El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 21
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21: Capítulo veintiuno 21: Capítulo veintiuno Afuera de la habitación, la voz colérica de Jaques era la que más predominaba.
Estaba furioso.
Egon y Elara se acercaron a ponerle fin a la vida de Emil.
—Le pido una disculpa sincera, joven Schreitz, pero le juro que nadie pensó que Emil había entrado a atacar a la señorita Moreau y mucho menos que intentara asesinarla—.
La furia en las palabras de Jaques era tan palpable que no tranquilo con eso, le dio tres patadas en el estómago a Emil, haciendo que se retorciera de dolor en el suelo.
—Llévenlo al sótano.
Jaques asintió y entre tres hombres sujetaron a Emil para que con sus propios pies bajara a su muerte.
—¿Tienes un sótano?
—inquirió Elara mientras bajaban la escalera.
—Jamás lo había usado porque en la vida imaginé que usaría mi casa para asesinar a alguien—se encogió de hombros—.
Supongo que siempre existe la primera vez.
La puerta del sótano estaba justamente del lado opuesto al estudio y muy cerca del dormitorio de ella.
Era curioso porque jamás imaginó que esa puerta común, fuese la del subsuelo.
Jaques la abrió y de un manotazo pidió a los tres hombres que soltaran a Emil para que él mismo le diera una patada y lo hiciera rodar por la escalera hasta el suelo del sótano.
A Elara no le gustó ver a ese hombre ser maltratado, pero se lo merecía porque había intentado asesinarla más de una vez.
Y como ella no era de mal corazón, le tuvo compasión, pero la decisión ya estaba tomada.
Egon, Jaques y Elara descendieron después, siendo escoltados por los otros tres hombres armados.
—¿Por qué me hacen esto?
¡Yo no hice nada!
—gimoteó Emil con el rostro empolvado, ya que había caído de cara hasta el fondo.
Tenía lastimado el labio y golpes por todas partes, tanto por la caída y por Jaques.
—Si el señor Schreitz estuviera aquí… —Menos mal que no—expuso Egon, sonriendo con arrogancia—, de lo contrario, te habría hecho sufrir e implorar por tu muerte, ya lo conoces.
—¡No es verdad!
Soy su mejor hombre de confianza y siempre me ha dicho que habría deseado que yo fuese su hijo para poder heredar su liderazgo y no tú, Konstantin.
Egon cerró los ojos, respirando hondo y se obligó a guardar la calma.
—¿Konstantin?
—cuestionó Elara, confundida.
—Es mi segundo nombre y lo detesto—le explicó Egon sin entrar en detalles, pero había comenzado a temblar y aquello era mala señal.
No sabía lo que significaba ese nombre para él, pero estaba segura de que nada bueno y por eso Emil lo había mencionado para tentarlo.
Elara tragó saliva.
—Si por mí fuera, con mucho gusto te habría dado el honor de haber nacido de Magnus Schreitz, pero lastimosamente no corriste con esa maldita suerte y por eso piensas que habría sido divertido, pero no es así, pedazo de escoria.
No me conoces en lo absoluto y mucho menos te da el derecho de mencionar mi segundo nombre como si fueses mi igual—ladró Egon, perdiendo la compostura—.
Hay niveles y tú ni siquiera llegas al último, bastardo.
Mi padre te recogió de la calle por lástima.
No sabes ni tu origen y ya vas a querer saber sobre mi vida—rio con ironía y tanto Jaques como los tres hombres, retrocedieron.
—Pobre infeliz.
Egon humedeció sus labios y se volvió hacia Elara.
—Lo siento, trouble, pero creo que esta vez tendré que pedirte que me permitas que sea yo quien ejecute a este pedazo de basura inservible—le dijo con la calma escalofriante que usó cuando se conocieron y que le gustaba usar cada que iba a asesinar a alguien.
Y con delicadeza, le quitó el arma de la mano.
—¿Crees que tus palabras me han herido?
—se echó a reír Emil, limpiándose la sangre de la boca—.
No seas idiota, a mí no me duele nada, pero lo único que sé es que te estás equivocando de hombre.
Egon, que estaba echándole un vistazo a las balas de su arma, volteó a verlo.
—¿De qué hablas?
—Hay un traidor en la organización y no soy yo.
Tal vez al acabar con mi vida te libraste de tu competencia con tu padre, más no del negocio.
—Aunque intentes retrasar lo inevitable, ocurrirá—dijo Egon con aburrimiento, viendo que el revólver tenía dos balas.
—Y lo divertido es que con mi arma favorita podemos jugar unos segundos a la ruleta rusa mientras me explicas un poco lo que acabas de decir.
—¿Qué más quieres que te diga?
En la organización había dos traidores—se burló Emil con egocentrismo.
—Yo, desde luego, pero lo fui porque tu padre me tuvo como opción viable para ser su heredero si tú no dabas la talla, y luego está el otro traidor que quiere apoderarse del negocio y provocó que el operativo fallara, hasta casi llevarte a la muerte.
Egon frunció el ceño, acercándose a él, que estaba arrodillado.
Lo tomó del cabello y tiró de su cabeza hacia atrás colocando el arma por debajo de la barbilla.
Jaló del gatillo al tiempo que Emil cerraba los ojos y nada.
Solo se escuchó el “clic”.
—Dame el nombre—.
Le ordenó Egon sin soltarlo.
—Me lo llevaré a la tumba y disfrutaré en el infierno cuando descubras por ti mismo quién es—canturreó Emil con una sonrisa psicópata.
Egon apretó la mandíbula al volver a jalar del gatillo y nada.
—Dime el nombre—.
Repitió Egon con menos paciencia.
—No.
Solo con saber que es alguien muy cercano a ti, date por servido… Y justo cuando Emil comenzó a reír como desquiciado, Egon tiró del gatillo, sabiendo que ya no había otra oportunidad y Elara dio un respingo cuando escuchó el disparo.
La bala atravesó su cráneo, provocando que convulsionara unos segundos y sufriera un espasmo hasta quedar completamente inmóvil.
Egon lo alejó de su cuerpo de una patada y la sangre empezó a brotar de su cabeza.
El silencio sepulcral que se originó después de que Emil fue asesinado por Egon enrareció aún más el ambiente.
Nadie volvió a respirar cómo aquella tarde cuando Egon también asesinó al adicto que perdió la mercancía enfrente de todos sus hombres en aquel edificio de mala muerte.
—Ya saben qué hacer—, masculló Egon con asco.
Guardó el revólver en su pantalón y tomó de la mano a Elara—.
Vamos, tengo que verificar las marcas que hizo en tu cuello.
A pesar de que haber ejecutado a Emil fue completamente satisfactorio para Elara, no pudo evitar sentir lástima por ese hombre y al mismo tiempo intriga.
¿Quién demonios era el otro traidor que navegaba con bandera de aliado en la organización de Los Lobos de Viena?
Si Egon no lograba descubrir quién era, podría hacerle daño y asesinarlo.
Se acomodaron en la sala mientras Egon le examinaba con sumo cuidado las espantosas marcas de los dedos de Emil en su piel, casi a nada de haberle quebrado la tráquea si no hubiera sido tan rápida para golpearlo en los testículos.
La mirada grisácea de él parecía estar encendida en llamas y no paraba de apretar las mandíbulas de tanto coraje.
—No es nada, estaré bien—dijo ella, restándole importancia e intentó apartarse, pero las manos de Egon se mantuvieron en su barbilla, negándose a soltarla—.
Egon… —Si tan solo hubiera estado despierto antes, no habría dejado que ese infeliz te pusiera una mano encima—carraspeó, irritado.
—Pero ya nunca más causará problemas.
—Me siento culpable.
No debiste asesinarlo, solo darle otro castigo—.
Tragó saliva.
—Solo aceleraste su muerte, trouble.
Desde hace años había soñado con meterle una bala en la cabeza, no te preocupes—, le susurró, mirando con fijeza la línea delicada de la mandíbula de Elara y sin más, se inclinó a besarla en aquella zona, estremeciéndola.
Pero en eso, los pasos de los hombres de Egon llevándose el cadáver de Emil los interrumpió.
Ella se echó hacia atrás con las mejillas ruborizadas mientras que Jaques apresuró el paso para no seguir de cotilleos hasta la salida.
—Elegiste vivir lo más lejos posible de las personas para que no se den cuenta cuando te deshaces de cadáveres, ¿no?
—bromeó ella.
—Tener vecinos chismosos perturban mi labor—se encogió de hombros, volviendo a mirarla y esta vez con picardía.
Arqueó una ceja, evaluando su reacción—.
A ti ya no te asusta esto, ¿verdad?
Elara negó con la cabeza.
—Eres una chica completamente diferente a la que dejé aquí el día que me fui al operativo, —dijo, preocupado.
—Y quiero saber cuál fue la razón de tu cambio repentino de opinión hacia mí y mi trabajo.
No creo que Jaques te haya convencido de que te quedaras.
Elara se tensó.
Las dos dudas que tenía y ansiaba preguntarle no eran del todo prudentes en aquel momento, pero lo que él deseaba saber abarcaba una de ellas: la carpeta con su nombre en su estudio.
Así que decidió guardar esas dos bombas cruciales para un mejor momento.
—Ni siquiera yo lo sé—, respondió.
Y era cierto.
No estaba del todo segura del por qué había decidido quedarse a su lado cuando ya no era necesario, especialmente ahora que Emil había muerto—.
Creo que fue cuando me enteré de que el operativo falló y vi en las noticias como tu camioneta se había volcado contigo en el interior.
De alguna manera me preocupé y bueno… quería asegurarme de que estuvieras bien para marcharme, pero luego te vi herido y simplemente no pude dejarte ahí.
—¿En serio te preocupaste por mí?
—Por supuesto, ¿por qué lo dudas?
—frunció el ceño.
—Pues es que estabas aquí en contra de tu voluntad, fingiendo ser mi pareja y bajo mis órdenes y exigencias.
Elara asintió.
—Pero también tú no eres el mismo Egon Schreitz impredecible que conocí en el bar hace más de un mes—acotó ella—.
Cambiaste o al menos, suavizaste un poco tu forma de ser, al menos conmigo.
—Y eso que ni siquiera hemos discutido lo que quiero a cambio de haber tratado gentilmente al doctor Weiss a petición tuya—la miró con malicia.
—Es el momento de hablar—le instó, desafiándolo con la mirada—o va a caducar la prórroga.
—Ahora que lo recuerdo… —miró hacia el techo, fingiendo recordar—, ya te lo he dicho, ¿acaso no te acuerdas?
Elara se mordió el interior de las mejillas, haciéndose la desentendida.
Como tal, Egon no se lo había dicho como la condición al trato gentil con el doctor, pero sí como una propuesta real a su relación falsa.
—Refréscame la memoria, por favor—sonrió ella, con diversión.
Él, obedeciendo a sus exigencias, cambió su expresión a una más seria y tomó la mano de ella donde estaba aquel anillo.
—Quédate conmigo y sé mi pareja real, Elara.
Ambos se miraron a los ojos mientras él volvía a recitar esas peligrosas e inquietantes palabras.
—Aún espero tu respuesta—siguió diciendo él—.
Y esto es lo que quiero.
Yo cumplí con tratar con gentileza al doctor y ahora debes acatar mi petición.
—¿Estás seguro de que quieres como pareja a una mujer que es cuatro años mayor que tú?
¿Que es torpe, insegura, que no ha hecho nada extraordinario en toda su vida y que se mete en problemas con facilidad?
—le preguntó con franqueza, esperando que él recapacitara—.
Y sobre todo que no tiene ni la más remota idea de lo que implica estar metida en una organización criminal y que con mucho esfuerzo apenas y está intentando dominar un subfusil para no ser un estorbo cuando haya problemas… Las comisuras de los labios de Egon se curvaron lentamente hacia arriba, formando una sonrisa torcida y divertida.
Le acomodó varios mechones de cabello a Elara detrás de las orejas con suavidad y acercó su frente a la suya, rozando sus narices levemente.
—Tiene que haber una razón muy poderosa para que en verdad quieras que yo sea tu novia, Egon Schreitz, y debes decírmelo—, susurró, conflictuada.
Ella notó que a él se le habían dilatado las pupilas.
El silencio se volvió espeso entre ellos.
Tan denso que Elara sintió que, si respiraba demasiado fuerte, algo iba a romperse.
Egon no se apartó.
No retrocedió ni un centímetro.
Sus manos seguían sosteniéndola como si soltarla fuera un error irreparable.
Sus ojos grises bajaron un segundo a la boca de ella, luego regresaron a los suyos.
No había prisa en él.
Solo una decisión que llevaba tiempo tomada.
—Porque no te pareces a nadie de mi mundo —dijo al fin, con la voz más baja de lo habitual—.
No mientes bonito.
No sabes fingir.
No sabes manipular.
Y aun así… sigues aquí.
Eres como un libro abierto que me encanta leer.
Elara tragó saliva.
—Eso no es una razón —murmuró.
—Para mí sí.
—Apretó apenas su mano—.
Estoy rodeado de gente que me quiere por lo que represento.
Por lo que heredaré.
Por el miedo que inspiro.
Tú me miras como si yo fuera solo un hombre que sangra.
Ella quiso reír, pero no pudo.
—No soy un premio —dijo—.
Ni un capricho.
—Lo sé.
—Su voz se volvió más dura—.
Por eso te quiero.
Elara se quedó inmóvil.
—Eso no es amor —susurró.
—Nunca dije que lo fuera —respondió sin mentirle—.
Es deseo.
Es necesidad.
Es querer tenerte cerca, aunque me cueste problemas, sangre o errores.
Es mirarte y no pensar en poder, sino en calma.
Y eso… para alguien como yo, es peligroso.
La frente de Egon rozó la de ella con lentitud, como si le diera tiempo de huir si quería.
—No te pido que me ames —dijo—.
Te pido que te quedes.
Que lo intentes conmigo.
Que seas mía no por miedo, no por mentira… sino porque eliges hacerlo.
Elara cerró los ojos un instante.
Su corazón latía demasiado rápido para alguien que decía no sentir nada.
Y cuando volvió a abrirlos, Egon seguía ahí.
Esperando.
—Me quedé más tiempo del que pretendía cuando hablamos de esto en el hospital—murmuró ella.
Él asintió—.
Y lo cierto es que también me gustas, Egon Schreitz, y es obvio, es decir, ¿a quién no le gustarías?
Eres muy atractivo y peligroso, pero… —¿Pero…?
—Pero si el traidor que queda en tu equipo intenta hacerme daño para que accedas a algo arriesgado, ¿lo harías?
Egon no respondió, pero tampoco se alejó.
Parpadeó un par de veces antes de soltar el aire que tenía retenido en los pulmones.
—El traidor ni siquiera podrá acercarse lo suficiente a ti porque lo voy a descubrir muy pronto, te lo aseguro.
—Eso no responde a mi pregunta, Egon.
Quiero saber lo que estarías dispuesto a hacer por mí si acepto tu propuesta de ser tuya en todos los aspectos—replicó Elara con el corazón latiendo muy rápido.
Y tenerlo a él muy cerca la ponía muy nerviosa—.
Yo soy una mujer que cuando decide entregar su corazón a un hombre, lo hace completamente, sin juegos ni mentiras.
Me propones tener una relación, pero no me has dicho lo que eso conlleva.
Tu mundo está rodeado de muerte, sangre, ambición, drogas, delitos y muchas cosas más.
—Cuando empieza un noviazgo, aún no hay amor—le recordó él, sonriendo levemente—.
Se va forjando a medida que conviven.
—De eso no tengo duda, solo quiero saber si estás dispuesto a enamorarte de mí y amarme con todo tu ser cuando esos sentimientos comiencen a emanar y no vas a ocultarlo ni me vas a lastimar o despreciar para evadirlos—Elara se irguió, apartando un poco su rostro del suyo para mirarlo a los ojos.
—Elara, ¿quién te hizo tanto daño para pensar que es normal tratar mal a tu pareja cuando empiezas a sentir amor por ella?
—preguntó Egon, preocupado.
Pero ella no contestó.
—¡Solo dame esa promesa, Egon!
—exclamó, desesperada.
—Dame esa promesa y certeza de que no me vas a tratar como una mierda cuando sientas que te has enamorado de mí y que cuando ya no quieras nada conmigo, serás sincero y no un cobarde.
Por una fracción de segundo, la mirada de Egon se endureció de un odio intenso que ella no supo descifrar, como si de la nada él hubiera recordado algo o simplemente sus palabras lo hubiesen irritado, pero cuando Elara parpadeó, los ojos de él estaban completamente normal, sin ningún rastro de oscuridad.
Tal vez se lo había imaginado porque estaba actuando como una loca, exigiéndole muchas cosas a ese chico mafioso que bien podría asesinarla en ese momento y nadie se enteraría.
—Haré mi mayor esfuerzo en lo que me estás pidiendo.
—Eso no me asegura nada—insistió una vez más Elara.
—Es que no puedo asegurártelo, trouble—se apartó de ella, negando con la cabeza.
—¿Por qué no?
Egon humedeció sus labios y se puso de pie, rascándose el cuello con incomodidad.
—Porque no conozco el amor romántico real, solo el maternal y el amistoso.
Nunca he amado a nadie y no es que tuviera muchas parejas a lo largo de mi vida—aclaró, avergonzado.
—Pero a Viktoria creí que la amaba, y estaba equivocado.
No sé cómo es el amor de pareja que buscas, Elara, pero sí tú lo conoces, enséñame y aprenderé.
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