El Regresor Que Decidió No Salvar Al Mundo - Capítulo 27
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- Capítulo 27 - 27 El Error Del Campeon
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27: El Error Del Campeon 27: El Error Del Campeon El poder absoluto, cuando se ejerce sin el contrapeso de la visión política, se convierte en una soga que aprieta el cuello del propio soberano.
Ryuji, el Campeón del Sol Naciente, había sido moldeado por la disciplina del Bushido y la lógica rígida de las Constelaciones, pero carecía de la malicia necesaria para navegar en el mar de fango que Kang-Han había creado.
Para Ryuji, el orden era una estructura que se imponía desde arriba; no entendía que, en la era del Sistema, el orden es un contrato de confianza que se nutre desde abajo.
El Descenso del Altar de Cristal La mañana sobre Tokio nació bajo un sol artificial que no traía calidez, sino una presión opresiva.
El Protocolo Amaterasu, activado por Ryuji en su desesperación tras la pérdida de sus ministros, había transformado el cielo en un domo de luz dorada pálida que palpitaba al ritmo del corazón del Shogun.
Pero esa luz tenía un costo oculto: era alimentada por la fuerza vital de cada ciudadano conectado a la Red de Armonía.
En los distritos periféricos de Saitama y Chiba, la gente no se despertaba con el sonido de las alarmas, sino con el sabor metálico del agotamiento crónico.
Miles de trabajadores de Rango F y E se derrumbaban antes de llegar a sus puestos, sus interfaces del Sistema parpadeando con un mensaje frío: “Contribución de Emergencia al Núcleo Central: Activa (Drenaje de Estamina: 25%)”.
No era un robo de dinero; era un robo de tiempo de vida, una expropiación de la propia energía biológica para mantener los escudos de un palacio que la mayoría nunca vería por dentro.
Ryuji, desde lo alto del Palacio Imperial, observaba la ciudad.
Sus ojos estaban inyectados en sangre, no por la falta de sueño, sino por la sobrecarga sensorial de estar conectado a millones de vidas.
Cada vez que alguien moría de cansancio, él sentía un pequeño tirón en su conciencia.
Para él, ese dolor era una prueba de su divinidad, el peso de la corona que solo un Campeón podía soportar.
Para el pueblo, era el comienzo de una pesadilla sin fin.
—Akagi debe morir hoy —declaró Ryuji, su voz resonando en la sala vacía del trono.
Sus dedos tamborileaban sobre la empuñadura de su katana, Kusanagi.
—Su rebelión es una impureza en el cristal de mi imperio.
Si el pueblo sufre, es porque la traición de Akagi obliga al sistema a protegerse.
Kento, su consejero más leal, dio un paso adelante, aunque sus manos temblaban.
Había visto los informes de las morgues esa mañana: cientos de ancianos cuyos corazones no habían soportado el drenaje de maná súbito.
—Shogun, con el debido respeto, los informes de las redes sociales del Sistema son catastróficos.
La gente está empezando a comparar este drenaje con los ataques del Soberano de Corea.
Si sale ahora y aplasta a Akagi con fuerza bruta en el centro de la ciudad, las bajas civiles serán inevitables.
Perderá el apoyo de los gremios comerciales y de las familias que sostienen la logística de Tokio.
Ryuji se giró, y la presión de su maná hizo que los jarrones milenarios de la habitación estallaran en mil pedazos.
—¿Apoyo?
—rugió—.
Yo no soy un político que busca votos en una urna, Kento.
Soy el Campeón elegido por las Estrellas.
Mi legitimidad no viene de la opinión de los débiles, sino de mi capacidad para mantener el cielo en su lugar.
Si debo quemar una calle para salvar una nación, lo haré sin pestañear.
◇ ◇ ◇ La Masacre de Ueno: Un Triunfo Pírrico Ryuji no esperó a que sus generales organizaran un asedio táctico.
No hubo diplomacia ni intentos de rendición.
Saltó desde el balcón del palacio, una estela de luz blanca que cortó el aire como un meteorito divino.
Su aterrizaje en el distrito de Ueno, el bastión de la rebelión del General Akagi, fue el primer gran error de su reinado.
El impacto del Shogun contra el suelo creó un cráter de treinta metros de diámetro.
La onda de choque de maná puro, diseñada para desintegrar a los “enemigos”, no distinguió entre los soldados rebeldes y los civiles que hacían cola frente a un centro de distribución de agua.
El calor instantáneo vaporizó el asfalto y convirtió las fachadas de cristal de los edificios cercanos en metralla mortal.
Cuerpos que hace un segundo eran personas, se convirtieron en ceniza antes de que sus sistemas nerviosos pudieran registrar el dolor.
—¡Akagi!
—la voz de Ryuji, amplificada por el Sistema, retumbó en todo Tokio—.
¡Sal y acepta el juicio del Sol!
Akagi emergió de las ruinas de un edificio administrativo.
No estaba solo; lo rodeaban cientos de desertores de la Guardia del Sol, hombres que habían decidido que preferían morir peleando que languidecer bajo el nuevo régimen de Ryuji.
—¡Mírate, Ryuji!
—gritó Akagi, señalando los restos humeantes de la plaza—.
Ya no eres el protector de Japón.
Eres el error del Sistema que Kang-Han nos advirtió que eras.
Estás destruyendo lo que juraste salvar solo para demostrar que todavía tienes el control de las correas.
La batalla que siguió fue un espectáculo de horror televisado por drones de noticias que Han se había asegurado de mantener operativos.
Ryuji luchó con una ferocidad ciega.
Cada movimiento de su espada era una explosión de energía que consumía las reservas de los hospitales cercanos.
Cuando Akagi intentó usar a sus soldados en una formación defensiva, Ryuji utilizó su habilidad definitiva: Juicio de la Lente Solar.
Un rayo de luz concentrada descendió del cielo, fundiendo el acero y la carne en una sola masa informe.
Akagi luchó con valentía, pero no era rival para el poder bruto de un Campeón de Rango SSS.
Ryuji lo alcanzó, hundiendo a Kusanagi en el pecho del general frente a miles de cámaras que transmitían en vivo a cada terminal de la nación.
Ryuji creyó que, al mostrar su poder, el miedo traería el orden de vuelta.
◇ ◇ ◇ El Silencio del Odio Cuando la cabeza de Akagi rodó por el suelo de Ueno, Ryuji esperó el silencio del respeto o el grito del triunfo.
Pero lo que recibió fue el silencio del odio absoluto.
Los ciudadanos que observaban desde los balcones de los rascacielos no veían a un héroe que había derrotado a un traidor.
Veían a un tirano cubierto de sangre japonesa, un hombre que había destruido un distrito histórico entero para satisfacer su ego herido.
El “Campeón del Orden” se había convertido, ante los ojos del mundo, en el arquitecto de la devastación innecesaria.
Ryuji levantó su espada, buscando la validación del Sistema.
—¡El orden ha sido restablecido!
—proclamó.
[Notificación del Sistema] [Tu Título: “Soberano del Sol Naciente” ha entrado en estado de Corrupción.] [Nuevo Título Temporal: “Carnicero de Ueno”.] [Efecto: Tu regeneración de Maná basada en la fe popular ha caído al 0%.
La hostilidad de los Ciudadanos ha aumentado un 400%.] Ryuji palideció.
Sintió que su conexión con el Nexo se volvía amarga.
Había cometido el error político definitivo: había expuesto la fragilidad de su carácter al usar la fuerza máxima contra un problema que requería tacto.
Se había mostrado como un ser que, en su patológico intento de no ser “traicionado”, terminó traicionando la esencia misma de su mandato.
A lo lejos, en las sombras de un callejón que Ryuji no se molestó en registrar, Kang-Han observaba.
No estaba usando su poder.
No era necesario.
—Felicidades, Ryuji —susurró Han, su voz perdida en el viento de la destrucción—.
Acabas de matarte a ti mismo.
Yo solo tendré que enterrar el cadáver.
◇ ◇ ◇ La Paranoia del Trono Tras la masacre, Ryuji regresó al palacio, pero ya no era el mismo hombre.
La pérdida del apoyo popular no era solo una estadística; era una debilidad física.
Los Campeones del Sistema extraen parte de su fuerza de la estabilidad de su dominio y de la fe de sus súbditos.
Al romper ese vínculo, Ryuji se volvió vulnerable a la única cosa que siempre había temido: la duda.
—Kento —llamó Ryuji mientras caminaba por los pasillos de mármol, su armadura goteando sangre—.
¿Por qué las pantallas de la ciudad no están mostrando mi victoria?
—Señor…
—Kento bajó la cabeza—.
Las redes están inundadas con las imágenes de las víctimas civiles de Ueno.
El mundo nos está viendo.
La Asociación Global de Despertados (AGD) ha emitido un comunicado condenando la desproporcionalidad del ataque.
Incluso en Seúl…
Seo-Yoon ha abierto las fronteras digitales para que los japoneses vean “la estabilidad de Corea”.
Ryuji se detuvo en seco.
Sus manos empezaron a temblar de nuevo.
No era por remordimiento, sino por una furia fría que nublaba su juicio.
—Ellos no entienden —murmuró—.
Nadie entiende el sacrificio que conlleva mantener la Armonía.
Si me odian por salvarlos, que así sea.
Pero no permitiré que me miren con lástima.
En lugar de intentar reparar el daño, Ryuji tomó la decisión política que sellaría el destino de Japón.
Declaró la Ley Marcial de Grado Divino.
—A partir de este momento —ordenó Ryuji—, cualquier ciudadano que sea detectado emitiendo una frecuencia de maná “dudosa” o “pesimista” será desconectado de la Red de Armonía de forma inmediata.
—¿Desconectado?
—Kento palideció—.
Señor, si los desconectamos, sus núcleos colapsarán.
Sin el apoyo de la red, la mayoría de la población de bajo rango morirá en cuestión de horas.
—Entonces que mueran con fe —dijo Ryuji, dándole la espalda—.
Solo los puros de corazón merecen vivir bajo mi sol.
◇ ◇ ◇ La Visión Perdida El gran error de Ryuji fue creer que el Sistema era una herramienta que él controlaba por completo.
No veía que el Sistema es un organismo vivo que busca la eficiencia.
Al convertirse en un tirano errático, Ryuji dejó de ser un “activo” para el Sistema y se convirtió en una “anomalía”.
Mientras Ryuji se encerraba en su paranoia, reforzando las defensas del palacio y castigando a su propia gente, se exponía más que nunca.
Un Campeón sin pueblo es solo un soldado con un título grande.
Había abandonado la gobernanza por el control, y la protección por el castigo.
En el mercado negro de Shinjuku, los rumores empezaron a correr.
Ya no se hablaba del monstruo coreano como un invasor, sino como una alternativa.
La gente empezó a decir que Han, al menos, era honesto sobre su crueldad, mientras que Ryuji los mataba bajo la bandera de la justicia.
—Él cree que el miedo es lealtad —comentó un viejo cazador, observando los drones patrulla de Ryuji—.
Pero el miedo solo dura hasta que el dolor de obedecer es mayor que el miedo a morir.
Ryuji, en su trono, no podía escuchar estas conversaciones.
Solo podía escuchar el zumbido del Protocolo Amaterasu, un sonido que él creía que era música, pero que en realidad era el sonido de un país desangrándose.
◇ ◇ ◇ El Final del Día Al caer la noche sobre el primer día después de Ueno, Japón era una nación fracturada.
El Campeón había ganado la guerra contra sus propios generales, pero había perdido el corazón de su imperio.
Ryuji se sentó en su balcón, mirando hacia el horizonte donde las luces de la ciudad parpadeaban.
No se dio cuenta de que algunas de esas luces no estaban fallando por el drenaje de maná.
Estaban siendo apagadas manualmente.
Han estaba allí, moviéndose entre los cables, en las sombras de los servidores, en los susurros de los desposeídos.
Ryuji buscaba una batalla épica, un duelo de katanas bajo la luna, pero Han no le daría ese lujo.
Han lo dejaría ser el rey de un cementerio, esperando el momento exacto en que la corona pesara tanto que Ryuji se rompiera el cuello solo por intentar mantener la cabeza en alto.
El Campeón japonés había cometido el error más antiguo de la historia: confundir el miedo con el respeto, y la obediencia con el poder.
Se había expuesto, se había debilitado y, sobre todo, se había quedado solo.
—Mírate, Ryuji —susurró una voz en el viento, una voz que Ryuji no pudo identificar pero que le heló la sangre—.
Qué triste es el sol cuando no tiene a nadie a quien iluminar.
Ryuji desenvainó a Kusanagi, atacando al aire vacío, gritando nombres de enemigos que ya no estaban allí.
El Campeón estaba solo en su altar de cristal, y el vacío de poder que él mismo había creado empezaba a succionar la realidad misma de su nación.
[Nivel actual de Ryuji: 140 (Inestable)] [Índice de Aprobación Nacional: 8%] [Estado de la Nación: Pre-Colapso Total] [Estado de Kang-Han: Observando desde el Núcleo]
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