El Regresor Que Decidió No Salvar Al Mundo - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 El Viaje Que Nadie Detecto
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19: El Viaje Que Nadie Detecto 19: El Viaje Que Nadie Detecto La desaparición de Kang-Han no fue un acto de magia, sino una lección de física aplicada al maná.
Para el mundo moderno, un hombre es una masa de carne y hueso que ocupa un espacio coordenado, un punto en un mapa satelital.
Para el Sistema, sin embargo, un hombre es una firma de energía, una frecuencia específica en el tejido de la realidad.
Si logras que esa firma vibre en la misma longitud de onda que el ruido de fondo del planeta, dejas de existir para los ojos de los hombres y de las Constelaciones por igual.
Mientras los analistas del Pentágono y los estrategas de la Ciudad Prohibida gritaban órdenes a técnicos que sudaban frente a pantallas vacías, Kang-Han se encontraba en un lugar que la ciencia humana aún no se atrevía a nombrar: el Manto de los Nexos.
No estaba volando, ni nadando, ni caminando.
Su cuerpo, envuelto en la biomasa del Alba Negra y estabilizado por el núcleo caído de Arthur, se deslizaba a través de las corrientes de maná subterráneas que conectan los puntos de poder del mundo.
Viajar por el Manto era como ser disparado a través de una arteria de luz líquida a una velocidad que habría desintegrado las células de cualquier otro Despertado de Rango S.
—¿Cómo se siente, Ha-Neul?
—preguntó Han.
Su voz no vibraba en el aire; se transmitía a través de las raíces nerviosas que los unían en ese vacío cromático, una dimensión donde el arriba y el abajo carecían de significado.
—Es como si el mundo fuera una esfera de cristal y nosotros fuéramos la grieta que lo recorre desde adentro —respondió ella.
Su forma física era casi irreconocible; se había estirado y vuelto filamentosa, una red de energía violeta y negra diseñada para soportar el tránsito interdimensional.
—Este es el verdadero mapa del mundo —dijo Han, observando las “luces” de las ciudades desde las profundidades del subsuelo energético—.
Los humanos construyen muros en la superficie, trazan fronteras con sangre y tratados, pero la tierra no conoce la soberanía.
Estamos pasando bajo el Mar de Japón.
En cuestión de minutos, emergeremos en el corazón del Cementerio de Cristal.
El Shogunato cree que sus defensas miran hacia afuera, pero nadie vigila la puerta del sótano.
◇ ◇ ◇ [Tokio, Japón – Palacio del Shogunato] Ryuji, el Campeón del Sol Naciente, permanecía de pie en su balcón privado.
Su mano derecha descansaba sobre la empuñadura de su katana, Kusanagi, una hoja que se decía podía cortar el concepto mismo del destino.
Sus ojos, entrenados en la meditación del vacío absoluto, no buscaban respuestas en los monitores holográficos que parpadeaban a su espalda.
Él buscaba en la vibración del aire, en el pulso de la ciudad.
—Shogun, los radares de largo alcance confirman que no hay actividad en el puerto de Incheon —informó un general, arrodillado de tal forma que su frente tocaba el suelo—.
Los americanos han enviado un comunicado.
Sugieren que el sujeto Kang-Han podría haberse autodestruido debido al rechazo masivo del núcleo de Arthur.
Dicen que es físicamente imposible que una asimilación forzada de ese calibre termine en algo que no sea una explosión termonuclear.
Ryuji guardó silencio.
El viento agitaba su túnica de seda negra, pero su cuerpo era una estatua de hierro.
—Los americanos son esclavos de sus máquinas y de su lógica lineal —respondió finalmente Ryuji, su voz tan calmada que resultaba inquietante—.
Un hombre que ha sobrevivido a siete ciclos de regresión no muere por un exceso de energía.
Un hombre así no explota; se transforma.
Se vuelve más denso, más eficiente.
Ryuji apretó el agarre de su espada.
Sintió una punzada en la planta de sus pies, una vibración rítmica, sutil como el latido de un feto, pero que se acercaba desde las profundidades insondables del suelo del palacio.
—Ordena la alerta máxima en el Cementerio de Cristal —sentenció Ryuji—.
Activen los resonadores de cuarzo a potencia crítica.
Si está intentando lo que sospecho, no vendrá por el mar.
Emergerá donde la luz sea más densa y el tejido del Nexo sea más delgado.
—¿Emerger desde dónde, señor?
Los escudos aéreos están al cien por ciento.
Ryuji desenvainó apenas un centímetro de su hoja, y un destello blanco, más puro que la nieve del Fuji, iluminó la noche.
—Desde el único lugar que nuestra arrogancia nos hizo olvidar vigilar —dijo el Shogun—.
Desde abajo.
Desde las raíces del mundo.
◇ ◇ ◇ [Cementerio de Cristal – Zona de Exclusión de Gunma] El Cementerio de Cristal era una anomalía geográfica que desafiaba toda explicación lógica.
Cinco kilómetros cuadrados de terreno donde el cuarzo crecía como maleza, formando agujas y torres naturales que alcanzaban los cincuenta metros de altura.
Era un lugar de una belleza letal; las estructuras de cristal atrapaban la luz solar y la refractaban en millones de ángulos, creando haces de energía capaces de derretir el blindaje de un tanque en segundos.
Para Ryuji, era su fortaleza inexpugnable, el “escudo de luz” de Japón.
Pero en ese momento, el suelo de cuarzo, conocido por ser más duro que el diamante, comenzó a agrietarse.
No hubo una explosión estrepitosa.
Hubo una succión masiva, un gemido de la materia siendo desplazada.
El aire fue arrastrado hacia una fisura geométrica que se abría en el centro de la plaza principal del cementerio.
De la oscuridad absoluta de esa grieta, emergió una mano.
No era una mano humana; era una garra de madera negra con vetas de un dorado opaco que parecía absorber la luz ambiental en lugar de reflejarla.
Kang-Han salió de la fisura, seguido por Ha-Neul.
Sus pies tocaron el cuarzo y, al instante, la “pureza” del cristal empezó a corromperse, tornándose de un color gris ceniciento.
Al pisar la superficie, el Cementerio de Cristal reaccionó.
Los sensores de Ryuji detectaron la intrusión masiva y las torres de cuarzo empezaron a zumbar con una frecuencia aguda.
Los espejos naturales se alinearon mecánicamente, concentrando cientos de haces de luz sólida hacia el punto de emergencia.
—Bienvenidos al espectáculo de luces —murmuró Han, ajustándose el abrigo, cuya textura ahora recordaba a la piel de un reptil antiguo—.
Ha-Neul, activa el protocolo de sombra.
No permitas que la luz de este país toque el suelo.
Ha-Neul extendió sus brazos.
Sus alas de madera negra se desplegaron con un crujido orgánico, liberando una nube densa de esporas de biomasa.
En cuestión de segundos, un domo de oscuridad absoluta rodeó a ambos, interceptando los láseres de luz blanca.
Donde los rayos tocaban la sombra, se escuchaba un siseo, como si la luz misma estuviera siendo digerida.
A lo lejos, las sirenas del Shogunato empezaron a aullar, un sonido que se mezclaba con el viento de las montañas.
El viaje invisible había terminado.
El Soberano estaba en el corazón de la defensa japonesa, y el mundo todavía estaba buscando su rastro en los satélites de Seúl.
—El viaje fue tranquilo —dijo Han, mirando hacia la torre de mando del cementerio, donde los guerreros de Ryuji, los Samuráis de Cristal, ya se posicionaban en las alturas—.
Pero la llegada…
la llegada va a ser ruidosa.
[Notificación del Sistema] [Has completado con éxito el “Tránsito de los Nexos Terrestres”.] [Tu percepción espacial ha aumentado permanentemente en un 15%.] [Estado de la Infección en Japón: 45% (Crecimiento en fase exponencial).] Han dio el primer paso.
Bajo sus botas, el cristal de cuarzo se tornó negro y se deshizo en polvo fino.
La “traición” a la materia había comenzado en el lugar más sagrado del Shogunato.
◇ ◇ ◇ [Reacción Global – Minutos después] En el cuartel general de la AGD, el pánico se había vuelto sistémico.
Los mercados financieros de cristales de maná sufrieron una caída histórica en cuestión de segundos.
La desaparición de un nivel 102 del radar era equivalente a perder un portaaviones nuclear en una bañera.
—¡No puede haber desaparecido!
—gritaba el director de la agencia—.
¡Rastreen las líneas de ley!
¡Llamen a Beatrix!
¡Llamen a Cyrus!
En Washington, Cyrus observaba los informes con una expresión de creciente horror.
Ella, mejor que nadie, entendía lo que significaba el “Tránsito de los Nexos”.
Significaba que las fronteras físicas ya no existían para Kang-Han.
—Ese hijo de perra…
—susurró Cyrus, golpeando la mesa—.
No está huyendo.
Está usando el sistema de alcantarillado de Dios para moverse.
Si ha llegado a Japón de esa manera, Ryuji no tiene una muralla; tiene un colador.
Cyrus se levantó y se puso su chaqueta de combate.
—Preparen el avión.
No vamos a esperar a que los burócratas den el permiso.
Si Han toma el Nexo de Japón a través del Cementerio de Cristal, la Fase 2 terminará antes de que podamos disparar una bala.
◇ ◇ ◇ [Cementerio de Cristal – El Enfrentamiento] Frente a Han, una figura descendió de una de las torres más altas.
No era Ryuji, sino su general de mayor rango: Kaito, el Filo de Espejo.
Kaito vestía una armadura ligera hecha de fragmentos de cristal que parpadeaban, camuflándolo con el entorno.
En sus manos sostenía una lanza cuya punta era un prisma perfecto.
—Coreano —dijo Kaito, su voz resonando a través de las reflexiones del cristal—.
Has profanado el jardín del Shogun.
Aquí, tu oscuridad es un blanco fácil.
No hay sombras donde esconderse cuando el sol mismo es nuestro aliado.
Han soltó una carcajada seca, un sonido que carecía de cualquier rastro de humor.
—Tu error, Kaito, es creer que yo traigo la oscuridad para esconderme.
Han extendió su mano de ébano dorado.
La biomasa a su alrededor comenzó a pulsar, extrayendo maná directamente del suelo de cuarzo, robándoselo a las defensas de la ciudad.
—Traigo la oscuridad para que finalmente puedan ver lo que hay detrás de su hermosa mentira —continuó Han—.
Tu lanza brilla porque refleja la luz de otros.
Mi mano brilla porque ha consumido la luz de un Campeón.
¿Quieres ver la diferencia?
Kaito no esperó más.
Se lanzó hacia adelante, convirtiéndose en un borrón de reflejos plateados.
Su lanza prismática disparó un haz de luz concentrada que buscaba el corazón de Han.
Han no esquivó.
Levantó su mano derecha y, por primera vez, desató el poder combinado del Alba Negra y el Núcleo de Arthur.
—Autoridad del Soberano: Refracción de la Traición.
El haz de luz de Kaito no impactó en Han.
En el momento en que tocó el aura de Han, la luz se “curvó” y regresó hacia su emisor con el doble de potencia, pero ahora teñida de un color dorado oscuro, corrupto.
Kaito tuvo que realizar una maniobra evasiva en el aire, rompiendo una de las agujas de cristal cercanas para no ser empalado por su propio ataque.
Se aterrizó con dificultad, mirando su lanza, que ahora mostraba una pequeña fisura negra en el prisma.
—¿Qué has hecho?
—preguntó Kaito, con la voz quebrada por la duda.
—He traicionado la lealtad de tu luz —respondió Han, caminando hacia él—.
Tu poder ya no te reconoce como su dueño.
Ahora, Kaito…
el Cementerio de Cristal me pertenece a mí.
Bajo los pies de Han, las raíces negras se extendieron como una red de pesca, reclamando cada torre de cuarzo, cada aguja, cada centímetro de la fortaleza de Ryuji.
El brillo blanco de Gunma empezó a apagarse, reemplazado por un resplandor violeta y dorado que anunciaba el fin de una era para Japón.
El mundo seguía girando, pero en ese rincón de Asia, el eje de la realidad acababa de ser torcido por la mano de un solo hombre.
[Nivel actual: 102] [Humanidad restante: 35%] [Estado del Mundo: La Gran Tensión]
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