había algo que no debería estar ahí.

Algo parecido a humanidad.

O a posesión.

Tal vez ambas.

—Porque cuando una mujer llora delante de mí… me recuerda que aún existe alguien que puede quebrarme… y no me gusta que nadie me recuerde que puedo perder.

No es solo tristeza, Trouble, odio la vulnerabilidad—respondió, dejando que su dedo limpio le rozara la mejilla—.

Que es igual a debilidad.

Y no soporto la debilidad delante de quien manda.

Luego inclinó apenas la cabeza, dejando que su aliento rozara su oído.

—Pero tú… tú no me recuerdas debilidad.

Me recuerdas un desafío.

Y los desafíos… me obsesionan.

—¿Soy tu nuevo juguete?

Egon inclinó el rostro un poco más cerca del suyo, olfateando su perfume, sintiendo cada reacción de su cuerpo tembloroso.

—Oh, no estoy interesado en juguetes —susurró con gravedad—.

Estoy interesado en problemas que valen la pena conservar.

Y tú… eres el problema más delicioso que he encontrado en años.

Y repentinamente, Elara sintió los labios húmedos de Egon Schreitz en su cuello, recibiéndolos como una descarga eléctrica en todo su cuerpo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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