El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 6
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6: Capítulo seis 6: Capítulo seis Elara no dijo nada durante el resto del café.
Sentía todavía la piel sensible, como si los dedos de Egon siguieran marcados en su cuerpo.
El sabor del beso le ardía en los labios y, aun así, la vergüenza le pesaba más que el placer.
Cada latido era una contradicción dolorosa: quería apartarse de él… pero su cuerpo recordaba demasiado bien lo que acababa de suceder.
Respiró hondo y alzó la vista.
Egon estaba tranquilo, casi relajado, como si nada hubiera pasado.
Como si no acabara de quebrarla frente a un espejo.
Ese contraste la enfureció.
—No vuelvas a tocarme así sin mi permiso —murmuró, con voz baja pero firme.
Los labios de Egon se curvaron apenas.
—No vuelvas a provocarme, y no habrá necesidad.
La sangre le hirvió.
Antes de replicar, una sombra se detuvo junto a la mesa.
Hagen había regresado.
Sus ojos, más fríos que antes, recorrieron el gesto enrojecido de Elara, el labial borrado, el leve temblor de sus manos.
Luego miró a Egon… y en su mandíbula apareció una tensión peligrosa.
—¿Todo bien?
—preguntó, aunque la pregunta parecía dirigida solo a ella.
Elara tragó saliva.
Egon respondió primero.
—Perfectamente.
¿Qué haces aquí?
Pensé que ya no volverías.
Pero Hagen no apartó la mirada de Elara.
Y ella supo que él había entendido más de lo que debía.
Un escalofrío la recorrió.
No por miedo.
Por presentimiento.
—Ocurrió algo y por eso regresé.
Algo cambió en la mesa.
El aire se volvió denso; la burbuja entre Egon y ella se rompió y, por primera vez, Elara comprendió que aquello no era un juego privado entre dos cuerpos… sino el inicio de algo mucho más grande, oscuro y peligroso.
Algo del mundo de Egon.
Y ella acababa de cruzar la línea.
—Tenemos que irnos —dijo Hagen con voz grave—.
Hay movimiento al sur de la ciudad e iremos en mi camioneta, ya les avisé a tus hombres y van a esperarte en tu casa.
Egon se incorporó sin prisas, apoyó una mano en el respaldo de la silla de Elara y se inclinó lo suficiente como para que solo ella lo escuchara.
—A partir de ahora, no te separes de mí.
Elara levantó la vista, temblorosa.
No sabía si esa frase era una orden…o una advertencia.
Y, aunque su cuerpo aún ardía, por primera vez sintió algo más fuerte que el deseo: miedo.
Elara se levantó sin decir palabra, sintiendo todavía la presión invisible de los dedos de Egon en su piel.
Hagen se apartó lo justo para dejarla pasar, pero no dejó de observarla.
Esa mirada… inquisitiva, silenciosa, contenida.
Como si analizara cada respiración.
Caminaron por el vestíbulo del hotel.
La música tenue del restaurante, las conversaciones, el aroma a café… todo parecía ajeno, lejano, como si el mundo normal estuviera detrás de un cristal y ella estuviera atrapada del otro lado.
Egon caminaba delante, seguro, con paso firme.
Hagen iba detrás.
Y Elara, en medio.
Como una pieza colocada deliberadamente entre dos fuerzas opuestas.
Cuando salieron al frío de Viena, el aire mañanero le quemó los pulmones.
Una camioneta negra los esperaba estacionada en la acera.
Las luces del edificio se reflejaban en el metal oscuro, dándole un aire amenazante.
Egon abrió la puerta trasera y la miró.
—Sube.
Elara dudó una fracción de segundo… hasta que sintió la sombra de Hagen acercarse detrás de ella.
No había amenaza explícita, pero algo en su presencia le erizó la piel.
Se subió.
Egon se sentó a su lado.
Hagen tomó el asiento del copiloto.
El motor rugió.
El silencio dentro del vehículo era espeso, pesado, casi doloroso.
Las manos de Elara temblaban sobre su regazo.
Ella no quería mirarlo… pero el calor de Egon a su lado la alcanzaba, intenso, tangible.
Ese hombre era un campo gravitacional; acercarse a él significaba perder control… y alejarse resultaba imposible.
Hagen habló de pronto, sin girarse.
—Dijiste que veníamos a hablar de trabajo, Egon.
La voz sonó firme.
Neutral.
Demasiado neutral.
Egon no respondió de inmediato.
—Y lo hicimos —replicó al fin, tranquilo.
—Y también quería que conocieras a Elara, mi novia.
Hagen apretó la mandíbula.
—No parecía una reunión de negocios y tampoco daba pie a que ella viniera, así como así—dijo con frialdad.
Elara sintió un latigazo en el estómago.
Egon sonrió.
—No es tu asunto.
Un segundo.
Dos.
El ambiente cambió.
Hagen se volvió apenas, lo justo para mirar a Elara desde el espejo retrovisor.
Sus ojos eran oscuros, pero no había lujuria, ni burla… sino algo parecido a incomodidad.
O desacuerdo.
Tal vez… protección.
—No vuelvas a hacer eso aquí—dijo al fin, con voz baja, dirigida a Egon—.
No en un lugar público.
No con ella.
Elara se tensó.
Egon ladeó la cabeza.
—¿Con ella?
—repitió, entornando los ojos, divertido—.
¿Y qué tiene de especial?
Silencio.
Él aprovechó a sacar una caja de mentas y se la llevó a la boca, le ofreció una a Elara, pero ella no aceptó.
El corazón de Elara golpeó en su pecho.
Hagen sostuvo la mirada del espejo.
—No es como las demás.
Las palabras quedaron flotando en el aire.
Elara sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies… sin entender por qué.
Ella no conocía a Hagen.
Él tampoco la conocía.
Pero algo le decía que… la había leído en cuestión de segundos.
Egon se inclinó hacia ella.
Su olor a whisky y menta la envolvió de nuevo.
—Eso ya lo sé —susurró, sin apartar los ojos de ella.
Y entonces, con una suavidad desconcertante, deslizó sus dedos por su muñeca.
No fue un gesto brusco.
No fue posesivo.
Fue peor.
Fue íntimo.
Elara retiró la mano al instante.
—No me vuelvas a tocar—dijo, firme esta vez.
Los labios de Egon se curvaron apenas.
Hagen desvió la mirada.
Nadie habló durante el resto del trayecto.
La ciudad pasó como un mosaico de edificios y personas en las calles.
Elara respiró hondo, intentando calmar el temblor de su pecho, pero no pudo evitarlo: una parte de ella seguía ardiendo… y otra quería huir.
La camioneta se detuvo.
Egon abrió la puerta primero.
—Bienvenida —dijo con una calma helada—.
A mi mundo.
Frente a ellos se alzaba un edificio industrial, gris, con ventanas altas y luz apenas visible tras los cristales.
Hombres vigilaban la entrada.
Miradas duras.
Unos con las manos en los bolsillos y otros con armas, listos para disparar a cualquier desconocido.
Silencio disciplinado.
Elara dio un paso adelante.
Y comprendió algo con un escalofrío: Lo del baño no había sido un impulso.
Había sido una advertencia.
Una prueba.
Un sello invisible.
Y ella ya pertenecía al juego.
Instintivamente, retrocedió, pero chocó con el pecho de Hagen, quien le devolvió la mirada cuando Elara volteó a verlo.
Hagen le hizo una seña para que continuara avanzando y Elara sintió la mano de Egon agarrando la suya, justo donde estaba su anillo para mantenerla junto a él con aire posesivo.
Se introdujeron al interior de ese edificio bajo la mirada de aquellos que montaban guardia con el rostro ensombrecido.
Ella logró escuchar los latidos de su corazón en los oídos y lo único a lo que podía aferrarse ante el terror que le causaba estar ahí, era Egon Schreitz.
Su mano le infundía una valentía ridícula porque él le había prometido protección a cambio de fingir ser su pareja para salvar su vida.
A regañadientes se vio obligada a abrazarlo del brazo con la otra mano, ya que donde tenía el anillo, estaba entrelazada con la de él.
—No temas, ¿de acuerdo?
—le susurró Egon con calma, soltándola de la mano para pasarle el brazo por la cintura y acercándola a él.
Un gesto íntimo que ella agradeció, puesto que lo sintió como una barrera entre ella y los criminales que había ahí.
—Por aquí, joven Schreitz, joven Falk y… Apareció un hombre de unos sesenta años vestido de la misma manera que los hombres en el bar de la noche anterior, especialmente como el tal Emil y Elara comenzó a temblar bajo el brazo de Egon.
—Elara Moreau—.
Espetó Egon con voz áspera—, es mi novia y les queda claro que ella puede entrar y salir cuantas veces quiera de aquí y nadie va a molestarla, ¿bien?
El hombre asintió, perplejo y los siguió guiando con pasos rápidos pese a ser casi un anciano.
El lugar era deplorable, parecía que el edificio estaba a punto de colapsar y quizá por eso la policía no se atrevía a investigar porque pensaban que nadie en su sano juicio podría habitar ahí o bien, ya sabían que aquel era el sitio de reunión de Los Lobos de Viena.
Pronto estuvieron dentro de una sala de reunión enorme, que no tenía nada que ver con la fachada del resto del lugar.
Era, al parecer, el único sitio al que habían restaurado porque las paredes eran de color negro con faroles que le daban un toque tétrico y aunque fuese de día, no sabías con exactitud porque estaba oscuro.
Había mesas de billar, una barra de licor con un barman privado, y sillones de piel por toda la estancia y una mesa rectangular al fondo con asientos de piel, eran diez en total y todos estaban ocupados por hombres de traje, y únicamente había dos sitios disponibles para Egon y Hagen, quienes se abrieron paso hasta llegar a ellos.
Los que estaban de espaldas se volvieron hacia los recién llegados y tanto ellos como el resto, postraron su mirada gélida en Elara, y lo que más le horrorizó a la fémina fue sentir los fulminantes ojos de Emil, el sujeto que la noche anterior intentó asesinarla en pleno bar.
Enseguida las rodillas de ella comenzaron a temblar, evocando el recuerdo de sus sucias manos en sus brazos, haciéndole daño y se detuvo, incapaz de seguir caminando y Egon sintió su miedo y dejó que Hagen siguiera andando para que no se viera obvio cuan afectaba se encontraba Elara.
Él la atrajo más a su cuerpo y besó su sien con delicadeza.
—No temas, estoy contigo—le susurró, siendo cuidadoso de esconder sus labios entre su cabello para que nadie lo viera ni escuchara—.
No mires a nadie, solo a mí.
Elara asintió tenuemente y reanudaron la marcha bajo el ojo crítico de todos.
Hagen Falk ya había tomado su respectivo asiento y miraba a Egon y a Elara con una ceja arqueada.
—¿Qué clase de movimiento se suscitó en la zona sur?
—Fue el primero en hablar para que la atención se dirigiera a él.
Inmediatamente los hombres se acomodaron en sus asientos y Emil tomó la palabra.
—¿Qué infiernos hace esta mujer aquí?
Esto es completamente privado—.
Gruñó, encolerizado.
Egon, quien ya se había sentado y había colocado a Elara sobre sus piernas, se aclaró la garganta sin dejar de acariciarle la cintura como muestra protectora.
—¿Te afecta en algo?
Creo que ayer te dejé en claro que ella es mi pareja y como tal, puede estar en mis reuniones, Emil—, la voz de Egon se tornó más áspera y desdeñosa cuando se dirigió a él.
El resto de los hombres palidecieron y bajaron la mirada con temor a enfadarlo más—.
Los asuntos que tengan que ver conmigo, ella puede escucharlos y opinar si así lo desea.
—Pero ella no pertenece a nuestra organización, señor Schreitz.
Es una simple chica ordinaria de un bar… —Y no te olvides de lo más importante—esbozó una sonrisa cínica y con mucha calma, continuó: —Mi novia.
Pronto seré el Alfa de esta organización, así que ella automáticamente se convertirá en mi Omega.
Un silencio espectral a continuación inundó el ambiente, nadie dijo nada y tampoco parecían estar respirando por el shock en sus palabras, incluida Elara.
Hagen humedeció sus labios y se acomodó el traje, incómodo.
—¿Tu padre sabe sobre esto, joven Schreitz?
—preguntó Emil con veneno disfrazado de amabilidad.
Egon sonrió sin despegar los labios y su mirada se ensombreció.
Egon apoyó lentamente los codos sobre la mesa, entrelazó los dedos y ladeó la cabeza sin apartar la mirada de Emil.
La sonrisa se borró de sus labios, dejando al descubierto una expresión tan fría que erizó la piel de todos los presentes.
—Mi padre no necesita saberlo —respondió con una calma espesa, peligrosa—.
Porque este asunto… me pertenece a mí.
El ambiente pareció encogerse sobre sí mismo.
Nadie se atrevió a moverse.
Egon inclinó la cabeza apenas un centímetro.
—Levántate.
La orden no fue pronunciada en tono alto.
No fue un grito.
Fue suave… y por eso resultó mortal.
Emil tragó saliva antes de obedecer.
Hagen mantuvo la mirada fija en la mesa.
Nadie más parecía recordar cómo respirar.
Egon deslizó los dedos por la cintura de Elara, no de manera obscena, sino deliberada.
Protectora.
Una advertencia silenciosa.
—Ayer pusiste tus manos sobre lo que es mío —dijo en voz baja—.
La lastimaste.
La asustaste.
La marcaste.
Su tono era casi cariñoso.
Eso lo hacía peor.
—Quiero que me expliques por qué.
Emil apretó los puños.
—Fue… un error, señor Schreitz.
Yo no sabía que ella… Egon chasqueó la lengua con lentitud.
—No mientas.
El silencio cayó como una sentencia.
Egon se recargó en el respaldo, su mirada ensombrecida.
—Sabías exactamente quién era.
Sabías que no representaba una amenaza.
Y aun así decidiste tocarla.
—Sus ojos se volvieron gélidos—.
Eso no fue disciplina.
No fue estrategia.
Fue impulso animal.
Un escalofrío recorrió la espalda de Elara.
Egon levantó la mano.
Uno de los hombres colocó una pistola sobre la mesa.
Pero él no la tomó.
La dejó ahí.
Como un recordatorio.
—Quiero que recuerdes algo, Emil —su voz descendió, lenta, filosa—.
En esta organización, la traición se paga con sangre… Hizo una pausa.
—Pero tocar a mi mujer… se paga con algo peor.
Los nudillos de Emil se tornaron blancos.
Egon sonrió apenas, sin humor.
—Quítate la chaqueta.
Emil titubeó.
—Ahora.
El hombre obedeció.
Sus manos temblaban.
—La camisa también.
Elara contuvo el aliento.
Uno de los guardias se adelantó con un cuchillo pequeño.
Se colocó detrás de Emil.
Los ojos de Elara se abrieron de par en par.
Egon volvió a acariciarle suavemente la cintura y murmuró en su oído: —No mires —susurró, apoyando el rostro de Elara contra su pecho—.
No necesitas verlo.
Pero ella sí lo escuchó.
El filo.
El jadeo ahogado.
El corte preciso.
Egon no dejó de hablar.
—Para que nunca olvides —dijo con un tono glacial— que tu vida no me pertenece… pero tu dolor sí.
El cuchillo se retiró.
No era una herida mortal.
Era una marca.
Una humillación.
Un recordatorio.
Egon clavó de nuevo sus ojos en Emil.
—Si vuelves a tocarla —añadió, con voz baja y peligrosa—, no castigaré tu cuerpo—.
Su tono descendió a un murmullo helado—.
Castigaré a tu familia.
Emil cayó de rodillas con la espalda ensangrentada.
—Discúlpate —ordenó Egon.
El hombre levantó la vista… y miró a Elara con rabia contenida por la humillación.
—Lo siento —susurró con la voz hecha trizas.
Egon chasqueó los dedos.
—Más fuerte.
—¡Lo siento!
—repitió él, desesperado.
Nadie volvió a levantar la mirada.
Egon sonrió, ahora con serenidad absoluta.
—Siéntate.
Y todos entendieron el mensaje.
No era para Emil.
Era para todos.
El ambiente no se suavizó de inmediato, hasta que Hagen mandó a llamar más hombres para que sacaran a Emil de ahí y le curaran la herida.
Mientras tanto, Elara continuaba temblando en el regazo de Egon y él con su calma espeluznante, le acariciaba el rostro con una leve sonrisa.
—¿Estás bien?
—le preguntó, ladeando la cabeza.
—Eso creo… —Muy bien, esa es mi chica—ensanchó aun más su sonrisa y se atrevió a darle un pequeño beso en los labios antes de dirigirse a los demás con el rostro pétreo—.
De acuerdo, ¿me dirán qué pasó en la zona sur de la ciudad?
Hubo otro lapso de silencio antes de que uno se atreviera a hablar.
—Los camiones de contrabando de armas siguen en viaje, de eso no hay de qué preocuparse, joven Schreitz, pero lo que sucedió en la zona sur de la ciudad es muy delicado.
—Informó Jan, un hombre maduro de aspecto casi raquítico y de ojos cansados, pero tenía un arma escondida sin disimulo en su cinturón—.
La venta de cocaína fue intervenida por la policía y decomisaron la tonelada que teníamos en la bodega de esa zona… Otro silencio, pero más inquietante que el anterior.
Hagen se llevó la palma de la mano a la frente y respiró hondo, probablemente sabiendo lo que iba a pasar a continuación.
Elara sintió la tensión en Egon al cabo de un segundo.
No era visible, pero la percibió en la forma en que sus dedos dejaron de acariciarla y se quedaron quietos, rígidos, clavados en su cintura.
Su respiración cambió.
Ya no era calma… era contención.
Hagen bajó la mirada.
Nadie más se atrevió a moverse.
Egon no habló enseguida.
Solo ladeó el rostro, observando a Jan con una sonrisa demasiado tranquila para lo que estaba escuchando.
—Repite eso —pidió con suavidad, como si no hubiera entendido.
Como si no fuera consciente de que cada palabra iba a sellar un destino.
Jan tragó saliva, pero no intentó esconder el temblor en su voz.
—La policía intervino la venta y… y se llevaron la mercancía, señor Schreitz… la tonelada completa.
Nadie respiró.
Elara sintió el frío en el aire.
No provenía de la sala… provenía de Egon.
Sus ojos dejaron de ser humanos en ese segundo y se sintió más intimidada que nunca.
—Qué interesante —murmuró él, con una calma asfixiante—.
Porque yo recuerdo… claramente… que esa operación estaba bajo tu supervisión directa, Jan.
Jan asintió, temblando.
Sus manos se tensaron sobre sus rodillas huesudas.
—Sí… así fue… yo me hice cargo, como usted indicó.
Los muchachos me dijeron que había retrasos y posibles problemas en la zona, pero yo… Egon chasqueó la lengua.
—Pero tú insististe.
Jan apretó los labios, incapaz de replicar.
—Te advertí que no mezclaras tu… problemita personal con los negocios —continuó Egon, y su sonrisa se curvó con lentitud—.
Te dije que no volvieras a tocar nada que comprometiera mercancía importante.
Elara percibió entonces el olor.
A sudor nervioso.
A pánico.
A polvo blanco… aún impregnado en la ropa de Jan, lo que quizá lo había llevado a tener ese aspecto tan deplorable.
Hagen cerró los ojos un instante.
Egon inclinó la cabeza, como quien observa un insecto.
—Dime, Jan… —susurró con dulzura venenosa—.
¿Estabas drogado cuando supervisaste el cargamento?
Jan abrió la boca… pero no hubo respuesta.
Eso fue suficiente.
El ambiente se rompió como vidrio.
Egon dejó de sonreír.
La sala entera se hundió en un silencio sepulcral.
—Levántate.
La orden fue baja, pero recorrió la estancia como un disparo.
Jan vaciló.
Sus piernas flaquearon mientras se ponía de pie.
Parecía aún más delgado bajo la luz tenue… casi un fantasma antes de morir.
Elara apretó la tela de la chaqueta de Egon, inquieta.
Pero él la sostuvo con firmeza.
No iba a detenerse.
—Joven Schreitz… yo… puedo compensar la pérdida… puedo… —No —respondió Egon, suave, casi cariñoso—.
No puedes.
Se levantó con Elara todavía en brazos unos segundos, para luego depositarla lentamente en el asiento contiguo, como si fuera una porcelana sagrada que no debía ver lo que vendría… pero aun así debía hacerlo, esta vez era necesario que ella presenciara de lo que él era capaz de hacer con aquellos que le causaban problemas.
Sus ojos no se apartaron de Jan.
—Una tonelada de cocaína, Jan —dijo despacio—.
No es un error… es una traición.
Jan palideció por completo.
Intentó dar un paso atrás.
Hagen no se movió.
Nadie iba a intervenir.
Egon caminó hacia él con aquella calma asesina, la misma que había helado la sangre de Emil momentos antes.
Cada uno de sus pasos sonaba como sentencia.
Se inclinó a tomar el arma que descansaba sobre la mesa con arrogancia y le quitó el seguro con una calma tan soberbia.
Jan tembló.
—Yo… yo le juré lealtad… usted sabe que nunca lo traicionaría… —Te traicionaste a ti mismo —respondió Egon, mirándolo como a un animal enfermo—.
Y cuando un hombre pierde control de sí mismo… deja de ser útil para la manada.
La frase cayó pesada.
Elara sintió un nudo en el estómago.
Jan dio un jadeo cuando Egon se acercó lo suficiente para sostenerle el mentón con dos dedos.
Lo obligó a mirarlo.
Sus ojos cansados brillaban de miedo.
—No es odio, Jan —murmuró Egon, con voz baja, íntima, casi compasiva—.
Es… consecuencia.
Y sin más.
Un disparo.
Seco.
Inmediato.
A sangre fría.
El eco resonó en la sala como un trueno contenido.
Jan cayó de rodillas primero, como si la vida se deslizara lentamente de su cuerpo, emitiendo una serie de temblores involuntarios… y después se desplomó sobre el suelo, inerte.
Algunos restos de su cabeza y cerebro salpicaron la pared, pero a nadie le sorprendió.
Nadie gritó.
Nadie lloró.
Hagen respiró hondo… resignado y acostumbrado a ver la muerte muy de cerca Egon guardó el arma con la misma serenidad con la que otros guardan un reloj.
Luego volvió junto a Elara… y su mano volvió a acariciar su cintura, dulce… como si nada hubiese pasado.
Como si el monstruo… solo hubiera salido a respirar un momento.
Y Elara fuese su pequeña mascota a la cual acariciar para quitarse de encima la tensión provocada por su trabajo.
En ese instante, Elara comprendió algo que, hasta ese momento, solo había rozado en la superficie… pero no había querido aceptar.
Egon no era solo un hombre peligroso.
Era la tempestad vestida de calma.
Era la muerte… con manos suaves.
Y, aun así, no podía apartar la mirada de él.
Acababa de asesinar a un tipo sin remordimiento alguno y nadie hizo nada.
Su corazón latía a un ritmo descompasado, clavándose en su pecho como agujas ardientes.
Sentía sus manos temblar, pero no sabía si era por el disparo todavía resonando en su memoria… o por la inquietante fascinación que le provocaba verlo así: implacable, dominante, tan frío como el hielo y al mismo tiempo, brutalmente vivo.
Jan aún yacía en el suelo.
La sangre se deslizaba lentamente por las baldosas como una serpiente oscura.
Pero Elara no lloró.
No gritó.
No huyó.
Y eso la asustó más que el disparo.
Porque, en el fondo, una parte de ella entendía que ese era el mundo al que ahora pertenecía… El mundo de Egon Schreitz.
Un mundo donde las palabras se pagaban con sangre.
Donde la lealtad era una promesa hecha con la vida.
Donde el amor… si es que lo era… venía acompañado de sombras que podían devorarlo todo.
Su respiración se quebró apenas un segundo, invisible para todos… excepto para sí misma.
No era inocente.
Ya no.
Y tampoco estaba segura de querer volver a serlo.
Porque mientras Egon volvía a su lado, la mirada helada transformándose en ternura imposible… Elara comprendió que, aunque debía temerlo…no iba a poder dejar de seguirlo ni, aunque quisiera porque, justo cuando la bala se incrustó en el cráneo de ese hombre, quedó atada completamente a ese mundo.
A Egon Schreitz.
Ni siquiera, aunque ese camino la condujera directo al infierno, podría alejarse lo suficiente.
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