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El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 30

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Capítulo 30: Capítulo treinta

Hagen Falk la llevó hasta la casa de Egon en donde, antes de marcharse a investigar, le preparó algo de comer a Elara para que no tuviera que levantarse a cocinar, ya que su amigo no había vuelto y tampoco Jaques. Solamente estaban los hombres armados de siempre, escoltando afuera de la vivienda.

Y aunque Elara tuvo que darle indicaciones de cómo preparar sándwiches y chocolate caliente, le agradeció mucho el gesto de ayudarla.

—Egon no debe tardar—, le aseguró—. Tal vez nos encontremos en el camino, no te preocupes.

—El teléfono que Egon me dio para emergencias ni siquiera lo encuentro y no me sé el número de nadie ni tengo con qué llamar—se quejó ella, envuelta en sábanas que Hagen le sacó de su dormitorio para que estuviera cubierta.

—Si mañana tengo tiempo, te compraré un teléfono, ¿te parece?

—Sí, porque tampoco tengo el mío y quiero uno con el que pueda entrar a internet y no aburrirme.

El rubio esbozó una sonrisa maliciosa.

—Me voy a arriesgar, pero no prometo nada.

—Gracias, la intención es lo que cuenta.

Hagen se bebió el último sorbo de chocolate y fue a lavar la taza al fregadero antes de retirarse.

—Nos vemos, Elara.

—Adiós, Hagen. Vete con cuidado.

Cuando la puerta se cerró, ella se estremeció y le dio un mordisco a su sándwich con desgana, ya que se hallaba sola en la casa y echaba de menos al pelinegro de ojos grises que ahora estaba siendo demasiado importante en su vida.

Ojalá ella fuese del temperamento fuerte como Viktoria Richter y valiente para poder también defenderlo de algún ataque, pero esa misma mañana estuvo a punto de morir asfixiada en las narices de Egon por culpa de un idiota y ni siquiera pudo defenderse como hubiera querido.

Tragó con dificultad y se frotó las marcas en su cuello, sulfurada.

Por más cliché que sonase, su vida había dado un giro de ciento ochenta grados en el que difícilmente volvería a la normalidad.

Su efecto mariposa fue haber entrado a trabajar en ese bar.

Y lo que más la ponía de nervios era esa extraña carpeta con su nombre, fotos y anotaciones de ella que Egon tenía resguardada en esa habitación privada, de la que se moría de ganas de hablar con él, pero sabía que todavía no era el momento.

Gracias a su abuela, recordó a su padre y a su ex novio virtual que le rompió el corazón en el pasado, revolviendo un poco sus sentimientos.

Jakob Severin.

Si tan solo ese idiota tuviera idea de que ahora ella había conocido a alguien verdaderamente atractivo, protector, interesante, misterioso y poderoso, probablemente se moriría de celos y de cólera.

Mientras sus pensamientos la hicieron divagar un rato, terminó de cenar y de beber su chocolate y decidió dormir un rato en el sofá. Quería escuchar a Egon llegar y hablar con él antes de que fuese otro día.

Sin embargo, no lo escuchó llegar, no habló con él y despertó en la madrugada en su habitación, cubierta hasta la barbilla con dos edredones, manteniéndola caliente.

Enfurruñada, se sentó de golpe, encendió la lámpara del buró y verificó la hora del pequeño reloj que había en el tocador.

Iban a dar las cinco de la mañana.

Grandioso.

Se calzó las pantuflas y lentamente trató de caminar sin poner su peso en el tobillo. Cojeando, se dirigió al cuarto de baño en donde se cepilló los dientes y se lavó la cara con agua tibia del grifo antes de ir a buscar a Egon a su recámara.

Necesitaba ver que estaba en casa y durmiendo, porque no quería saber que había sido Jaques el que la llevó hasta su cama.

Y no porque le desagradara la idea, sino porque añoraba ver a Egon.

Fue un completo reto poder salir de la habitación sin caerse, pero él siempre había optado por dejar la luz de la sala encendida para que la oscuridad no fuera absoluta y eso le ayudó a no tropezar ni perder el equilibrio.

La escalera resultó un reto todavía mayor porque eso significaba usar ambos pies a la fuerza.

Pero antes de dar el primer paso en el escalón, escuchó una respiración tranquila y pausada, como si alguien estuviera durmiendo en la sala, en un sillón.

Volteó a ver hacia atrás y parpadeó.

Era Egon, durmiendo en el sofá donde ella se había quedado dormida y llevaba la ropa del día anterior, señal de que ni siquiera quiso hacer el intento de subir, sino que el sueño fue más fuerte y quedó fulminado.

Giró sobre su propio eje y fue cojeando hacia él.

Elara al contemplarlo, comprendió que su nuevo pasatiempo favorito era ver dormir a Egon Schreitz, porque solamente así, su verdadero yo salía a flote. Se miraba tranquilo, dulce, y mil veces más atractivo que cuando estaba consciente.

De haber tenido su teléfono en la mano, le habría tomado infinitas fotos para verlas cuando quisiera y recordar que tenía a un chico tan guapo como él a su lado.

Aventuró a sentarse sobre la alfombra, a los pies del sofá para poder admirar mejor y acariciarle la mano que estaba suspendida en el aire, mientras la otra descansaba sobre su pecho.

Su mano era grande, varonil y fuerte, pero extrañamente suave y delicada, la cual debería ser rasposa y dura por el tipo de trabajo que lideraba, pero no.

Todo él era un estuche de monerías.

—Me encantaría conocer todos tus secretos—. Le susurró con suavidad, acariciando su rostro y apartando algunos mechones de cabello de su frente—. Eres tan intrigante y misterioso que, a pesar de que ahora somos una pareja de verdad, siento que me ocultas cosas muy importantes y no es justo porque me estoy enamorando de ti y me da mucho miedo lo que puedas estar manteniendo en secreto de mí…

Elara agarró su mano y colocó la palma sobre su mejilla, sintiendo la calidez de su tacto y cerró los ojos, estremecida por esa caricia falsa.

—Tal vez te pueda parecer ridículo—, siguió diciendo ella, aun con los ojos cerrados y con la palma de Egon en su mejilla—, pero a mis veintinueve años, nunca tuve un novio real hasta que llegaste a mi vida. Tuve uno virtual, Jakob Severin, que es originario de Linz, de quien me enamoré perdidamente sin vernos en persona y fue tanto el apego emocional que desarrollé con él, que cuando me mandó al diablo porque conoció a una chica que sí podía ver del diario, me rompió el corazón y me provocó muchos traumas con mi apariencia—suspiró, contrariada—. Pero agradezco mucho la casualidad que me hizo conocerte porque ahora sé lo que es tener una pareja real, que te toque, te acaricie, te proteja, te bese, te procure y esté ahí para ti. Claro, las circunstancias son inusuales, pero al fin y al cabo, me elegiste y yo soy muy feliz con esa decisión, Egon Schreitz, porque también yo te elegí.

Entonces ella sintió el dedo pulgar de Egon acariciarle la mejilla y abrió los ojos.

Elara Moreau se encontró con los ojos grises de aquel chico, que la miraban con tal intensidad y devoción, que sus mejillas enrojecieron.

—¿Desde cuándo estás despierto? —titubeó, apartando la mano de él de su mejilla, pero Egon volvió a colocarla en el mismo lugar.

—Todo el tiempo. No estaba durmiendo, Trouble—. Respondió con una media sonrisa.

Tenía los ojos un poco irritados, pero no adormilados.

—¿Escuchaste todo? —Tragó saliva.

Él asintió.

—Hasta la última palabra.

—Qué vergüenza. Lo siento, pensé que dormías—bajó la mirada, pero él, con la misma mano que había sostenido su mejilla, la agarró del mentón y le levantó el rostro para que lo mirara a los ojos.

—¿Por qué vergüenza? Me has confesado lo que sientes realmente por mí y eso es ser muy valiente.

—No pretendía que lo escucharas todavía.

—Tranquila, también estoy feliz de saber que no elegí mal a la chica que quiero a mi lado.

—¿En serio?

—Nunca había hablado tan en serio en mi vida, Elara.

—Gracias—. Sonrió, apenada.

Egon le devolvió la sonrisa y sin avisarle, se levantó y la cargó con facilidad para sentarla sobre su regazo. Ella parpadeó, perpleja ante esa cercanía, pero la verdad es que ansiaba tanto abrazarlo, que envió la vergüenza al carajo y le echó los brazos al cuello, sintiendo la calidez de su cuerpo.

—¿Quieres saber qué pienso?

—¿Sobre lo qué te confesé?

—Sí.

—Claro, dime—suspiró, mirándole su perfecto perfil porque había recargado la cabeza sobre su hombro.

—Cuando viajemos a Linz, por mis negocios… pasaremos a ver a Jakob Severin.

Elara dio un respingo y frunció el ceño, especialmente cuando Egon Schretiz le regaló una sonrisa lobuna.

—¿Qué?

Entonces él dejó de sonreír para darle paso a una expresión oscura, que se vio reflejada en su mirada y en sus labios, que ahora eran una fina línea recta.

—Nadie puede lastimarte y seguir teniendo el lujo de respirar como si nada.

Elara consiguió salir del shock que le habían provocado las palabras de Egon.

—Pero eso ya tiene tiempo, Egon—intentó eludir, pero él alzó las cejas—. Esa pobre alma en desgracia no necesita más para seguir siendo miserable, créeme.

—Lo sé, pero entonces iré yo mismo a hacerle una visita sin que tú sepas.

—Egon…

—Elara…

Ella sonrió ante lo cómico que habían sonado ambos.

—Mi corazón ya sanó, te lo prometo.

—Me encantaría escuchar lo que él te hizo para comprender ese trauma que te dejó, porque las personas no desarrollan traumas a menos que los hagan pasar por momentos trágicos emocionalmente—dijo, con su voz extremadamente calmada.

Elara se ruborizó y los nervios la traicionaron.

—Es embarazoso.

—Para mí no lo es—. Afirmó, acomodando su cabello detrás de la oreja y sin dejar de observarla con atención con sus preciosos ojos grises—. Pero si te incomoda, lo entiendo, no quiero revolver tus sentimientos y hacerte sentir mal otra vez.

—Afortunadamente ya nunca más volverá a herirme—acotó ella, sonriendo—. Y por supuesto, te contaré todo, aunque intentaré no extenderme demasiado y solo decirte lo importante.

Él asintió, dispuesto a escucharla.

—Fue hace aproximadamente cinco años, no estoy muy segura ahora—comenzó a decir ella, mirando al techo y evocando los recuerdos—. Mi abuelo materno enfermó de cáncer y eso me puso muy vulnerable porque tenía tres años de haber perdido a otro familiar por la misma enfermedad y la verdad es que me sentía totalmente devastada, y como aun no encontraba empleo, puesto que tenía poco de haber terminado mi maestría, decidí meterme a grupos en redes sociales y ahí fue donde conocí a Jakob Severin—. Suspiró—. De alguna manera comenzó a ganarse mi confianza, además de que era menor que yo casi diez años—titubeó, avergonzada—, le confié la situación de mi abuelo y supongo que de ahí tuvo suficiente para comenzar su táctica de victimismo para que yo pensara que era un chico agradable y sentir compasión por él, porque vivía solo con su padre y hermano y supuestamente sufría violencia por parte de ellos.

—Comprendo. Optó por mostrarse como víctima para que te compadecieras de él y así llamar tu atención, incluso si estabas triste por lo de tu abuelo.

—Exactamente. Y mira, no es que él fuese un chico malo en sí, pero le encantaba recibir atención femenina y nunca me di cuenta hasta mucho después—. Se encogió de hombros—. Durante dos años y unos meses, fuimos novios virtuales, me enviaba regalos y yo no podía porque no estaba trabajando y él lo entendía, e incluso me ayudaba de vez en cuando económicamente y jamás dejaré de estar agradecida con ese gesto porque nunca me lo echó en cara.

Egon Schreitz respiró hondo y se hundió en el sofá.

—Si todo estaba bien, ¿Cómo fue que te rompió el corazón y causó traumas en ti, Trouble? Porque a pesar de que mencionas que te hizo daño, no hablas de él con desprecio y amargura, sino todo lo contrario, e incluso podría pensar que todavía lo quieres…

Su voz sonó trémula y quisquillosa, y su mirada fue muy intensa.

—No, es que ya no lo odio. Lo perdoné en silencio, pero no por él, sino por mí misma.

Elara le sostuvo la mirada y él ladeó la cabeza, interesado en sus palabras.

—Él comenzó a cambiar de repente cuando conoció a esa chica, me percaté porque ya no me enviaba mensajes a cada rato y el momento en el que me cercioré de que estaba embobado con otra, fue al decirme que iba a dormir un rato y por accidente le llamé y me apareció que estaba en otra llamada—explicó, un tanto irritada—. Y yo lo que más odio son las mentiras. Lo confronté y se negó, obviamente, e incluso lloró, y afirmó que no confiaba en él, pero…

—Ese era su método de manipulación. Volteó todo en tu contra, ¿no?

Elara asintió.

—Discutimos demasiado durante un mes hasta que él decidió terminar la relación a través de una llamada y yo había conseguido un pequeño empleo en donde tenía que hacer propaganda de casa en casa y regresaba hasta muy tarde, y lo acepté porque quería darle un regalo por mi cuenta, pero no pensé que me mandaría al carajo—resopló—. Me tomó desprevenida y le rogué que no me dejara, lloré como una desquiciada y no creí que mi mamá lo estaba escuchando, haciendo que ella comenzara a odiarlo con toda su alma por hacerme sufrir de esa manera. A nadie le había rogado.

Ella advirtió un músculo palpitar en su mejilla, señal de haber apretado la mandíbula por el coraje y lo disimuló con una media sonrisa forzada.

—Lloré toda esa noche y el anillo de promesa que me había dado se perdió extrañamente. Y aunque mi mamá me dio ánimos y dormí con ella, apenas dormí de tanto llorar y por el dolor de cabeza. Ella me prometió que él me buscaría después porque cuando los chicos tienen la culpa, no lo soportan y fue cierto. En la mañana me mandó mensajes, diciendo que no podía estar un segundo sin mí, que yo tenía que arreglar mis problemas de inseguridad y celos para poder seguir y le prometí que sí.

Hizo una pausa para acomodarse mejor en el regazo de Egon, pero notó que él seguía fingiendo una sonrisa sin dejar de prestarle atención.

—Un mes más duramos. Me envió un peluche, una carta y una sudadera como muestra de perdón, pero fue un maldito infierno. Continuó actuando distante, se molestaba por todo y me echaba la culpa, hasta que logré comprarle un regalo de cumpleaños y a la semana de que cumpliera años, lo mandé al demonio por mensaje, porque hasta eso, estaba en llamada y no me respondía. Lo bloquée y estuve tan deprimida que no podía ni respirar—. Tragó saliva, sintiendo un poco de desesperación por volver a recordar los sucesos y Egon le dio un tierno beso en la mejilla, regresándola a la realidad—. Tuve mi primer empleo en una institución de gobierno y ahí fue que descubrí más mentiras de él y vi fotos con esa chica lasciva. Sufrí mucho, Egon, en serio.

—Nunca voy a entender a esos hombres que eligen continuar una mentira y orillar a su pareja a que sea quien termine la relación cuando se harta y victimizarse.

—Lo sé. Hace un año reapareció en mis redes sociales donde tuvimos una pelea y me dio explicaciones que ya no necesitaba. Esa chica lasciva ni siquiera le hizo caso y él pensó que yo seguía llorando—Elara soltó una leve risita—. Gracias a que seguía trabajando, mi mente no me llevó a la depresión crónica y logré olvidarlo.

—Entiendo, pero… ¿eso fue lo que te traumatizó?

—No, lo que me traumó fue que me decía que no le importaba si yo tenía algunos kilos de más o si no tenía el cuerpo curvilíneo estándar de una mujer, pero cuando decidió fijarse en esa chica, me di cuenta de que era mentira.

—¿El cuerpo de ella era lascivo?

Elara asintió, arrugando la nariz.

—Sí, por eso le puse ese apodo. Y cuando se lo confronté ese día que peleamos en redes sociales, la defendió, diciendo que no era congruente que esos comentarios hacia su amiguita pudieran venir de una persona que sufrió inseguridad por su cuerpo, es decir, siguió eligiéndola a pesar de todo.

—Te hizo sentir menos incluso cuando ya no estaban juntos. Comprendo—. Arrastró las palabras, esbozando nuevamente una sonrisa forzada.

—Tal vez no es para tanto, pero a mí me causó un trauma con mi cuerpo porque esa chica tenía el busto exageradamente enorme y se vestía con escotes prominentes. Lo único que le dije a ese idiota antes de zanjar para siempre cualquier tipo de comunicación conmigo, fue que ni en sueños una mujer de ese tipo le iba a hacer caso y siempre sería el perro faldero de ella, porque hasta eso, me confesó que solo eran amigos y que la chica tenía novio, ¡Fue tan deprimente, pero me alegré demasiado! —Canturreó.

—Adivinaré… era feo, pero tenía algo que te cautivó.

—Sí y no. No era del todo feo, pero tenía unos ojos preciosos, cejas y pestañas impresionantes, que hacía como la ilusión óptica de que estaba delineado, pero su nariz y el resto no, además, usaba el cabello más largo que el mío y era de mi estatura o más bajo—. Respondió Elara—. Y bueno, tenía un defecto físico…

—¿Cuál?

—Tuvo un accidente ya cuando había cambiado sus dientes de leche y… —cubrió su rostro con las manos, muerta de vergüenza.

—¿Tan grave era el defecto que te avergüenza decirlo en voz alta? —Egon rio entre dientes, quitando con suavidad las manos de Elara de su cara.

—¡No tenía uno de los dientes frontales principales! —Exclamó, abatida y riéndose con nervios.

Ella volteó a ver a Egon, que se había quedado mudo por la impresión, pero lo interesante fue que su rostro estaba inexpresivo. Y se hallaba rascando la ceja derecha con el dedo, mirando hacia la nada, pensativo.

—¿Egon?

Él parpadeó y fijó su mirada en ella.

—Elara, ¿en serio te fijaste en un enano de cabello largo y chimuelo, quien tuvo la osadía de despreciarte y el sueño húmedo de querer cambiarte por una chica lasciva que ni en sus mejores masturbaciones le haría caso, y que, desde luego, no fue ni será mejor que tú?

—Si lo dices de esa manera, suena peor de lo que es…

—Bendito sea el día en el que ese adefesio pensó que podía aspirar a una mujer fácil y dejarte libre, Trouble, porque si eso no hubiera ocurrido, nosotros no nos hubiéramos conocido.

—¿Ves? Por eso te digo que no vale la pena hacerle una visita. Ya no lo odio. Reconozco que fue una parte fundamental en mi vida, pero no como para perder el rumbo. Me había ilusionado con la idea de tener una familia y le había prometido a mi mamá que le daría nietos gemelos porque tiene el gen por parte de su padre que tiene un gemelo, y puede decirse que planeábamos conocernos en persona pronto.

—Aun así, cuando tenga la oportunidad, le haremos una visita, ¿de acuerdo? Prometo no hacerle nada, simplemente conocerlo y darle las gracias por dejarte ir, y que ahora seré yo el que te dé hijos gemelos.

—¿Qué? —Elara entornó los ojos.

Egon esbozó una sonrisa pícara.

—También tengo el gen, pero por parte de mi mamá, ella tuvo una gemela, y por lo que tengo entendido, el embarazo gemelar se da más cuando la genética viene del lado materno—le guiñó el ojo.

—¿En serio?

—Sí. Jamás lo había pensado, pero debo reconocer que ese idiota tenía buena labia y excelentes ideas, y ahora entiendo por qué te enamoraste de él—puso los ojos en blanco—. Su inteligencia y astucia respaldaba a su fealdad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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