El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 35
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Capítulo 35: Capítulo Treinta y cinco
Egon la atrajo más a su cuerpo, tomándola con fuerza de la cintura y distraídamente empujó la bandeja con lo que quedaba de desayuno fuera de su alcance para tener más espacio al momento de recostarla sobre la cama sin dejar de besarla.
Y aunque Elara Moreau había cruzado el límite y Egon Schreiz estaba decidido a por fin a tener sexo con ella, Jaques interrumpió el momento al tocar la puerta con urgencia.
—Joven Schreitz, lamento molestarlo, pero esto es importante.
Un gruñido desde lo más profundo de la garganta del heredero del Carnicero de Viena provocó que la situación se enfriara en cuestión de segundos, dando paso a la vergüenza por parte de la chica.
Enfurruñado, Egon se levantó y miró a Elara con una sonrisa forzada antes de abandonar la habitación.
La fémina ocultó su rostro entre las manos, sintiendo el calor de sus mejillas ante el rubor.
¿Acaso habían estado a punto de tener relaciones sexuales?
A esas alturas, era más que obvio que él sabía que ella aún seguía siendo virgen pese a tener veintinueve años y aunque le daba un poco de pena, no era algo por el cual debía sentirse fuera de lugar porque acostarte con alguien no definía a una persona.
En sus fantasías tontas, cuando tuvo ese noviazgo virtual con Jakob Severin, imaginó muchas veces un encuentro sexual con él, pero le agradeció al cielo de que nunca fue posible porque, por lo que sus amigas le habían contado, era más difícil olvidar a un hombre cuando ya habían estado íntimamente con él, puesto que hubo intercambio energético y carnal.
Abrumada, recogió la bandeja y acomodó los trastes para sacarlos de ahí y lavarlos, pero antes de salir del dormitorio cojeando, dejó el florero con las flores en el tocador para que la habitación tuviera un poco de vida.
Al salir a la sala, encontró a Egon, Jaques y Hagen sentados en el sofá, hablando seriamente entre ellos y en voz muy baja, pero el rubio fue el primero en advertir su presencia.
—Hola, Elara—. La saludó amablemente y ella percibió cierta rigidez en su saludo porque ni siquiera sonrió, como era su costumbre.
Los ojos grises de Egon se postraron en ella un momento y después volvió a mirar al rubio y a Jaques.
Y ninguno de los tres habló mientras Elara se movía hacia la cocina dando pequeños saltitos.
—Déjeme ayudarla, señorita Moreau—se ofreció Jaques en cuanto la vio.
—No te preocupes, yo puedo sola, ustedes sigan charlando—se negó Elara, con una sonrisa.
Pero Jaques ya le había quitado la bandeja de las manos y se había aproximado a la cocina para lavarlos, dejándola como tonta a mitad del camino en el que, sin necesidad de ver los rostros de Egon y Hagen, supo que era una situación peligrosa y ella no debía estar involucrada.
—Ven, te ayudaré.
Elara le agradeció a Egon cuando él se acercó y la cargó deliberadamente hacia la recámara para que ella no volviera a esforzarse.
—¿Qué sucede? —le murmuró en la oreja cuando la depositó en la cama.
Pero él no respondió, o al menos, no al instante. Se quedó quieto frente a ella, sin decir una sola palabra. Su mirada se había quedado estática en un punto lejano y Elara ladeó la cabeza, perpleja.
—¿Egon? —le tocó la mano con suavidad y él dio un respingo.
—Disculpa, ¿qué pasó?
—Te pregunté si qué está sucediendo.
—Ah, sí, eso—carraspeó, haciendo una mueca y acarició el dorso de la mano de ella con el pulgar y se inclinó para quedar a su altura—. Quiero preguntarte una cosa, Trouble, y necesito que me respondas con total honestidad, ¿de acuerdo?
Ella asintió con el ceño fruncido.
—De casualidad, ayer que estuviste mucho tiempo con Hagen, ¿le contaste sobre lo que Emil dijo antes de morir, acerca de los dos traidores dentro de la organización?
—Pensé que Hagen Falk era tu mejor amigo—. Titubeó.
—Solo respóndeme. Sí o no.
—Sí.
Egon cerró los ojos un momento y asintió, contrariado.
—¿Hay alguna razón por la cual no querías que él se enterara? ¿sospechas de él como el traidor que queda en la organización porque es el más cercano a ti? —Elara se sobresaltó y Egon abrió los ojos, esbozando una sonrisa.
—No, tranquila, no es por eso.
—¿Entonces por qué? No me asustes.
—Mi padre pronto estará de regreso y quería solucionar ese problema del traidor yo mismo para que vea de lo que soy capaz, puesto que él a veces confía más en Hagen que en mí y eso, siendo honesto, me pone muy celoso y no puedo evitarlo.
Elara alargó la mano y le acarició la mejilla. Él se estremeció bajo su tacto y parpadeó lentamente y a ella le recordó a un hermoso gato color gris cuando es acariciado.
—Hagen Falk no es su hijo—le recordó con una sonrisa—. Tú sí. Y no debes sentirte celoso ni reemplazado.
—Lo sé, pero Hagen ha hecho un excelente trabajo con nosotros y por eso mi padre comenzó a confiar mucho en él.
—Si quieres puedo ayudarte a encontrar al traidor. Tú dime en donde comenzar a buscar y lo haré, para que te lleves todos los méritos y no Hagen.
Aquello le causó gracia a Egon porque soltó una risita divertida.
—¿Qué es lo gracioso? —inquirió ella, con los ojos estrechados.
—Descansa, Trouble. Al rato te traeré de comer y de cenar, y también la respuesta definitiva sobre ir mañana a Linz a ver a hacerle una visita amigable a tu exnovio.
Egon se irguió y comenzó a andar en dirección a la puerta, pero ella lo detuvo de la manga del abrigo antes de que se alejara más.
—Hagen prometió conseguirme un teléfono nuevo porque me aburro demasiado—le informó—, ¿por qué no me lo compras tú?
—¿No quisieras mejor tener un iPad?
—No. Yo necesito un teléfono para hablar con mi familia y amistades.
—No creo que sea conveniente… —se rascó el cuello.
—¿Aun sigues dudando de mí? ¿crees que voy a marcharme de tu lado? —se sintió ofendida—. Porque he tenido muchas oportunidades para irme y no las he tomado porque ya tomé la decisión de quedarme contigo, Egon.
—Es verdad, lo siento—dijo, consternado—. Y no es que desconfíe de ti, sino que es algo instintivo en mí; pero te prometo que en Linz te compraré el que quieras, ¿te parece?
—Está bien.
—Y otra cosa—dijo él antes de irse—. No le comentes nada a Hagen sobre el viaje que quiero hacer contigo a Linz, ¿sí?
Ella asintió y decidió no cuestionarlo. A veces era bueno tener secretos, por más que confiaras en tu mejor amigo.
Dicho eso, Egon la dejó a solas en la habitación de nuevo.
El resto del día intentó no aburrirse mientras estaba recostada en la cama mirando el techo y sin tener al menos un libro con el cual entretenerse.
Egon le llevó la comida y comieron juntos, en silencio, a veces hablando de banalidades y luego de los planes a futuro que él pretendía llevar a cabo si lograba desenmascarar al traidor y entregárselo a su padre como muestra de su valía.
A la hora de la cena, Egon llegó con las manos vacías y una sonrisa divertida.
—Hagen trajo pizza para cenar—le informó, acercándose a ella para cargarla—. Y dice que deberíamos ver alguna película para relajarnos un poco y creo que tiene razón.
—Vaya, ese rubio sí que sabe ganarse a la gente—bromeó, echándole los brazos al cuello.
—Es demasiado persuasivo, pero muy eficiente—reconoció Egon, saliendo de la recámara con ella en sus brazos.
Habían movido el comedor para que estuviera justo en medio de la sala y frente a la enorme TV. Hagen y Jaques se hallaban conversando en la cocina mientras preparaban los vasos y platos para la cena.
Hagen había comprado cuatro pizzas que yacían sobre la mesa y una enorme botella de refresco Coca-Cola.
—Esta cena es muy estadounidense, eh, Hagen—comentó Elara, burlándose.
Egon la colocó sobre una silla en el comedor y él se sentó a su lado.
—La pizza es de Italia, pero los estadounidenses casi se la apropiaron—acotó el rubio, haciendo acto de presencia con los vasos de plástico y con Jaques pisándole los talones con los platos.
Era la primera vez que Elara miraba a Jaques convivir con ellos e incluso comer en la misma mesa, y le pareció estupendo.
—¿Qué película quieren ver y en qué plataforma? —preguntó Hagen, encendiendo la TV.
—White Chicks—repuso Elara—, creo que está en HBO.
—¿Te gusta esa película? —preguntó Egon, dándole un mordisco a su rebanada de pizza.
—Es muy graciosa, ¿ya la has visto? —se volvió a él para mirarlo.
—Es un poco… ¿cómo explicarlo? Extraña—respondió, sonriendo incómodamente.
—¿Por qué extraña?
—Porque es ridículo que nadie se diera cuenta que eran dos hombres vestidos de mujeres en un evento social donde se supone que conocían en persona a las verdaderas rubias—explicó Egon—. Además, me perturba el sujeto musculoso y su fetiche con la gente blanca, es decir, él es negro y no lo acepta, hasta se sintió más decepcionado de que el hombre vestido de mujer fuese negro y no hombre.
—Yo no la he visto—terció Jaques, peleándose con el queso derretido de su rebanada—, pero quiero verla.
—Esa película es un clásico. Toda persona tiene que verla al menos una vez en su vida—declaró Elara.
—Entonces veremos White Chicks—canturreó Hagen, buscándola rápidamente en HBO.
La película comenzó y todos se dieron a la tarea de cenar sin despegar la mirada de la pantalla. El rubio apagó las luces, quedando la de la cocina para que no estuviera tan oscura, pero la única persona que decidió no prestarle toda su atención a la película fue Egon.
Sus ojos grises se desviaban a la menor oportunidad en dirección a Elara.
Verla reír, comer, e incluso voltearlo a ver de vez en cuando, lo mantuvo ocupado el resto de la cena y de la película.
No puedes lastimarla. No puedes lastimarla. Olvídate del plan. Ella no tiene la culpa, pensó, sintiendo la pesadez del problema cada vez más grande.
Ya no estaba seguro de lo que sentía.
Incluso Hagen le había preguntado esa mañana, después de comentarle del traidor, si estaba aún seguro de querer dañar a Elara Moreau o desistir de esa idea, puesto que no era demasiado tarde todavía y su padre, Magnus Schreitz, no estaba enterado de nada.
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