El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 26
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Capítulo 26: Capítulo veintiséis
Para ser mayor que él por cuatro años, definitivamente no se notaba la diferencia. Ella parecía ser de la misma edad e incluso menor, puesto que su rostro era demasiado tierno, femenino y hermoso a ojos de Egon, pero si se concentraba solo en su belleza, iba a perder la cabeza por esa fémina y no podía caer en eso.
Jaques había tenido razón en medir sus límites, pero confiaba en su autocontrol.
—¡Aaah!
De pronto un niño resbaló cerca de ellos y ambos se soltaron para sostenerlo instintivamente para evitar que cayera.
—¿Estás bien? —le preguntó Elara.
El niño debía tener entre nueve y diez años. Tenía el cabello castaño y los ojos oscuros con las mejillas ruborizadas por el frío.
—Sí, muchas gracias—. Agradeció el niño, tambaleándose cuando recuperó el equilibrio.
—Ten más cuidado—le riñó Egon con dureza, asustándolo—. No siempre van a haber personas que te salven del peligro.
Y en menos de cinco segundos, el infante rompió a llorar con desesperación, empujando al Lobo de Hielo y aferrándose a Elara.
—¡Egon! —exclamó ella antes de ver como él resbalaba y caía sobre su trasero sobre el hielo gracias al empujón del mocoso.
El niño entre lágrimas comenzó a burlarse de Egon y Elara se quedó perpleja al ver cómo se levantaba con el ceño fruncido y la mirada encendida de cólera.
—¡Largo de aquí o el que terminará haciéndote daño seré yo! —vociferó Egon, echando al niño.
—Tranquilo, por favor—intentó tranquilizarlo Elara, sintiendo el terror del pequeño en sus manos que se habían aferrado a su abrigo—. Es solo un niño.
Pero cuando él iba a replicar, el infante se apartó de Elara y se deslizó en el hielo en dirección a sus padres, llorando y señalando a Egon de manera dramática.
—Perfecto—carraspeó Egon, llevándose la palma de la mano a la frente—. Vamos, nos alejemos de ellos y vayamos al otro extremo de la pista.
Se tomaron de la mano y Elara fue la que lideró el camino, lo más alejado posible de cualquier niño problemático que pudiera atravesarse.
Pero cuando estaban a punto de llegar a la otra punta, Elara sintió una pesada y ruda mano posarse en su hombro con mucha fuerza, deteniéndola de golpe y a Egon también.
La pareja giró sobre sus talones y aunque la mano se apartó, el dueño de esta se mantuvo firme y arrogante antes ellos.
Elara y Egon advirtieron al pequeño niño de antes, detrás de ese hombre.
Era su padre.
Maldición.
Era un hombre de mediana edad, su cabello antes de estar canoso debió haber sido pelirrojo y su mirada iracunda color azul irradiaba hostilidad.
—Mi hijo me dijo que ustedes lo amenazaron con hacerle daño—añadió el sujeto con desdén—. Y quiero saber quién les dio el derecho de molestarlo.
Elara se rascó una ceja.
—Señor, nada de lo que su hijo dijo es verdad—interpuso—, él se iba a caer y lo ayudamos a que no lo hiciera, y…
—No tienes por qué darle explicaciones a este hombre insignificante—gruñó Egon con recelo y la agarró de la mano—. Vámonos.
En cuanto se dieron la vuelta, el hombre volvió a detenerlos, esta vez con más rudeza, provocando que Elara resbalara hacia atrás y cayera en el hielo.
Ahogó una exclamación al sentir un dolor punzante en el tobillo izquierdo.
Egon se inclinó a ella con preocupación.
—¿Qué te pasó? ¿Estás bien? —le preguntó y su respiración comenzó a acelerarse.
Elara supo de inmediato que aquella había sido la gota derramada del vaso en la paciencia en Egon Schreitz.
—Estoy bien, creo que solamente me lastimé el tobillo—eludió, nerviosa—, nada grave.
—A ver, intenta levantarte—le ordenó con suavidad—, si no puedes hacerlo por si sola—agregó, mirando al sujeto pedante que yacía aun ahí, esperando para seguir riñendo con su hijo a un lado—, habrá problemas y de los que nadie de este maldito parque imagina.
Egon se hizo a un lado para ella pudiera levantarse, pero teniendo las manos cerca por si en caso no podía.
La chica apretó los dientes para no demostrar el tormentoso dolor que se le había alojado en el tobillo y se incorporó. No deseaba que Egon asesinara a ese hombre a plena luz del día con personas como testigos y armar un caos.
—Estoy bien—acotó ella, sonriendo, pero por obvias razones, él no le creyó y esperó unos segundos más—. ¿Qué ocurre?
Él no respondió y se dedicó a mirarle el tobillo con atención.
—Coloca también tu peso en el pie izquierdo—. Ordenó.
Elara tragó saliva.
—Egon…
—¡Hazlo! —exclamó.
—No puedo…
Entonces Egon Schretiz esbozó una sonrisa que asustó a la fémina y en un intento de detenerlo, él la cargó ágilmente y como pudo, la dejó sobre una banca, a la orilla de la pista de hielo y como si el hombre hubiese sido llamado, también se acercó y solamente para continuar peleando y su hijo lo siguió.
En aquel momento, Elara deseó haber dejado que el estúpido niño se cayera y se rompiera los dientes para no tener que estar en esa situación.
—Has tenido mucha suerte—le dijo Egon al sujeto, quien frunció el ceño al no comprender por qué le decía si eso, si era evidente que ella se había lastimado el tobillo—. ¿Quieres saber por qué?
—Me interesa una mierda lo que dices, solo quiero que me digan quién de ustedes amenazó a mi hijo—gruñó.
—Fui yo—respondió Egon sin borrar la sonrisa de su rostro—. Le habría dado una patada para enviarlo de vuelta contigo, pero mi novia me lo impidió. Y la suerte está de tu lado por esto.
El hombre retrocedió un poco, presintiendo que Egon iba a accionar, pero antes de que eso ocurriera, empujó a su hijo fuera del alcance de ambos, dándole la espalda al Lobo de Hielo.
—Lección uno, maldito mediocre—rio Egon—, jamás le des la espalda a tu enemigo, especialmente si se trata de Egon Schretiz, el Lobo de Hielo.
Y solo bastó una fracción de segundo para que Egon lo pateara y se le fuera encima.
Comenzaron a pelear, puño a puño, sobre el hielo, llamando la atención de todos y enseguida la gente chismosa ya los rodeaba, sin saber cuál era el problema, pero con la curiosidad de ver la riña.
Era inútil pedir ayuda. Elara sabía de antemano que ese hombre merecía estar siendo golpeado por creerle las mentiras a su hijo y de repente, vio al patético niño querer interferir en la pelea y se las arregló para sujetarlo del cuello del abrigo.
—Oh, no, amiguito, no vas a meterte porque lo que está pasando ha sido culpa tuya—le espetó, con una leve sonrisa y cuando el mocoso forcejeó con ella, Elara continuó: —. Si tu padre llega a morir a manos de mi novio, ten en cuenta que tú lo ocasionaste.
Aquellas palabras lo dejaron quieto unos segundos, pero después volvió a forcejear y ella lo liberó, pero el impulsó hizo que el niño cayera de cara al hielo y comenzara a llorar.
Elara supuso que el llanto de su hijo lo desconcertó porque escuchó al sujeto gritar el nombre del niño “Franz”, pero los golpes de Egon hacia él no cesaban.
—¡Tiene una navaja! —gritó alguien entre la multitud de personas.
Y ella se puso de pie como pudo y se abrió pasó entre todos. Entornó los ojos al ver que no era Egon el de la navaja, sino el otro.
—¡Ten cuidado, Egon, por favor! —chilló ella, agarrándose de los hombros de una señora y un señor.
Sin embargo, sus palabras fueron algún tipo de estimulación en el cerebro de Egon Schreitz porque se alejó del sujeto justo a tiempo, porque de no hacerlo, lo habría apuñalado y eso le dio tiempo de sacar una verdadera arma.
Sacó su revólver y las personas se echaron hacia atrás, incluida Elara, pero porque los señores en quienes estaba recargada se movieron.
—Ahora sí, ¿No que muy rudo? ¿Por qué te alejas? Si momento antes pretendías atravesarme con esa navaja—. Bramó Egon, jugando con el arma en su mano.
Curiosamente el hombre tenía la cara llena de sangre, y un ojo casi cerrado por los golpes, y Egon solamente un breve golpe en el pómulo derecho y sangre en los nudillos de las manos, pero no suya.
—¡Agrediste a mi hijo!
—¡Él quiso pasarse de listo! —gritó Elara y la atención cayó en ella—. El niño iba a caerse y yo lo ayudé, pero solamente porque mi novio le recomendó tener cuidado porque no siempre habrá personas que lo ayuden, el niño idiota lo empujó y tiró en el hielo. Eso es todo. En todo caso, quien nos agredió fue tu maldito hijo desobediente.
—Y tú le hiciste daño a mi novia al empujarla y hacerla caer—repuso Egon—, ahora tiene herido el tobillo. Y esto no puede quedarse así. Tiene que haber igualdad de condiciones.
El sujeto y el resto de las personas frunció el ceño sin comprender, incluida Elara, y no fue hasta que Egon le quitó el seguro al arma y apuntó directamente al pie izquierdo del hombre.
No obstante, la detonación de la pistola y el grito del hombre provocó la histeria colectiva jamás antes vista. Únicamente el niño se acercó a su padre, lloriqueando al ver la sangre escurrir por el hielo.
Egon Schreitz le había reventado el pie completo con el disparo.
Elara estuvo a punto de perder el equilibrio porque esos señores echaron a correr, dejándola parada, pero Egon se acercó a ella para sostenerla.
—Si tú o tu mezquino hijo se vuelven a meter con nosotros, esa bala va a ir directamente a tu cabeza—le advirtió Egon.
—¡Vas a ir a la cárcel! —gimoteó el hombre—. ¡No vas a salirte con la tuya?
—¿A la cárcel? ¿Yo? —Egon rompió a reír irónicamente—. Pretendía dejarte con vida, pero con lo que acabas de decir, he cambiado de opinión.
El hijo del hombre se había abalanzado encima de él para protegerlo con su débil cuerpo.
El Lobo de Hielo con una mano sostuvo a Elara y con la otra le apuntó justo enfrente de los ojos.
—Egon, espera, no…
—Tranquila, esto acabará ahora mismo…
—¡No! ¡¿Qué haces?! —gritó el hombre, horrorizado por la determinación del pelinegro de ojos plata que no le temblaba la mano al apuntarle.
Entonces Egon apretó el gatillo, pero el disparo se dirigió al cielo rápidamente y fue gracias a una tercera mano que intervino justo a tiempo.
—¡Hagen! —chilló Elara, aliviada.
—Me alejo por un rato y se te ocurre estar molestando a las personas, eh, Egon—, añadió el rubio, haciendo su entrada perfecta con su humor tan tonto—. Tal parece que tengo que cuidar no solo a Elara, sino a ti también.
Hagen Falk esbozó una sonrisa divertida y luego se puso serio al mirar al hombre sobre el hielo, con el pie destrozado y la sangre manchando la pista de hielo con el niño a su lado.
—¿Acaso quieres morir de verdad? ¿No te suena el nombre de “Egon Schreitz” o “Lobo de Hielo”?
—No sé de qué demonios hablas—ladró el hombre, horrorizado.
—¡Nos acabamos de mudar aquí! —gimoteó el niño con molestia, mientras miraba con odio a los tres.
—Ah, eso explica todo—dijo Hagen, cruzándose de brazos. Era impresionante que no estuviera usando patines especiales para no resbalar en el hielo—. Bien, pues… déjenme informarles a ambos, que están frente al hijo del capo más importante de Viena, Egon Schreitz y si se meten con él, la mafia austríaca irá detrás de ustedes y toda su familia.
El hombre entornó los ojos, claramente aterrorizado y aunque su hijo se mostró intimidado, no fue con la misma magnitud que el padre.
—Ahora, llamaré a una ambulancia y no dirán absolutamente nada de lo que ocurrió, ¿de acuerdo? —les advirtió con desdén, volviendo a esbozar una sonrisa, pero esta vez fue completamente fría.
Detrás de Egon y Elara, se hallaba Jaques con un teléfono en la oreja.
—Vamos—. Dijo Hagen y miró a Elara, que no podía sostenerse de pie—. ¿Qué pasó?
—Fue culpa de ese idiota—masculló Egon, guardando el arma—. ¿Por qué crees que pretendía matarlo?
Los ojos azules, fríos y analíticos de Hagen se desviaron nuevamente al hombre que yacía agonizando de dolor en el hielo.
—Correcto, en ese caso…
Hagen se quedó en silencio cuando, sin pena ni gloria y sin ningún tipo de remordimiento, sacó una pequeña pistola con silenciador incluido del interior de su chaqueta y le apuntó al hombre en la frente.
Se escuchó un ligero “clic” y acto seguido, la cabeza del hombre fue perforada por una bala silenciosa, haciendo que su cuerpo sufriera un espasmo y cayera hacia atrás como un costal de papas y el grito de su hijo fue lo que alarmó otra vez a los presentes.
Hagen Falk había terminado el trabajo que Egon Schreitz no hizo gracias a Elara.
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