El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 37
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Capítulo 37: Capítulo Treinta y siete
Magnus Schreitz
Odiaba esconderse de la policía.
Pero más odiaba tener que actuar como una rata de alcantarilla para no ser llevado a prisión por sus actos ilícitos.
Cuando las cosas se salían de control, tenía que abandonar Viena para no ser atrapado y le irritaba tener que hacerlo porque su hijo era un completo inepto y no podía confiar en él en absolutamente nada, salvo en mantener orden en la organización y le había dado el liderazgo porque sabía que Hagen Falk estaba a su lado para orientar y aconsejar.
¿Cómo era posible que Egon, su único hijo, no hubiera salido con la misma malicia y astucia que él?
Incluso la tentadora idea de colocar al mejor amigo de su hijo como su reemplazo y heredero no se le hacía tan demencial y tenía que tomarse el tiempo suficiente para sacárselo de la cabeza y no cometer una tontería por impulso.
—Mátenlos—. Ordenó en cuanto se cruzaron con un par de hombres que pretendían bloquearles el paso en la carretera. Se hallaba cada vez más cerca de Viena y no iba a desperdiciar más tiempo huyendo cuando todo ya se había calmado.
—Imposible, señor Schreitz, si nos bajamos a asesinarlos, traerán más refuerzos—, se negó el que lideraba el grupo de hombres armados que cuidaban su espalda.
—¿Acaso hablo en chino o qué? —ladró Magnus con cólera.
—No, señor… —balbuceó el sujeto, presa del pánico.
—Si quieres que algo salga bien, lo tienes que hacer tú mismo—. Siseó Magnus Schreitz al tiempo que abría la puerta trasera de su camioneta y bajaba con su revólver favorita, que le hacía sentir digno de portarla por su nombre, que era similar al suyo: 44 Remington Magnum.
Esa arma no era para todos, ya que no era un calibre adecuado para la defensa personal de la mayoría de las personas, porque su gran potencia provocaba un gran retroceso, lo que hacía que fuese difícil de manejar para casi cualquiera, excepto para el Carnicero de Viena.
—¡Todos a cubrir al señor Schreitz! —vociferó el líder del equipo, descendiendo también con el resto de los hombres.
Alrededor de diez sujetos armados hasta los dientes se desplegaron alrededor de Magnus Schretiz cuando este comenzó a avanzar hacia los agentes policíacos que se hallaban a unos veinte metros de distancia, bloqueando el paso a mitad de la carretera a altas horas de la madrugada.
—¡NO DEN UN PASO MÁS O DISPARAREMOS!
Una voz surgió a través de un megáfono desde el otro lado. Eran alrededor de seis oficiales y al parecer temían por su vida, pero ya era demasiado tarde.
Los oficiales encendieron una enorme linterna de la primera patrulla para no perderlos de vista.
Sin embargo, Magnus Schreitz no retrocedió y tampoco el resto de sus hombres.
A parte de que solía usar chaleco antibalas y mucha protección en su cuerpo, a él le encantaba bastante ser el que daba los tiros de gracia cuando la situación se torcía como aquella madrugada, además, no solo llevaba su arma para atacar, sino que tenía una extraña fascinación por las granadas de mano y las explosiones.
—¡ALTO AHÍ! —volvieron a decir por el megáfono, pero esta vez la voz del oficial flaqueó por el temor.
Magnus obedeció, esbozando una sonrisa maliciosa justo cuando la luz parpadeó varias veces, haciendo que todo se oscureciera brevemente y como había mantenido las manos metidas dentro de su abrigo, en una sosteniendo su revólver y en la otra acariciando las tres granadas pequeñas, listas para lanzarlas, no se percataron del movimiento sutil hasta que escucharon tres breves sonidos secos por debajo de las dos patrullas.
Los oficiales se miraron entre sí cuando él y sus hombres se detuvieron por completo, a una distancia peligrosa.
—¡PONGAN LAS MANOS ARRIBA Y SUELTEN SUS AR…!
Y sin miramientos, las tres granadas estallaron, ocasionando que el primer coche patrulla volara dos metros por encima del suelo y cayera encima del segundo.
De los seis oficiales, los cuatro que habían estado enfrente, volaron en pedazos y los dos que quedaron, resultaron gravemente heridos bajo los escombros en llamas de los coches.
—¡Necesitamos refuerzos…! —le oyeron gritar a uno de ellos, gateando lejos de ellos con la radio en la mano.
—Revisen si los demás están muertos—ordenó Magnus con aburrimiento—. Yo me haré cargo de los dos que aún pueden hablar.
—¡Maldito! —le gritó el otro oficial, que yacía con las piernas atrapadas por el cofre del coche e intentó desenfundar su arma, pero el Carnicero de Viena fue más rápido y le pisó la mano con la bota, ladeando la cabeza.
En la oscuridad, sus ojos parecían dos agujeros negros sedientos de sangre en vez de grises, como los de su hijo.
—¿Por qué insisten en intentar detenerme? ¿Acaso no les da miedo terminar muertos? —les preguntó a ambos, porque sabía que el que tenía la radio no iba a poder llegar muy lejos porque tenía una herida de muerte en el abdomen y se estaba desangrando y únicamente la adrenalina lo mantenía con vida—. Son solo niños jugando a ser héroes.
—¿Qué clase de monstruo eres? —jadeó uno de ellos con terror—. Has cometido demasiados crímenes y debes pagar por ello.
—¿Según quién? Por eso todos tenemos libre albedrío, ¿no te parece? —incrementó la fuerza con la que le estaba pisando la mano y sonrió cuando el oficial hizo una mueca de dolor—. Tengo mucha prisa y ustedes fueron un completo obstáculo, así que dense por bien servidos porque el Carnicero de Viena no suele ejecutar personalmente a sus víctimas a menos que fuese necesario. Hoy están de suerte.
Con mucha calma, deslizó la otra mano fuera de su abrigo y sacó su revólver sin dejar de sonreír.
Verificó que las balas estuvieran en su sitio, le quitó el seguro y apuntó directamente en medio de los ojos del oficial, que respiraba agitadamente, sintiendo que en un segundo abandonaría este mundo.
—¿Últimas palabras?
—Te veré en el infierno, infeliz.
—Muy bien, entonces tenemos una cita, solo que vas a esperarme un largo tiempo para que nos encontremos otra vez—aceptó Magnus Schreitz antes de jalar el gatillo y reventarle la cabeza al sujeto. El retroceso del arma apenas y lo movió.
Los trozos de su cráneo y sesos se esparcieron como sandía, manchando sus botas y parte de su abrigo; haciendo gritar de odio y miedo al otro oficial que había visto toda la escena.
—Ahora tú.
La diversión había terminado y también la motivación que le daba cuando tenía la oportunidad de involucrarse en los crímenes.
Se acercó lentamente al oficial que aún aferraba la radio en su mano y que poco a poco iba a perdiendo la conciencia por la hemorragia, pero no dejaba de mirar a Magnus con desprecio.
—¡Púdrete! —le gritó en cuanto estuvo lo suficientemente cerca y por una fracción de segundo, Magnus, que había mantenido la guardia baja, no notó que la otra mano del oficial sostenía su propia arma, listo para disparar.
Le disparó a quemarropa, pero el Carnicero de Viena logró esquivarlo, rodando hacia un lado de la carretera y no contó con mucha suerte porque la determinación de ese joven fue bastante, ya que se levantó a regañadientes con el estómago perforado y comenzó a dispararle a diestra y siniestra a Magnus.
Y las balas que lo alcanzaron, se alojaron en su chaleco antibalas.
—¿Ya terminaste de hacer tu show? —inquirió Magnus, fastidiado.
—Todavía no… —jadeó el oficial, apuntando rápidamente a la cabeza del capo.
Disparó con firmeza, pero uno de los hombres de Magnus lo tacleó por detrás, haciendo que la bala cambiara de dirección y lograra alcanzar el brazo del capo, inmovilizándolo por el dolor.
—¡Tortúrenlo y que pida desear estar muerto! —ladró Magnus, guardando su revólver y agarrándose la herida del brazo.
—¡El señor Schreitz está herido!
Inmediatamente sus hombres lo llevaron de vuelta a la camioneta y tres de ellos se hicieron cargo de torturar al pobre oficial en donde sus gritos de dolor se mezclaban con el frío de la noche y el silencio de la carretera.
Quince minutos después, se hallaban de camino a un hospital más cercano a la ciudad próxima.
Había sido una completa locura haber enfrentado a la policía, pero estaba tan fastidiado de estar escondiéndose que creyó que saldría ileso.
—La próxima vez que les dé la orden de asesinar personas, no me cuestionen—siseó Magnus, apretando los dientes por el dolor.
—Lo lamento, señor Schreitz, fue mi culpa…
—¡Claro que fue tu maldita culpa, Arnold! Si no te hubieras negado, yo no estaría con el brazo perforado.
El sujeto se revolvió incómodo en el asiento y aceleró. Estaban muy cerca de Purwörth y era el único sitio al que podían solicitar ayuda médica urgente.
Varios de los hombres de Magnus se encargaron de hacerle un torniquete en el brazo para evitar que siguiera desangrándose y resistiera hasta llegar al hospital.
No les fue difícil encontrar el hospital en aquella ciudad, pero tuvieron que hacer uso de sus armas para que el personal médico cooperara, además de las enormes sumas de dinero que le ofrecieron a cambio de discreción.
Afortunadamente, la bala no tocó ninguna vena o arteria letal, pero tenía que estar en reposo al menos tres semanas antes de poder volver a moverse o incluso caminar. Todo iba a depender de su nivel de cicatrización.
—Maldita sea… —se quejó Magnus, postrado en la cama del hospital privado. Tenía una habitación solo para él y enfermeras y médicos que iban a encargarse de darle toda la atención y cuidados.
—¿Quiere llamar a su hijo, señor Schreitz? —le preguntó Arnold, alcanzándole el teléfono.
Magnus asintió, contrariado.
Él era zurdo y justamente el brazo izquierdo era el que no podía mover, así que iba a necesitar más ayuda de lo que pensó.
—¿Qué horas?
—Van a dar las siete de la mañana, señor…
—Le hablaré a las nueve o diez, seguramente sigue durmiendo.
—Muy bien, descanse y yo le avisaré cuando sea esa hora.
Pero transcurrieron las horas y tanto Arnold como el Carnicero de Viena, se quedaron dormidos y despertaron a las once de la mañana gracias a las enfermeras que le llevaron el desayuno.
—Confiarte mi vida me está costando caro—gruñó Magnus—. Solo porque eres eficiente y leal, no te he metido una bala en la cabeza.
—Lo lamento, señor Schreitz, estaba muy cansado y…
—Llama a mi hijo inmediatamente y ponlo en altavoz.
Arnold obedeció y colocó el teléfono muy cerca de la cara del capo.
—¿Padre?
La voz de Egon surgió del altavoz y su padre bufó.
—Me voy a retrasar más de lo debido—fue al grano.
—¿Pasó algo?
—Tuve unos problemas y tendré que quedarme por tres semanas más resguardado, ¿cómo van las cosas allá?
—Perfecto. No tienes de qué preocuparte.
—Bien. Entonces te estaré llamando.
—Bien—repuso, incómodo—. Cuídate.
Magnus le hizo señas a Arnold para que colgara.
—Ahora comunícame con Hagen Falk—le ordenó—, porque no le creo nada a mi hijo.
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