El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 24
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Capítulo 24: Capítulo veinticuatro
Y ahí estaba Elara Moreau, besando al Lobo de Hielo por voluntad propia y dejando a un lado las contradicciones de sus actos porque realmente había deseado demasiado besar sus deliciosos y masculinos labios desde que lo vio por primera vez en el bar de mala muerte donde anteriormente trabajaba.
No fue suave. No fue torpe. Fue directo, firme, exacto. Un beso que no pedía permiso ni prometía nada. Apenas un roce al principio… y luego más, lo justo para que Egon inhalara con brusquedad y apoyara una mano en su cintura como si necesitara anclarse a la realidad.
Él no respondió de inmediato. Eso fue lo más intenso.
Cuando lo hizo, fue despacio, contenido, como si se estuviera obligando a no perder el control. Sus labios se movieron con los de ella con una precisión peligrosa, sin hambre desbordada, sin urgencia… y justo por eso, el mundo pareció detenerse.
La fémina lo agarró del cabello, justo a la altura del cuello para atraerlo más a su cuerpo y deleitarse con la exquisites de sus músculos contra sus suaves curvas.
Cuando Elara se apartó, el aire entre ambos estaba cargado, espeso.
Egon la miró como si acabara de cambiarle todas las reglas del juego.
—Eso —dijo finalmente, con la voz más grave— no estaba en el entrenamiento.
—No —respondió ella, aún cerca—. Pero necesitaba saber si eras real… o solo parte del plan.
Él no sonrió. Apoyó su frente contra la de ella, cerró los ojos un segundo y exhaló lentamente.
—Acabas de complicarlo todo —murmuró.
Elara sonrió, satisfecha.
—Entonces valió la pena.
Y por primera vez desde que la conocía, Egon Schreitz no tuvo una respuesta inmediata.
El abrigo que él había bajado para no distraerla se hallaba en el suelo, a los pies de ambos, siendo el único testigo de lo que acababa de ocurrir entre ellos.
—¿Quieres continuar con el entrenamiento? —murmuró Egon, sin dejar de apreciarla de cerca.
Ella advirtió que las pupilas de ese chico estaban completamente dilatadas, haciendo que sus ojos parecieran oscuros en vez de grises.
—¿Quieres que sea completamente honesta? —ladeó la cabeza y él la imitó, copiando su lenguaje corporal sin soltarla todavía.
Él asintió.
—Quiero conocer tu historia completa, Egon Schreitz.
—¿Mi historia?
—Sí, saber quién eres en realidad.
La tensión en su cuerpo fue tan palpable que ella lo percibió a través de su tacto.
—El pasado no es importante, trouble.
—Para mí sí.
—¿Por qué?
—Porque, aunque ya no seamos los mismos, es lo que nos forjó a ser lo que somos ahora—explicó con cautela, siendo cuidadosa de no hacer algún comentario ofensivo—. Y yo te contaré también mi historia si quieres. Las parejas se cuentan todo, ¿sabías?
Egon humedeció sus labios, dubitativo.
—No creo que pueda contarte absolutamente todo, pero sí algunas cosas—fue su respuesta.
—Con eso me basta y sobra—esbozó una sonrisa amable y se puso de puntillas para darle un beso desprevenido en la nariz, haciéndolo sonreír con el ceño fruncido.
—¿Entonces nos vamos de aquí? Porque si no vamos a seguir entrenando, preferiría estar arriba disfrutando de una excelente película con chocolate caliente a tu lado.
—¿Con Viktoria solías hacer eso? —preguntó con curiosidad. Él miró el techo, evadiendo su mirada— ¿Y bien?
Elara sintió los dedos de Egon hacerle cosquillas en la cintura, provocando que riera.
—Anda, contesta, no me enfadaré.
—¿Acaso me ves cara de haber sido cursi con Viktoria? Tuve suerte de que no fuera un hombre vestido de mujer porque eso tendría mucho sentido a su manera de ser tan agresiva—bajó la vista a ella con las cejas arqueadas.
—Bueno, no tengo idea—. Elara se encogió de hombros—. Habías dicho que pensaste que era amor lo que sentías con ella y no puedo imaginar cómo fue que confundiste ese sentimiento.
Egon liberó una de sus manos de la cintura de ella para rascarse el cuello con incomodidad.
—Fue solo pasión—. Dijo por fin—. Mi padre me la impuso sin preguntarme y cómo nunca tuve una relación en mi vida, confundí muchas cosas, comenzando con la lujuria y el apego, pero aprendí de la peor manera de que mi matrimonio con ella solo era un contrato para que nuestros padres salieran beneficiados con la tregua entre las organizaciones rivales.
—¿Y si hubieras tenido un hijo con ella?
La sonrisa que Egon esbozó fue de completa diversión.
—Podré ser lo que tú quieras, trouble—le dijo, acomodando un mechón de cabello de ella detrás de la oreja con suavidad—, pero no soy un idiota. Tuve mis precauciones porque Viktoria no es apta para ser madre y tampoco debería haber nacido mujer, es más, ni ser humano. Ella está completamente contaminada por la mierda de su familia y no la culpo, pero al menos yo sé cuándo es el límite y parar.
—¿Ese matrimonio cuando dio inicio? —quiso saber, interesada. Egon apretó los labios.
—¿Por qué no subimos y ahí continuamos con esta charla?
—Después de que me respondas, porque algo me dice que vas a evitar darme una respuesta.
Él suspiró, sonriendo y sabiendo que ella tenía razón. Elara era muy inteligente.
—Nos comprometimos a los diecinueve años y posteriormente nos casamos a los veinte. El matrimonio duró tres años—contestó—. Llevamos dos años separados y no quiere darme el divorcio, aunque ahora que sabe que existes, probablemente decida con mayor razón seguir atada a mí de manera legal.
Elara abrió la boca para seguir preguntando, pero él le colocó el dedo índice sobre los labios.
—Seguimos la conversación arriba—le recordó. Ella asintió, derrotada.
Se quitaron el equipo de entrenamiento y luego subieron hasta el primer piso donde encontraron a Jaques esperándolos en la sala.
—Todo quedó en orden, joven Schreitz—le informó Jaques, con respecto a Emil.
Egon asintió y le hizo una seña con la cabeza para que se retirara.
Por su parte, Elara encendió la TV y volvió el rostro a Egon, quien se había sentado en el sofá de enfrente.
—¿Qué quieres ver? Para que prepare el chocolate.
—Cualquier película me parece bien, aunque…
Ella frunció el ceño.
—¿Sabes patinar sobre el hielo?
—No, pero sería increíble aprender—respondió, sonriendo—, ¿y tú sabes?
—Por supuesto. Hagen me enseñó y yo podría enseñarte, ¿quieres?
—¿Ahora? —Elara entornó los ojos.
—Sí.
—¿En dónde? —se incorporó, emocionada.
—Hay un parque no muy lejos de aquí en donde rentan patines, pero para no compartirlos con nadie, pasaremos a comprar los nuestros, ¿te parece bien?
Ella asintió, sin dejar de sonreír.
—¡Iré a cambiarme! —anunció.
La chica corrió a su habitación para alistarse, mientras que Egon continuó sentado en el sofá y sacó su teléfono; pero sintió la presencia de Jaques detrás de él.
—¿Qué ocurre, Jaques? —bloqueó la pantalla de su teléfono, pero sin voltear a verlo.
—Joven Schmitz, ¿puedo hablar con usted?
—Adelante, te escucho.
—Es sobre la señorita Moreau y es conveniente que ella no escuche esta conversación.
Egon apretó la mandíbula y se puso de pie. Caminaron rumbo a la escalera y en cuanto estuvieron en la habitación de él, aseguraron la puerta con pestillo.
—¿Y bien? —el chico se cruzó de brazos, en espera de lo que Jaques tenía que decir al respecto.
—¿No cree que esté cruzando los límites de su plan?
—¿A qué te refieres? Solamente iremos a patinar para no aburrirnos este día.
—No es sobre la salida de hoy, sino la manera en la que usted está manejando la convivencia con esa muchacha—dijo con severidad—. Su plan era enamorarla, pero estoy comenzando a creer que el que va a terminar enamorado de ella es usted y eso sería fatal para ejecutar su plan hasta el final.
Entonces el Lobo de Hielo esbozó una sonrisa glacial, que desconcertó al hombre, provocando que retrocediera un paso.
—Cuando me casé con Viktoria fui ingenuo y pensé que me había enamorado de ella, pero después me di cuenta de que solo quería cogerla todas las noches hasta saciarme, haciéndole ver que yo era el que mandaba sobre ella y no al revés—replicó Egon sin dejar de sonreír fríamente—, infortunadamente, resultó ser peor que yo y nuestras personalidades y ambiciones chocaron entre sí, mandando al carajo los momentos sexuales apasionados que compartimos, convirtiéndolos en recuerdos asquerosos—. Jaques parpadeó, perplejo.
—Y lo que quiero decir realmente, es que no he olvidado la razón por la cual la rapté y le estoy haciendo creer que me interesa de verdad, Jaques—le aclaró con hostilidad—. Puede que Elara Moreau sea hermosa y de buen corazón, pero eso no la exime de mi plan de venganza.
—Ella no fue la que le hizo daño, joven Schreitz—le recordó Jaques—. Es inocente y usted lo sabe.
—Lo lleva en la sangre, Jaques, al igual que yo llevo en mis entrañas algo de mi padre—gruñó Egon con rabia—, y no me detendré hasta alcanzar mi objetivo.
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