El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 25
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Capítulo 25: Capítulo veinticinco
Egon abrió el ropero bajo el escrutinio de Jaques, que había quedado paralizado en su sitio ante la respuesta que recibió de su parte.
—Por hoy, yo conduciré—objetó el chico, sacando ropa limpia y colocándola sobre la cama—, trae mi coche favorito.
—El más discreto, ¿verdad? —inquirió Jaques.
—Es el único favorito que tengo—lo miró con una sonrisa burlona—. Los otros son para presumir e infundir miedo en las calles de Viena cuando es necesario y hoy únicamente quiero distraerme con Elara.
—Pero joven Schreitz…
Egon alzó la palma de su mano para hacerle guardar silencio. Jaques asintió y se retiró del dormitorio rápidamente para obedecer.
En veinte minutos, Egon esperó a Elara en el sofá mientras miraba la TV.
—¡Estoy lista!
Él volteó a verla y asintió, sonriendo.
—Justo a tiempo. Jaques trajo mi coche favorito porque este día conduciré yo—le informó.
—¿Te refieres a que no iremos con esos hombres armados de por medio? —repuso, interesada por la idea. Él volvió a asentir—. ¡Muy bien! Porque es estresante tener que ignorar sus miradas intensas, a excepción de uno de ellos.
—¿Quién? —frunció el ceño.
—No recuerdo bien su rostro porque desde que volviste del hospital, ya no lo vi—respondió, haciendo memoria—, pero fue amable. Me compró café cuando escuchó que deseaba beber un poco y amenazó a una enfermera con su arma para que revisara a Hagen.
Egon esbozó una sonrisa torcida.
—Pudo haber sido cualquiera—se encogió de hombros y se levantó del sofá. Y solo hasta ese momento la miró de arriba abajo—. ¿Nos vamos?
Ella asintió.
La puerta principal se abrió y apareció Jaques debajo del umbral, sosteniendo las llaves del coche de Egon.
—Aquí están las llaves, joven Schreitz, diviértase.
El aire helado alborotó el cabello de Elara por debajo del gorro y Egon le ofreció el brazo para sostenerse sobre la fina capa de hielo en lo que llegaban al vehículo aparcado justo afuera.
—Es probable que esta noche comience a nevar mucho o llueva, el cielo está muy nublado, joven Schreitz—advirtió Jaques.
El resto de los hombres armados continuó de pie y sin moverse en cada rincón de la casa del Lobo de Hielo, observándolos.
El vehículo no era extravagante, pero tampoco antiguo. Era normal. Discreto. Un Jetta 2020 negro.
Cuando se pusieron en marcha, Elara no pudo evitar sentirse cohibida.
Después de tantas situaciones peligrosas en las que se vio implicada, no podía creer que se hallara por voluntad propia en ese coche junto a Egon Schreitz, rumbo a una pista de patinaje sobre hielo para pasar un día agradable.
—¿Ya no te duele la herida? —le preguntó mientras lo observaba conducir con tranquilidad.
El perfil de ese chico era exquisitamente atractivo; pero sus ojos eran… perfectos, especialmente cuando la miraba.
—Asesiné a Emil sin esfuerzo algunas hace unas horas, supongo que mi cuerpo está más que bien, trouble, no te preocupes.
De solo escuchar ese nombre, Elara sintió una punzada de dolor en el cuello, recordando las manos rudas y abusivas de ese hombre cuando intentó quebrarle la tráquea.
Inconscientemente, se acomodó la bufanda en el cuello para ignorar el dolor que sufrió esa mañana y miró por la ventana.
—¿Y cómo está tu cuello? —inquirió él, dándose cuenta de la incomodidad de ella.
Pero como Elara no respondió, Egon estiró la mano para atrapar la suya, justo donde tenía puesto el anillo que le regaló al principio. El anillo de oro rosa con un diamante en forma de rosa.
Ella dio un respingo y entrelazó sus dedos con los de él, pero sin mirarlo.
—De alguna manera estoy bien, pero siento un leve dolor al tragar saliva—le explicó en un susurro.
Egon, aun sosteniendo la mano de Elara, se llevó el dorso a sus labios, dándole un beso suave y cómo llegaron a un semáforo, detuvo el vehículo y aprovechó a mirarla con atención.
—Lamento demasiado no haber intervenido antes y evitado eso.
—Ya hablamos sobre ello. No importa—eludió, sonriendo.
—No. Sí importa. Jamás voy a perdonarme lo que te hizo Emil.
—Lo que de verdad importa, es encontrar al otro traidor dentro de tu organización—lo miró por fin y entonces él se aproximó a ella en un gesto arrebatado y le robó un beso rápido para que guardara silencio.
Con la otra mano, le acarició la mejilla y esbozó una pequeña sonrisa.
—Me haré cargo de encontrarlo, no te preocupes—. Le aseguró—. Hoy solo permíteme complacerte con una tarde divertida sin ninguna preocupación de por medio.
—Una cita real… —susurró ella, sorprendida.
—Así es, pero me vas a ayudar porque no tengo idea de cómo es eso.
—Entonces —dijo Elara, apoyando el codo en la puerta y observándolo con atención—, primera lección de amor romántico: no tienes que saberlo todo. Solo estar dispuesto a aprender.
Egon soltó una breve risa nasal.
—Eso suena sospechosamente a una trampa.
—Lo es —admitió ella—. Pero una agradable.
El semáforo cambió y el coche avanzó. Durante unos segundos, ninguno habló. La ciudad comenzaba a cubrirse de un gris espeso, anunciando nieve o lluvia, y el sonido de los neumáticos contra el pavimento húmedo parecía marcar el ritmo de algo nuevo… e inevitable.
—¿Qué se supone que hace uno en una cita? —preguntó Egon al fin, sin mirarla—. Además de gastar dinero y fingir que no tiene pensamientos inconvenientes.
Elara sonrió de lado.
—Depende de con quién estés —respondió—. Pero en general… escuchas, haces preguntas, te ríes un poco, y si hay silencio, no lo fuerzas.
—No soy bueno con el silencio.
—Lo sé —lo miró—. Siempre estás planeando algo.
Egon apretó el volante apenas un segundo.
—¿Eso te incomoda?
Ella negó con la cabeza.
—Me inquieta. Que no es lo mismo.
Él giró para verla brevemente, como si quisiera leerle el rostro.
—Y aun así estás aquí.
—Porque —dijo Elara con calma—, también sé cuándo alguien está fingiendo… y cuándo no.
Egon no respondió. Pero su mano volvió a buscar la de ella, esta vez sin urgencia, sin necesidad de anclarse. Solo porque quería.
Llegaron al parque poco después. Las luces blancas iluminaban la pista de hielo como si fuera otro mundo, separado del que ambos conocían demasiado bien. Egon estacionó y apagó el motor, quedándose unos segundos, inmóvil.
—Si en algún momento quieres irte —repitió, mirándola de frente—, lo hacemos.
—No voy a irme —contestó ella—. Y tú tampoco.
Salieron del coche. El frío mordió de inmediato, pero Egon se quitó el abrigo sin pensarlo y lo colocó sobre los hombros de Elara.
—Egon…
—No es negociable —replicó—. Parte de aprender.
Ella lo aceptó, ajustándolo mejor, y alzó la vista hacia él.
—¿Sabes qué es lo más curioso?
—¿Qué cosa?
—Que sigues actuando como si todo esto fuera parte de un plan… —dio un paso más cerca—, pero tu cuerpo no sabe mentir.
Egon se quedó quieto. Muy quieto.
—Ten cuidado, trouble —murmuró—. Hay verdades que no conviene señalar tan pronto.
—Entonces deja de mostrármelas.
Se quedaron mirándose unos segundos más, hasta que ella rompió el contacto visual y señaló la pista.
—Ven. Antes de que empieces a sobreanalizarlo todo.
Dentro del local, Elara eligió los patines con seguridad. Egon la observaba, apoyado contra el mostrador, con esa atención peligrosa que parecía envolverla incluso cuando no la tocaba.
—¿No prefieres que compremos unos patines propios?
—No, rentemos los que hay aquí porque no creo que comprar patines propios sirva de algo si no vamos a usarlos con frecuencia.
Él asintió, estando de acuerdo con su lógica.
—¿Confías en mí? —preguntó ella de pronto, sin girarse.
—No debería —respondió él—. Pero aquí estoy.
Elara se giró entonces, ya con los patines en la mano, y lo miró como si esa respuesta le bastara.
—Eso es suficiente para empezar.
Salieron a la pista. El hielo crujió bajo el peso de ambos, un sonido leve pero constante, como una advertencia. Egon dio el primer paso con cautela; el segundo, con menos dignidad. Elara apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando él perdió el equilibrio y terminó sujetándose de su brazo.
—No te rías —gruñó entre dientes.
—No lo estaba planeando —mintió ella, mordiéndose el labio—. Rodillas flexionadas. No luches contra el hielo.
—¿Siempre das órdenes?
—Solo cuando alguien puede romperse el cuello.
—Considerado —replicó él—. Creí que no sabías patinar.
—Solo un poco, pero yo pensé que tú sí sabías.
—Cuando era pequeño, mi madre me llevó un par de veces a patinar y recuerdo haberlo hecho bien—hizo una mueca—, pero ya veo que solo fue mi imaginación. Esto es más peligroso de lo que creí.
—Habías dicho que Hagen te enseñó—le recordó.
Pero Egon rio con nerviosismo.
—Quería apantallarte, pero… resulta que quedé en ridículo, además, también mentiste sobre no saber hacerlo.
Ella rio, complacida.
—Una mentira piadosa no le hace mal a nadie—le guiñó el ojo, haciendo que Egon sonriera como tonto.
Avanzaron despacio. Elara patinaba con soltura, elegante sin esfuerzo. Egon, en cambio, iba concentrado en cada movimiento, como si el hielo fuera un enemigo que aún no decidía atacar.
—Relájate —le dijo ella, colocándose frente a él—. Si te tensas así, te vas a caer.
—No me gusta perder el control.
—Entonces hoy es un mal día para ti.
Le tomó las manos sin pedir permiso. Sus dedos estaban fríos; los de él, sorprendentemente cálidos. Elara dio un pequeño impulso hacia atrás, obligándolo a seguirla.
—Confía —susurró—. No voy a soltarte.
Egon obedeció. No porque no tuviera opción, sino porque quiso.
Patinaron así un rato. Sin prisas. Sin palabras innecesarias. Cuando Egon comenzó a moverse con más seguridad, Elara lo soltó poco a poco, observándolo con atención genuina.
—Mira eso —sonrió—. El Lobo de Hielo está aprendiendo algo nuevo.
—No se lo digas a nadie —respondió—. Arruinaría mi reputación.
—Tranquilo. Se quedará entre tú, yo… y el hielo—miró a todos lados—, y en algunas personas que nos observan al patinar junto a nosotros.
Él se acercó despacio, deteniéndose justo frente a ella.
—¿Esto también forma parte del entrenamiento? —preguntó, bajando la voz.
—Depende —contestó Elara—. ¿Estás aprendiendo?
Egon la observó un segundo más de lo necesario. Sus ojos grises, ahora oscuros por la luz y la cercanía, no tenían rastro de burla. Solo atención. Demasiada.
—Sí —admitió—. Y eso es lo que me preocupa.
Elara no respondió. En cambio, se acercó un poco más, hasta que el frío dejó de importar. Hasta que el ruido del lugar se volvió distante.
—No tienes que resolverlo todo hoy —dijo con suavidad—. Solo… Quédate aquí. Conmigo.
Egon cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, apoyó su frente contra la de ella, respirando hondo.
—Si sigo así —murmuró—, voy a olvidar por qué empezó todo esto.
Elara sonrió apenas, una sonrisa pequeña pero honesta.
—Entonces —susurró—, tal vez por una vez… eso no sea lo peor.
No se besaron, aunque el deseo estuvo presente en ambas partes.
Pero Egon deslizó una mano a la cintura de ella, firme, consciente. Y Elara no se apartó. El hielo volvió a crujir bajo sus pies. Y ninguno de los dos quiso ser el primero en moverse.
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