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El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 4

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4: Capítulo Cuatro 4: Capítulo Cuatro —Cantas muy hermoso, discúlpame.

Elara aprovechó a que había una buena distancia entre ellos para echarse a correr hacia la escalera, pero como era demasiado torpe o quizá, también muy lenta, Egon la alcanzó fácilmente sin poder llegar a pisar el primer escalón.

La detuvo de la mano sin usar mucha fuerza porque ella tampoco forcejeó, pero volteó a verlo con temor.

Había roto la primera regla.

El cumplido que le externó pareció conflictuarlo porque por una fracción de segundo, ella alcanzó a notar un leve rubor en sus mejillas, pero enseguida volvió a endurecer su semblante.

—¿Piensas que esto es un juego y que las reglas son de mentira?

—bramó, iracundo.

Sus pupilas estaban muy dilatadas que parecía que el color de sus ojos eran negros en vez de grises.

—¿Por qué no me dejas explicarte antes de que te pongas furioso?

—increpó ella, intentando zafarse, pero él la agarró con más fuerza de la muñeca.

—Me lastimas, suéltame.

Entonces Egon la soltó y la empujó rudamente hacia atrás, y ella trastabilló, asustada, pensando que su espalda golpearía la pared, pero en vez de eso, sintió la mano de él amortiguar el golpe, sirviendo eso para tener una cercanía peligrosa a ella.

El otro brazo de Egon se situó a un costado de la cara de ella, haciendo que a Elara se le acelerara la respiración al sentir su mirada.

—No me provoques, Trouble—siseó él, soltando su espalda para agarrarla de la barbilla.

—Lo que menos quiero es lastimarte, pero si vuelves a romper una regla y cruzar el límite de mi paciencia, no me voy a contener.

Ella cerró los ojos cuando percibió que Egon pretendía acortar más la distancia, especialmente cuando sintió su mirada directo a sus labios.

Pero en vez de recibir otro beso en el cuello o uno exquisitamente en la boca, Egon se inclinó a olerle el cabello castaño.

—Hueles malditamente bien.

Amo las fresas—ronroneó, aun pegado a su cabello, muy cerca de su oreja.

A Elara se le erizó la piel ante ese contacto íntimo.

La mano de él se deslizó hasta su cuello, tomándola con fuerza y ella jadeó, aun sin abrir los ojos, sintiendo la respiración de él en sus labios.

Egon dejó escapar un suspiro profundo, casi un ronroneo, rozando apenas su mejilla contra la de ella.

—Cada vez que te acercas demasiado a lo que no te pertenece… —susurró, la voz áspera, cargada de peligro—, siento la necesidad de recordarte quién está al mando.

Elara abrió los ojos un instante y se encontró con esos grises que la atravesaban, sin compasión ni promesas, pero con un magnetismo que la dejó sin aliento.

Su mano, que aún descansaba en su cuello, bajó lentamente hacia su hombro, apenas rozando la tela de su blusa.

Cada contacto era un recordatorio silencioso de que él podía devorarla con una simple decisión, y ella lo sabía.

—¿Lo entiendes, Trouble?

—su voz era un filo, un juego mortal y seductor a la vez—.

No estoy aquí para que te sientas cómoda… pero tampoco voy a dejar que te pierdas en miedo o dolor.

Elara tragó saliva y su corazón golpeaba como un tambor.

No había beso, no había caricia definida, solo el poder y la cercanía de Egon jugando con todos sus sentidos, con un aroma intoxicante, la presión de sus manos, y esa sensación de peligro que la mantenía atrapada y deseando más.

Egon inclinó la cabeza apenas, el borde de su mandíbula rozando el cabello de Elara mientras seguía sujetándola por la barbilla.

Sus dedos apretaban suavemente, pero con firmeza, un recordatorio silencioso de que él controlaba todo.

—Te mueves demasiado rápido, trouble… —susurró, casi en su oído, dejando que su aliento rozara la piel de su cuello—.

Y créeme, no estoy seguro de qué haría si cruzas otra línea.

Ella sintió un escalofrío recorrer su columna, el calor subiendo desde el pecho hasta la cara, y la mente en blanco.

Su instinto gritaba que debía apartarse, pero su cuerpo… se negaba a obedecer.

Egon bajó la mano hasta su hombro, y un leve roce de sus dedos contra la tela de su blusa hizo que su corazón latiera con fuerza.

No la tocaba demasiado, no aún, pero cada contacto era un juego peligroso de control y deseo.

—Mírame —ordenó, su voz baja, firme y seductora al mismo tiempo.

Cuando Elara levantó la vista, sus ojos grises la atravesaron, sin misericordia, evaluándola, desafiándola… provocándola.

Un silencio pesado los envolvió, roto solo por la respiración de ambos y el pulso que golpeaba en la sien de Elara.

Y en ese silencio, en esa proximidad peligrosa, se dio cuenta de algo que la asustaba y excitaba a la vez: no había beso, pero podía sentir cada segundo de lo que él planeaba.

—Recuerda —susurró Egon, separándose apenas unos centímetros, dejando que su perfume quedara impregnado en ella—, cada error tiene consecuencias.

Y tú… todavía no has aprendido las mías.

Egon finalmente se separó, apenas unos pasos, pero la distancia no era suficiente para que Elara dejara de sentir el calor de su cercanía.

Retrocedió y se reclinó contra la pared contraria, cruzando los brazos, como un rey que observa su territorio, y la tensión se disipó en parte… aunque el aire seguía cargado.

—Vamos a desayunar —dijo, su voz firme, con un dejo de autoridad que no admitía discusión.

Elara tragó saliva, aun sintiendo el hormigueo en la piel de su cuello, y asintió en silencio.

Se movieron y descendieron hacia la cocina, un espacio amplio y moderno, con ventanales que dejaban entrar la luz de la mañana y contrastaban con la oscuridad de la noche anterior.

Egon comenzó a preparar más café, moviéndose con esa seguridad que parecía natural en todo lo que hacía.

Sus tatuajes asomaban por las mangas de la camisa que se había puesto, y cada movimiento era medido, perfecto… letal incluso en la simplicidad de tareas cotidianas.

—¿Quieres algo para desayunar?

—preguntó sin mirarla, mientras vertía el café en tazas negras y elegantes.

—Lo que tengas… —respondió Elara, con un hilo de voz, sintiéndose fuera de lugar entre tanta perfección y control.

Él se giró entonces, y aunque no sonrió, hubo un brillo casi imperceptible en sus ojos grises mientras la miraba preparar un plato sencillo.

Un silencio cómodo cayó entre ellos, aunque cada pequeño gesto de Egon, cada roce accidental al servir, mantenía a Elara en alerta… y curiosa.

Desayunar con él era… distinto.

Era un hombre que podía ser letal y dominante, pero al mismo tiempo capaz de ser sorprendentemente cotidiano, casi humano.

Y eso… le resultaba aún más inquietante.

—Antes de que hagas cualquier tontería —comenzó Egon, su voz firme cortando el aire de la cocina—, necesitas entender algo, trouble.

Frente a Los Lobos de Viena, tú no eres libre.

No aún.

Elara alzó la vista, confundida y un poco indignada.

—¿Qué quieres decir con eso?

—preguntó, tratando de mantener un hilo de dignidad.

Él se giró lentamente, apoyando una mano sobre la encimera y dejando que la otra sostuviera la taza de café.

Sus ojos grises la estudiaban, fríos y calculadores.

—Significa que cuando estés frente a ellos, debes comportarte exactamente cómo te indique.

Sin cuestionar.

Sin sarcasmo.

Sin errores.

Obedecer es la regla número uno, y la más importante.

—¿Obedecer… en todo?

—susurró ella, sintiendo un nudo en el estómago.

—Sí—respondió él, acercándose un poco más, aunque manteniendo la distancia suficiente para que su control fuera evidente—.

No se trata de humillarte.

Se trata de mantenerte viva.

Una sola palabra fuera de lugar, un gesto inapropiado… y podrían considerarlo una falta de respeto.

Y para ellos, eso es mortal y no les importará que seas mi pareja, ¿entiendes?

Elara tragó saliva, sintiendo la presión de sus palabras.

No había amenazas explícitas, pero cada sílaba estaba cargada de peligro.

—¿Y… si fallo?

—murmuró, con un hilo de voz, intentando medir la magnitud de la situación.

Egon dejó la taza sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia ella, tan cerca que podía sentir el frío de su mirada sobre su piel.

—No falles —dijo con calma glacial—.

Aprende rápido, actúa rápido.

Haz lo que te digo y solo entonces podrás mantenerte un paso adelante de ellos… y de mí.

Elara asintió, mordiendo ligeramente su labio.

Su orgullo estaba herido, pero había una verdad indiscutible en sus palabras.

Frente a Egon, frente a Los Lobos… debía ser sumisa.

Pero cada fibra de su ser gritaba que no sería fácil.

—Entendido —susurró finalmente, aceptando su destino… al menos por ahora.

Egon se reclinó, satisfecho con su obediencia momentánea, y la dejó con la tensión flotando entre ellos, más peligrosa y excitante que cualquier roce físico.

—No va a haber necesidad de besarnos, ¿verdad?

Porque dudo que ellos quieran ver ese espectáculo—titubeó ella, ruborizada.

Tuvo que darle un sorbo de café caliente a su taza para disimular la vergüenza.

Egon le regaló una sonrisa torcida.

—Emil necesitará más que sumisión de tu parte para creerse el cuento de que eres mi mujer, trouble.

—Respondió con jovialidad—.

Y darnos un beso sin pensarlo mucho, hará que se olvide de ti por un tiempo y se centre nuevamente en el trabajo.

—Pero… —las palabras quedaron atascadas en su garganta.

—¿Qué?

—Él arqueó una ceja en su dirección—, ¿Acaso no has besado ni cogido con alguien a tus veintinueve años?

El rostro de Elara enrojeció a tal punto de parecer un jitomate.

—¡Eso no es de tu incumbencia!

—le gritó, histérica.

—Comenzó a ser de mi incumbencia desde el momento que te salvé la vida—le recordó.

—¿Por qué?

¿Qué ganas con saber mi historial sexual?

—lo miró con fiereza.

—Tú y yo no vamos a tener sexo jamás, eso tenlo en mente, Egon Schreitz.

Sus palabras nada más incentivaron a que él esbozara una sonrisa maliciosa y lobuna, haciéndola temblar de miedo y de coraje.

—No pienso obligarte, eso está claro—se relamió el labio inferior, siendo consciente que Elara se había quedado mirándole la boca.

—Serás tú quien me implore llorando para que la lleve a la cama y yo no me negaré.

—¡Eres un…!

—intentó abofetearlo, pero él la detuvo ágilmente, quedando su palma a escasos dos centímetros de su mejilla.

—Cuidado, Elara, estás a punto de cruzar la línea más peligrosa.

—Vociferó, apretando la mandíbula y tiró de ella para sujetarla de la cintura con la otra mano libre.

—Eres un desconsiderado, ¿Por qué te empeñas en hacerme sentir como una basura?

Ya estoy aquí contigo, ¿Qué más quieres?

—dijo ella, soltando un sollozo.

—¡No me gusta que llores, maldita sea!

—se apartó con disgusto y repugnancia.

La agarró de las mejillas con rudeza sin usar demasiada fuerza, pero eso bastó para que ella lo mirara a los ojos.

—Deja de llorar.

—Le ordenó, arrastrando cada palabra—, o de lo contrario, te daré una maldita razón para que lo hagas.

La soltó de un empujón y se dio la vuelta para terminar de beber su café.

—Vámonos ya, afuera nos están esperando.

—Gruñó.

Elara no supo de donde consiguió la fuerza para obedecerlo en silencio.

Se sintió como una dama de compañía sexual; pero era eso o morir de un tiro en la cabeza en donde su cuerpo jamás sería reclamado ni sepultado.

El lugar en donde Egon vivía era diferente bajo la luz del sol que de noche.

Efectivamente se encontraban en las afueras de la ciudad y no había ninguna casa cerca, la más cercana estaba quizá a casi un kilometro de distancia y estaba a escasos días de comenzara a nevar.

El frío iba en aumento.

La misma camioneta negra de anoche los esperaba y él yacía esperándola junto a la puerta trasera sin entrar.

Sus ojos grises parecían querer atravesarla y no sabía qué era lo que ahora le había fastidiado, a parte de la confrontación en la cocina.

Se deslizó a los asientos traseros y luego Egon subió.

Elara alcanzó a escuchar un ligero “clic” desde adelante, señal de que el chofer le había puesto seguro infantil a las puertas para que ella no intentara escapar.

Y aunque lo intentara, no llegaría tan lejos porque le dispararían por la espalda.

—Listo.

Vámonos.

—Ordenó Egon.

Poniéndose en marcha, Elara aprovechó para observar el camino y memorizar cada detalle si en caso alguna vez escapaba con éxito y lo hizo disimuladamente porque a través del rabillo del ojo, percibió que el Lobo de Hielo la estaba mirando con inquietud.

—Dame la mano.

Elara volteó a verlo cuando sintió la mano de Egon buscar la suya en el interior de su abrigo.

—¿Para qué?

—Solo obedece—carraspeó.

Temerosa, sacó la mano izquierda del bolsillo y la colocó sobre la suya.

La calidez de su palma la estremeció, especialmente porque sintió el dedo pulgar de él acariciarle la piel levemente.

—Vas a usar esto a partir de ahora.

Le giró la mano para deslizar un anillo en el dedo anular con suavidad.

Elara parpadeó, perpleja.

El anillo era de oro rosa y tenía en el centro un diamante en forma de rosa, muy brillante.

—¿Por qué?

—preguntó.

—Es para que sea más creíble la farsa de que eres mía—explicó, aun sin soltarle la mano.

Sus ojos estaban puestos en el anillo—.

¿Te gusta?

—Alzó la mirada a ella.

—Es muy hermoso—estiró los dedos para admirarlo mejor y él retiró su mano sin dejar de mirarla.

—Jamás te lo quites, ¿de acuerdo?

Es tu camuflaje perfecto a partir de este momento, trouble.

Con este anillo, todos sabrán que eres intocable y me perteneces.

Ella asintió, avergonzada.

¿Por qué tenía que esperar a conocer a un chico mafioso para recibir un anillo tan hermosamente costoso?

Y lo peor es que ni siquiera fue un regalo por amor, sino por supervivencia.

Poco después, no se dio cuenta en qué momento llegaron a la ciudad hasta que la camioneta aparcó afuera de uno de los edificios más elegantes de Viena, al que solo había visto por fuera y a través del autobús de camino a casa.

—¿Aquí es tu reunión con esos idiotas?

—murmuró Elara.

—No, primero me veré con mi mejor amigo y después iremos a la verdadera reunión.

—¿Qué?

—Quiero presentártelo.

Si él te conoce, la farsa será cada vez más creíble, vamos.

Elara no lograba concebir por qué Egon Schreitz se estaba esforzando demasiado en hacerle creer a todo el mundo de que eran pareja, es decir, ¿no bastaba con su palabra?

¿o en serio iban a asesinarla si lograban creer la mentira?

El edificio era un hotel cinco estrellas, pero también contaba con un fino restaurante con jardines impresionantes, donde podías comer afuera o adentro, dependiendo tus gustos.

Mayormente las personas asistían ahí a degustar, no a hospedarse.

Entró a ese lugar con las manos entrelazadas.

Bajó un poco la mirada ante el escrutinio de los huéspedes que estaban en sus mesas.

Egon era muy conocido por toda la ciudad y se preguntó por qué ella no tenía idea de quien era hasta anoche.

—Por aquí, joven Schreitz.

Un mesero los dirigió amablemente hasta uno de los jardines donde había más mesas con enormes sombrillas que cubría del sol, y unos metros más allá, una enorme piscina esperando a ser usada.

Era muy temprano para meterse y, además, estaba haciendo mucho frío.

—¿Cómo se llama tu amigo?

—quiso saber ella.

Él la miró con el ceño fruncido—.

Si quieres que esto salga bien, necesito un poco de información, ¿no crees?

Él elevó los ojos al perfecto techo y asintió.

—Hagen Falk.

Y sin decir más al respecto, continuaron caminando hasta que llegaron del otro lado del jardín, en la parte del restaurante más apartada e íntima.

No sabía qué apariencia tenía ese tal Hagen Falk para identificarlo antes de tiempo y comenzar a actuar como una enamorada empedernida.

No obstante, Elara lo vio antes de que Egon siquiera pronunciara su nombre para saludarlo.

Hagen Falk estaba sentado a la cabecera opuesta de la mesa, con un vaso de whisky entre los dedos y una postura impecable, como si cada movimiento hubiera sido ensayado frente a un espejo.

No era imponente como Egon, ni intimidante a primera vista… y, sin embargo, había algo en él que le erizó la piel.

Su elegancia era silenciosa, casi aristocrática, con ese traje oscuro perfectamente ajustado y el cabello rubio cenizo peinado hacia atrás, sin una sola hebra fuera de lugar.

Cuando levantó la mirada hacia ella, Elara sintió un leve estremecimiento.

Sus ojos eran de un azul frío, profundo y analítico, como si no la estuviera viendo… sino estudiando.

No era una mirada hostil, pero tampoco amable.

Era el tipo de atención que disecciona, que mide, que busca grietas invisibles.

—Hagen Falk.

—Egon habló.

Y solo entonces él sonrió.

Una sonrisa tenue, apenas una sombra en los labios.

No mostró los dientes, no suavizó el ambiente.

Fue una sonrisa educada, precisa… peligrosa.

Elara no supo por qué, pero la sensación la atravesó como un susurro en la nuca: ese hombre no levantaba la voz ni necesitaba hacerlo.

Su voz, cuando la saludó, fue suave y refinada, con un acento vienés elegante que contrastaba con el acero oculto en su tono.

—Es un placer conocerte al fin, Elara Moreau.

Pero no sonó como un saludo.

Sonó como una advertencia envuelta en cortesía.

Y en ese instante, Elara comprendió algo sin poder explicarlo: Egon era fuego… pero Hagen era hielo.

Y el hielo no ruge.

Espera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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