El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 3
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3: Capítulo tres 3: Capítulo tres Así como fue de repentino aquel erótico y extraño beso, asimismo se apartó de su cuello, dejándola aturdida por su cercanía.
Él se acomodó al otro extremo del asiento, tomando una distancia prudente para enfrascarse en su teléfono mientras seguían andando.
¿Cómo podía fingir que no acababa de besarle el cuello a una completa desconocida?
Le atormentaba darse cuenta de que a partir de ese momento iba a tener que convivir con un psicópata para poder vivir un poco más, aunque él le había dejado en claro que cuando se aburriera de ella, la asesinaría sin miramientos.
Disimuladamente sacó su teléfono para enviarle un mensaje a su madre y no preocuparla, pero antes de al menos encender la pantalla, Egon le arrebató el aparato con brusquedad.
—¿Qué haces?
¡Dámelo!
—intentó quitárselo, pero él lo guardó en el bolsillo de su pantalón.
—No puedes usar este teléfono jamás, Trouble.
Ya te has desligado para siempre de tu vida anterior, entiéndelo.
—Necesito llamar a mi madre, ella merece saber que estaré bien y no me lo perdonaría si la dejo preocupada—suplicó—.
Por favor, solo un mensaje o escríbelo y envíalo tú.
Explícale que estaré bien, pero que no me verá en un buen tiempo.
Al Lobo de Hielo pareció agradarle la idea porque le pasó el dispositivo para que ella lo desbloqueara y le enseñara el número de su madre, y él se encargó de escribir y enviar el último mensaje.
—Listo.
Ahora olvídate de tu miserable vida y enfócate en la nueva y excitante que tienes por delante, Trouble—sentenció con dureza.
Guardó el teléfono en su bolsillo y se dedicó a mirar por la ventana.
La sensación que le provocó sus palabras la pusieron alerta y con ganas de vomitar.
Aun no podía salir del shock por lo que había sucedido.
Odiaba ser torpe e idiota.
Odiaba haber aceptado trabajar en ese bar.
Odiaba a Nikolai por ser tan astuto y liberarse de cualquier peligro y responsabilidad.
Y odiaba a ese tipo, Egon Schreitz, que aparentaba ser un hombre de principios y detrás de esa máscara tan descaradamente atractiva, se escondía un demente asesino que estaba a punto de liderar a una organización de la mafia.
—¿Qué hay de mis cosas?
No traje más ropa—murmuró, cuando recuperó un poco la compostura.
Uno de los hombres que iba adelante, encendió una tenue luz en la parte de atrás para que no estuviera muy oscuro.
Egon volteó a verla con una ceja arqueada y ella humedeció sus labios al percibir su mirada grisácea que le resultaba fatal porque al menos la oscuridad evitaba que lo mirara con total nitidez.
—No necesitas nada de tu pasado.
Yo voy a darte todo lo que quieras en tu nuevo hogar, ahora deja que lleguemos—.
Musitó—, quiero silencio.
La residencia de él debía estar en las afueras de Viena porque tardaron aproximadamente cuarenta y cinco minutos en llegar a su destino.
La camioneta fue aminorando la velocidad hasta detenerse por completo.
Observó como ambos hombres bajaban primero y le abría a cada uno la puerta con sumo cuidado, pero nada de amabilidad.
El frío de la madrugada era más denso en aquella zona, que sintió que iba a congelarse muy rápido y se abrazó a sí misma en lo que Egon rodeaba el vehículo para alcanzarla.
Intentó escudriñar a su alrededor, pero no consiguió reconocer absolutamente nada, solo había una enorme casa en medio de la nada.
Era de dos pisos más un piso extra que parecía ser una terraza.
Todo estaba oscuro, excepto esa vivienda lujosa.
La calidez del cuerpo de Egon Schreitz la tomó por sorpresa cuando él le pasó el brazo por encima de los hombros para atraerla a su pecho y la instó a moverse hacia la enorme compuerta que los dividía de la casa.
Él presionó un botón de un pequeño control remoto para abrirla.
Caminaron al interior con la camioneta acercándose lentamente detrás de ellos.
Y solo hasta ese momento, Elara logró contemplar esa fortaleza, porque no había otra palabra para describir en su totalidad esa casa sumamente elegante.
Egon se las arregló para guardar el control y sacar las llaves de la puerta.
—Adentro está la calefacción—le informó él—.
Ahí podrás entrar a calor y si no te basta, podemos encender la chimenea.
—¿Tienes una chimenea?
—volteó a verlo, quedando a escasos centímetros de su rostro y se sintió insegura.
Él bajó la mirada a sus labios sin ningún tipo de vergüenza.
—Quédate aquí un momento—dijo él con voz grave, segura, mientras cerraba la puerta tras ellos—.
Solo quiero asegurarme de que estás bien.
Ella no pudo articular palabra porque cada que él la miraba a los ojos, se sentía mareada.
Todavía sentía el eco de sus labios rozando la piel de su cuello, y aunque su cuerpo se estremecía, su mente luchaba por recordar que era un mafioso peligroso… y no un príncipe de fantasía.
Egon la observaba desde la distancia con sus ojos grises clavados en cada reacción suya, midiendo su miedo y su curiosidad.
Sin decir más, se acercó y, en un gesto inesperadamente delicado, pasó un dedo por su mejilla para limpiar una lágrima rebelde que ella no pudo evitar soltar porque tenía emociones encontradas.
—No me gusta ver a las mujeres llorar—repitió en un murmuro, su voz un susurro que parecía recorrer cada centímetro de su cuerpo.
Elara tragó saliva, tratando de poner distancia entre ellos, pero cada intento parecía inútil.
Su aroma, su mirada, incluso la forma en que se movía por la habitación, la mantenían atrapada.
—Y ahora estás aquí… —continuó Egon, su tono serio mezclado con algo casi imperceptiblemente divertido—, en mi mundo.
Nadie te va a tocar mientras yo esté cerca, Trouble.
Pero recuerda: la seguridad no significa que todo sea juego.
Elara comprendió que estaba atrapada en su red: protegida por él, pero al mismo tiempo a merced de su poder y su control.
Y mientras Egon se alejaba unos pasos, su mente no podía dejar de recordar el beso en su cuello.
Era peligroso, letal… y, maldita sea, absurdamente seductor.
Egon se detuvo unos pasos antes de dejarla entrar en la sala principal, sus manos metidas en los bolsillos de su pantalón negro.
La luz de los candelabros iluminaba los tatuajes que se perdían bajo la tela de su camisa ajustada, y Elara no podía dejar de mirarlos, aunque sabía que eso era lo último que debía hacer.
—Bienvenida a mi mundo—dijo con voz baja, casi un murmullo que parecía rozarle la piel, aunque no la tocara—.
Este lugar tiene reglas, y la primera es que no te muevas más rápido que yo.
Elara tragó saliva, recordando el beso en su cuello, la suavidad con la que lo había dado, y cómo había detenido su llanto en segundos.
Su cuerpo seguía temblando, pero ahora había otra sensación mezclada: una curiosidad peligrosa que no quería admitir.
Egon caminó a su lado, tan cerca que podían sentir la respiración del otro, y le indicó una habitación lateral.
—Aquí dormirás—dijo con firmeza—.
Hasta mañana, no quiero que salgas de esta planta.
Ni una palabra más con nadie sobre lo que pasó esta noche.
Cuando yo vuelva mañana por la noche, te enseñaré el resto de la casa.
Ella lo observó mientras él cerraba la puerta tras ella, dejando un espacio de respeto y amenaza implícita al mismo tiempo.
Su mirada gris seguía siendo tan intensa que Elara sintió que podía leer cada miedo y deseo en su interior.
—¿Por qué te comportas tan empático conmigo por momentos?
—preguntó, apenas un susurro, sin mirar directamente a sus ojos.
Egon se acercó, inclinándose apenas sobre ella, y su voz quedó un susurro que vibraba entre peligro y atracción.
—Porque, Trouble… —su voz bajó aún más, rozando su oído—, solo yo decido cuándo alguien merece mi atención… y ahora, tú la mereces.
Pero no creas que eso te hace segura.
Nunca confundas interés con debilidad.
Elara sintió un escalofrío recorrer su columna.
El Lobo de Hielo no era solo un hombre; era un mundo peligroso y fascinante, y ahora ella estaba atrapada dentro de él.
Se apoyó en la pared, intentando recomponerse, mientras Egon se retiraba unos pasos.
Pero antes de irse, su mano rozó inadvertidamente la de ella al ajustar un vaso sobre la mesa de la habitación: un toque eléctrico, breve, que la dejó con el corazón latiendo como un tambor.
—Mañana hablaremos de reglas —dijo él con su calma letal—.
Por ahora, descansa… si es que puedes.
En los cajones hay ropa cómoda para dormir, solo que es de hombre.
—Oye, quiero saber una cosa… Egon se detuvo y se cruzó de brazos, mirándola con interés.
—¿Me dirás quien eres en realidad y a qué te dedicas?
Él alzó ambas cejas, escéptico.
—Presiento que sabes más de lo que quieres admitir.
—Un poco, pero necesito escucharlo de tus labios.
Chasqueando la lengua, Egon se movió de un lado a otro, sopesando la idea de contarle parte de su información o mantenerla en la incógnita.
—Mi nombre es Egon Schreitz, tengo veinticinco años y soy próximo a ser el líder de mi organización.
Ella no supo qué fue lo que más le impactó: su edad o la tranquilidad con la que le contestó.
—¿Veinticinco años?
—titubeó, incrédula.
—¿Por qué?
¿Te asusta que sea mayor que tú?
—enarcó una ceja.
Y Elara soltó una risita cómica que provocó que Egon frunciera el ceño.
—Todo lo contrario, Egon Schreitz—farfulló Elara con suficiencia.
—Explícate que no entiendo.
—Ordenó.
—Tengo veintinueve años, soy mayor que tú por cuatro años.
Él se miraba joven, pero no imaginó que de verdad lo fuera.
—Es una sorpresa gratificante, debo admitir y muy buena suerte para ti, trouble—le oyó decir a Egon con una sonrisa torcida que la dejó sin aliento—.
A mí me calientan como el infierno las mujeres mayores.
Egon le guiñó el ojo antes de darse la media vuelta y Elara cerró la puerta tras él, apoyándose contra la madera fría, respirando con dificultad.
Todavía sentía su perfume en el aire, el eco del beso en el cuello, y una mezcla de miedo y deseo que no tenía idea de cómo controlar.
Y mientras se sentaba en la cama, murmuró para sí misma: —Maldita sea… este hombre va a arruinarme y, al mismo tiempo… no puedo dejar de sentirme atraída por él.
Sacudió la cabeza en negación, ahogando esos pensamientos absurdos para poder concentrarse en lo que de verdad valía la pena prestar atención.
Estaba en el primer piso, en una recámara completamente enorme, incluso era casi del tamaño de su departamento y se sintió más insignificante que nunca.
Las paredes eran blancas, simples, pero elegantes.
La cama era King size, con el edredón color negro al igual que las almohadas.
Había todos los muebles que un dormitorio necesitaba, incluyendo un obsceno espejo en el techo, justamente paralelo a la cama.
Por un momento se le vino a la cabeza la horrible idea de que era un espejo con cámaras a las que Egon Schreitz tenía acceso, pero desechó de inmediato esa locura porque no creía que él estuviera acostumbrado a ir salvando a mujeres cuando estaban en problemas y luego vigilarlas.
Además, no había señales de que alguien más hubiera dormido en esa habitación.
Estaba limpio, pero no la ocupaba nadie.
Y se preguntó quien hacía el aseo ahí si ese sujeto se la pasaba en la calle asesinando gente.
Y había tenido razón Egon de decirle que la ropa que podía usar para dormir era para hombre porque encontró de todo, menos algo de apegado a su talla, al final eligió un pants negro y una sudadera gris para dormir.
Quiso asegurar la puerta y notó que no tenía manera de ponerle pestillo.
Maldita sea.
Se mordió el labio inferior y su mirada recayó en una silla que descansaba en el tocador.
No iba a dejarle tan fácil la convivencia a ese lunático.
Atrancó el pomo de la puerta con la silla y hasta que no comprobó que la trampa estaba lista, no se permitió sentir la suavidad y comodidad de aquella enorme cama.
Pensó que le costaría conciliar el sueño por todo lo sucedido, pero en cuanto su cabeza rozó la cama, quedó dormida.
Cuando despertó, frunció el ceño al no reconocer en donde estaba.
¿Era un hotel cinco estrellas o seguía soñando?
Pero lamentablemente los recuerdos le llegaron de golpe, quitándole la motivación del día, en especial porque escuchó como alguien forcejeaba para entrar al dormitorio y entendió que haber despertado se debió a ello.
—Abre la maldita puerta.
Dio un respingo al escuchar la voz calmada, pero filosa, de Egon Schreitz del otro lado de la puerta.
Enfurruñada se levantó, se echó un leve vistazo al espejo y su aspecto deprimente la estremeció, pero ¿a quién le importaba?
Estaba privada de su libertad y no debería importarle como era su aspecto.
Movió la silla y por fin abrió la puerta, dándole acceso.
Él se mantuvo debajo del umbral, con solamente su bóxer negro como pijama, mirándola con recelo con sus petulantes ojos grises.
Tenía el cabello revuelto y sostenía dos tazas humeantes de café.
Tenía marcas rojizas en las mejillas, señal de haber dormido plácidamente.
—Pensé que no estarías hasta la noche—se excusó Elara, recibiendo la taza que él le ofreció al entrar sin preguntar.
—Ese era el plan—dijo, sentándose al borde de la cama—.
Pero tengo una reunión importante en la que Emil asistirá y es necesario que vayas conmigo para no sospeche que es mentira lo de ser mi pareja.
—¿Quieres que vaya y me mantenga a tu lado mientras estamos rodeados de asesinos?
—parpadeó, temerosa.
—¿Y quién crees que da la orden de asesinar?
Ella no respondió.
—Nadie hace nada si yo no lo autorizo.
Ve haciéndote la idea de que vas a ir conmigo a todas partes y hacer creíble nuestra relación, ¿entiendes?
Si yo te agarro de la mano, te abrazo o te beso, no tienes ningún derecho a rechazarme o te vas a ir al carajo y no podré intervenir.
Emil podrá ser mi subordinado, pero con él tengo competencia para el liderazgo y no te conviene darle razones de meterte una bala en la cabeza.
—¡Pero yo no elegí esto!
¡Fue un error!
—exclamó, nuevamente sintiendo el nudo en su garganta ante la impotencia—.
Si tan solo me dejaras ir, prometo irme de la ciudad o del país, no diré nada, pero no quiero verme involucrada en tu organización, Egon, por favor… Las comisuras de los labios de él se estiraron hacia arriba, demostrando una sonrisa irónica que la dejó petrificada en segundos.
—Rogarme no va a solucionar nada, lo único que harás es colmar mi paciencia y… En eso, el teléfono de él comenzó a sonar y se levantó de un salto para responder.
Dejó las tazas sobre el tocador y salió de la recámara para poder hablar con privacidad, dejando a esa pobre fémina con las lágrimas a punto de saltar por el miedo.
Elara se recostó en la cama hecha un ovillo y se cubrió con el edredón para llorar en silencio.
—Déjalas ahí, sobre la cama.
Ella asomó la cabeza para ver a Egon de vuelta, dándole indicaciones a uno de sus hombres de traje, que llevaba bolsas pesadas del centro comercial.
En total eran diez bolsas de todas las marcas más costosas que existía y volvió a refugiarse bajo el edredón.
—He comprado ropa y calzado suficiente para tres semanas—le informó él con su estúpida calma—.
Elige un atuendo para hoy, dúchate en el sanitario de tu dormitorio y luego sal a desayunar porque vamos retrasados.
Solo hasta que escuchó cerrarse la puerta, se sentó y comenzó a fisgonear el contenido de las bolsas.
Y en efecto, todo era carísimo y elegante.
Ropa que jamás hubiera podido comprar ni volviendo a nacer y el calzado… ¡Era extraordinario!
Y en una pequeña bolsa de Mac, encontró maquillaje de todo tipo, incluidas las brochas.
Bebió el café y se dedicó a seguir mirando todos los regalos.
Si lo miraba de esa manera, era como estar en un hotel de cinco estrellas siendo mimada por el dueño, como si estuviera de vacaciones.
Y si pensaba que estaba disfrutando de unas merecidas vacaciones, tal vez podría lidiar con ese encierro a manos de ese mafioso que era menor que ella, pero tan malditamente sexy que la volvía loca.
Tardó aproximadamente media hora en estar lista.
Eligió una ropa decente, pero no se quedó con las ganas de usar las magnificas botas de cuero color cafés que le quedaban espectaculares y tuvo la gran duda de cómo Egon había logrado saber su talla de calzado y ropa, pero a esas alturas, le daba igual.
Nada de lo que él hiciera podía sorprenderlo más que ser miembro de la mafia austriaca y que ahora su vida le pertenecía por ser tan torpe.
En el tocador encontró una secadora y era lo último que le faltaba para quedar lista.
Otros diez minutos después, salió de la recámara con miedo.
No conocía la casa y todo estaba muy silencioso.
Parecía que todos los adornos elegantes podrían romperse con solo admirarlas con la mirada y tuvo vértigo.
No quería darle razones a ese sujeto de que la asesinara en ese hermoso suelo de mosaicos oscuros con alfombras blancas en determinadas zonas de la casa, así como el dormitorio.
Escuchó de repente música, de alguna parte y también la voz de Egon… ¿cantando?
Con sigilo, siguió la música que provenía desde el piso de arriba y tragó saliva, puesto que él le aclaró que no tenía permitido moverse del primer piso sin autorización, pero la intriga por verlo cantar fue mayor a su obediencia.
Subió poco a poco la escalera, y la música fue haciéndose más fuerte a medida que avanzaba.
Reconoció la canción.
Claro que sabía cual era, pero era extraño a que él le gustase, ya que parecía ser un hombre de gustos muy complejos.
La canción era la de “Héroes” de David Bowie.
Y entonces lo vio en su habitación.
La habitación estaba abierta y él yacía peinándose frente al espejo, recién duchado y con una camisa gris que le quedaba perfectamente ajustada a su cuerpo y jeans de mezclilla con sus botas negras de la noche anterior.
Olía delicioso a su perfume masculino y cantaba mientras terminaba de alistarse al ritmo de la canción en su ALEXA.
—I, I wish you could swim, like the dolphins, like dolphins can swim, though nothing, nothing will keep us together, we can beat them forever and ever, oh, we can be heroes just for one day—hizo una pausa para admirarse en el espejo—.
I, I will be King, And you, you will be queen, Though nothing will drive them away, We can be heroes just for one day, We can be us just for one day, I, I can remember (I remember), Standing by the wall (by the wall), And the guns shot above our heads (over our heads), and we kissed as though nothing could fall (nothing could fall), and the shame was on the other side… Elara no se dio cuenta que había subido y avanzado lo suficiente para estar debajo del umbral, observándolo con fascinación por su asombrosa voz.
Y cuando él dejó de cantar tras voltear a verla, ella palideció.
—Respóndeme sin pensarlo demasiado, trouble—dijo él, con tranquilidad, señal de alerta y esbozó una sonrisa que heló la sangre a Elara tras terminar de acomodarse el cabello—.
¿Acaso no te prohibí abandonar el maldito primer piso?
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