El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 8
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8: Capítulo ocho 8: Capítulo ocho La noche fue más fría que la anterior y se preguntó si era porque de verdad el clima estaba enfriando o por la situación con el Lobo de Hielo de la noche anterior.
—¿Ya estás despierta?
Su voz del otro lado de la puerta la hizo sentarse rápidamente.
—Ya.
—Ven a desayunar, tengo que hablar contigo.
Elara esperó a que dijera algo más, pero solo escuchó sus pasos alejarse de la habitación.
¿Cuál era su problema?
La tenía confinada en su casa, sin poder hablar con nadie que no fuera él, y, aun así, en el menor intento de acercamiento, se retractaba, sin mencionar que ya la había tocado entre las piernas sin su consentimiento en un lugar privado y lo había visto asesinar a un hombre sin miramientos.
Fue al sanitario a asearse antes de ponerse una bata encima para apaciguar el frío y salió a su encuentro.
El aroma del café recién hecho la puso de mejor humor, pero cuando se encontró con él cara a cara, aquel atisbo de alegría se esfumó.
Egon continuaba con el semblante pétreo y parecía pensativo.
No había música, solo el sonido de la espátula sirviendo el desayuno en los platos.
Cruzándose de brazos, tomó asiento frente a él, mirando cada uno de sus movimientos, pero él no se dignó a mirarla ni por accidente.
Tenía la mandíbula apretada, como si estuviera enfadado y el tatuaje en su cuello no ayudaba en lo absoluto porque era delirante, como el resto de sus tatuajes que no había logrado ver en su totalidad.
—Voy a estar fuera alrededor de una semana—, dijo, aun sin mirarla—.
Estarás aquí sola ese tiempo.
—¿No puedo ir contigo?
—preguntó, confundida.
Entonces hasta ese momento, él alzó la mirada a ella.
Sus ojos grises, fríos, calculadores y gélidos la intimidaron como el primer día.
—No puedo llevarte a ese operativo… —intentó explicárselo sin entrar en detalles, pero los ojos oscuros de Elara lo miraban con miedo—.
Tengo que recuperar lo que me pertenece y es peligroso.
—¿Te refieres a la mercancía de cocaína que decomisó la policía?
—titubeó.
Él asintió, tenso.
—Si es peligroso, ¿por qué tienes que ir tú y no tu equipo?
Aquello hizo casi sonreír a Egon, pero sacudió la cabeza, retomando la dureza en su expresión.
—Porque dentro de poco voy a reemplazar a mi padre en el negocio y es mi deber involucrarme en este tipo de situaciones que se salieron de mis manos por confiar en idiotas—, masculló, irritado.
Elara recordó al esquelético hombre llamado Jan al que Egon asesinó sin remordimiento.
—¿Qué haré durante una semana yo sola en este lugar?
—intentó cambiar de tema para no hostigarlo con el peligro que se enfrentaría.
—Van a quedarse dos de mis hombres cuidando afuera y uno en específico estará aquí en la casa, pero no te preocupes, tiene órdenes estrictas de no acercarse a ti, a menos que sea necesario.
No va a faltar comida, la nevera y la alacena está llena de todo lo que quieras, trouble.
—¿Por qué no envías a Hagen a hacer ese operativo?
Ella no sabía por qué estaba preocupándose por ese individuo al que conocía de un par de días, pero imaginárselo en una situación de vida o muerte y enfrentándose a las autoridades, le causó un miedo inexplicable.
¿Y si lo herían?
O peor, ¿y si lo asesinaban?
¿Qué iba a pasar con ella?
Obviamente le preocupaba su propia vida, pero también la de él y eso le molestó.
—Hagen es mi mejor amigo y parte de la organización, y no tiene ningún tipo de obligación de ir a esa intervención y mucho menos como líder—, gruñó.
—Me refiero a que él vaya en tu lugar y no corras peligro… Egon Schreitz dejó de respirar un momento.
Y luego golpeó la mesa con la palma de su mano, iracundo, con los ojos en llamas y asustándola.
—¿Crees que es la primera vez que le robó a la policía lo que me pertenece?
—inquirió con ironía, mirándola con desdén.
Elara se quedó en silencio, apretando los labios.
—Todavía falta demasiado para que puedas pensar que me conoces, Elara.
Solo te estoy mostrando una pequeña parte que quiero que veas de mí—sentenció.
—Y espero que no vuelvas a meterte en estos asuntos.
Vas a quedarte aquí una semana completa o quizá más o menos, todo depende de qué tal me va.
Se retiró de la mesa sin comer nada, dejándola sola y con un nudo en la garganta.
Y por primera vez, Elara sintió que estaba viviendo dentro de una jaula… y que la llave no le pertenecía.
El resto de la mañana transcurrió bajo un silencio pesado, casi denso, como si el aire dentro de la casa hubiera perdido oxígeno.
Elara no lo volvió a ver en la cocina.
Los platos quedaron servidos, intactos, enfriándose sobre la mesa como testigos mudos de algo que ninguno de los dos sabía cómo arreglar.
Caminó hasta la sala y se dejó caer en el sofá, abrazándose a sí misma mientras miraba el ventanal.
Las montañas a lo lejos parecían ajenas a todo lo que ocurría allí dentro.
Pensó en lo absurdo que era preocuparse por un chico que apenas conocía… pero ahí estaba, con el pecho apretado y un presentimiento incómodo clavado bajo la piel.
Por un instante deseó poder odiarlo.
Pero no podía.
Pasaron horas.
Apenas lo escuchó moverse por la casa de vez en cuando, el eco de sus pasos en el segundo piso, una puerta que se cerraba, el zumbido grave de su voz hablando por teléfono en otra habitación.
Organizando.
Dando órdenes.
Preparándose para irse.
Y ella… no formaba parte de ese mundo, aunque él le había dicho que sí la noche anterior.
Cerca del atardecer, Egon apareció finalmente en la sala.
Vestía de negro, como siempre, pero esta vez su ropa tenía algo distinto: la tensión de alguien que no se permite fallar.
Su chaqueta, sus manos en los bolsillos, su mirada firme.
Sus ojos grises la recorrieron con calma.
No dulces.
No fríos.
Simplemente… determinados.
—Salgo esta noche —anunció, sin rodeos.
Elara tragó saliva.
—¿Cuánto tiempo… exactamente?
—El que sea necesario.
Ella bajó la mirada.
Quiso decir no vayas.
Quiso decir tengo miedo.
Quiso decir regresa.
Pero ninguna palabra salió.
Egon se acercó un poco más.
No la tocó… aunque parecía que quería hacerlo.
Sus dedos se tensaron a los costados del cuerpo.
—No salgas.
No abras la puerta.
No hables con nadie —enumeró con voz grave—.
Si algo pasa, llama a Hagen primero.
A mí… solo si es urgente—.
Palpó sus bolsillos y le entregó un teléfono pequeño y desechable, que únicamente servía para llamadas y mensajes—.
Mi número y el de Hagen están registrados.
Ella asintió, aunque le costó y recibió el teléfono como un tesoro.
—¿Y tú?
—preguntó en voz baja.
Hubo un ligero silencio.
Él sostuvo su mirada.
—Yo vuelvo —afirmó, como si fuese un juramento.
No sonaba a promesa vacía.
Sonaba a decisión.
Se inclinó apenas y rozó su mejilla con el dorso de los dedos, gesto cálido y fugaz, casi delicado… impropio de alguien como él.
—No pienses demasiado, trouble.
Luego se apartó.
Y en la penumbra de la casa, mientras el sol comenzaba a caer, Elara entendió que esa noche sería larga.
Y que, por primera vez desde que llegó… le aterraba la idea de estar sola.
La noche cayó rápido, como si el cielo también tuviera prisa por cerrar el día.
Las luces de la casa permanecían encendidas, pero ninguna lograba disipar del todo la sensación de vacío que empezaba a expandirse por todas partes.
Elara permanecía sentada en el borde del sofá, con las manos entrelazadas sobre las rodillas, escuchando los sonidos del piso superior: pasos firmes, puertas abriéndose y cerrándose, el roce de una cremallera, el golpe seco de algo metálico dentro de una mochila.
Los últimos preparativos de guerra.
Finalmente, Egon descendió por las escaleras.
Vestía de negro de pies a cabeza.
Chaqueta de cuero, botas, guantes que asomaban en los bolsillos.
El cabello algo desordenado le caía sobre la frente, y sus ojos grises estaban más fríos que durante el día… pero no había rabia ahora.
Había muchísima determinación.
Y un silencio cargado de algo que ninguno de los dos sabía nombrar.
Se detuvo frente a ella.
—Es hora.
Elara se puso de pie casi sin darse cuenta.
No sabía qué decir.
No sabía qué preguntar.
Solo lo miraba, como si quisiera memorizarlo antes de que cruzara la puerta.
Él sostuvo su mirada por un segundo más de lo necesario.
—Recuerda lo que te dije —murmuró—.
No abras.
No confíes en nadie, solo en Jaques, mi hombre de confianza que estará adentro de la casa cuidándote, pero lejos de ti.
Asintió, vulnerable.
—Lo sé.
Sus manos se movieron apenas… como si dudara… y entonces se acercó lo suficiente para que ella sintiera su respiración.
Le tomó la barbilla con suavidad y la obligó a levantar la mirada.
Parecía ser que Egon Schreitz amaba tomarla de la barbilla para mirarla a los ojos.
Elara sintió un nudo en el pecho.
Por un instante creyó que iba a besarla.
Por un instante lo deseó.
Pero Egon no lo hizo.
Solo rozó su frente con la suya, breve… íntimo… peligroso.
—Compórtate, trouble, volveré pronto.
Se apartó.
El sonido de la puerta al abrirse rompió la calma.
Afuera los motores estaban encendidos, las sombras de sus hombres esperaban junto a los vehículos negros.
Hagen estaba ahí, fumando un porro, con el ceño tenso, como si también cargara con un mal presentimiento.
Egon salió primero.
Y antes de subir al auto… se giró.
La miró desde la entrada.
Esa mirada… no era fría.
No era dura.
Era la de alguien que deja atrás algo que no quiere soltar todavía.
Elara levantó la mano, en un gesto pequeño, inseguro.
Él inclinó ligeramente la cabeza, apenas un gesto… pero suficiente.
Subió al auto.
Las puertas se cerraron.
Los motores rugieron.
Y en cuestión de segundos, la caravana desapareció carretera abajo… tragada por la noche.
La casa quedó en silencio.
Demasiado grande.
Demasiado vacía.
Elara cerró la puerta lentamente, apoyó la espalda contra ella… y sintió, por primera vez desde que llegó, que el mundo podía desmoronarse en cualquier momento.
Y Egon no estaba ahí para sostenerlo.
—Señorita Moreau, soy Jaques, si me necesita, no dude en llamarme.
Ella dio un respingo cuando vio a un señor de traje oscuro, con una sonrisa amable y mirada cansada.
—Hola, sí, muchas gracias—lo saludó, pensativa.
Él asintió y girando sobre sus talones, desapareció en una de las puertas del fondo de la casa para darle privacidad.
Elara no comprendía por qué echaba de menos a ese criminal de perfectos ojos grises y humor tan impredecible que le había salvado el trasero hacía dos noches, sacándola de su vida normal y haciéndola vivir bajo su techo, lejos de sus conocidos.
Era prisionera, sí, pero no le desagradaba del todo.
Y se preguntó si quizá, en algún momento, desarrollaría el síndrome de Estocolmo con Egon, pero realmente ella no estaba secuestrada porque él en ningún momento pidió rescate por su libertad, aunque lo que sí era cierto, es que estaba privada de su libertad y con todas las comodidades que ella quisiera.
Se asomó por la ventana y vio a los guardias afuera, con sus armas listas para dispara a quien sea que entrara o saliera.
Y se encogió de miedo.
No había mucho qué hacer en esa casa, salvo deambular en cada rincón, en espera de hallar algo interesante sobre el Lobo de Hielo.
Un vacío espeso, casi físico, que se extendió por la casa como una marea lenta y fría.
Las sombras parecían alargarse sobre el suelo, respirando con cada paso de Elara, y aunque sabía que no estaba completamente sola, la sensación de abandono se le clavó bajo la piel.
Quizá porque ese lugar nunca había sido un hogar.
O quizá porque él tampoco sabía cómo habitarlo.
Sus pies la llevaron hacia el pasillo del primer piso sin que lo decidiera del todo.
La puerta del estudio estaba ahí, cerrada, con la firmeza de algo que no desea ser descubierto.
Dudó un momento, con la mano suspendida sobre la manija.
No debía.
Pero Egon había abandonado la casa… y con él, cualquier pretensión de confianza.
Sin embargo, escuchó los pasos de Jaques dando una vuelta por aquella área y desistió, pero no sin antes anotar mentalmente ir a husmear lo que había detrás de aquella puerta tan sospechosa.
Preparó un poco de café y le ofreció al hombre vestido de negro que era su nueva sombra y este negó con la cabeza con amabilidad.
—No bebo café, señorita Moreau, pero agradezco su gentiliza.
Ella no esperaba que ese sujeto fuese tan amable y sonrió.
A lo mejor por eso fue por lo que Egon lo eligió para cuidarla de cerca y no otro que fuese un demente.
Cómo no tenía apetito, se encerró en el dormitorio con su taza de café y un pan tostado con Nutella.
Y le pareció curioso que en esas dos noches que llevaba ahí, no se había dado cuenta de que en su habitación designada se hallaba una enorme TV adherida a la pared, enfrente de la cama.
Tal vez ahora comprendía muchas cosas porque estaba menos histérica que al principio, pero preocupada por la vida de Egon Schreitz en aquel operativo suicida.
Encontró el control de la TV y la encendió.
Tenía todas las plataformas para elegir y optó por ver Harry Potter y la Piedra Filosofal, pero en algún punto de la película, se quedó dormida y cuando despertó, ya era de mañana y la pantalla estaba en los créditos de la cinta, congelada.
Torpemente la apagó y bostezó perezosamente.
La curiosidad la tenía muy nerviosa.
Deseaba entrar al estudio de Egon, pero Jaques permanecía muy cerca de donde ella estaba, no a la vista, pero si lo suficiente para saber que estaba ahí, acechando.
Durante cuatro tediosos y aburridos días, Elara hizo lo mismo: Dormirse hasta tarde viendo películas, comiendo comida chatarra, y vigilando a Jaques, que parecía estar adivinando su pensamiento porque comenzó a verlo muy cerca del estudio, montando guardia.
Al sexto día, Elara se dio cuenta de que, si no se daba prisa de fisgonear el estudio de Egon, ya no tendría otra oportunidad.
Aprovechó a darse una deliciosa ducha antes de ir a la cocina y sonreí victoriosa.
Había terminado a propósito el pan tostado y la Nutella para usarlo de excusa para que Jaques saliera a comprar más.
—Oye, ¿podrías comprarme más de esto?
—se dirigió a él, como quien no quiere la cosa—.
Es mi snack favorito.
El rostro de Jaques se ensombreció.
—Egon me dijo que, si quería algo, te lo pidiera a ti, pero si no puedes, se lo pediré a los guardias de afuera—, se encaminó a la puerta, pero él se adelantó.
—No, yo lo haré.
Iré rápido con su pedido, señorita Moreau.
Ella lo observó acomodarse el traje antes de dirigirse a la puerta con el semblante endurecido.
Jaques era amable, pero aquella petición podría costarle su vida y al final, obedeció.
Tras cerciorarse de que él se había marchado, corrió hacia la puerta del estudio, sintiendo su corazón latir como loco.
Agarró la manija y respiró hondo antes de girarla.
Empujó.
La cerradura cedió como si ya hubiera sido vencida muchas veces, dejando escapar un olor frío y metálico, mezclado con el aroma de cuero viejo y polvo.
El lugar no era grande, pero se sentía pesado, cargado, como si las paredes guardaran secretos que nadie debía escuchar.
El escritorio estaba dispuesto con una precisión quirúrgica.
Mapas, papeles, documentos alineados al milímetro.
No había caos, no había descuido… solo una disciplina inquietante, casi obsesiva.
Encendió la luz y al iluminarse la estancia, logró escudriñar con atención a su alrededor, pero hubo algo que captó su atención de inmediato.
Sobre la mesa, había una carpeta abierta.
Su mirada bajó para echarle un vistazo y leyó algo que jamás hubiera imaginado que estaría escrito ahí.
Su nombre.
ELARA MOREAU El aire la golpeó en los pulmones como algo helado.
¿Qué significaba eso?
¿Por qué había una carpeta en el estudio privado de Egon Schreitz con su nombre escrito en ella?
Tragó saliva, respirando con dificultad por lo que podría encontrar ahí dentro.
Las manos le temblaron cuando retiró el primer folio.
Fotografías.
No de ahora.
No del hotel.
No de su encuentro.
Del bar.
Su bar.
Era ella sirviendo tragos.
Caminando cansada al final de la noche.
Sentada en la acera fumando.
Mirando su celular.
Sonriendo de lado.
Mirando con desprecio a un hombre ebrio que reía plácidamente por algún chiste rancio.
Imágenes tomadas desde lejos.
Sin que lo notara.
Sin que lo sintiera.
Sin que lo permitiera.
Y notas a un costado.
Fechas.
Horarios.
Observaciones.
“Evita el contacto físico con todos.” “Come poco cuando está nerviosa.” “Se queda sola después del cierre y se ve irritada.” “Le encanta pelear con cualquiera que quiere pasarse de listo con ella.” “Me fascina su temperamento.” “Me enloquece su cuerpo.” Le sudaron las manos.
La garganta se le cerró.
La coincidencia se desmoronó delante de sus ojos.
El azar dejó de existir.
Él no había llegado a su vida por accidente.
La había estudiado.
La había deseado.
La había rodeado.
La había elegido.
Sintió rabia.
Dolor.
Traición.
Pero algo peor se mezcló en el centro del pecho, como un nudo contradictorio.
Egon no la había vigilado por casualidad.
La había observado como quien busca algo que no sabe nombrar.
Y eso era aterrador.
Pero también… profundamente triste.
Se giró buscando aire y sus ojos encontraron la estantería.
Entre dos libros viejos, casi escondido, un cuaderno pequeño, gastado en las orillas, como si hubiera sido abierto demasiadas veces y nunca con suficiente valor.
Lo tomó.
Las letras eran apretadas, infantiles todavía, contenidas como un grito al que no se le permite salir.
“No quiero ser como él, quiero superarlo.” “Quiero que se sienta orgulloso de mí.” “No sé quién sería sin este apellido.” “Aprender a cocinar algo bien.” “Ver el mar.” “Encontrar algo que no duela.” “Encontrar una novia que me entienda y no sienta miedo por lo que hago, soy y seré.” “Quizá todo estaría mejor si yo no hubiera nacido o muriera en mi primer operativo junto a mi padre.” Las palabras no eran confesiones.
Eran heridas.
Elara sintió un latido extraño en el pecho, una punzada limpia y devastadora.
No era compasión.
No era lástima.
Era esa grieta incómoda que aparece cuando descubres que el monstruo también sangra.
Arriba de la repisa, una fotografía le estrujó más el corazón.
Un niño de cabello oscuro y de ojos grises inmensamente conflictuados, parado entre dos adultos.
La mujer sonreía.
El hombre no.
Y el niño… el niño miraba al frente con la misma mirada vacía que Egon llevaba ahora, como si hubiera aprendido demasiado pronto que la ternura no sobrevivía en ese lugar.
Ella parpadeó, conteniendo algo que no quería salir.
No sabía si quería llorar.
Romperlo todo.
O abrazarlo con desesperación.
Volvió a mirar la carpeta.
Su rostro impreso en papel, repetido una y otra vez, como si él hubiera intentado memorizarla.
O poseerla.
O entenderla.
No lo sabía.
No sabía nada.
Solo que él la había conocido antes de conocerlo.
Y que aun así… existía un niño escondido entre cicatrices que nunca había dejado de temblar.
Dejó el cuaderno en el mismo lugar, con cuidado, casi con respeto, como si tocarlo demasiado pudiera deshacer algo que no estaba lista para aceptar.
Respiró con pesar.
La casa volvió a quedar inmóvil.
Y en medio de aquella quietud, Elara comprendió algo terrible: No estaba segura de Egon, pero tampoco estaba segura de si quería alejarse de él.
Porque a veces—y ese pensamiento la asustó más que cualquier arma—la oscuridad que habitaba en alguien… se parecía demasiado a la tuya.
Y lo que Elara nunca sabría era que la noche anterior al operativo de Egon Schretiz, él entró a su dormitorio para contemplarla en silencio mientras ella dormía, memorizando cada una de sus facciones dulces porque estaba seguro que iba a necesitar ese bello panorama de aquella hermosa mujer en su mente.
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