El Regresor Que Decidió No Salvar Al Mundo - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 El Crepúsculo De Los Apostoles
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6: El Crepúsculo De Los Apostoles 6: El Crepúsculo De Los Apostoles El puerto de Incheon se convirtió en un vacío de sonido.
La presión que emanaba de los tres Apóstoles del Orden era tan vasta que el oxígeno mismo parecía haber sido expulsado de la zona.
Los contenedores de carga cercanos comenzaron a implosionar, doblándose como papel bajo el peso de una gravedad divina que no debería existir en este plano.
—Vuestra existencia es un ruido innecesario —dijo el Apóstol central, cuya máscara de porcelana representaba un rostro llorando—.
Borraremos el ruido.
Extendió su mano y el mundo se volvió blanco.
No era una luz cegadora, sino una Anulación de Existencia.
El suelo bajo mis pies desapareció, convirtiéndose en un abismo de nada absoluta.
—¡Seo-Yoon!
¡Ha-Neul!
—rugí, activando el Cofre del Soberano Marino.
Del cofre brotó una marea de agua negra, densa como el petróleo y fría como el vacío estelar.
Las Aguas del Abismo chocaron contra la luz blanca de los Apóstoles.
Donde la luz intentaba borrar, el agua oscura reclamaba.
El equilibrio entre el ser y el no-ser se mantuvo por un hilo.
—¡Maestro, no puedo sostener el frío!
—gritó Seo-Yoon.
Su hielo, capaz de congelar monstruos de Rango S, se evaporaba instantáneamente al contacto con el aura de los Apóstoles—.
¡Es como intentar congelar el sol!
—¡No intentes congelarlos a ellos!
—le ordené, mientras esquivaba una lanza de luz que partió el muelle en dos—.
¡Congela el flujo de maná en el aire!
¡Róbales el medio ambiente!
Seo-Yoon comprendió.
En lugar de atacar, se hundió en las Aguas del Abismo que yo controlaba.
Usó el agua como conductor y lanzó un Cero Absoluto Abisal.
El campo de batalla se convirtió en una escultura de hielo negro donde el tiempo mismo parecía ralentizarse.
Los Apóstoles, por primera vez, mostraron un movimiento torpe.
Sus túnicas blancas se tiñeron de escarcha oscura.
—Ha-Neul, dales su medicina —dije con una sonrisa feroz.
La Santa Caída se alzó sobre la marea negra.
Sus ojos brillaban con una luz púrpura que hacía sangrar a quien la mirara.
—Sentencia de la Santa: Parálisis del Alma —susurró.
No fue un ataque físico.
Fue una onda expansiva que golpeó directamente la conexión de los Apóstoles con sus Constelaciones.
El Apóstol de la izquierda cayó de rodillas, su máscara de porcelana agrietándose.
La luz divina que los protegía parpadeó como una bombilla a punto de fundirse.
—¿Cómo…
cómo pueden mortales herir la esencia del Orden?
—la voz de los Apóstoles ya no era armónica; estaba llena de interferencia estática.
—Porque el Orden es solo una mentira que usan los fuertes para mantener a los débiles a raya —dije, apareciendo frente al Apóstol arrodillado.
Usé el Corte Dimensional, pero esta vez imbuido con la energía del Cáliz de la Calamidad.
Mi cuchillo no cortó su carne; cortó el concepto mismo de su protección.
La túnica blanca se rasgó y debajo no había un hombre, sino un amasijo de engranajes dorados y luz condensada.
Eran máquinas de las Constelaciones.
—Ustedes no son más que herramientas —gruñí, hundiendo mi mano en su pecho de engranajes—.
Y yo soy el mecánico que viene a desguazarlas.
Arranqué el núcleo del primer Apóstol.
Un estallido de energía divina me lanzó hacia atrás, pero no me detuve.
El sistema empezó a gritar en mi mente.
[¡Advertencia!] [Has destruido a un Enviado de Rango “Apóstol”.] [La hostilidad de las Constelaciones del Edén ha subido al máximo.] [Tu karma de “Enemigo del Mundo” ha evolucionado a “Aniquilador de Mitos”.] Los otros dos Apóstoles, al ver a su compañero desintegrarse en polvo dorado, abandonaron toda pretensión de diálogo.
Sus máscaras se fundieron en sus rostros, convirtiéndose en bocas llenas de colmillos de luz.
—Protocolo de Limpieza Final: El Gran Incendio —dijeron al unísono.
El cielo de Incheon se abrió y una lluvia de meteoros de fuego sagrado comenzó a descender.
No era una técnica de área; era el bombardeo orbital del Sistema.
Estaban dispuestos a destruir toda la ciudad de Incheon con tal de matarme.
—Maestro…
vamos a morir —murmuró Ha-Neul, viendo el cielo colapsar.
—No —dije, levantando la Llave del Tutorial.
Si la llave servía para entrar en las zonas de mantenimiento, también servía para cerrarlas.
—Habilidad Única de Soberano: Traición de la Realidad.
Inserté la llave en el núcleo del Apóstol que acababa de matar y que aún sostenía en mi mano.
Usé su propia energía para sobrecargar la llave.
Una cúpula de oscuridad absoluta se expandió desde el muelle, envolviéndonos a nosotros tres.
Los meteoros de fuego sagrado golpearon la cúpula, pero en lugar de explotar, fueron absorbidos.
La oscuridad del Abismo se alimentaba de la energía divina.
Era como una esponja hambrienta.
—Seo-Yoon, ahora es el momento de terminar esto —dije, mi voz resonando desde la oscuridad—.
Usa el agua del puerto.
Crea la tumba.
Seo-Yoon rugió, su cabello volviéndose blanco puro.
El mar de Incheon, bajo su control y el mío, se alzó en dos paredes gigantescas de cien metros de altura.
Pero no era agua normal; era agua saturada con el frío del vacío y la maldición del Cáliz.
Las dos paredes de agua se cerraron sobre los dos Apóstoles restantes, atrapándolos en un cubo de hielo abisal del tamaño de un estadio.
—Ha-Neul, sella la tumba —ordené.
La Santa Caída extendió sus manos y lanzó cadenas de luz oscura que envolvieron el bloque de hielo, creando un sello que ni siquiera un dios podría romper desde dentro.
Caminé hacia el inmenso bloque de hielo.
Los dos Apóstoles estaban congelados en el centro, sus ojos de luz aún brillando con odio contenido.
—Ustedes le dijeron a los humanos que el Tutorial era para su crecimiento —dije, tocando la superficie fría del hielo—.
Pero la verdad es que ustedes solo querían ver quién sobrevivía para ser su esclavo.
Yo he decidido que nadie será su esclavo.
Ni yo, ni mis subordinadas, ni este mundo podrido.
Golpeé el hielo con el mango de mi cuchillo.
Una grieta recorrió toda la estructura.
—Rompan —susurré.
El bloque de hielo explotó en millones de fragmentos de cristal negro.
Con él, los dos Apóstoles se desvanecieron en la nada, dejando solo dos pequeños fragmentos de luz dorada flotando en el aire.
[¡Misión de Supervivencia Especial: Completada!] [Has derrotado a los Apóstoles del Orden.] [Has obtenido: Fragmento de la Corona del Dios Muerto (2/3).] [Nivel actual: 85.] El silencio regresó a Incheon, pero esta vez era un silencio de victoria.
La niebla roja se había disipado por completo.
El cielo púrpura volvió a ser visible, pero las estrellas parecían más lejanas, como si el universo mismo estuviera intentando alejarse de mí.
Me desplomé sobre el asfalto, mi cuerpo ardiendo por el uso excesivo de maná.
Seo-Yoon se acercó y se sentó a mi lado, respirando con dificultad.
Su armadura estaba rota, pero sus ojos estaban llenos de una claridad que nunca había visto en ella.
—Lo hicimos —dijo ella.
—Solo hemos empezado —respondí, mirando los fragmentos de la Corona en mi mano—.
Las Constelaciones no enviarán más Apóstoles por ahora.
Tendrán miedo.
Usarán ese miedo para intentar unir a los humanos contra nosotros.
Ha-Neul se acercó a nosotros.
Sus manos estaban manchadas de la energía púrpura de su magia.
Se quedó mirando sus palmas por un largo tiempo.
—Ya no puedo sentir a Dios —dijo con una voz carente de emoción—.
Solo hay un vacío donde solía estar su voz.
—Ese vacío es la libertad, Ha-Neul —dije, cerrando los ojos—.
Bienvenido al mundo real.
◆ ◆ ◆ Horas más tarde, regresamos a Seúl.
Pero el panorama que encontramos no era el que dejamos.
Desde la distancia, vimos que la Torre Lotte estaba rodeada.
Miles de luces de antorchas y focos de vehículos iluminaban la base de nuestra fortaleza.
No eran monstruos.
Eran humanos.
Cientos de despertados, liderados por figuras que no reconocía de mis vidas anteriores, estaban allí.
En el centro de la multitud, un hombre con una túnica de oro sostenía un estandarte con un ojo radiante.
—Parece que las Constelaciones han encontrado nuevos portavoces —dije, mirando la escena desde el vehículo blindado—.
Están usando a los sobrevivientes para crear una “Santa Inquisición” contra nosotros.
—¿Qué vamos a hacer, Maestro?
—preguntó Seo-Yoon, cargando su maná de hielo una vez más.
—Lo que mejor sabemos hacer —respondí, bajando del vehículo—.
Vamos a enseñarles que no hay refugio en la fe, solo en la obediencia.
Caminé hacia la multitud.
La gente se abrió paso, algunos con miedo, otros con un odio fanático en sus ojos.
El hombre de la túnica de oro dio un paso al frente.
—¡Kang-Han!
—gritó su voz, amplificada por magia—.
¡Has asesinado a los enviados del Cielo!
¡Has traído el caos a Seúl!
¡En nombre de la Alianza de la Humanidad, te exigimos que entregues el Nexo y te sometas al juicio!
Miré a la multitud.
Vi caras que recordaba de mis regresiones pasadas.
Gente que yo había salvado, gente que me había traicionado.
—¿Juicio?
—repetí, y mi risa resonó en toda la plaza—.
¿Quién de ustedes tiene las manos lo suficientemente limpias para juzgarme?
¿El Gremio que abandonó a sus heridos?
¿Los políticos que se escondieron bajo tierra mientras la ciudad ardía?
Levanté el Cáliz de la Calamidad por encima de mi cabeza.
El cielo sobre la Torre Lotte se tornó negro.
—No hay Alianza de la Humanidad —declaré—.
Solo hay aquellos que viven bajo mi sombra y aquellos que mueren bajo mi espada.
Si han venido a morir por sus dioses invisibles, adelante.
Pero si han venido a vivir…
arrodíllense ahora.
El primer rayo de tormenta abisal golpeó el suelo, y la verdadera guerra por el trono del nuevo mundo comenzó en las puertas de mi propia casa.
[Nivel actual: 85] [Estatus de la Facción: Bajo Asedio] [Habitantes de la Torre: 450 (Lealtad dudosa)] [Próximo objetivo: Aplastar la “Santa Inquisición” y reclamar la Corona.]
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