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El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 20

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20: Capítulo veinte 20: Capítulo veinte —¡Egon!

¡Egon!

Elara estaba histérica, intentando despertarlo de lo que parecía ser una pesadilla.

Se habían quedado dormidos en el sofá y de repente él empezó a gritar en sueños frases extrañas, llamando a su madre o simplemente gritos sin coherencia.

Estaba sudando frío y alterado.

Y justamente esa noche Hagen y el doctor Weiss se habían marchado porque Egon ya estaba casi perfecto de salud y sus hombres yacían fuera montando guardia.

Ni siquiera Jaques estaba cerca como para que la ayudara a despertarlo sin que se hiciera daño.

—¡Despierta, Egon!

¡Es una pesadilla!

Aquella había sido la primera vez que habían “dormido” juntos, por así decirlos y en la sala, en un sitio para nada cómodo como los sillones y nunca pensó que él podría tener pesadillas o recuerdos que le afectaran demasiado.

Intentó zarandear su cuerpo, pero era como si estuviera en un trance y no quería que su herida se lastimara.

Desesperada, no halló otra opción más que llamar a Hagen.

El teléfono que Egon le había dado cuando se fue a aquel operativo tenía el número del rubio y sin pensarlo dos veces, le marcó.

—Uhmm… —respondió el rubio, adormilado.

—¡Hagen, soy yo, Elara!

—¿Qué ocurre?

—murmuró, presa del sueño.

—¿Egon suele tener pesadillas o algo mientras duerme?

De pronto se escuchó como Hagen se levantaba precipitadamente.

—Dime exactamente qué está pasando—.

Todo rastro de sueño desapareció, adoptando muchísima seriedad.

Mala señal.

—Nos quedamos dormidos en el sofá y de la nada comenzó a gritar sobre su mamá y a sudar frío, y por más que he intentado calmarlo y despertarlo, no funciona y temo que su herida se abra si hace algún movimiento brusco.

—Comprendo—.

Suspiró, contrariado—, ve a la cocina y moja con agua tibia un pañuelo y colócalo sobre su frente; eso lo va a calmar.

—Bien, no me cuelgues, espera.

Dejó el teléfono sobre la mesita junto al sofá donde Egon seguía sufriendo en la inconsciencia y corrió a humedecer un pañuelo limpio y volvió a coger el móvil, obedeciendo a Hagen al pie de la letra.

Le colocó el pañuelo sobre la frente y empezó a notar como la respiración de Egon se fue calmando hasta que también sus gritos se silenciaron, siendo reemplazados por sollozos.

—¿Qué es lo que le ocurre a Egon?

Dime la verdad, Hagen—.

Le exigió saber.

A Elara le partió el corazón verlo sollozar luego de ese ataque de pánico e histeria en medio de su sueño.

—Hay muchas cosas que es mejor que no sepas, Elara, al menos, por el momento—dijo Hagen con pesar.

—Cuando él tenga la suficiente confianza en ti, quizá logres hacer que se abra a ti; mientras tanto, solo te queda comprender que hay situaciones que no están en tus manos resolver desde la raíz.

—Pero me gustaría ayudarlo.

—Y ya lo haces, pero todavía no es el momento de que sepas los secretos de mi mejor amigo.

—¿Por qué no?

Decidí quedarme, aunque ya no sea necesario.

—Porque podrías llevarte una decepción.

Elara iba a replicar cuando Egon despertó.

Su respiración agitada y mirando a todas partes.

—Egon despertó, te llamo luego, Hagen, gracias.

Le colgó al rubio y se acercó a él con preocupación.

—¿Estás bien?

—le preguntó.

Él frunció el ceño cuando el pañuelo de su frente se deslizó hacia su cara y se lo quitó de encima.

Enseguida su expresión de ensombreció, probablemente comprendiendo lo que acababa de sucederle.

—Vámonos a dormir.

Eso fue todo lo que dijo antes de levantarse cuidadosamente del sofá y acercarse a la escalera sin voltear a verla siquiera.

Ella lo observó subir y en cuanto se cercioró de que llegó a su habitación, se fue a la suya también.

A la mañana siguiente, despertó antes que él para prepararle el desayuno nutritivo que el doctor Weiss le había recomendado y se sorprendió cuando llamaron a la puerta.

No podía ser Jaques porque tenía llaves exclusivas de la casa y los hombres de Egon ya hubieran irrumpido junto con Jaques si se tratasen de ellos.

Y tampoco podía ser la policía o enemigos de Egon Schreitz.

Se limpió las manos con un pañuelo de la cocina y se aproximó a abrir.

Al momento que abrió, la sangre abandonó su rostro y retrocedió, asustada.

No pudo ni bloquear la entrada porque Emil yacía dentro sin ninguna invitación.

Sus ojos malintencionados se postraron en ella.

—Vine a ver al joven Schreitz, dile que he venido—.

Le ordenó como si se tratara de una sirvienta.

Elara respiró hondo y recordó cuando Egon lo puso en su lugar y recuperó la confianza en sí misma.

—¿Cómo sigues de tu espalda, Emil?

Supongo que no quisieras tener otra marca, ¿no?

—se atrevió a desafiarlo.

Emil sonrió a regañadientes y se acomodó el saco con incomodidad, recordando con el cuerpo aquel suceso.

—No creas que porque te acuestas con él tienes algún tipo de poder, miserable mujerzuela—, expresó con asco, mirándola de arriba abajo—.

El joven Schreitz no siempre va a tener el poder, ya que pronto volverá su padre y él regresará a ser uno más del montón.

Cómo no estaba segura de que eso fuese real, se aventuró a fingir indiferencia y optó por intimidar.

—Puede que tengas razón, pero mientras tanto, Egon tiene la última palabra… Apenas había acabado de hablar cuando Emil se abalanzó sobre ella como un animal salvaje.

La agarró fuertemente del cuello y la arrastró hacia atrás hasta estamparle la espalda contra la pared, provocando que ahogara un grito que él mismo silenció con la otra mano.

¿En dónde estaban los demás hombres de Egon?

¿Jaques?

¿Hagen?

Si ese demente decidía asesinarla, lo podría hacer fácilmente y nadie se enteraría.

Le diría a Egon que escapó y no la buscaría porque, después de todo, no tenían una relación como tal.

Ni se habían dado un beso, nada.

—Yo no me creo el cuento de que seas su pareja—le espetó en la cara—.

Eres muy frágil e indefensa, además, por si no lo sabes, el joven Schreitz tiene esposa y ella es muy hermosa, y trae la sangre asesina en la sangre como todos nosotros.

—¡Suéltame!

—chilló Elara, pero él apretó más su cuello, haciendo que comenzara a asfixiarse.

Y sí, su plan era asesinarla.

Como pudo, elevó la rodilla hacia atrás y con todas sus fuerzas, arremetió hacia su entrepierna, provocando que la soltara y se agarrara su miembro con la cara desfigurada de dolor.

En ese tiempo, Elara aprovechó a echarse a correr al dormitorio de Egon, sintiendo como ese hombretón iba tras ella hecho un loco.

Giró el pomo de la puerta y entró gritando.

—¡Egon, auxilio!

Bastó solo que él escuchara a Elara gritar para que se levantara bruscamente.

Ella se lanzó sobre la cama para sentirse protegida por él en cuanto Emil tuvo la osadía de asomar la cabeza en el dormitorio, pero no contaba con que Egon solía dormir con su preciado revólver debajo de su almohada.

De inmediato rodeó a Elara con el brazo y con la mano libre, le apuntó a Emil en la frente sin temblarle la mano.

—Joven Schreitz—balbuceó Emil, dándose cuenta que había cometido el peor error de su vida.

—Elara, ¿qué pasó…?

Egon bajó la mirada a Elara y la vio con los ojos entornados, hiperventilando y en su precioso cuello había huellas rojas de… dedos a su alrededor.

Y lo entendió todo.

Ella ocultó su rostro en el pecho de Egon, sabiendo lo que podría ocurrir.

El primer disparo la sobresaltó y se negó a mirar, pero cuando sintió a Egon levantarse, comprendió que Emil había logrado escapar y él no iba a dejar que eso ocurriera.

Lo observó acercarse a un botón cerca de una estatuilla de mármol y lo presionó.

—No dejen que Emil escape.

Atrápenlo y tráiganmelo ante mí—.

Ordenó fríamente.

Sus ojos grises parecían arder de coraje y en cuanto se cruzó con la mirada de ella, se suavizó.

Se guardó el arma en el pantalón del pijama y se acercó.

—Te hizo daño, ¿verdad?

—apretó las mandíbulas, alzándole delicadamente la cabeza para examinar el cuello.

Ella estaba al borde de las lágrimas y asintió.

Cerró los ojos para que esas lágrimas no escaparan, pero los abrió nuevamente al sentir los labios de Egon sobre esas marcas, dándole un suave beso en el cuello como cuando se conocieron en el bar, solo que esta vez no sintió que ese gesto fuese incitado en lo sexual, sino en algo más íntimo y tierno.

Elara lo miró sin entender.

—Hoy voy a hacerme cargo de Emil—le prometió.

—¿Te refieres que vas a…?

—Sí, trouble, voy a hacer lo que debí haber hecho desde que tomé el mando de manera temporal.

Ese idiota no merece ser parte de nuestra organización—manifestó su desagrado—.

Es el lamehuevos de mi padre y su favorito, por eso me odia porque desearía ser hijo suyo.

De repente, unos gritos y forcejeos se escucharon en la planta baja, asustando a Elara.

—¿Quieres ver cómo acabo con su miserable vida o prefieres esperar aquí?

Y una idea extremadamente loca atravesó la cabeza de Elara.

—¿Y si soy yo quien haga ese trabajo sucio?

—preguntó tímidamente.

La mirada de Egon se iluminó de entusiasmo.

—Hazme sentir más orgulloso, trouble—le dijo, extendiendo su mano a ella.

La fémina aceptó su mano y él le entregó el revólver con una media sonrisa.

El anillo que Egon le había obsequiado brillo bajó la luz del sol mañanero mientras sostenía el arma con la cual le daría fin a la miserable vida de Emil, uno de los secuaces menos importantes de Los Lobos de Viena.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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