El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 5
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5: Capítulo Cinco 5: Capítulo Cinco —¿Egon te habló de mí?
—Elara no pudo evitar preguntar porque era imposible que eso hubiera ocurrido.
—Desde luego que sí, somos mejores amigos y nos contamos todo—.
Replicó Hagen con suavidad desconcertante y después se volvió hacia Egon.
—Siéntense, reservé la mejor mesa del restaurante en donde nadie podrá molestarnos.
—Gracias, Hagen—dijo Egon, sentándose confiadamente a su lado sin soltar aun la mano de Elara y volteó a verla—.
Ven, siéntate, cariño.
Y ahí ella comprendió que Hagen Falk no tenía ni la más mínima idea de aquella farsa y se obligó a sonreír coquetamente con Egon, dándole un beso en la mejilla luego de sentarse junto a él.
El Lobo de Hielo optó por colocar su mano posesivamente sobre la pierna de Elara mientras le echaba un vistazo al menú.
Gracias al cielo Egon era la barrera entre la mirada curiosa y extraña de Hagen y ella.
Podía sentir como su amigo la acechaba en silencio, como si quisiera averiguar la verdad o sospechaba que era una mentira.
—¿No crees que es muy temprano para beber whisky?
—bromeó Egon cuando Hagen se sirvió más en su vaso de cristal.
—Estoy despierto desde la cinco de la mañana, así que para mí cualquier cosa que ingiera después de la nueve, ya no es dañino para mi organismo porque estoy acostumbrado, aunque te diré que prefiero el coñac, pero no tienen ni una sola botella aquí—respondió Hagen, encogiéndose de hombros.
—Nosotros desayunamos en casa—repuso Egon—, pero pediremos un café sencillo.
—Yo quiero un capuchino—pidió Elara, y él asintió.
Hagen levantó la mano con autoridad hacia un mesero que estaba terminando de atender una mesa y se acercó rápidamente.
—Dos cafés, por favor, uno americano y un capuchino—ordenó Egon sin mirarlo.
—Por favor.
—Terminó de decir Elara, sonriéndole cálidamente al mesero y este le correspondió el gesto con nerviosismo.
De pronto sintió la mano de Egon apretarle la pierna, señal de haberse dado cuenta de ese intercambio de sonrisas.
Abrumada, se hundió en el asiento sin levantar la mirada.
Estaba claro que había echado a perder ese momento, y esperaba que Hagen Falk no se diera cuenta.
—Y díganme, ¿cuándo se conocieron?
—arribó Hagen con interés, mientras le daba un sorbo a su whisky.
Egon se reclinó en el respaldo para que su amigo tuviera una mejor visión de ambos sin que él obstruyera el campo visual.
Maldita sea.
Miré a Egon en busca de ayuda, ya que, después de todo, de él había sido su idea.
—Ella trabajaba en el Blutmond y ahí nos conocimos—explicó Egon sin entrar en detalles.
—¿En ese bar?
—inquirió Hagen, haciendo una mueca de desagrado y posó sus arrogantes ojos azules y gélidos en mí.
—¿Qué hacías trabajando en ese sitio tan…?
—Te recuerdo que ese bar es mi favorito y es donde hago mis negocios—terció Egon con orgullo.
—Y trabajar ahí no te define, idiota.
A pesar de que Egon se había molestado, continuó con su estúpida calma y Elara se preguntó si en algún momento ellos dos se enojaron alguna vez de verdad o Hagen ya había sido testigo cuando Egon perdía el control.
Les llevaron sus cafés y Elara aprovechó a ir al sanitario.
—¿Me disculpan?
Iré al sanitario.
—Se levantó del asiento, y la mano de Egon atrapó la suya, señal de alerta—.
No tardaré, lo prometo.
Le apretó la mano para que se tranquilizara y él apretó la mandíbula bajo la mirada de su amigo que observaba con atención la escena.
—El sanitario está pasando el jardín—le indicó Hagen a Elara.
Dicho eso, ella se zafó del agarre de Egon y caminó hacia el sanitario, mirando a su alrededor con admiración.
Era un sitio muy hermoso y apenas podía creer que estuviera ahí.
La curiosidad por ver a ese par de hombres tan descabelladamente atractivos desde lejos le ganó.
Egon desvió la mirada rápidamente de ella para mirar a su amigo, quien le había servido un vaso de cristal con whisky mientras hablaban.
Era obvio que el café solo había sido para aparentar normalidad, pero al parecer, eran iguales.
Y le asustaba.
Era un contraste impresionante.
Ambos eran atractivos y guapos.
Solo que Hagen Falk tenía más porte y elegancia, tanto su apariencia como su manera de vestir; en cambio Egon Schreitz era lo contrario, en vestimenta, claramente, porque tenía tatuajes en el cuello, espalda y brazos, y sobresalían el de su cuello y brazo a través de su chaqueta oscura y camisa del mismo color.
Ambos iban de negro, pero la diferencia abismal de ropa hacía que fueran como polos opuestos, además del cabello y ojos; Egon lo tenía color azabache y ojos grises, por el contrario, Hagen era rubio cenizo de ojos azules.
Los dos con mirada afilada y dominante.
Y la piel idéntica, solo que Egon levemente bronceada y Hagen pulcramente inmaculada, porque era más que obvio que no le pegaba ni un rayo de sol.
Elara no sabía si haberlos volteado a ver había dado una señal errónea a Egon, pero no le importó.
Necesitaba ver esa escena exquisita de ese par de sementales que hacían juego con la delicia de ese hotel.
Incluso el interior del sanitario era elegante con acabado de madera en cada rincón y tuvo que echar un vistazo al wc para corroborar que no era del mismo material antes de hacer sus necesidades.
Cuando salió a lavarse las manos, mantuvo la mirada en el lavabo y tras mirarse al espejo, ahogó un grito al ver a Egon recargado al fondo de la pared del baño, mirándola con los ojos estrechados.
—Ay, Dios mío—Elara se llevó una mano al corazón, horrorizada del susto.
—¿Qué demonios haces aquí, Egon?
—Necesitaba cerciorarme de que no intentaras huir.
—¿Y bien?
¿Quedaste satisfecho?
—masculló con ironía, poniendo los ojos en blanco.
—Ya te he dicho que no pongas a prueba mi… —¿Tu paciencia y calma?
Sí, sí, ya sé.
Tienes un monstruo domado en tu interior, ya lo sé—eludió, fastidiada.
Y cuando vino a darse cuenta, Egon ya estaba detrás de ella.
La agarró del cabello y tiró con fuerza hacia atrás su cabeza, y deslizó su otra mano en su cuello, presionando peligrosamente su tráquea.
Elara comenzó a hiperventilar por el miedo, especialmente porque la mirada de ese idiota no auguraba nada bueno.
Intentó alejarse, pero él la atrajo más a su cuerpo, y ella sintió algo duro y enorme rozarle la parte baja de la espalda.
—Estás poniendo a prueba mis límites, trouble, lo digo en serio—siseó en su oreja, reforzando más su agarre en el cuello y cabello.
—Quiero que midas tus palabras cuando te dirijas a mí, ¿entiendes?
Si me vuelves a faltar el respeto o a desobedecerme… —¿Me matarás?
—logró decir entre jadeos, porque era imposible hablar y respirar al mismo tiempo.
—No, te haré de todo, menos eso—carraspeó, frotándose detrás de ella.
Elara se tensó más, presa del pánico.
Egon deslizó la mano que tenía en su cuello y la fue bajando lentamente, acariciándole uno de sus senos que apenas su mano podía abarcar hasta llegar al botón del pantalón de Elara y en un movimiento rápido, lo desabrochó y metió la mano en sus bragas, tomándola por sorpresa.
Sus dedos acariciaron partes donde ella creía solo suyas, intentó retorcerse por el miedo, pero él la aprisionó más a su cuerpo, inmovilizándola sin dejar de hurgar entre sus piernas con movimientos circulares, que poco a poco a Elara le fueron resultando satisfactorios hasta llegar al grado de apretar las piernas y estremecerse.
La fémina comenzó a sentir un alto grado de placer que, involuntariamente cerró los ojos, recargada en el firme pecho de aquel joven tatuado y dejó escapar un gemido, que fue silenciado con la mano que él había agarrado su cabello.
—No hagas ruido o nos descubrirán—ronroneó en su oreja, dándole un mordisco juguetón sin dejar de estimularle el clítoris frente al espejo del sanitario.
Elara ya no podía más.
Sentía que estaba a punto de venirse y se sentía devastada y sucia porque estaba dejando que un bastardo infeliz y atractivo la estuviera masturbando en un lugar público.
De pronto, los dedos de Egon se deslizaron más abajo, pero el pulgar quedó exactamente en el sitio donde habían estado los demás para no pausar el placer y hundió dos dedos en su interior al mismo ritmo, y el siguiente gemido de Elara apenas pudo silenciarse porque era imposible.
—Eso es… mójate más… —susurró él sin soltarla.
Sus pupilas estaban dilatadas y no podía apartar la mirada de ella a través del espejo.
Era deliciosa y no podía esperar mucho tiempo para que penetrarla y hacerla suya completamente, pero para que eso ocurriera, tenía que hacer que ella se lo suplicara.
Elara movió las caderas, sintiendo como el orgasmo estaba llegando de manera involuntaria en todo su cuerpo.
Se contorsionó, sintiendo los fuertes brazos de Egon sosteniéndola y sin dejar de acariciarla su feminidad.
Apretando las piernas y ahogó un último gemido antes de alcanzar el mejor orgasmo de su vida, haciéndola temblar de pies a cabeza y hacerle palpitar el interior de sus piernas.
Se sintió liviana, como si pudiera flotar y se sintió vacía cuando Egon sacó la mano del interior de sus bragas.
Avergonzada y con la respiración acelerada, se negó rotundamente a mirarlo, ni de frente ni en el reflejo del espejo, pero Egon, con la otra mano, la agarró de la barbilla para que le sostuviera la mirada y ella se encontró con unos ojos hambrientos de lujuria.
Bajó un poco la vista y advirtió que él tenía una erección gigantesca, señal de que también había disfrutado verla en ese estado de placer.
Y antes de alguno de los dos dijera algo, Egon acercó su rostro al suyo y la besó sorpresivamente.
Al principio Elara se negó, pero al sentir como el cuerpo de él se pegaba al suyo con tanta exigencia, cedió.
Sus labios sabían a whisky y a café, una extraña combinación que le encantó.
La lengua de Egon aventuró a introducirse a su boca para buscar la suya y acariciarla de una manera excitante hasta dejarla sin aliento.
Ella había besado a unos cuantos chicos, pero ninguno se podía comparar a Egon Schreitz, el Lobo de Hielo, próximo líder de la organización criminal Los Lobos de Viena.
Cuando el beso se terminó fue porque él así lo decidió, dejándola con ganas de más.
—Adelántate a la mesa, voy a lavarme las manos—le dijo Egon, echándose jabón rápidamente.
Tenía los labios manchados del labial de ella.
—¿Por qué?
—titubeó ella, aun mareada por lo que acababa de pasar y se abrochó el pantalón.
—Porque no le puse seguro a la puerta y Hagen se marchó, dejando nuestros pedidos en la mesa.
Con las mejillas enrojecidas, Elara obedeció.
Salió de ahí casi corriendo.
Sentía que todos la miraban porque sabían lo que había ocurrido en el sanitario, pero nadie reparó en ella.
Todos estaban en lo suyo.
Y sí, en efecto, la mesa donde había estado Hagen se hallaba vacía y con los cafés enfriándose.
Entonces vio salir a Egon del sanitario y el calor entre sus piernas regresó, seguido de un palpito extraño que nunca había experimentado.
Apretó las piernas para calmar esa sensación, además de que no podía creer que él se atreviera a tocarla de esa manera sin su consentimiento.
En cuanto él tomó asiento junto a ella, Elara bajó la mirada, con las mejillas sonrojadas y se bebió su café capuchino que parecía más una bebida fría.
—¿Puedo saber por qué pensaste que me había marchado?
—pregunto ella, sin mirarlo.
—Porque cuando ibas de camino al sanitario, volteaste a verme sospechosamente y no podía arriesgarme a que huyeras—.
La imitó en tomarse su café americano sin mirarla.
—¿Y echaste a tu amigo con tal de ir a espiarme?
—No, él de todos modos ya se iba.
Solo quería conocer quien es mi novia en este momento porque ambos estamos ocupados y rara vez podemos vernos.
Ella asintió, sin saber por qué.
El silencio del ambiente no fue incómodo, pero tampoco reconfortante.
—Egon.
—¿Sí?
—Él la miró por fin sin ningún tipo de arrepentimiento en su cara.
—¿Por qué me tocaste de esa manera?
—fue al grano.
Le avergonzaba preguntárselo, pero quería saber bien en lo que se estaba metiendo.
A él aun se le notaba un poco el labial de ella en sus labios.
—Porque—se inclinó a Elara, haciendo que el corazón de ella palpitara con fuerza—deseaba hacerlo desde ayer.
—¿Qué?
—Bueno, desde que me lanzaste las bebidas a la cabeza, para ser exactos.
—¿Por qué?
—se horrorizó.
Con la mano que no usó para darle placer entre las piernas, tomó su barbilla con suavidad y esbozó una sonrisa lobuna.
—Porque me atraes sexualmente, Elara Moreau.
Y al ver la excelente oportunidad de tenerte para mí, la tomé.
—Le informó con su estúpida voz seductora—.
Pero yo no comparto lo que es mío con nadie, así que espero te des una idea de que esto de la farsa es completamente real.
—¿A qué te refieres?
—se tensó, incapaz de apartarse de su mirada.
—Lo de fingir ser mía—dijo, ensanchando más su sonrisa problemática.
—Frente a mis hombres, vas a fingir amarme, pero cuando estemos solos, voy a cogerte las veces que yo quiera y en cualquier lugar, ¿comprendes?
Elara palideció.
—No, de ninguna manera.
—¿Viste lo que soy capaz de hacer con tu cuerpo?
—increpó, bajando la voz en tono pícaro.
—Y eso que únicamente usé mi mano, no lo mejor que tengo.
Desvió su mirada hacia su entrepierna y ella tragó saliva, aturdida.
Recordó cuán enorme era su miembro rozándole la espalda baja cuando él la estaba haciendo enloquecer de placer usando solo sus dedos.
—¿Qué ganó yo con esta locura?
—Elara estrechó los ojos, desafiándolo.
—Dinero, protección, placer y lo mejor de todo… —susurró y le dio un beso fugaz en los labios—.
A mí.
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