El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 22
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22: Capítulo veintidós 22: Capítulo veintidós ¿Egon Schreitz quería clases de amor romántico impartidas por Elara Moreau?
—No es tan difícil como imaginas, solo tienes que poner de tu parte—, murmuró ella con una sonrisa nerviosa ante la mirada de él.
Egon se dedicó unos segundos a observarla hablar.
Se había vuelto algo que comenzó a disfrutar desde que estuvo en el hospital.
—Entonces es un hecho que vas a ayudarme, ¿no es así?
Elara asintió, ruborizada.
—Y eso quiere decir que—dijo él con voz seductora, cortando la poca distancia que había entre ambos—, ya somos novios de manera oficial y real, ¿verdad?
Ella volvió a asentir, tragando saliva al sentir la mirada intensa del Lobo de Hielo muy cerca de su rostro, siendo capaz de percibir su cálido aliento en las mejillas.
—¿Y sabes lo que eso quiere decir en el idioma del amor romántico?
—¿Qué cosa?
—Que puedo comenzar a besarte las veces que yo quiera y en donde sea—ronroneó, inclinándose a ella.
Su mano se deslizó suavemente por su cuello, siendo cuidadoso de no tocarle las marcas que había dejado Emil y la besó justo debajo de la mandíbula.
—Me encanta tu cuello.
—Solamente ahí me has besado—.
Le recordó.
—¿Quieres que te bese en algún lugar en particular?
—susurró, aun con sus labios pegados a su cuello.
Elara sostuvo el aire en los pulmones unos segundos de más.
No era la pregunta lo que la desarmaba, sino la forma en que él la decía, como si ya supiera la respuesta y aun así quisiera oírla de sus labios.
—No es una lista de pedidos, Egon —murmuró, apoyando una mano en su pecho para marcar distancia, aunque no se apartó—.
Se supone que tú deberías descubrirlo.
Él soltó una risa baja, grave, que vibró contra su cuello.
—Entonces mis clases vienen con exámenes prácticos —replicó—.
Tendré que aprender a leer cada gesto.
Sus dedos se deslizaron con lentitud por la línea de su mandíbula, esta vez sin besarla, solo recorriéndola, como si memorizara el camino.
Elara sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío de Viena.
—Empieza despacio —dijo ella al fin—.
No todo se trata de besar.
Egon la miró con atención renovada, como si esa respuesta le interesara más que cualquier permiso.
—Anotado —respondió—.
Paciencia.
Observación.
Control.
Sus manos se retiraron, a regañadientes, y dio medio paso atrás, lo justo para que ella pudiera volver a respirar con normalidad.
—No quiero que esto sea un juego para ti —añadió Elara, más seria—.
Si vamos a hacerlo… tiene que sentirse real.
La expresión de Egon cambió apenas, algo oscuro y contenido cruzándole la mirada.
—Créeme —dijo—.
Para mí, ya lo es.
Elara lo miró a los ojos sin dudar.
Egon sostuvo su mirada unos segundos más, como si evaluara cada micro gesto, cada respiración irregular.
Luego bajó lentamente la mano de su cuello, deteniéndose apenas en la clavícula, sin tocar piel desnuda.
—Entonces será así —dijo con calma—.
Aprender sin apresurarme… aunque me cueste.
Elara arqueó una ceja, incrédula.
—¿A ti te cuesta algo?
—Más de lo que imaginas —respondió—.
Sobre todo, cuando tengo que fingir que no quiero algo.
Ella sintió cómo esa frase se le colaba bajo la piel.
—¿Y qué es lo que quieres ahora?
—preguntó, sin retroceder.
Egon levantó la mano, pero en lugar de acercarla a su rostro, acomodó con delicadeza un mechón rebelde detrás de su oreja.
El gesto fue inesperadamente íntimo, casi doméstico.
—Quiero que no me tengas miedo —confesó—.
Ni a mí… ni a lo que estamos construyendo.
Elara se quedó en silencio.
No porque no tuviera respuesta, sino porque esa no era una petición sencilla.
Apoyó los dedos en su muñeca, sintiendo el pulso firme bajo la piel.
—Eso no se exige —murmuró—.
Se gana.
Egon asintió lentamente, como si aceptara un desafío que llevaba esperando toda la vida.
—Entonces dame tiempo —pidió—.
Prometo no cruzar líneas… todavía.
Se inclinó apenas, lo suficiente para que su frente rozara la de ella, sin besos, sin prisa.
Solo cercanía.
Solo promesa.
Elara cerró los ojos un instante.
Y por primera vez, no supo si el peligro venía de él… o de lo que empezaba a sentir.
—Pero ¿quieres saber lo que se me apetece hacer ahora?
—repuso Egon con entusiasmo.
—¿Qué cosa?
—Ver cómo Hagen te ha enseñado a disparar.
Me pica la curiosidad por verte usar un arma.
—¿Y en dónde puedo demostrártelo?
—lo desafió con una sonrisa.
—Tengo más que solo un sótano, ¿sabías?
Hay otro piso más debajo, vamos.
—Pero no llevo ninguna arma.
—¿Y piensas que no tengo artillería ahí?
—la miró con escepticismo.
—De acuerdo, espero que tengas preparada otra Uzi—.
Le advirtió, sonriendo y Egon asintió, emocionado.
—Tengo muchos juguetes de todos los tamaños y colores que estoy seguro de que van a gustarte.
—Actúas como si de verdad fuesen juguetes y no armas—.
Bromeó ella, dejándose guiar por él a través de la sala, en dirección a la puerta del sótano en donde Emil había muerto minutos atrás.
La mano de Egon estaba enlazada con la suya y sintió un breve apretón.
—Es que nunca había tenido la oportunidad de enseñarle mi colección de armas a alguien que no fuese Hagen o Jaques.
Ni siquiera mis hombres de afuera tienen idea de que tengo artillería pesada como para un pelotón del ejército en tiempos de guerra.
—¿Con “alguien” te refieres a una chica y eso quiere decir que a ni Viktoria se lo enseñaste?
Él volteó a verla mientras descendían por la escalera.
—Viktoria tiene su propia colección, de muy mal gusto, por cierto, y jamás se enteró que yo también poseo una porque eso habría sido un reto para ella intentar encontrar mi escondite y destruirlo.
—Se supone que era tu esposa, no tu enemigo—.
Objetó Elara, perpleja.
—Exactamente.
Siempre ha sido competitiva y por eso el matrimonio no funcionó y de solo rebobinar los recuerdos, me dan ganas de vomitar.
Elara soltó una risilla.
—Viktoria no es la clase de mujer que luce vomitiva ante los ojos masculinos.
—Tienes razón, pero ella es cómo la esencia de vainilla—explicó, encendiendo más luces a su paso—.
Huele y se ve bien, pero cuando la pruebas, es un asco, en todos los sentidos.
—Espero que a mí no me encuentres igual que ella.
—De ninguna manera.
Tú eres y sabes de lo mejor, aunque… —añadió y bajó la voz de manera seductora, poniéndola nerviosa—, todavía falta que te pruebe.
Esas últimas palabras fueron con doble filo.
Parecían ser advertencias y al mismo tiempo seducción maliciosa.
Hagen Falk La herida de su abdomen ya había sanado completamente y se sentía en perfectas condiciones para poder volver a ejercitarse por las frías mañanas en Viena sin tener la necesidad de tener que preocuparse por tomarse el medicamento para el dolor o cuidar a Elara Moreau casi las veinticuatro horas del día porque su mejor amigo aun no podía, pero se sentía aliviado de quitarse ese peso de encima.
Lo único que no sabía con certeza era que las clases de tiro las iba a impartir Egon o él mismo.
Esa decisión la tenía esa chica.
—Joven Falk, no se olvide de llevar sus guantes y orejeras, está haciendo un pésimo clima y puede resfriarse.
El rubio volteó a ver a su hombre de confianza.
El único que decidió seguirlo cuando eligió el camino criminal al lado de Egon Schreitz.
Friedrich era un viejo hombre que había trabajado para la familia Falk desde que Hagen tuvo uso de razón y se convirtió en su confidente, siguiéndolo como una sombra para cuidarlo y aconsejarlo.
Los padres del rubio se negaron rotundamente a solapar su decisión de hacerse parte de la mafia austriaca y se marcharon sin dejar rastro, dejándolo solo a los dieciocho años, pero para ese entonces, Hagen ya era miembro VIP de Los Lobos de Viena y a Friedrich no pareció importarle, siempre y cuando tuviera cuidado.
—Fritz, estaré media hora trotando por los alrededores, estaré bien—.
Le aseguró.
—Insisto, joven Falk.
Hagen puso los ojos en blanco y terminó por obedecer.
Se colocó las orejeras sobre el gorro y los guantes.
—Quieres hacerme ver ridículo, ¿no?
Recuerda que ya no tengo diez años.
—Bromeó el rubio.
—Antes sabía obedecer, joven Falk, ahora tengo que insistir mucho—, replicó Fritz con una sonrisa gentil.
Hagen le devolvió el gesto y echó a correr por la acera, sintiendo como el aire helado le cortaba las mejillas cada que azotaba contra su rostro.
Había amanecido con una fina capa de nieve que evitó pisar durante sus minutos de ejercicio.
Había dejado olvidado su pasatiempo favorito desde que Elara Moreau apareció en la vida de su mejor amigo y en parte estaba tranquilo de que por fin todo estaba tomando forma de acuerdo con el plan, pero no podía descuidar sus pasiones por problemas que no le correspondían del todo.
Se detuvo a recuperar el aliento y aprovechó a marcarle a Fritz para avisarle que iría a otra parte y no lo esperara para comer.
—¿Entonces lo espero para cenar?
—preguntó el viejo.
—Sí, pero si me retraso, de todas maneras, te informaré.
—Quiero suponer que ha regresado su inspiración e irá al Atelier, ¿no es así?
Hagen humedeció sus labios y suspiró.
Fritz había descubierto hacía no mucho su pasatiempo favorito que había sido un secreto hasta que él por alguna razón, lo siguió y supo a lo que Hagen se dedicaba cuando estaba inspirado.
—Sí.
Ha pasado más de un mes sin ir y mi cuerpo me lo está pidiendo a gritos.
—De acuerdo.
Entonces prepararé la cena y el desayuno, por si tarda más de lo habitual.
—Gracias, Fritz.
Y si llama Egon, dile que estoy ocupado, ¿de acuerdo?
Colgó y continuó corriendo un poco más para quitarse el estrés acumulado e ir a su Atelier privado.
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