El Regreso del Herrero de Runas Legendario - Capítulo 311
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Capítulo 311: Capítulo 310- Esta vez no fallaremos
—¿Espía? ¿De nuevo? —Annabelle ladeó la cabeza, con una sorpresa que se reflejó en su rostro al oír la noticia de otro espía en la academia.
La última vez, fue por un espía que la situación se agravó hasta un punto tan peligroso. Y ahora otra vez…
Adrian asintió lentamente. —Sí. Allen vio al Acólito…, pero aún no podemos estar seguros.
Él mismo no lo había investigado. Eso vendría mañana. Y cuando lo hiciera, ya conocía la forma más segura de descubrir la verdad: si las sospechas de Allen eran correctas y, si el chico era realmente un espía, qué era lo que buscaba.
—Querido…, ¿estás molesto?
Adrian la miró a los ojos por un momento antes de que un largo suspiro se escapara de sus labios. —He visto a esos chicos crecer ante mí. Sé cuánto dolor y esfuerzo les costó llegar a donde están ahora. Y verlos tirarlo todo por la borda al pasarse al otro bando… sí, duele.
Annabelle apoyó la cabeza con suavidad en su hombro. —Has sido un buen maestro para ellos, Querido. A veces… hace falta la muerte de alguien para darse cuenta de lo terrible que fue un error.
Adrian soltó otro suspiro, esta vez más profundo. —Lo que más me pesa son sus padres. Por las elecciones de sus hijos, cargarán con un dolor que no merecen.
Annabelle le apretó la mano y se quedó en silencio.
Su corazón, sin embargo, estaba tranquilo. Para ella, había una alegría silenciosa en ver a su Querido preocuparse tan profundamente por gente que ni siquiera estaba ligada a él.
Una vez, había sido un hombre sin compasión, inmune a la empatía. A los extraños no les daba nada. Había estado tan desconectado del mundo que Bella una vez temió que, si ella dejaba esta vida antes que él, se quedaría sumido en la más absoluta soledad.
Pero ahora… algo había cambiado.
—¿Cuándo vas a llevar a Rubí a conocer a tus padres? —preguntó Annabelle, balanceando ligeramente las piernas desde la rama.
—El fin de semana.
Annabelle soltó una risita. —A mí también me gustaría conocerlos… al menos, a tu padre. Él es quien crio a mi querido, ¿no es así?
Adrian emitió un suave murmullo. —Sí. Es un buen hombre… un buen padre.
Annabelle ladeó la cabeza, con una curiosidad persistente. —¿Y tu madre? ¿Cómo era?
Los hombros de Adrian se relajaron mientras su mirada se perdía, sin enfocar nada en particular, mientras le contaba: —Era amable…, bondadosa, con un humor que nunca dejaba de caldear el ambiente. Fue ella quien apoyó mi decisión de vivir con la pluma y el papel en lugar de la espada y los hechizos.
Esos recuerdos aún ardían intensamente en él. Todavía podía ver sus ojos —suaves, llenos de amor— incluso mientras yacía en su lecho de muerte, cantando la misma canción de cuna que le había cantado desde que era un niño.
Annabelle se acercó más, abrazando su brazo. —Ojalá la hubiera conocido. Le habría dado las gracias por traerte a este mundo.
Los labios de Adrian se curvaron en una sonrisa tierna y afectuosa.
Durante un rato, el silencio se instaló entre ellos, tranquilo e ininterrumpido. Pero entonces, el tono de Adrian cambió. —¿Has notado algo inusual por aquí?
La expresión de Annabelle se volvió seria. —Desde que descubrí su base, solo he visto entrar un convoy. Lo más probable es que llevara a su líder —entrecerró los ojos, y un leve escalofrío tiñó sus palabras—. Y anoche… sentí algo. Una presencia. Oscura y sofocante. Era siniestra.
Que Annabelle, que rara vez titubeaba, pareciera tan inquieta significaba que lo que fuera que se escondía allí era poderoso.
Adrian frunció el ceño. —¿Qué están planeando exactamente? Infiltrar espías en la academia… ¿podrían estar preparando otra emboscada?
Annabelle se giró para mirarlo, con voz firme pero feroz. —No podemos permitírselo. Esta vez, Querido, atacaremos primero. Sin oportunidades. Sin vacilación.
Estaba decidida. Fuera lo que fuera que sus enemigos estuvieran preparando, se movían con determinación y, por razones aún no aclaradas, estaban dispuestos a ir con todo. Por eso Adrian y Annabelle tenían que ser más rápidos: una emboscada contra los emboscadores.
—Sí, lo sé. No te preocupes, como mucho, solo me llevará diez días terminar con todos los preparativos.
—Confío en ti, querido —murmuró Annabelle.
°°°°°°
—Sí, déjenla ahí —indicó Ariana con firmeza mientras el personal de reparto dejaba la pesada caja traída a través del portal de teletransportación.
La habitación ya estaba abarrotada con más de veinte cajas, acarreadas una tras otra. No era de extrañar que los dos hombres estuvieran pálidos y sin aliento, con las piernas temblando como si pudieran desplomarse en cualquier momento.
Ariana asintió levemente, luego sacó una bolsa de su bolsillo trasero y se la entregó. —Aquí está su paga… y —sacó otra, mientras sus labios se curvaban ligeramente—, esta es su bonificación… por no romper nada.
El alivio inundó sus rostros cansados, y sonrisas fantasmales asomaron a sus labios. Con agradecidas reverencias, retrocedieron y salieron de la casa.
Cuando la puerta se cerró, Ariana soltó un largo suspiro, poniendo las manos en su cintura. Se giró, examinando la montaña de cajas que se había tragado lo que debería haber sido su sala de estar.
Había imaginado este espacio de forma muy diferente. Un sofá amplio y mullido frente a la chimenea. Farolillos que proyectaran una luz cálida. Pequeñas macetas con plantas para refrescar el aire. Una estantería llena de libros en los que él pudiera perderse.
¿Pero ahora? Esta habitación sería el taller de Adrian.
Había planeado fabricar los artefactos en la academia, pero con espías acechando entre los estudiantes, era un riesgo demasiado grande. Su nuevo hogar tenía que convertirse en su fortaleza de trabajo.
Ariana negó con la cabeza con una sonrisa irónica. «Aaah… bueno, cuando todo esto termine, compraré los muebles. Aunque tenga que arrastrarlo conmigo para elegirlos».
«Por ahora, a volver». Ariana enderezó los hombros. Todavía quedaba trabajo por terminar antes de poder permitirse la comodidad de la cama.
Adrian, por otro lado, se había ido a pasar un rato con Annabelle, desapareciendo mediante magia de teletransportación.
Cuando Ariana se enteró de que la chica vivía sola en el bosque para vigilar la base enemiga, fue ella quien insistió a Adrian para que la visitara.
Sí, Annabelle era la Guardiana más fuerte, y aunque tenía casi la misma edad que Ariana, los momentos que Ariana había pasado con ella revelaron algo más: un corazón infantil oculto bajo toda esa fuerza.
Una chica que anhelaba que alguien cuidara de ella. Una chica que ansiaba atención, que quería —de vez en cuando— que la mimaran.
Con esos pensamientos, Ariana se disponía a salir, cuando de repente se detuvo en seco.
Su estómago se revolvió, y un sabor amargo se formó en su garganta mientras se dirigía apresuradamente hacia el baño.
*Clic*
Abrió la puerta de un empujón, se arrodilló ante la taza del váter y,
—¡Arrrgg… buaaaaag!
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N/A:- Mmm… bueno… ¿debería dar la enhorabuena? Gracias por leer. Por favor, asegúrense de dejar una reseña.
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