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El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 36

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Capítulo 36: Capítulo Treinta y seis

Después de ver White Chicks, Hagen propuso otra y luego Egon la última. La que iba a ser una cena divertida, terminó siendo una noche de películas porque a las tres de la madrugada, todos quedaron fritos.

En la segunda película se fueron a recostar en el sofá y ahí quedaron, dormidos, sin ningún problema y con la pantalla oscurecida.

A eso de las seis de la mañana, el primero en revivir fue Jaques; especialmente porque él era el que se encargaba de supervisar que todo estuviera en orden y que los guardias de toda la casa también lo estuvieran.

El sonido de los platos y vasos siendo recogidos de la mesa, despertaron a Egon y a Hagen rápidamente.

—Lo siento, no era mi intención despertarlos—se disculpó Jaques, petrificado con los brazos ocupados en la tenue oscuridad.

—Descuida, no hay problema—eludió Egon, bostezando y frotándose los ojos.

El rubio se estiró con pereza y bostezó exageradamente, así que Egon tuvo que lanzarle un cojín a la cabeza para que dejara de hacer ruido porque iba a despertar a Elara.

—¿Qué planes hay para hoy? —murmuró Hagen, espabilado después de que Egon le cortara el bostezo.

Jaques encendió la luz de la sala y tuvieron que cubrirse un poco los ojos.

—Me voy a poner en contacto con mi padre para saber el día exacto en el que volverá a la ciudad.

—Habías dicho que en unos días.

—Sí, pero a veces cambia de parecer y no quiero dejar de hacer mis cosas solo por esperarlo y que al final no aparezca.

Hagen miró a la misma dirección que Egon, y se dio cuenta que su amigo estaba mirando a Elara, que dormía plácidamente en el sofá más grande. Había cierta ternura en su mirada y se sorprendió.

—Estás a tiempo de desistir, Egon.

El Lobo de Hielo volteó a verlo con el ceño fruncido.

—¿De qué hablas?

—Sabes bien de lo que hablo—señaló a Elara con la barbilla.

Egon se llevó las manos al cabello y resopló, nervioso.

—No me presiones. Sé bien lo que tengo qué hacer, es por eso que me tengo que comunicar con mi padre porque tengo planeado salir de viaje con Elara y no quiero que él sepa de su existencia. No aún.

—¿De viaje? ¿adónde? —Hagen se mostró inquieto.

—Un viaje privado, Hagen—repuso Egon—, no lo tomes personal, pero necesito estar con Elara a solas.

—¿Por qué? Es decir, ¿no te sientes cómodo con ella aquí en Viena?

—No me siento cómodo teniéndola aquí, bajo el escrutinio de mis hombres armados—gruño con expresión hostil.

—¿De qué hablas? La tienes protegida en todos los sentidos.

—No me refiero a eso. Elara nunca lo va a afirmar, pero es muy incómodo tener que lidiar con la falta de privacidad que existe aquí. A mí no me afecta, pero estoy seguro que a ella sí.

—¿Te lo ha hecho saber de alguna forma? —arqueó sus cejas rubias con escepticismo.

—No.

—¿Y cómo sabes que le afecta? Elara no es tonta y ahora qué te tiene confianza, te lo diría.

Egon no contestó. Su mirada bajó a sus manos que estaban sobre su regazo y suspiró, contrariado.

—Espera—le oyó decir a Hagen, pero no lo miró—. ¿No será que la incomodidad es tuya y estás usando a Elara para proyectarte?

—¿Por qué habría de sentir incomodidad con mis hombres, si yo mismo los traje conmigo para que cuidaran mi casa? —volteó a verlo con desprecio, pero había un dejo de duda en su voz que Hagen logró advertir.

—Quieres tener tiempo a solas con Elara—. Dedujo Hagen con naturalidad luego de escudriñar con atención la expresión de Egon y notar el breve rubor en sus mejillas.

—¿Y tiene algo de malo? —lo enfrentó con fiereza—. Quiero que se sienta bien, tranquila y que pueda darle un maldito beso sin que Jaques o alguien más venga a interrumpirnos.

—Entonces vas a desistir de tu venganza—afirmó Hagen con una radiante sonrisa.

—No es lo que dije—bufó Egon, mirando nuevamente sus manos.

Por un largo minuto, el silencio reinó en la sala, a excepción de la respiración tranquila de la chica que continuaba durmiendo, absorta de aquella conversación.

—Si ese viaje ayuda a disipar tus dudas del plan de venganza, hazlo—manifestó Hagen tras ponerse de pie y estirarse con exageración—, pero si solo lo harás para acostarte con Elara y pasar un buen rato, como tu amigo te digo esto: no lo hagas. Ella no merece ser puesta a prueba por ti ni ser una más de tus víctimas.

—Vete a casa, Hagen—. Siseó Egon.

—Eso haré. Me avisas si decides irte de viaje para estar al pendiente de la organización—fue lo último que le dijo Hagen antes de marcharse de la casa de Egon y adentrarse a la fría mañana.

El joven austriaco se quedó un rato más sentado en el sofá hasta que Jaques se acercó con una humeante taza de café que lo sorprendió.

—¿Por qué de repente eres tan servicial? Me refiero a este tipo de gestos—señaló la taza, dándole un pequeño sorbo.

Jaques se encogió de hombros y se puso a limpiar el comedor con un trapo con desinfectante.

—La señorita Elara es muy adorable. Me recuerda a una sobrina y como está herida del tobillo, no quiero que se esfuerce en atender la cocina u otras cosas—respondió.

—Te agrada, ¿verdad?

—Sí. Es muy gentil y amable.

Claramente no solamente él se estaba dando cuenta que Elara era una chica extraordinaria a la que no podía perder porque era distinta, especialmente si la comparaba con Viktoria.

Tanto a Jaques como a Hagen, jamás le agradaron a Viktoria y viceversa.

—Me alegra escuchar que eso piensas de ella porque deseo llevarla de viaje unos días, pero no sin antes comunicarme con mi padre para que pueda ir sin problemas, ya que, no quiero que él se entere de la existencia de Elara todavía.

—Por supuesto, ¿en qué puedo ayudarlo, joven Schreitz? —dejó de limpiar el comedor y volteó a verlo con atención.

—Solamente tú sabrás nuestro paradero, ¿bien? No quiero que mi padre y ni siquiera Hagen, tengan conocimiento de ello.

Jaques asintió sin cuestionar.

—Iré a Linz, dependiendo la respuesta de mi padre y de su regreso. Planeo pasar ahí unos días con Elara para relajarnos un poco.

—¿Quiere que le reserve un hotel y me haga cargo de todo?

—¿Harías eso? —Egon sonrió y a Jaques se le vino a la mente el día que conoció a ese chico y empezó a trabajar con él. Tenía mucho tiempo que no lo veía sonreír de esa manera y de eso tenía muchos años, porque ambos se conocieron cuando su madre aún vivía y formaba parte de los guardaespaldas personales de su padre.

—Con mucho gusto. Usted solamente dígame en cuanto hable con el señor Schreitz y yo enseguida le conseguiré la reservación del mejor hotel en Linz.

—Ah, y también quiero que prepares mi Lexus.

—¿El color oro, cobre, gris o blanco?

—Los cuatro son mis favoritos, pero si no quiero llamar tanto la atención, entonces prepárame el gris.

Jaques volvió a asentir, tomando nota mental, puesto que los coches de Egon estaban en una zona de alta seguridad, resguardados y bien protegidos.

Mientras tanto, Egon levantó a Elara con facilidad y la llevó a la cama para que siguiera descansando.

A él dejó de gustarle conducir sus coches lujosos desde que se casó con Viktoria porque ella no hizo más que hacerlos puré cuando se los pidió prestado, uno a uno; así que, de los quince vehículos lujosos, solamente le quedaron diez porque los cinco que esa mujer hizo pedazos, decidió venderlos e invertir el dinero en otras cosas.

Y ahora que había conocido a Elara, se daba cuenta de la gran diferencia de persona. A pesar de que sabía que tenía muchísimo dinero, no le exigía nada e incluso cuando le pidió un teléfono, lo hizo con fundamentos, no simplemente porque deseaba tener uno.

Elara Moreau comenzaba a ser la mujer que valía la pena tener a su lado hasta que la muerte decidiera separarlos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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