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El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 23

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Capítulo 23: Capítulo veintitrés

Y vaya que la colección de juguetes del Lobo de Hielo era extremadamente espeluznante y al mismo tiempo inquietante y asombroso.

Elara apenas pudo salir del ensimismamiento cuando deslizó las yemas de sus dedos en la Uzi color azul rey que descansaba junto al resto de diferentes colores.

Tenía una caja por cada arma en distinto color, sin mencionar municiones que yacían dentro de una bóveda resguardada en la pared, muy por debajo del primer piso de la casa.

Y lo más alucinante era que ahí mismo tenía su propio espacio para practicar tiros como en las películas de acción, e incluso había todo el equipo básico de entramiento para tiro, como lentes, protección auditiva y guantes.

—Hagen comenzó enseñándome con una Glock normal—, le informó—. Y ya después con la Uzi, pero no la sé dominar del todo. El retroceso es lo que me impide mantener el equilibrio.

De pronto Egon se acercó a ella por detrás y le colocó primero los lentes y los audífonos, haciéndola saltar del susto. Él sonrió, poniéndole los guantes al final.

Después él se colocó el equipo de tiro con la naturalidad de quien lo ha hecho toda la vida. Nada ornamental. Todo necesario.

—¿Por qué tanta protección? —interrogó ella.

—El ruido es lo de menos. Perder un ojo o un dedo, eso sí sería un problema, trouble—dijo con preocupación.

—¿Ya ha pasado accidentes aquí?

—Al principio, cuando terminó la construcción de esto, Hagen me había dicho que debía comprar el equipo básico de entrenamiento y… —sonrió forzadamente.

—¿Qué pasó?

—El ruido me desestabilizó y terminé disparando por accidente al pie de uno de mis hombres, el resto ya te lo debes estar imaginando.

Elara palideció, mirando con inquietud el arma que Egon sostenía.

—¿El pie del hombre está bien?

—¿Te estás preocupando por algo que ocurrió hace cinco años? —sonrió, negando con la cabeza—. Eres un estuche de monerías, Elara Moreau.

—Estamos hablando de un disparo accidental en el pie de un ser humano—, objetó, ruborizada.

—Para que no te quede ni una duda—dijo él—, Dietrich no perdió el pie. Pagué el daño y la reconstrucción, pero lo envié a vigilar el edificio donde nos reunimos los que encabezamos la organización cuando mi padre no está.

—¿Por qué no continuó trabajando contigo?

—Porque, aunque se reconstruyó su pie, no quedó del todo bien y para evitar que el pobre hombre se excediera, lo puse en un sitio donde pudiera estar sentado y usar su arma.

—Vaya… entonces eres alguien bondadoso—. Bromeó, risueña.

—¿Pensaste que, por ser el heredero de una de las organizaciones de criminales más amenazantes de Austria, sería un desalmado? —la miró con una ceja arqueada, mostrando escepticismo.

—Creo que no me expliqué bien—titubeó, avergonzada.

—Si quieres que haya personas que trabajen y sean leales e incluso siendo capaces de dar la vida por ti, tienes que demostrarles que pueden confiar en lo que tu representas para que eso los motive a actuar por su cuenta y no de manera obligatoria—. Le informó con calma, haciendo uso de su característica inquietante.

Elara asintió, sin saber qué añadir, temerosa de hacer algún comentario fuera de lugar.

—Mi padre sí es un desalmado—. Acotó Egon con severidad y apretó la mandíbula mientras preparaba la Glock—. Magnus Schreitz llegó hasta donde está por ser un hombre sin principios, ni valores y tampoco sin amor a él mismo ni a su familia.

—Así que así se llama tu padre…

—Lo conocen como el Carnicero de Viena—carraspeó, irritado—. Mientras que yo solamente soy el adorable Lobo de Hielo. —Aquello último lo hizo sonreír con desgana.

—No quiero imaginarme cómo fue que se ganó ese apodo, pero a ti te va bien el que te ganaste, Egon, lo digo en serio—. Trató de animarlo, pero él negó con la cabeza.

—A ver—le entregó el arma cargada en la mano a ella, sin mirarla porque estaba rectificando que el equipo que acababa de ponerse estuviera en orden—, demuéstrame que has aprendido todo este tiempo, para saber si Hagen fue buen maestro.

Elara tragó saliva y se acomodó justo donde él le indicó, dejando que Egon la guiara con sus manos agarrándola de los hombros hasta el lugar adecuado.

A través del rabillo del ojo, observó a Egon presionar un botón y a unos metros aparecieron siluetas de plástico simulando ser personas en movimiento y ella disparó alocadamente, dándole a tres en la cabeza y al resto en los brazos o piernas, terminando el cargador rápidamente.

El retroceso era lo que más le costaba dominar porque era una fuerza invisible que la arrastraba hacia atrás, haciéndole perder el equilibrio y la puntería, pero en todo ese momento, Egon estuvo en silencio y, además, apenas podía escuchar a su alrededor por los audífonos de protección.

—¿Qué tal lo hice? —preguntó ella, quitándose los cascos y se volteó a verlo.

—Asombrosamente—comenzó a decir y Elara sonrió—, pésimo.

—¿Qué?

El Lobo de Hielo se echó a reír cuando ella dejó de sonreír ante su veredicto.

—Es asombroso como por accidente lograste darle tres a la cabeza y a los demás en sus extremidades por el retroceso.

—Hagen me enseñó todo lo que sé—, le recordó.

—Hagen de milagro no se ha disparado en el pie por error—bromeó, quitándole el arma para ponerle más munición—. Te enseñaré cómo se hace, ¿de acuerdo? Obsérvame bien.

Elara asintió y volvió a ponerse los audífonos, moviéndose un poco para no estorbarlo, pero lejos de que le pusiera atención a la manera de disparar, quedó embelesada por los fuertes brazos de ese chico, que tenía muchos tatuajes y músculos muy bien trabajados.

No parecía ser un criminal ni mucho menos hijo de un demente.

—¿Y bien?

Aturdida, se quedó petrificada cuando Egon se volvió para mirarla. Había terminado de disparar y ella no se enteró por estar prestándole atención a su cuerpo.

—¿Podrías repetirlo? Es que…

Pero Egon ya se había quitado parte del equipo de entrenamiento y la miraba con perplejidad.

—¿Sucede algo, trouble?

—¿Y si mejor probamos a que te pones un abrigo encima y me das otra presentación de lo que sabes hacer con esa arma?

Egon Schreitz enarcó una ceja, comprendiendo la razón por la cual ella se había quedado perpleja.

—¿Por qué? —inquirió, esbozando una sonrisa torcida—. ¿Acaso te pone nerviosa ver mi cuerpo en acción? Porque ni siquiera lo has visto completamente desnudo como para quedar anonadada por la vista.

El rostro de Elara se tiñó completamente de rojo y lo ocultó mirando a otro lado, pero se sobresaltó al sentir los dedos de él sobre su barbilla con suavidad.

—Me encanta ver la reacción de tu cuerpo ante mis palabras…

—Juegas sucio, ¿lo sabías? —repuso ella, guardando la calma.

—No soy yo el que perdió la concentración mirando tu cuerpo—añadió, guiñándole el ojo con picardía—. Y no te culpo, solo que debes aprender a controlar tus impulsos cuando te veas en una situación similar.

—¡Solo fue un desliz! —insistió, ruborizándose más.

—Muy bien, entonces me pondré un abrigo encima y volveré para la segunda demostración, pero no habrá tercera si no te concentras, trouble.

Elara asintió, odiándose mentalmente.

Lo observó caminar hacia la escalera y se sentó a esperarlo, junto a todas las armas.

Tenía mucho que aprender si quería serle de ayuda y no solo ser su pareja.

Egon podía camuflar muy bien lo que arrastraba en su interior, pero Elara estaba segura de que había mucho más de lo que pretendía demostrar.

Si podía ganarse un poco más su confianza, tal vez podría atreverse a pedirle un favor: ir a visitar a su madre para que no continuara preocupada, porque sabía que ella no estaría tranquila hasta no verla en persona.

Cuando el Lobo de Hielo volvió, la encontró pensativa y optó por sorprenderla en silencio, pero no previó que Elara se levantaría y giraría sobre sus talones para ir a buscarlo, quedando cara a cara y con solo un par de centímetros de distancia.

Y lo primero que ella notó fue que Egon se había sorprendido y sus ojos grises se habían quedado fijos en sus labios.

Elara no quería reconocerlo, pero la atracción que ella sentía por él estaba siendo muy correspondida, incluso le asustaba esa idea de cruzar la línea.

¿Qué pasaría si ella aventuraba a besarlo? Después de todo, sabía de antemano que Egon no la rechazaría.

Se suponía que él tenía que aprender muchas cosas sobre el amor antes de exigirle muestras de afecto que pudieran llevar a niveles sexuales.

Pero ¿quién era ella para ignorar el maldito deseo de probar los labios de ese maldito y atractivo joven criminal que ansiaba besarla desde días atrás?

Aventurando, y en contra de sus propias palabras, acortó la distancia. Le echó los brazos al cuello, atrayéndolo hacia ella con firmeza y pegó sus labios contra los suyos, sintiendo una calidez inexplicable recorrerle todo el cuerpo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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