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El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 28

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Capítulo 28: Capítulo veintiocho

Ambas mujeres observaron al chico levantarse de la mesa y dirigirse a la salida a respirar.

Si Elara hubiera podido caminar con normalidad, habría ido detrás de él, pero su estúpido tobillo no estaba en condiciones para cooperar.

—Admito que el muchacho es muy atractivo, jamás pensé que lograrías enamorar a alguien como él, hija—le oyó decir a su abuela—. Especialmente porque no es alguien normal, es un mafioso, ¿si te das cuenta de la magnitud del problema?

—¿Qué problema, abuela? En ningún momento me ha hecho daño.

—De eso no se trata—eludió la señora—, me refiero a que involucrarse con personas de la mafia, es peligroso en todos los sentidos porque tienen enemigos, ¿o no pensaste en eso?

Ella negó con la cabeza y bajó la mirada.

—Espera, a ver, alza el cuello—. Le ordenó.

Elara intentó negarse, pero su abuela le sujetó el mentón con fuerza y la obligó a mover el cuello de un lado a otro.

—¿Qué demonios son esas marcas en tu cuello?

—El mismo socio del que te contó Egon que pensó que era una espía hace unas semanas, fue el que me hizo estas marcas—le explicó con simpleza—, pero fue asesinado, así que ya no me podrá lastimar, no te preocupes.

—¿En serio estás tomando a la ligera eso? Hablas como si una muerte no fuera algo grave, Elara, por Dios…

—Es que realmente ese tipo se lo merecía, incluso quiso traicionar a Egon.

La mujer se llevó la palma de la mano a la frente.

—No sigas los pasos de tu madre, por favor…

—¿Qué? ¿A qué te refieres?

—Los ideales de tu padre de los que hablé fueron similares a los de tu novio, o mejor dicho, a los padres de él.

Elara la miró con extrañeza.

—¿Quería ser parte de la organización de los Schreitz?

Roswitha Nordmann se encogió de hombros y terminó de beber su té, que estaba casi enfriándose.

—No lo sé, pero de que tenía inclinación a los actos ilícitos, los tenía, por eso el haberlas dejado fue la mejor opción porque solo así, las dejó fuera de los posibles problemas.

—¿Por qué nunca me habías contado todo eso? ¿Por qué hasta ahora? —le increpó, molesta.

—Porque estás saliendo con un criminal, Elara. Y vas por el mismo camino que tu madre y no quiero que salgas herida de ninguna forma.

—¿Mi madre sabía de esas ideas de mi padre?

—Sí.

—¿Y qué hizo al respecto?

—Nada. Seguir con él a pesar de todo y pensó que podía hacerle cambiar de opinión, pero no fue así. Supongo que tu padre al final comprendió que serían una carga y un peligro latente si las llevaba consigo.

Luego de eso, se quedaron en silencio con incomodidad.

—Pero a pesar de que no me gusta para nada la ascendencia de Egon Schreitz, reconozco que verte tener un novio real y atractivo me alegra de sobremanera.

Elara se ruborizó.

—Bueno, tengo veintinueve años, en poco tiempo cumpliré treinta y supongo que el trauma que tuve hace casi tres años no iba a perseguirme para siempre, ¿no?

—Todos los días le he orado a Dios para que te ayudara a superarlo, pero no creí que de esta manera.

—Abuela, Jakob Severin es del pasado—. Afirmó con determinación—. Ya no me afecta en lo absoluto.

—Me parece perfecto que digas eso, porque fue el único novio que habías tenido y de manera virtual—siseó su abuela, enfadada—. No es posible que alguien a través de una pantalla de un teléfono te hubiera roto el corazón, es decir, ¡Nunca se conocieron en persona!

—Es que nunca es tan necesario estar frente a frente con una persona para enamorarte de ella y lo sabes. Fuiste testigo de todos los detalles que me enviaba por paquetería.

—Y eso sin mencionar que él era casi diez años menor que tú, Elara. Era obvio que esa relación a distancia no iba a funcionar.

—Sí, bueno, no importa—bufó Elara—. Ahora tengo a Egon Schreitz.

La abuela suspiró, contrariada.

—Si sales embarazada, quiero ser yo la primera en enterarme, ¿de acuerdo?

—¡Abuela! —chilló, avergonzada.

Ella alzó las palmas de sus manos para deslindarse del bochorno que había provocado en su nieta.

—Apenas nos hemos dado un beso en los labios, no exageres demasiado.

—Así se empieza—bromeó su abuela y Elara suspiró.

Elara abrió la boca para replicar, pero volvió a cerrarla cuando vislumbró a Hagen Falk acercándose a ellas desde la entrada principal.

—¿Hagen?

—Hola, Elara.

La abuela de la chica parpadeó, perpleja por la presencia del rubio y lo escaneó de arriba abajo.

—¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Egon? —le preguntó, preocupada y estiró el cuello para poder ver la calle desde la entrada.

—Se sintió mal del estómago y me llamó para llevarte al médico y luego a su casa.

El rubio ladeó la cabeza y vio a la abuela.

—Lo siento por ser tan maleducado, señora, ¿usted es la abuela de Elara? —le sonrió con simpatía.

—¿Quién eres tú, muchacho rubio? —preguntó ella, sonriendo.

Elara sintió claramente como su abuela parecía ser más simpática con Hagen que con Egon.

—Hagen Falk, a sus órdenes—se inclinó a ella y tomándola de la mano, le besó el dorso de forma caballerosa.

—Roswitha Nordmann, pero puedes decirme señora Ros.

—Correcto. Un placer conocerla, señora Ros.

—¿Podemos ir a dejar a mi abuela al mercado más cercano? Ella necesita ir a comprar—le pidió Elara.

—Por supuesto, iré a pagar la cuenta y volveré por ti para que no camines.

Elara asintió y Hagen se dirigió a la caja.

—¿Y este muchacho quién es? Parece modelo—le susurró su abuela.

—Es el mejor amigo de Egon, abuela.

—Es más atractivo que él, ¿por qué no intentas salir mejor con el rubio? Imagina la belleza con la que saldrían tus hijos si decides quedarte con ese hermoso muchacho de ojos azules.

—¡Guarda silencio o te escuchará! —masculló entre dientes.

Hagen, por su parte, se encargó de pedir la cuenta y pagar con tarjeta para no hacer esperar más a Elara y a su abuela. No comprendía bien por qué Egon le pidió hacerse cargo de ellas, pero no lo cuestionó.

Fue buena idea haberse quedado merodeando por los alrededores porque en cuanto su mejor amigo le llamó por teléfono, acudió al instante, incluso teniendo a la policía muy cerca después de haber asesinado a aquel hombre en la pista de hielo.

De regreso a la mesa donde se hallaban ambas féminas, se arrodilló frente a Elara y ella captó la señal para subirse a su espalda, tomando por sorpresa a su abuela.

—Me lastimé el tobillo, nada grave, abuela.

—¿Cómo que nada grave? ¡Vamos al doctor!

—No se preocupe, señora Ros, yo me haré cargo.

—En ese caso, entonces llévala a que le revisen el tobillo, yo me iré sola a hacer mis compras—sentenció con firmeza—. La salud de mi nieta es más importante.

—¿Estás segura, abuela?

—Muy segura, váyanse ya. A tu madre le dará gusto saber que en serio estás bien; pero no olvides llamarnos o ir a visitarnos, por favor.

—Me aseguraré de que lo haga—. Prometió Hagen, guiñando un ojo y Elara le dio un golpecito juguetón en el hombro, haciéndolo sonreír.

—Por cierto, Hagen Falk, debo admitir que tú haces mejor pareja con mi nieta que el otro muchacho—le confesó en voz baja, el rubio se echó a reír y Elara se ruborizó.

—¡Abuela!

—¿Qué? Solo digo la verdad—. Se encogió de hombros.

—Vamos, señora Ros, al menos la acompañamos hasta la salida.

—Qué amable, muchacho.

Elara puso los ojos en blanco mientras Hagen se erguía con ella en la espalda. La chica tuvo que abrazarlo con fuerza, pero sin llegar a presionar mucho el cuello y asfixiarlo.

Salieron de la cafetería y el frío les caló a los tres. Había poca nieve, pero parecía que pronto volvería a nevar.

—Un placer conocerla, señor Ros—se despidió Hagen amablemente.

—El placer es mío, muchacho. Nos vemos.

Esperaron a que la señora se perdiera de vista en la esquina para que Hagen se echara a andar en dirección opuesta.

—Vaya, nunca pensé conocer a tu abuelita—. Bromeó el rubio.

—Ni me lo digas—bufó ella, agobiada—. Fue algo tan sorprendente…

Hagen soltó una pequeña risita.

—Por cierto, ¿De verdad Egon se sintió mal? ¿Dónde está? —quiso saber Elara.

—No tengo idea, pero sí lo vi muy pálido y dijo que te esperaba en el vehículo.

—Qué extraño.

—¿Por qué? ¿Qué fue lo que hablaron cuando él tuvo que salir de la cafetería?

—Simplemente mi abuela le mencionó el nombre de mi padre.

La espalda de Hagen se tensó un poco y después ahogó un bostezo que lo hizo relajarse.

—Eso no creo que haya sido el motivo. Quizá se abrumó por tener que socializar con tu abuelita sin tenerlo previsto. Egon es así.

—Puede ser—convino Elara.

Minutos después, vislumbraron a Egon en el interior del coche con la mirada perdida y el ceño fruncido, como si estuviera conflictuado.

Hagen golpeó el cristal brevemente, haciéndolo respingar.

—Ya estamos aquí—le dijo.

Egon asintió, pero no le dirigió la mirada a Elara, sino que intentó hacer lo posible por evitarla.

—Hagen, llévala al médico, yo tengo otros asuntos que atender—le ordenó al rubio, bajando del coche y rodeándolo para entregarle la llave—. Cuando la revisen, regrésala a la casa.

—¿Estás seguro…? —balbuceó el rubio, perplejo. Tanto él y Elara no comprendieron la reacción del Lobo de Hielo.

—Sí.

Egon le depositó las llaves del auto en la mano de su mejor amigo antes de alejarse por la acera sin voltear atrás.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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