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El Peligroso Aroma de tu Piel - Capítulo 9

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9: Capítulo nueve 9: Capítulo nueve Fue cuidadosa de no dejar nada fuera de su lugar, especialmente porque escuchó movimiento afuera y no sabía si se trataba de Jaques con su encargo o el regreso de Egon Schreitz.

De cualquier manera, no iba a esperar a que alguno de ellos la pillara husmeando en un sitio prohibido; por lo que salió a hurtadillas hasta situarse en la sala a encender la otra enorme TV para fingir tranquilidad y que no acababa de enterarse de muchas cosas en aquel estudio oscuro que el removieron muchas emociones.

La puerta se abrió y cualquier ilusión de que se tratase de Egon se vino abajo.

Era Jaques.

Le entregó el pan tostado y la Nutella en las manos antes de volver a montar guardia cerca del estudio, con la mirada fija en algún punto lejano de ella.

—¿Cuándo va a regresar Egon?

—le preguntó, abriendo el empaque de pan.

—Solamente él sabe, señorita Moreau—.

Respondió sin mirarla.

—¿Tienes alguna noticia suya?

Él se encogió de hombros.

Intentar hablar con ese hombre era como intentar sacarle sangre a la pared.

Enfurruñada, envió al cuerno cualquier tipo de comunicación con Jaques y encendió la TV en canal abierto, específicamente en el canal de noticias del país, principalmente en Viena.

Se enfrascó en reportajes anticipando la helada invernal que se aproximaba, advirtiéndoles a todos que estuvieran listos para sacar sus mejores abrigos y no congelarse de frío.

Pero cuando pensó en poner una película, un nuevo reportaje la tensó.

Era una persecución en vivo.

El helicóptero de la cadena televisiva sobrevolaba el cielo ennegrecido por nubes bajas, y la cámara temblaba mientras seguía el rastro de varios vehículos blindados que serpenteaban por la autopista.

El comentarista hablaba rápido, atropellado, como si las palabras quisieran huir de su boca.

—…operativo fallido… intercambio inconcluso… sospechan que uno de los líderes de la organización criminal logró escapar… Elara se enderezó en el sofá, con el corazón martillándole en el pecho.

Sus dedos apretaron el control remoto con tanta fuerza que escuchó crujir el plástico.

La toma giró bruscamente y por un segundo, el mundo pareció detenerse.

Una camioneta negra.

Ventanas polarizadas.

La carrocería dañada del costado derecho.

Y esa placa.

Esa maldita placa.

No necesitó ver el rostro del conductor para saberlo.

Era Egon Schreitz.

Y ella no comprendía por qué era él el que conducía y no sus hombres, lo cual quería decir que todo se había ido a la mierda completamente.

El rugido de los motores resonó dentro de su pecho como un trueno.

El comentarista continuó, casi gritando.

—…las autoridades persiguen al principal sospechoso del cargamento desaparecido… se reportan disparos en el perímetro… Un impacto seco contra el parabrisas del coche apareció en pantalla.

Elara sintió que su propia respiración se fragmentaba en cristales diminutos.

La cámara hizo zoom y mostró por un instante una fracción del interior.

Una silueta rígida.

Una mano aferrada al volante.

El reflejo de unos ojos tensos, fríos, concentrados.

El corazón de Elara cayó en picada.

La realidad la atravesó como una lanza.

No estaba en una misión.

No estaba “trabajando”.

Estaba peleando por su vida.

Y posiblemente perdiendo.

—No… no… no… —susurró, casi sin voz, con la mirada clavada en la pantalla.

Un segundo disparo.

El vehículo se desvió.

La cámara giró de nuevo.

El comentarista subió el tono.

Sirenas.

Frenos.

Caos.

Elara se levantó de golpe.

Sintió las piernas temblarle.

Sintió el mundo girarle.

Sintió esa línea invisible que siempre había existido entre ellos romperse de golpe… o finalmente revelarse.

Porque en ese instante comprendió algo tan devastador como hermoso: No importaba cuánto tratara de odiarlo… No podía.

Y si Egon moría ahí… Algo dentro de ella moriría también.

El tercer disparo no se escuchó: se sintió.

Un golpe seco, sordo, que vibró incluso a través de la transmisión.

El parabrisas estalló en una telaraña brillante y el coche negro se desvió como una bestia herida, zigzagueando por la autopista mientras los vehículos policiales cerraban el cerco.

—¡Impacto directo!

¡Impacto directo!

—gritó el reportero desde el helicóptero.

La camioneta de Egon giró con violencia.

Las llantas chillaron contra el asfalto húmedo y el mundo se convirtió en un remolino de luces azules, faros, acero y ruido.

Durante una fracción de segundo, el coche parecía luchar contra el destino, aferrarse a la carretera como si se negara a caer… pero el control finalmente cedió.

Elara lo vio todo.

El giro.

El choque brutal contra la barrera metálica.

El metal retorciéndose.

El golpe final.

La cámara tembló, pero alcanzó a registrar el momento en que el coche quedó de costado, a mitad de la vía, humeante… inmóvil.

El sonido del mundo desapareció.

No había sirenas.

No había voces.

No había helicóptero.

Solo el corazón de Elara, rompiéndose en mil pedazos dentro de su pecho.

—Egon… —susurró, y su voz sonó como un hilo deshilachado a punto de partirse.

El humo salía del capó.

Un pedazo del parachoques se desprendió y rodó por el asfalto.

Las luces de emergencia parpadeaban como un latido débil, moribundo.

La cámara hizo un acercamiento impreciso y, por una fracción mínima de segundo, el interior quedó a la vista.

La silueta en el asiento.

La cabeza inclinada hacia un lado.

La mano soltando el volante.

Elara dio un paso atrás.

Luego otro.

Y el suelo desapareció bajo sus pies.

El control remoto cayó al piso.

Su respiración se quebró.

El grito no salió, se quedó atorado en su garganta mientras el mundo entero parecía colapsar dentro de su pecho.

El noticiero siguió hablando, pero ya no entendía nada.

“Herido… crítico… intercambio fallido… líder… paramédicos…” Palabras que no lograban atravesar el muro de terror que ahora la cercaba.

—No… no… Egon… —susurraba una y otra vez, temblando, sosteniéndose la cabeza, caminando sin rumbo por la sala como si el aire hubiese desaparecido.

Sintió náuseas.

Sintió frío.

Sintió algo romperse dentro de ella, como una cuerda tensada demasiado tiempo.

Las manos le temblaban.

Las lágrimas no caían: se le quedaban atrapadas en los ojos, ardientes, negándose a salir.

La puerta del pasillo se abrió.

Jaques apareció.

Pero por primera vez no era una muralla inexpresiva.

Sus cejas fruncidas.

La mandíbula rígida.

El teléfono vibrando en su mano.

—Señorita Moreau… —dijo, con voz grave.

La mirada de Elara se clavó en él, desesperada, suplicante, vacía.

El hombre contestó la llamada sin apartarle los ojos.

Silencio.

Solo su respiración pesada.

Una respuesta corta del otro lado.

Un susurro.

Y luego… Ese pequeño gesto casi imperceptible.

El apretón en la quijada.

El leve cierre de ojos.

La confirmación silenciosa que ella no necesitaba escuchar para saberlo.

Jaques bajó lentamente el teléfono.

Y por primera vez en todo el tiempo que lo conocía… Parecía humano.

—El operativo… salió mal —dijo, con voz baja, casi un murmullo—.

El joven Schreitz… está herido y el resto de los hombres fueron acribillados por la policía.

Fue una emboscada.

Elara no lloró.

No gritó.

No cayó al suelo.

Solo se quedó allí… inmóvil… Como una estatua que acababa de comprender que también podía romperse.

Y lo hizo.

Por dentro.

Jaques volvió a fijar la mirada en la pantalla unos segundos más, como si confirmara visualmente aquello que la voz al teléfono ya le había dicho.

Luego guardó el móvil dentro del abrigo y se irguió, recuperando la postura rígida y marcial de siempre… pero con una sombra distinta en los ojos.

—Voy a salir —dijo al fin.

Elara parpadeó, todavía con el alma sostenida por un hilo.

—¿Salir…?

¿A dónde?

Jaques se ajustó los guantes.

—En auxilio de Egon.

La forma en que pronunció su nombre no fue la de alguien mencionando a un jefe… sino la de alguien pronunciando el centro de un juramento.

Elara dio un paso hacia él, todavía temblando.

—¿Está… vivo?

El silencio duró demasiado.

—Está con vida —respondió al final—.

Pero no por mucho tiempo si lo dejan en manos equivocadas.

La sangre de Elara se heló.

Las sirenas seguían sonando en la televisión.

Los policías rodeaban la camioneta sin atreverse a acercarse por temor a que Egon les hiciera daño.

El humo.

Las luces.

El mundo entero en contra.

—¿Lo van a… atrapar?

—susurró.

Jaques la observó por primera vez… de verdad.

Y esa mirada la atravesó.

Fría.

Lúcida y cruelmente realista.

—Si lo arrestan —dijo con dureza— no lo volverá a ver jamás.

Lo hundirán en una prisión de máxima seguridad por el resto de su vida.

Y si no lo matan antes, le harán desear estar muerto.

Elara sintió que el piso volvía a moverse bajo sus pies.

La respiración se le quebró.

—Entonces… —balbuceó— entonces ayúdalo… por favor… Jaques asintió, seco.

—Lo traeremos a casa.

Cueste lo que cueste.

—¿Qué hay de Hagen Falk?

¿Él también murió o está herido?

—No tengo la menor idea, pero lo averiguaré.

Dio media vuelta.

Dos hombres armados aparecieron desde el pasillo, como sombras obedientes que ya llevaban rato esperando la orden que nunca se pronuncia en voz alta.

—Manténgase aquí.

No abra a nadie.

No conteste llamadas —ordenó Jaques, clavándole una última mirada—.

Si entran… escóndase.

Él no se lo perdonaría si algo le sucede.

Elara quiso decir algo.

Quiso gritar.

Quiso correr detrás de él.

Pero la puerta ya estaba abierta.

Y ellos ya se habían ido.

El eco de sus pasos retumbó por el corredor, mezclándose con el zumbido de la televisión y el ruido de las sirenas a kilómetros de distancia.

Y entonces… Elara quedó sola.

Realmente sola.

Con el corazón suspendido entre la esperanza…y la posibilidad de perderlo todo.

Ella no podía concebir por qué le importaba tanto Egon Schreitz, si lo había conocido desde hacía unos diez días.

Era imposible tener tanta preocupación por él, sobre todo porque sabía que él la había acechado desde antes, haciendo lo posible por tenerla prisionera en su casa bajo un pretexto ridículo de salvarle la vida.

Y ahí estaba ella, rezándole a Dios para que a ese chico no le ocurriera nada malo y pudiera quitárselo a la policía, en vez de estar pensando en su madre, que tenía días sin saber de ella y viceversa.

Corrió a ponerse una ropa decente por si necesitaba huir con él en cuanto lo trajeran.

Se puso una playera negra sin mangas y un abrigo encima, un pantalón grueso y botas.

Recordó que cuando vagaba por la casa, vio un botiquín de primeros auxilios en la cocina y fue por él.

Tenía que prepararse porque estaba segura de que no sería nada agradable.

Transcurrió exactamente veinte minutos ella continuaba sola, mirando furiosamente el reloj.

Eran las cuatro de la tarde y estaba a punto de volverse loca, cuando de repente escuchó el rechinido de unos neumáticos aparcar afuera.

Sin miramientos, corrió a la puerta y abrió, con la esperanza de ver a Egon, pero al abrir, encontró con Hagen Falk cojeando de una pierna y dejando a su paso un charco de sangre.

Ella retrocedió, alarmada.

—¿Y Egon?

—fue lo primero que dijo al ver al rubio llegar solo en una camioneta similar a la de su mejor amigo.

Pero Hagen no respondió, cojeó hasta llegar al sofá emitiendo gemidos de dolor y se dejó caer en el que era para dos personas, dejando el más amplio para cuando llegara Egon Schreitz.

Sus ojos azules estaban inyectados en sangre y vidriosos, apenas podía respirar.

Tenía sangre escurriendo por las orejas y sienes.

Elara se acercó con rapidez a ayudarlo con el botiquín.

Fue por un recipiente con agua tibia y remojó un trapo nuevo de cocina del cajón para limpiarle la sangre del rostro.

Él cerró los ojos cuando ella deslizó suavemente la tela sobre su piel, limpiando la sangre con las manos temblorosas.

—Nos… emboscaron… —, logró decir Hagen, le costaba hablar porque tenía una mano agarrándose el abdomen, en donde, a través de su ropa oscura, se alcanzaba a ver una mancha negra haciéndose más grande.

Era sangre.

—Dios mío, pero ¿qué sucedió?

—se horrorizó la fémina y lo ayudó a quitarse la ropa sucia, tirándola al suelo.

No sabía mucho sobre primeros auxilios, pero al menos ayudaría a limpiarlo y a colocarle una venda de ser necesario.

—Estuvimos… varios días acechando la bodega en donde habían puesto la mercancía decomisada, pero… —respiró hondo y Elara cerró los ojos un momento, tratando de aliviarle el dolor con las manos, él colocó su mano sobre la suya y ella lo miró con tristeza—.

Tranquila.

Tragando saliva ante aquella crueldad en su cuerpo, y negó con la cabeza.

Si Hagen terminó así de herido, no quería imaginarse a Egon.

Hagen tenía una herida de roce de bala en el abdomen, en donde cuya fuente de sangre no parecía detenerse y Elara tuvo que presionar con fuerza para parar la hemorragia.

Lo consiguió después de ensuciar seis trapos nuevos de cocina y tres vendas para usarla de tapón.

—Por favor, no te muevas o será peor… —Tengo frío.

—Te traeré ropa limpia de Egon, no tardo.

Pero Hagen la detuvo de la mano y ella volteó a verlo.

Los ojos de ese rubio ya no eran frívolos, sino cálidos y se preguntó si era a causa de la herida.

—Ahora más que nunca puedo decir que puedo confiar en ti—le dijo, esbozando una leve sonrisa antes de soltarla.

Aturdida, no supo cómo reaccionar a ello y lo único que hizo fue asentir y echarse a correr al piso de arriba para bajarle ropa de Egon.

Cuando ella regresó, le colocó encima una camisa negra y una de las tantas chaquetas negras de Egon, haciendo que el rubio se estremeciera por el dolor y porque había entrado en calor rápidamente.

—¿Crees que Egon estará bien?

—murmuró ella.

—Te juro que intenté volver por él—carraspeó con rabia—.

Pero eran muchos policías y me habían herido, no había manera de rescatarlo y Egon lo sabía.

Elara asintió, abatida, jugando distraídamente con el anillo.

—Lo quieres mucho, ¿verdad?

Ella alzó la vista al rubio.

—¿Qué?

—Se nota en tu semblante.

Estás muy preocupada por él.

No.

Elara no lo quería.

Era imposible querer a alguien en tan poco tiempo, pero comenzaba a tenerle aprecio, y se dio cuenta de ello cuando vio aquella fotografía de Egon Schreitz de niño y los escritos tristes anotados en el olvido.

Y aunque no podía pasar por alto el acoso de él sobre ella desde antes, tampoco podía ignorar que era un hombre herido del alma.

—Egon es fuerte.

No es la primera vez que sale de algo tan peligroso, confía en que el resto del equipo van a traerlo a casa—la calmó con un guiño coqueto y luego hizo una mueca de dolor.

—No te muevas—le advirtió Elara—, o volverás a sangrar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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