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El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 33

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Capítulo 33: Capítulo Treinta y tres

Hagen Falk

Sabía que su deber era supervisar la organización y descubrir al supuesto traidor que Emil había mencionado antes de ser ejecutado por Egon, pero antes de sumergirse en esa investigación necesitaba desestresarse.

La tarea que lo esperaba iba a ser agotadora y fastidiosa: lidiar con el desprecio de los demás miembros de la mafia, quienes resentían cualquier influencia que Hagen ejerciera sobre ellos solo por ser el mejor amigo del hijo del capo. Cada mirada de recelo, cada murmullo a sus espaldas, le recordaba que incluso en la lealtad había fricciones, y que la paciencia sería su arma más valiosa.

Después de dejar a Elara en la casa de Egon, condujo lo suficiente para que fuese de madrugada cuando saliera de Viena.

Se dirigió hacia la pequeña casa en las afueras, aquella que había sido su refugio de infancia, donde solía pasar los fines de semana con sus padres y sintió un regocijo delicioso.

La nieve caía lentamente, cubriendo los campos y los árboles con un manto silencioso y frío. Cada copo que tocaba su rostro era un recordatorio de la quietud del mundo, y la luz amarillenta de las farolas se reflejaba en los cristales helados, dibujando sombras que parecían moverse con vida propia.

El aire olía a tierra húmeda bajo la nieve, a madera antigua, a humedad, mezclado con el aroma de hojas cubiertas por escarcha y helechos congelados, y un tenue dejo de humo de chimeneas lejanas. Cada inhalación lo llenaba de nostalgia y calma; cada exhalación, de la tensión que traía de la ciudad y de las intrigas que lo esperaban.

Al llegar a la casa, empujó la puerta de madera con cuidado.

El crujido resonó como un secreto compartido con la noche, y el frío lo recorrió de pies a cabeza, erizando la piel bajo la chaqueta oscura. Caminó descalzo sobre la nieve húmeda del jardín, sintiendo cómo los copos se derretían en sus pies, mezclándose con la tierra helada, recordándole que incluso la naturaleza tenía su propio ritmo y reglas, como él.

En el bosque cercano, la penumbra se volvió más profunda; los troncos altos y nudosos se cubrían con escarcha, y los sonidos de ramas crujiendo bajo el peso de la nieve lo hicieron aún más consciente de cada movimiento, cada respiración, cada latido.

El ritual comenzaba con la caza.

Observó los alrededores con la paciencia de un depredador. Su mirada fría se detenía en cada detalle: un destello entre la nieve, un movimiento sutil en la bruma helada. Allí, entre arbustos y raíces cubiertos de escarcha, detectó un zorro joven, solitario, que avanzaba con cautela.

Hagen inhaló profundo, sintiendo el frío helado de la madrugada filtrarse por sus pulmones, mezclado con el aroma a tierra y madera bajo la nieve. Sus músculos se tensaron, su corazón se aceleró, no por miedo, sino por la intensidad del control y la anticipación del momento.

Se movió como una sombra sobre la nieve, silencioso, estudiando cada paso del animal, cada patrón de su respiración. En un instante perfecto, su mano se cerró con precisión y firmeza, atrapando al zorro. Sus ojos se encontraron con los del animal: vivos, alertas, llenos de una mezcla de curiosidad y temor.

Por un segundo, un sentimiento extraño lo atravesó: respeto, admiración, el reconocimiento de la vida que sostenía en sus manos. Luego, con delicadeza y control absoluto, lo envolvió y comenzó el regreso a la casa, cada paso cuidadosamente calculado, cada crujido amortiguado por la experiencia y el frío que entumecía la nieve bajo sus pies.

De vuelta en la pequeña casa, el Atelier lo esperaba como un santuario.

Al abrir la puerta, los aromas de cera, aceites, madera y químicos lo envolvieron, mezclándose con el perfume helado del bosque nevado que traía consigo.

La luz tenue de las velas y los frascos brillaba sobre las vitrinas, revelando criaturas disecadas: un cuervo negro con ojos de zafiro, un zorro acechante, pequeños roedores con poses sorprendentes. Cada pieza parecía observarlo, respirando la calma y el poder que él ejercía sobre todo lo que tocaba.

Hagen colocó al zorro sobre la mesa central y encendió la luz directa, dejando que cada detalle se revelara: el brillo del pelaje, la textura de las patas, la mirada que aún parecía viva.

Sus manos se movieron con un ritmo hipnótico, cada bisturí, cada aguja, cada frasco utilizado con precisión casi ritual. Sus dedos rozaban la piel del animal con cuidado, ajustando su postura, recreando la tensión perfecta de un depredador vigilante. Cada gesto, cada movimiento, era una coreografía entre vida y muerte, belleza y obsesión, silencio y control absoluto.

La madrugada avanzaba mientras la nieve seguía cayendo fuera, y Hagen trabajaba sin pausa, completamente inmerso.

El frío de la habitación, el olor intenso de la cera y los aceites, el tacto de cada pluma y cada pata, todo lo mantenía en un estado de concentración casi meditativo. A veces se detenía, inhalaba profundo, cerraba los ojos, y dejaba que la memoria lo atravesara: los fines de semana en esta misma casa, los juegos de infancia, los secretos compartidos con sus padres, las sombras de la noche que siempre lo habían protegido y enseñado a observar.

Sus manos siguieron moviéndose mientras los primeros rayos del amanecer comenzaban a filtrarse por las ventanas empañadas. La nieve aún cubría el bosque, silenciosa, y los rayos débiles de sol iluminaban apenas los contornos de las vitrinas, reflejando los ojos brillantes de los animales disecados.

Hagen limpió con cuidado cada herramienta, ajustó la postura del zorro, y se permitió finalmente un instante de satisfacción silenciosa: su obra estaba completa, perfecta, inmóvil, pero cargada de la vida que él había capturado.

El Atelier permanecía en silencio, un mundo aparte donde el tiempo parecía haberse detenido. Hagen respiró hondo, sintiendo la humedad en la piel, el frío de la madera bajo sus pies, el aroma penetrante que se mezclaba con la brisa helada de la nieve. Cada sombra, cada pluma, cada frasco reflejaba su control, su obsesión y su mente calculadora, preparándolo para lo que vendría.

Con un último vistazo a su santuario, ajustó su chaqueta, pero antes de abrir la puerta, sus ojos se toparon con algo que lo hizo sonreír apenas, con una mezcla de nostalgia y orgullo. A través de una vitrina oculta que nadie más conocía, sus padres estaban allí, tal como los recordaba a los dieciocho años: jóvenes, intactos, mirándolo con tristeza silenciosa, como si lamentaran las decisiones que él había tomado y la distancia que había impuesto entre ellos y el mundo. Nadie más sabía de aquel lugar; sólo él tenía acceso, un secreto protegido por su posición como mejor amigo de Egon y por el respeto que la policía aún le profesaba.

Hagen los observó con calma calculada, sintiendo una oleada de poder recorrerlo. No había miedo ni arrepentimiento: había dominado aquello que antes era su pasado, y ahora podía contemplarlos como piezas de su propia obra, frágiles, vulnerables, eternamente atrapados en su santuario. Sus dedos rozaron la vitrina con delicadeza, reconociendo la tristeza en sus ojos sin que eso lo debilitara; al contrario, le recordó lo lejos que había llegado, lo intocable que se había vuelto.

Finalmente, apartó la mirada, ajustó la chaqueta con gesto firme, abrió la puerta y salió al amanecer vienés, dejando atrás la calma, la nieve silenciosa… y la mirada deprimida de sus padres, siempre observándolo, siempre atrapados, siempre parte de su dominio absoluto.

Hagen Falk sabía que, si alguien se cruzaba en su camino, no habría escapatoria. Solo él tenía la habilidad, la paciencia y la frialdad necesarias para convertir a cualquiera en una obra de arte eterno. Cada ser vivo que tocaba podía ser transformado en silencio, inmortalizado bajo su mirada calculadora, condenado a permanecer tras un vidrio, observado y controlado, como sus padres. Él ya lo había hecho una vez con ellos, y ese triunfo secreto y macabro lo llenaba de un ego inquebrantable: podía sostenerlos, moldearlos, detenerlos en el tiempo y convertir su vida en una estatua de obediencia y perfección eterna.

Nada lo detenía: ni amistad, ni lealtad, ni cariño. Incluso su mejor amigo podría, algún día, caer bajo sus manos, convertirse en su creación, un pedazo de arte para su santuario privado.

Lo que para otros era horror, para Hagen era belleza y control absoluto. Cada vitrina en su Atelier era un testimonio de su poder: cuerpos inmóviles, miradas congeladas, vidas detenidas, pero bajo su dominio total. Y mientras la nieve caía afuera, silenciosa e indiferente, él sonrió con satisfacción: nadie podía desafiarlo sin acabar siendo parte de su obra.

Su corazón aún latía al ritmo de la noche que había vivido, y con un último vistazo a su santuario, salió a enfrentar el día, listo para su investigación, listo para cualquier juego de traiciones y secretos… pero ahora, también, con la mente despejada y la calma de quien domina la vida, la muerte y la belleza oscura en la taxidermia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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