El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 27
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Capítulo 27: Capítulo veintisiete
Elara fue cargada por Jaques desde atrás en cuanto las personas del parque comprendieron lo que había ocurrido, Egon y Hagen se deslizaron hacia afuera de la pista de patinaje, con la intención de salir huyendo de ahí.
Aunque de antemano, sabían que no les iba a ocurrir nada porque Egon Schreitz tenía mucha inmunidad por ser el hijo de Magnus Schreitz, la población entera e incluso la policía, le temía.
—Hagen, ¿por qué hiciste eso? —logró decirle Elara mientras yacía en la espalda de Jaques y tanto el rubio y el pelinegro iban corriendo paralelamente a ellos.
—Te hizo daño, ¿acaso pretendías que me quedara sin hacer nada? —respondió el rubio sin dejar de correr y sonriendo como idiota—. Además, impedí que Egon se ensuciara en vano las manos por ser tan mediocre como ese sujeto.
—Su hijo va a tener traumas de por vida—. Acotó Elara y volteó a ver a Egon, que yacía corriendo sin detenerse y sin prestarles atención.
Pronto llegaron a la camioneta y Jaques abrió la puerta de los asientos traseros.
—Voy a regresar con ella en mi coche—carraspeó Egon, poniéndose entre la camioneta y Jaques.
—¿Está usted seguro, joven Schreitz? Porque puedo regresar por el vehículo cuando los deje a salvo en su casa—, se ofreció Jaques, preocupado.
—Muy seguro…
—¿Y qué hay del tobillo de Elara? Ella debe ir con un médico—repuso Hagen.
—Solo fue una torcedura, estoy bien—afirmó la fémina y para que fuese creíble, se deslizó de la espalda de Jaques para pararse en sus propios pies—. ¿Lo ven?
—Pon tu peso en ambos pies—ordenó el rubio con desdén.
—La llevaré yo—dijo Egon con molestia y se colocó al lado de ella—, ¿nos vamos?
Ella asintió y el Lobo de Hielo le ofreció la mano con cariño. Entrelazaron sus dedos y la cargó en sus brazos.
—Háganse cargo de lo que ocurrió en la pista de patinaje—ordenó antes de dirigirse a otra parte con la chica.
Elara le colocó los brazos alrededor del cuello mientras era cargada hacia el coche de Egon.
Aún no se acostumbraba a tener a ese chico tan cerca de ella, pero tenía que hacerlo porque parecía que en serio su vida iba a estar ligada a la suya por mucho tiempo.
—Ciertamente no pensé que iba a suceder eso. Planeaba que fuese un día normal y tranquilo para ti—. Le oyó decir a Egon con rigidez. No se notaba feliz con el desenlace, sino incómodo.
Elara recargó la mejilla sobre el hueco del hombro y el cuello de él.
—Debo agradecer que me hayas defendido. Jamás en la vida nadie lo había hecho, solo tú; y mucho menos quitarle la vida a quienes me han acosado.
—¿Te refieres a Emil?
—Exacto. Y también a ese hombre en la pista de patinaje.
—Pero fue Hagen.
—Es lo mismo. Él es tu mejor amigo y terminó con lo que ibas a hacer de todos modos, Egon.
Ella asintió.
—Todavía no comprendo cómo es que Hagen supo en dónde estábamos.
—Él siempre me encuentra en cualquier parte, es parte de ser mi mejor amigo, supongo—explicó—, porque no le di realmente la dirección exacta a Jaques, pero Hagen de todas maneras llega en mi auxilio siempre.
—Es como si te hubiera puesto algún tipo de rastreador, ¿no? —bromeó ella.
—Exacto, pero simplemente es su amistad leal lo que hace que sea la única persona en quién yo pueda confiar ciegamente en caso de que en algún momento me encuentre en una situación de vida o muerte como la vez pasada.
—Mientras no te traicione, yo estoy tranquila con tenerlo cerca.
—No, jamás lo haría. Es de fiar, créeme.
Elara asintió, dejando que él la dirigiera hacia el coche que no estaba tan lejos, pero tuvieron que rodear el parque porque estaban llegando ambulancias y patrullas para inspeccionar la escena del crimen y tenían que pasar desapercibidos.
Sin embargo, cuando rodearon durante varias calles para llegar al coche, Egon se detuvo abruptamente para no empujar a una señora de la tercera edad que yacía caminando sobre la acera, y en cuanto él bajó de la acera, Elara se puso lívida al intercambiar miradas con esa mujer.
—¡Elara!
—Abuela…
Egon no se movió, pero volteó a ver a la señora con cierto interés.
—¿En dónde te habías metido? ¡Hemos estado muy preocupadas tu madre y yo! Las autoridades dicen que la nota que nos enviaste diciendo que estabas bien, no era razón para abrir una carpeta de investigación—exclamó, abatida y luego su atención se postró en Egon y parpadeó, perpleja— ¿Quién es él? ¡Habla, por favor!
—Abuela, no deberías andar por las calles tú sola, ¿dónde está mi madre? —intentó cambiarle el tema con una sonrisa.
—Respóndeme primero, jovencita—sentenció, enfadada.
Él volvió el rostro hacia Elara y notó en su mirada una petición de súplica.
—¿Quieres ir a tomar un café, abuela? Y así podremos platicar, ¿qué dices?
Pero su abuela miró de soslayo a Egon con mucha desconfianza, especialmente porque él estaba serio, sin ninguna expresión y aunque era malditamente atractivo, su seriedad daba miedo si no conocías su otra faceta.
—Iba a ir a comprar, pero…
—Señora, acompáñenos, no se preocupe por lo que iba a comprar, nosotros la vamos a acompañar después a hacerlo—agregó Egon, forzándose a sonreír.
Tras escucharlo hablar tan suavemente, la abuela de Elara se relajó un poco y asintió.
A decir verdad, la mujer, a pesar de ser una anciana, aún caminaba erguida y Elara tenía un enorme parecido a ella, especialmente en la mirada oscura y desafiante.
—Hay una cafetería cercana, ¿por qué no vamos ahí? —ofreció Egon amablemente.
—Bien—. Fue la respuesta de la señora.
Caminaron un par de calles más y ella de vez en cuando volteaba a ver a Elara en los brazos de Egon y era obvio que deseaba preguntar sobre eso, pero se aguantó lo suficiente hasta llegar a la cafetería, que era una diferente a la que visitaron cuando él le presentó a su mejor amigo, Hagen Falk.
En cuanto entraron, Egon se hizo cargo.
—Una mesa para tres, por favor, que sea en un sitio privado, pero no en planta alta porque la señora no debe esforzarse—. Ordenó.
Inmediatamente el mesero asintió y los dirigió hasta el fondo de la cafetería en donde apenas y había personas ahí, puesto que la mayoría yacía en la zona donde estaba una enorme TV viendo las noticias sobre el asesinato en la pista de patinaje.
Elara tragó saliva y sintió la mirada de Egon encima.
—No te preocupes, somos ajenos a ello—le susurró en la oreja. Ella asintió.
Sentó a Elara en la silla delicadamente y después ayudó a la abuela a sentarse, pero no sin antes regalarle una sonrisa torcida para que no se sintiera intimidada.
—Primero que nada, ¿cómo te llamas, jovencito? Porque yo me llamo Roswitha Nordmann—ella fue al grano, sin rodeos.
Él se sentó junto a Elara y humedeció sus labios antes de hablar.
—Mi nombre es Egon Schreitz, un placer conocerla, señora Roswitha.
Tras decirle su nombre, ella palideció, pero logró guardar la compostura, especialmente porque el mesero se acercó a pedir sus órdenes.
—¿Qué piensan elegir? —preguntó amablemente.
—Aunque haga frío, se me antoja un frappé de moka, por favor—. Pidió Elara.
—Yo un café americano, sin azúcar, por favor—dijo Egon, incómodo.
—Y yo un té de manzanilla, por favor, muchacho—ordenó la señora Nordmann.
—De acuerdo, enseguida.
En cuanto el mesero se marchó, la señora Roswitha postró su oscura mirada en Egon.
—Así que eres el primogénito de Magnus Schreitz.
Elara entornó los ojos y la sonrisa de Egon se borró instantáneamente.
—¿Conoce bien a mi padre? —Su voz fue muy calmada, tal cual usaba cuando estaba siendo calculador y ella temió por la seguridad de su abuela. Su calma característica nunca salía a flote tan a menudo, a menos que estuviera en una situación que él percibía de vida o muerte o estuviera planeando una estrategia.
—Solo las personas ancianas como yo, sabemos bien el nombre y apellido del capo que se ha encargado de intimidar al país completo durante muchos años, el resto no se atreve a indagar porque saben que pueden ser ejecutados, ¿o me equivoco?
Elara apenas podía creer lo que estaba escuchando. Su abuela sabía muchas cosas y jamás imaginó que en algún punto se encontraría con Egon y peor aún, que supiera bien de él y su padre.
—En estos momentos yo estoy al mando de la organización de mi padre—, le informó Egon con suspicacia—. Él no se encuentra en Viena.
—Escucha, jovencito, a mí no me interesa nada de eso—. Espetó la anciana y miró a su nieta—. Yo solo quiero que me digas cómo es que mi Elara terminó estando contigo, ¿acaso la secuestraste?
—Abuela, por favor, ¿en serio me veo secuestrada? —Sonrió tímidamente.
—No, por eso quiero la verdad en este momento—. Ordenó, iracunda.
El mesero les llevó sus órdenes y Elara usó de excusa su frappé para no tener que mirar a los ojos de su abuela, que parecía traspasarla.
Egon se rascó la cabeza, inseguro de qué responderle y miró levemente a Elara, quien continuó comiendo la crema del frappé con la cuchara.
—La conocí en su trabajo de mesera en el bar Blutmond y nos gustamos—le informó Egon, sin entrar en detalles—, de hecho, le sugerí que viniera a vivir conmigo para tener que trabajar en ese lugar tan miserable porque ella no merecía estar ahí.
Elara se acomodó el cabello detrás de las orejas, sin dejar de degustar su frappé y de pronto, su abuela le agarró la mano izquierda en donde estaba el anillo que Egon le había obsequiado.
—Y ese anillo en cuestión, es la prueba de que Elara me interesa de verdad y no estoy jugando…
—¿Y por qué no decidiste que ella misma fuera a nuestra casa para decirnos que había conocido a alguien? Una maldita nota no fue suficiente.
—Tenía que protegerla de un antiguo socio que la confundió con un espía en un negocio que estábamos haciendo en ese bar el día que nos conocimos—. Le explicó él, tratando de que la anciana entendiera al menos un poco de la situación sin que hiciera un escándalo.
Roswitha Nordmann lo evaluó con la mirada mientras le daba un sorbo a su té de manzanilla.
—Mi nieta creció sin un padre que la protegiera y solamente su madre y yo somos su única familia, y, por ende, no voy a tolerar que venga un muchacho de sangre problemática a querer apartarla de nuestro lado—dijo la señora con petulancia y sus ojos oscuros se encontraron con los grises de Egon—. El padre de Elara la abandonó en cuanto nació porque tenía otros ideales y para él, fue un error haberse involucrado con mi hija y por eso se largó, sin importarle dejar atrás a su hija recién nacida.
—¡Abuela! —Carraspeó, Elara, ruborizada y sorprendida por aquella información.
Si bien era cierto que su padre la había abandonado, al menos no sabía cómo era su rostro, solo su nombre y hasta eso, le daba igual porque ese hombre no era más que su progenitor.
—Si es tu novio, debe saber parte de tu vida, Elara—. Espetó la anciana de malhumor.
—Lo sé, pero…
—Déjala terminar—susurró Egon a Elara.
La chica bajó la mirada, avergonzada. Ahora el frappé le supo amargo.
—Lo único que Elara conoce de su padre es su nombre, solo eso—. Siseó con desprecio.
—¿Cuál es? —preguntó Egon, muy interesado.
—Lucien Moreau.
Elara alzó levemente la mirada y notó como las pupilas de Egon Schreitz se habían dilatado completamente y su respiración se había agitado, como si solo escuchar ese nombre le hubiera provocado algún tipo de asfixia.
—¿Egon? —ella le puso una mano sobre el brazo.
—Tranquila—balbuceó él—, solamente me he sentido mareado de repente, creo que necesito aire fresco. Vuelvo en un momento.
Ambas mujeres observaron al chico levantarse de la mesa y dirigirse a la salida a respirar.
Si Elara hubiera podido caminar con normalidad, habría ido detrás de él, pero su estúpido tobillo no estaba en condiciones para cooperar.
—Admito que el muchacho es muy atractivo, jamás pensé que lograrías enamorar a alguien como él, hija—le oyó decir a su abuela—. Especialmente porque no es alguien normal, es un mafioso, ¿si te das cuenta de la magnitud del problema?
—¿Qué problema, abuela? En ningún momento me ha hecho daño.
—De eso no se trata—eludió la señora—, me refiero a que involucrarse con personas de la mafia, es peligroso en todos los sentidos porque tienen enemigos, ¿o no pensaste en eso?
Ella negó con la cabeza y bajó la mirada.
—Espera, a ver, alza el cuello—. Le ordenó.
Elara intentó negarse, pero su abuela le sujetó el mentón con fuerza y la obligó a mover el cuello de un lado a otro.
—¿Qué demonios son esas marcas en tu cuello?
—El mismo socio del que te contó Egon que pensó que era una espía hace unas semanas, fue el que me hizo estas marcas—le explicó con simpleza—, pero fue asesinado, así que ya no me podrá lastimar, no te preocupes.
—¿En serio estás tomando a la ligera eso? Hablas como si una muerte no fuera algo grave, Elara, por Dios…
—Es que realmente ese tipo se lo merecía, incluso quiso traicionar a Egon.
La mujer se llevó la palma de la mano a la frente.
—No sigas los pasos de tu madre, por favor…
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
—Los ideales de tu padre de los que hablé fueron similares a los de tu novio, o mejor dicho, a los padres de él.
Elara la miró con extrañeza.
—¿Quería ser parte de la organización de los Schreitz?
Roswitha Nordmann se encogió de hombros y terminó de beber su té, que estaba casi enfriándose.
—No lo sé, pero de que tenía inclinación a los actos ilícitos, los tenía, por eso el haberlas dejado fue la mejor opción porque solo así, las dejó fuera de los posibles problemas.
—¿Por qué nunca me habías contado todo eso? ¿Por qué hasta ahora? —le increpó, molesta.
—Porque estás saliendo con un criminal, Elara. Y vas por el mismo camino que tu madre y no quiero que salgas herida de ninguna forma.
—¿Mi madre sabía de esas ideas de mi padre?
—Sí.
—¿Y qué hizo al respecto?
—Nada. Seguir con él a pesar de todo y pensó que podía hacerle cambiar de opinión, pero no fue así. Supongo que tu padre al final comprendió que serían una carga y un peligro latente si las llevaba consigo.
Luego de eso, se quedaron en silencio con incomodidad.
—Pero a pesar de que no me gusta para nada la ascendencia de Egon Schreitz, reconozco que verte tener un novio real y atractivo me alegra de sobremanera.
Elara se ruborizó.
—Bueno, tengo veintinueve años, en poco tiempo cumpliré treinta y supongo que el trauma que tuve hace casi tres años no iba a perseguirme para siempre, ¿no?
—Todos los días le he orado a Dios para que te ayudara a superarlo, pero no creí que de esta manera.
—Abuela, Jakob Severin es del pasado—. Afirmó con determinación—. Ya no me afecta en lo absoluto.
—Me parece perfecto que digas eso, porque fue el único novio que habías tenido y de manera virtual—siseó su abuela, enfadada—. No es posible que alguien a través de una pantalla de un teléfono te hubiera roto el corazón, es decir, ¡Nunca se conocieron en persona!
—Es que nunca es tan necesario estar frente a frente con una persona para enamorarte de ella y lo sabes. Fuiste testigo de todos los detalles que me enviaba por paquetería.
—Y eso sin mencionar que él era casi diez años menor que tú, Elara. Era obvio que esa relación a distancia no iba a funcionar.
—Sí, bueno, no importa—bufó Elara—. Ahora tengo a Egon Schreitz.
La abuela suspiró, contrariada.
—Si sales embarazada, quiero ser yo la primera en enterarme, ¿de acuerdo?
—¡Abuela! —chilló, avergonzada.
Ella alzó las palmas de sus manos para deslindarse del bochorno que había provocado en su nieta.
—Apenas nos hemos dado un beso en los labios, no exageres demasiado.
—Así se empieza—bromeó su abuela y Elara suspiró.
Elara abrió la boca para replicar, pero volvió a cerrarla cuando vislumbró a Hagen Falk acercándose a ellas desde la entrada principal.
—¿Hagen?
—Hola, Elara.
La abuela de la chica parpadeó, perpleja por la presencia del rubio y lo escaneó de arriba abajo.
—¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Egon? —le preguntó, preocupada y estiró el cuello para poder ver la calle desde la entrada.
—Se sintió mal del estómago y me llamó para llevarte al médico y luego a su casa.
El rubio ladeó la cabeza y vio a la abuela.
—Lo siento por ser tan maleducado, señora, ¿usted es la abuela de Elara? —le sonrió con simpatía.
—¿Quién eres tú, muchacho rubio? —preguntó ella, sonriendo.
Elara sintió claramente como su abuela parecía ser más simpática con Hagen que con Egon.
—Hagen Falk, a sus órdenes—se inclinó a ella y tomándola de la mano, le besó el dorso de forma caballerosa.
—Roswitha Nordmann, pero puedes decirme señora Ros.
—Correcto. Un placer conocerla, señora Ros.
—¿Podemos ir a dejar a mi abuela al mercado más cercano? Ella necesita ir a comprar—le pidió Elara.
—Por supuesto, iré a pagar la cuenta y volveré por ti para que no camines.
Elara asintió y Hagen se dirigió a la caja.
—¿Y este muchacho quién es? Parece modelo—le susurró su abuela.
—Es el mejor amigo de Egon, abuela.
—Es más atractivo que él, ¿por qué no intentas salir mejor con el rubio? Imagina la belleza con la que saldrían tus hijos si decides quedarte con ese hermoso muchacho de ojos azules.
—¡Guarda silencio o te escuchará! —masculló entre dientes.
Hagen, por su parte, se encargó de pedir la cuenta y pagar con tarjeta para no hacer esperar más a Elara y a su abuela. No comprendía bien por qué Egon le pidió hacerse cargo de ellas, pero no lo cuestionó.
Fue buena idea haberse quedado merodeando por los alrededores porque en cuanto su mejor amigo le llamó por teléfono, acudió al instante, incluso teniendo a la policía muy cerca después de haber asesinado a aquel hombre en la pista de hielo.
De regreso a la mesa donde se hallaban ambas féminas, se arrodilló frente a Elara y ella captó la señal para subirse a su espalda, tomando por sorpresa a su abuela.
—Me lastimé el tobillo, nada grave, abuela.
—¿Cómo que nada grave? ¡Vamos al doctor!
—No se preocupe, señora Ros, yo me haré cargo.
—En ese caso, entonces llévala a que le revisen el tobillo, yo me iré sola a hacer mis compras—sentenció con firmeza—. La salud de mi nieta es más importante.
—¿Estás segura, abuela?
—Muy segura, váyanse ya. A tu madre le dará gusto saber que en serio estás bien; pero no olvides llamarnos o ir a visitarnos, por favor.
—Me aseguraré de que lo haga—. Prometió Hagen, guiñando un ojo y Elara le dio un golpecito juguetón en el hombro, haciéndolo sonreír.
—Por cierto, Hagen Falk, debo admitir que tú haces mejor pareja con mi nieta que el otro muchacho—le confesó en voz baja, el rubio se echó a reír y Elara se ruborizó.
—¡Abuela!
—¿Qué? Solo digo la verdad—. Se encogió de hombros.
—Vamos, señora Ros, al menos la acompañamos hasta la salida.
—Qué amable, muchacho.
Elara puso los ojos en blanco mientras Hagen se erguía con ella en la espalda. La chica tuvo que abrazarlo con fuerza, pero sin llegar a presionar mucho el cuello y asfixiarlo.
Salieron de la cafetería y el frío les caló a los tres. Había poca nieve, pero parecía que pronto volvería a nevar.
—Un placer conocerla, señor Ros—se despidió Hagen amablemente.
—El placer es mío, muchacho. Nos vemos.
Esperaron a que la señora se perdiera de vista en la esquina para que Hagen se echara a andar en dirección opuesta.
—Vaya, nunca pensé conocer a tu abuelita—. Bromeó el rubio.
—Ni me lo digas—bufó ella, agobiada—. Fue algo tan sorprendente…
Hagen soltó una pequeña risita.
—Por cierto, ¿De verdad Egon se sintió mal? ¿Dónde está? —quiso saber Elara.
—No tengo idea, pero sí lo vi muy pálido y dijo que te esperaba en el vehículo.
—Qué extraño.
—¿Por qué? ¿Qué fue lo que hablaron cuando él tuvo que salir de la cafetería?
—Simplemente mi abuela le mencionó el nombre de mi padre.
La espalda de Hagen se tensó un poco y después ahogó un bostezo que lo hizo relajarse.
—Eso no creo que haya sido el motivo. Quizá se abrumó por tener que socializar con tu abuelita sin tenerlo previsto. Egon es así.
—Puede ser—convino Elara.
Minutos después, vislumbraron a Egon en el interior del coche con la mirada perdida y el ceño fruncido, como si estuviera conflictuado.
Hagen golpeó el cristal brevemente, haciéndolo respingar.
—Ya estamos aquí—le dijo.
Egon asintió, pero no le dirigió la mirada a Elara, sino que intentó hacer lo posible por evitarla.
—Hagen, llévala al médico, yo tengo otros asuntos que atender—le ordenó al rubio, bajando del coche y rodeándolo para entregarle la llave—. Cuando la revisen, regrésala a la casa.
—¿Estás seguro…? —balbuceó el rubio, perplejo. Tanto él y Elara no comprendieron la reacción del Lobo de Hielo.
—Sí.
Egon le depositó las llaves del auto en la mano de su mejor amigo antes de alejarse por la acera sin voltear atrás.
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