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El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 7

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7: Capítulo siete 7: Capítulo siete Entre cinco hombres, limpiaron la sangre de Jan y se llevaron el cadáver como si fuese un saco de papas sin importancia, y cuando la sala quedó impecable, Egon volvió a hablar.

—Que esto sea una advertencia para todos aquellos que quieran pasarse de listos conmigo—, dijo con simpleza—.

No disfruto asesinando a mis hombres, se los juro, pero tampoco puedo permitir que se burlen de mí.

Jan era un adicto a la cocaína que me prometió cuidar y vender la mercancía, ¿y qué hizo?

Le importó una mierda y se drogó tanto que ni siquiera estuvo cuidado y terminaron quitándonos muchísimo dinero invertido.

—Golpeó el puño contra la mesa, sobresaltándolos a todos, excepto a Hagen—.

Mi deber como próximo líder es mantener las cosas bajo control.

Ustedes conocen a mi padre y saben que él no escucha explicaciones antes de meterles un tiro en la cabeza, lo hace y punto, dependiendo de la situación.

Todos asintieron, estando de acuerdo con él.

Mientras Egon hablaba con seguridad y calma, Elara sintió la mirada insistente de Hagen del otro lado de la mesa, quien le hizo una seña discreta con la cabeza, indicándole que saliera.

Elara tragó saliva y agarró suavemente la mano de Egon, interrumpiéndolo.

—¿Sí, cariño?

—Se volvió a ella con suavidad.

—Necesito usar el sanitario.

—Yo la llevo—se ofreció Hagen con indiferencia.

—Así aprovecho a fumarme un cigarrillo para aligerar la tensión.

Por un segundo, Egon volteó a ver a su amigo con el ceño fruncido, pero tampoco no podía prohibirle ir al baño a Elara y pausar la reunión importante.

—Llévala.

Elara se levantó del regazo de Egon y Hagen la esperó en la puerta para salir junto a ella de ahí.

En cuanto puso un pie afuera, logró respirar.

Era como si adentro hubiera estado reteniendo el aire de sus pulmones, sobre todo con el asesinato a sangre fría que había presenciado como si fuera algo de lo más normal.

Se agarró de una columna de cemento para recuperar el aliento.

—¿Te encuentras bien?

—le preguntó Hagen, tocándole la espalda con preocupación.

Ella asintió, mirándolo.

Percibió que los fríos ojos azules de ese rubio ya no eran tan glaciales, había preocupación genuina y un poco de compasión en su mirada.

—¿Cómo sabías que necesitaba salir de ahí?

—logró decir ella, recuperando el aliento.

Hagen miró a su alrededor y con una seña con la mano, echó a los guardias más cercanos para poder hablar a solas con ella.

—¿Qué ocultas, Elara Moreau?

—le soltó sin rodeos—.

Dime la verdad para evitar la fatiga de averiguarlo por mi cuenta.

—¿A qué te refieres?

—sintió pánico nuevamente.

—Sé perfectamente que no estás con Egon por amor.

Él no es una persona de ese tipo, y mucho menos tendría la osadía de traerte aquí, justo a la boca del lobo.

Elara no respondió.

—Respóndeme, no hay suficiente tiempo.

Si Egon te está forzando a estar con él, puedes decírmelo y te ayudaré a escapar.

—Bajó la voz con desesperación.

Pero Elara no podía darse el lujo de confiar en él.

No lo conocía y tampoco a Egon, pero al menos Egon le había dejado en claro que la protegería si a cambio fingía tener una relación con él e incluso intimar, aunque lo último aun no estaba segura.

—No sé de qué hablas—contestó ella, mintiendo lo más tranquila posible después de entrar en pánico y se enderezó con una sonrisa—.

Egon Schreitz me gusta y yo a él, incluso me dio este anillo como muestra de nuestra relación—alzó la mano izquierda en donde el diamante en forma de rosa brilló con las luces del lugar—.

Agradezco tu preocupación, pero es la primera vez que veo un asesinato, eso es todo.

No obstante, Hagen la miró con desdén, tratando de descifrar la mentira en su voz.

Su semblante volvió a adoptar la dureza de cuando lo conoció sin dejar rastro de su compasión.

Y de repente, una sonrisa maliciosa apareció en sus labios.

—Muy bien, has pasado la prueba a la perfección—, alardeó con orgullo y le guiñó el ojo—.

Después de todo, Egon nunca se equivoca.

Si él confía en ti, yo también.

Elara parpadeó, confundida.

—¿Qué hubiera ocurrido si te decía que estaba en contra de mi voluntad y que me ayudaras a escapar?

—inquirió, con una sonrisa llena de miedo camuflado de sarcasmo.

—En cuanto me hubieras dicho que te ayudara a escapar, te habría disparado justo aquí—explicó y simultáneamente, le colocó un arma en medio de los ojos con una enorme sonrisa demencial—.

Y le habría quitado a Egon un problema de encima—, se encogió de hombros, recuperando su seriedad.

—Me encantaría también tener mi propia arma—, añadió ella, ignorando el hecho de que su corazón amenazaba con salírsele del pecho en cuanto sintió la boquilla de la pistola en medio de sus ojos hacía unos segundos.

Aquel comentario avivó la emoción en Hagen porque esbozó una sonrisa divertida.

—Se lo haremos saber cuando salga de la reunión—dijo, sacando una cajetilla de cigarrillos del bolsillo y un encendedor—.

¿Gustas uno?

Ella asintió, víctima del nerviosismo.

No le gustaba fumar, pero lo necesitaba.

Los cigarrillos no eran los convencionales, estaban envueltos diferentes y comprendió que eran porros de marihuana pura, sin filtro; pero le dio igual.

A la primera calada, se estremeció.

El humo adormeció sus nervios y le restó importancia estar en un edificio que era la guarida de un grupo perteneciente de la mafia austriaca mientras esperaba que terminara la reunión.

Fumó alrededor de cuatro cigarrillos en compañía de Hagen cuando por fin la reunión concluyó y el primero en salir fue Egon Schreitz, buscándola con la mirada, y al verla, acortó la distancia a grandes zancadas.

—Elara.

La voz de Egon la desconcertó y dejó caer por accidente el cigarrillo.

Hagen se apresuró a pisarlo con el pie.

—Hola—.

Lo saludó alegremente, sonriendo por la droga en su organismo—.

¿Por qué no me sonríes?

Te ves muchísimo más guapo cuando sonríes… —balbuceó.

—¿Le diste a fumar un porro?

—vociferó Egon con los ojos estrechados, mirando a Hagen.

Hagen se encogió de hombros.

—Yo me fumé un porro, pero ella se fumó cuatro—le informó.

Egon cerró los ojos un momento y resopló, irascible.

Sacó su teléfono y rápidamente escribió algo y después agarró a Elara de la mano para que no perdiera el equilibrio, ya que estaba totalmente mareada y sonriendo como idiota.

—Tranquila, iremos a casa para que se te pase—, le aclaró y la sostuvo justo a tiempo antes de que cayera hacia atrás y Egon miró con desprecio a su mejor amigo—.

¿Cómo demonios se te ocurre darle porros?

¿Acaso has enloquecido?

—Pensé que estaba acostumbrada—.

Puso los ojos en blanco, azorado y se pasó una mano por el cabello—, me retiro, ¿se van conmigo?

—No, ya mandé a traer mi camioneta, gracias.

El rubio asintió, le echó un vistazo más a Elara y luego se inclinó a Egon para confiarle algo.

—Definitivamente ella no es como las demás, Egon.

Lo comprobé hace un rato.

El semblante de Egon se ensombreció y le envió una mirada iracunda y llena de desconfianza.

—¿Qué hiciste?

Elara dejó escapar una risilla, absorta en la marihuana que la hacía sentir en las nubes, pero no se separó de él.

—Fingí preocuparme por ella y le pregunté si estaba contigo en contra de su voluntad, y, que, de ser así, la ayudaría a escapar—.

Ahogó una risa nasal—, pero con toda la seguridad del mundo me dejó en claro que se gustan y están juntos por decisión de ambos, aunque se sintió mal porque era la primera vez que presenciaba un asesinato.

Egon parpadeó, perplejo y sus facciones se suavizaron al escucharlo.

—Además de que le expliqué lo que habría pasado si su respuesta a esa propuesta hubiera sido afirmativa—le guiñó el ojo—.

Y no tuvo miedo de sentir mi arma en medio de sus ojos.

Es increíble, pero, de todos modos, no te confíes tanto.

No tengo idea cómo lograron hacerse pareja, y pienso que lo mejor será que la entrenes para que pueda defenderse ahora que es parte de nosotros y aprenda a disparar un arma, porque es exactamente lo que ella quiere: su propia pistola.

Y antes de poder responderle, Emil hizo acto de presencia con la espalda vendada y acompañado de tres hombres.

El joven criminal se irguió, abrazando a Elara contra su cuerpo como advertencia y ella le echó los brazos al cuello, juguetonamente sin enterarse de nada.

—Nos vemos, joven Schreitz—, graznó Emil, nervioso, pero detrás de su mirada de respeto, había odio contenido y Egon lo sabía.

Egon se inclinó brevemente para cargar a Elara en sus brazos, haciendo que ella riera, ignorando la tensión del momento.

El Lobo de Hielo no se despidió de nadie, ni siquiera de su mejor amigo, en vez de eso, se aproximó a la salida con ella, no podía permitir que continuara en ese estado y metida en el edificio donde todos estaban perfectamente interesados mirándola.

Su camioneta ya estaba esperándolos afuera.

Cuidadosamente la metió a los asientos traseros y después abordó él.

Cerró de un portazo y abrochó el cinturón de ella para que no se golpeara, ya que se había quedado dormida por haberse drogado con cuatro porros de marihuana por culpa de Hagen Falk.

Al llegar a la casa, Egon la cargó con más cuidado porque ella ahora estaba demasiado afectada, puesto que tenía el rostro ruborizado y estaba sudando pese a haber mucho frío.

No era ni el mediodía y ella no sabía ni con quien estaba.

La llevó hasta su dormitorio personal en el segundo piso y la recostó en la cama.

Le quitó las botas, y el resto de ropa hasta dejarla con su ropa interior.

Egon se mordió el labio inferior al admirar el cuerpo de esa bella mujer recostada en su cama.

Era exquisita, pero, aunque fuera un maldito demente y criminal, jamás le había gustado la idea de aprovecharse de una mujer sin que ella estuviera despierta y dispuesta a coger con él, porque ninguna antes se había negado y si quería meterse entre las piernas de Elara Moreau, debía convencerla indirectamente, usando métodos parecidos al sanitario de aquel hotel donde la vio perder la cordura con solo usar sus dedos.

Bajó a la habitación de ella por los pijamas nuevos y regresó a vestirla cálidamente.

Ella refunfuñó en sueños, haciéndose un ovillo entre las sábanas de Egon y él no pudo evitar sonreír y negar con la cabeza.

Elara no parecía tener veintinueve años, cuatro años más que él.

Era muy inocente, torpe e idiota.

Y a él no le molestaba el hecho de querer coger a una mujer mayor, sino todo lo contrario, lo encendía como el infierno.

E incluso tuvo que calmarse porque comenzó a ponerse duro al imaginarla desnuda y sintiendo su glorioso interior húmedo y listo para él.

Sacudió la cabeza, se puso ropa cómoda y bajó a su estudio para ponerse al corriente de los asuntos de su padre que le había encomendado.

Por otro lado, Elara se había sumido en un sueño reconfortante.

Había olvidado la última vez que durmió de esa manera en la que su cuerpo simplemente se dejó llevar y su mente se desconectó.

Abrió los ojos y parpadeó.

No reconoció bien en donde estaba y lo único que recordaba era estar fumando con Hagen Falk después de haber presenciado un asesinato a manos de Egon Schreitz.

Escudriñó el dormitorio y después bajó la vista a su ropa.

Tenía un pijama suave y no podía recordar nada más.

Dubitativa, se levantó de la cama y se puso las pantuflas enormes que encontró ahí, siendo consciente de que quizá había sido Egon quien la había llevado a su recámara y la había desnudado para ponerle esa ropa.

Se tocó el cuerpo y el alivio la tranquilizó.

Aun conservaba su ropa interior.

Ya no había luz exterior que se colara por las ventanas, señal de que había anochecido.

El olor a comida le recordó que no había comido nada más que solo el desayuno y su estómago demandaba alimentos.

A pasos silenciosos, se acercó a la cocina y encontró a Egon cocinando, escuchando la misma canción que la mañana, pero esta vez desde su teléfono.

Abrazándose a sí misma, aventuró a asomarse por completo para verlo.

—Te gusta David Bowie, ¿verdad?

—le preguntó.

Egon volteó a verla mientras sazonaba los vegetales y esbozó una sonrisa torcida.

—La música de antes es mejor que la actual.

Ella asintió, devolviéndole el gesto.

La canción volvió a repetirse y él empezó a cantarla y a mover la cabeza con el ritmo de la música, haciendo que Elara quedara hipnotizada, mirándolo.

No podía creer que ese hombre, o, mejor dicho, ese chico, podía llegar a matar sin temblarle la mano.

Era increíble.

De pronto, él extendió la mano hacia ella y le hizo señas con la cabeza para que se acercara.

—¿Para qué?

—preguntó Elara, curiosa, pero obedeciendo a su exigencia.

Colocó su mano sobre la de él y enseguida Egon la arrastró hacia su cuerpo, tomándola de ambas manos, comenzando a mover sus brazos al ritmo de la música.

Ella rio.

Y entonces él la hizo girar, y Elara comprendió que estaban bailando, así que también puso de su parte.

Egon marcó el ritmo con pasos lentos, casi perezosos, guiándola como si aquella coreografía ya la llevara tatuada en los huesos.

Elara sintió el calor de su cuerpo a través de la ropa cómoda, y por un instante, el peligro que representaba él pareció desvanecerse bajo la calidez de aquel momento.

—No bailo —murmuró ella, divertida, aunque su voz tembló cuando sus miradas se encontraron—.

Al menos… no así.

—Yo tampoco —replicó Egon con tono burlón, inclinándose apenas hacia ella—.

Pero contigo… es fácil.

La sonrisa de él fue leve, casi indetectable, pero suficiente para hacerle un nudo en la garganta.

Las manos de Egon se deslizaron lentamente desde sus dedos hasta su cintura, y Elara sintió cómo su respiración se volvía irregular.

Él no la apretó.

No la forzó.

Solo la sostuvo… como si temiera romper algo frágil.

Elara apoyó la mano en su pecho, sintiendo el latido acompasado bajo la tela negra.

Notó que la música se volvía más suave, más íntima.

Cerró los ojos por un instante, permitiéndose la ilusión de que aquel hombre no era un depredador cubierto de sombras, sino simplemente… un chico joven bailando con una chica en la cocina.

Y entonces Egon bajó un poco la cabeza, rozando su frente con la de ella.

No era un beso.

Era peor.

Era una promesa no dicha.

—No te acostumbres —murmuró con voz grave y baja, tan cerca que el aire entre ambos desapareció—.

No siempre soy… así.

Elara tragó saliva.

—Lo sé —susurró—.

Pero ahora… lo eres.

Él cerró los ojos un segundo, como si aquella simple frase tuviera demasiado poder sobre él.

Luego, sin advertencia, la hizo girar una vez más, rompiendo la intimidad del instante y devolviendo el ambiente a una ligereza extraña, cálida… peligrosa.

Ella rio nuevamente, pero esta vez el sonido salió más suave, más sincero… más suyo.

Y Egon, sin admitirlo, se permitió escucharla.

Solo por unos segundos.

La canción terminó con un último susurro de guitarra, pero Egon no soltó su cintura de inmediato.

Se quedó ahí, inmóvil, respirando cerca de ella… como si luchara contra algo que no debía permitirse sentir.

Y entonces, de golpe, se apartó.

Fue sutil.

Preciso.

Calculado.

Como si el hombre que la había hecho girar segundos atrás hubiese sido un espejismo.

Elara sintió el frío del vacío en su piel cuando él retiró las manos.

Egon volvió a la estufa sin mirarla, retomando la sartén como si nada hubiese ocurrido.

Su rostro recuperó esa expresión inexpresiva, cortante, impermeable a cualquier emoción.

Elara parpadeó, desorientada.

El calor de hace un instante desapareció, sustituido por una distancia que dolía más que cualquier amenaza.

La voz de Egon cortó el aire.

—El baile terminó.

No fue brusco.

No fue cruel.

Fue… innegablemente firme.

Como una línea trazada entre dos mundos.

Él apagó el fuego, sirvió la comida en silencio y, sin levantar la mirada, añadió: —Es hora de cenar.

Su tono sonó práctico.

Formal.

Frío.

Como si el corazón nunca hubiera latido al ritmo del suyo.

Elara bajó la vista.

Y comprendió que, con Egon Schreitz, cada instante de calidez era un préstamo del que tarde o temprano tendría que pagar intereses.

Lo que más le perturbó a ella es que apenas llevaba menos de dos días de conocerlo y él ya le había hecho pasar todo tipo de emociones, y le asustaba el hecho de experimentar más a medida que pasaba tiempo a su lado.

Se sentaron frente a frente en la mesa, con los platos humeantes entre ellos.

El aroma a especias llenaba la cocina, pero el ambiente se sentía vacío… como si el baile nunca hubiera ocurrido.

Egon comía en silencio.

Movimientos exactos.

Mecánicos.

Ni un ruido de más, ni una mirada equivocada.

Sus ojos permanecían fijos en el plato, como si concentrarse en cortar los vegetales fuese más seguro que mirarla.

Elara jugueteaba con el tenedor.

Le ardían los brazos todavía, recordando el peso de sus manos.

Quiso decir algo.

Cualquier cosa.

Bromear sobre la canción.

Agradecerle el baile.

Preguntarle por qué se había congelado de repente.

Pero cada vez que abría la boca, algo dentro de ella se encogía.

Porque Egon estaba ahí… y al mismo tiempo no.

De pronto, él se levantó, tomó su plato vacío y lo llevó al fregadero.

El ruido del agua corriendo rompió el silencio por primera vez.

Sus hombros tensos.

Su respiración medida.

Elara se armó de valor.

—Egon… Él no respondió.

Ni siquiera se giró.

—¿Hice algo mal?

—preguntó, con la voz más suave de lo que pretendía.

Hubo un instante en el que el agua dejó de correr.

Un segundo apenas.

Él permaneció quieto.

Inmóvil.

Como una estatua que pensaba si debía volver a moverse.

Cuando finalmente habló, su voz sonó baja… distante.

—No deberías acercarte tanto.

Elara frunció el ceño.

—¿Por qué?

Silencio.

Él apoyó las manos en el borde del fregadero, como si sujetara el mundo para que no se desmoronara.

—Porque yo no soy… seguro.

No lo dijo con arrogancia.

Ni como advertencia dramática.

Lo dijo como una verdad que lo castigaba.

Elara se levantó con cautela, dando un par de pasos hacia él.

—Si no fueras seguro —susurró—, no me habrías dejado bailar contigo.

Egon cerró los ojos.

Solo un instante.

Cuando se giró, ya llevaba puesta otra máscara.

La fría.

La indescifrable.

—Termina de cenar —dijo, retomando su tono neutral—.

Mañana será un día largo.

Y volvió a darle la espalda.

Elara se quedó de pie, apretando los labios… sabiendo que había una barrera.

Invisible.

Y letal.

Pero también sabía algo más: Ese hombre estaba huyendo de sí mismo.

Y tarde o temprano… iba a dejar de correr.

La casa quedó en silencio cuando cada uno decidió ir a su respectiva habitación.

Elara se encerró en la suya en el primer piso y suspiró, agobiada.

Al menos el sueño por haberse fumado cuatro cigarrillos no le impidió tener más sueño más tarde porque sintió los párpados muy pesados a pesar de estar muy nerviosa.

Solo el tic-tac lejano del reloj del pasillo y el murmullo del viento colándose por las rendijas.

Elara se recostó en la cama, mirando el techo a oscuras.

La escena del baile regresaba una y otra vez… sus manos, su sonrisa, y luego ese muro helado levantándose entre ellos.

Cerró los ojos.

Intentó dormir, aunque el sueño la dominaba, no pudo.

El sonido de pasos suaves en el pasillo la hizo girarse hacia la puerta.

Eran pasos firmes… pero dudosos, como si avanzaran un centímetro y retrocedieran medio.

La manija tembló leve.

Y entonces, muy lento, la puerta se entreabrió.

Era Egon.

Se quedó de pie en el umbral, envuelto por la penumbra del pasillo.

La luz tenue dibujaba su perfil… rígido, controlado… pero sus manos traicionaban algo: estaban apretadas, tensas, como si pelearan contra sí mismas.

—¿Sigues despierta?

—preguntó en voz baja.

Elara se incorporó despacio.

—Sí.

Él asintió una sola vez.

No entró.

Ni cruzó la barrera invisible del marco.

—Solo quería… —su voz titubeó, casi imperceptible— asegurarme de que… estás bien.

Elara sonrió con delicadeza.

—Lo estoy.

Silencio.

El tipo de silencio que pesa.

El tipo de silencio que grita.

Egon tragó saliva, desviando la mirada al suelo.

Sus labios se separaron, como si estuviera a punto de decir algo importante… algo que llevaba años guardándose.

Pero en lugar de eso, respiró hondo.

Y volvió a ponerse la máscara.

—Buenas noches, Elara.

Ella lo miró con suavidad.

—Buenas noches, Egon.

Se dio la vuelta.

Dio un paso.

Otro.

Y justo antes de alejarse por completo… se detuvo.

Sus dedos se cerraron en un puño.

Su espalda se tensó.

Sin mirarla, susurró: —No bailes… conmigo otra vez, aunque yo te lo pida, ¿de acuerdo?

Elara sintió el corazón apretarse.

—¿Por qué?

Hubo un segundo eterno.

Entonces, con una voz rota que no pretendía escapar, respondió: —Porque si lo haces… voy a olvidarme de quién soy.

Y se fue.

La puerta quedó entreabierta.

Como él.

Como su alma.

Como un precipicio al que, tarde o temprano… ambos volverían a acercarse.

Él la había invitado a bailar, no ella a él, pero los dos disfrutaron ese momento íntimamente extraño.

Si eso había ocurrido en menos de cuarenta y ocho horas de conocerse, ¿qué iba a suceder conforme pasaran los días?

Elara no lo sabía y le aterraba esa idea.

Egon Schreitz era muy extraño, en todos los sentidos.

Frío para matar, como su apodo lo coronaba: Lobo de Hielo.

Pero caliente para gestos íntimos.

Era como si dentro de él hubiese dos lados, y luchasen por salir al mismo tiempo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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