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El Renacimiento del Rey - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - 22 Interrogatorio
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22: Interrogatorio 22: Interrogatorio Un interrogatorio no es una conversación.

Es un tira y afloja invisible, una cuerda tensada entre dos voluntades que fingen calma mientras miden cuánto puede resistir la otra antes de ceder.

Uno pregunta para apretar.

El otro responde para no romperse.

Y el error común es creer que la cuerda está en las manos.

Nunca lo está.

Siempre está atada al cuello.

Un interrogatorio no busca hechos.

Eso es solo la excusa.

Lo que realmente busca son grietas.

Pequeñas fracturas en la identidad, silencios demasiado largos, palabras elegidas con demasiado cuidado.

Busca el momento exacto en el que lo que dices ser entra en conflicto con lo que eres cuando ya no puedes mentir.

Porque esa es la verdadera batalla: no entre dos personas,sino entre la imagen que intentas sostener y la verdad que empieza a filtrarse cuando la presión no cede.

En un interrogatorio no se gana hablando mejor.

Se gana permaneciendo intacto.

Cada pregunta es un paso hacia adelante.

Cada respuesta, una retirada calculada.

Cada silencio, una oportunidad para que el otro crea que ha encontrado una debilidad… aunque no siempre exista.

Y lo más peligroso no es equivocarse.

Es empezar a explicarse.

Porque en el momento en que justificas quién eres, ya has empezado a perder.

Aurelio lo sabía, aunque nadie se lo hubiera enseñado.

Lo había aprendido en el lugar donde las palabras no servían y solo quedaba resistir.

Lo había aprendido cuando entendió que algunas batallas no se ganan atacando, sino negándose a entregar algo, incluso cuando el cuerpo está atado y el entorno parece decidido de antemano.

No había orgullo en ese pensamiento.

Tampoco alivio.

Solo una constatación fría, casi clínica.

Como si hablara de un cuerpo que ya no le pertenecía del todo.

Y mientras la cuerda se tensaba, invisible pero real,Aurelio comprendió algo con una claridad inquietante: Esta no sería una lucha por información.

Sería una lucha por quién definiría lo que él era cuando todo terminara.

El silencio se estiraba como una membrana tensa.

Roski Vorn no estaba sentado frente a él.

Caminaba despacio por la habitación, de espaldas, recorriendo una librera empotrada en la pared blanca.

No parecía buscar nada en particular.

Sus dedos pasaban por lomos inexistentes, por símbolos grabados directamente en el metal, como si repasara ideas en lugar de objetos.

Aurelio lo observó unos segundos más.

Entendió el juego.

No era Roski quien debía hablar primero.

Era él.

—Vaya… —dijo al fin, con un tono controlado, apenas cargado de sarcasmo—.

Debo admitirlo.

Nos tienen bien vigilados.

No se les escapa nada.

Roski sonrió, sin girarse.

—La vigilancia es un concepto demasiado simple —respondió con calma—.

Lo que hacemos aquí es anticipación.

El poder no reacciona a los imprevistos… los elimina antes de que existan.

Se volvió entonces, apoyando la espalda contra la estantería invisible.

—Controlar no es mirar —continuó—.

Es reducir el margen de error a cero.

Aurelio sostuvo su mirada, inexpresivo.

—Entonces supongo que todo esto —dijo, inclinando apenas la cabeza, señalando la habitación— también entra en esa lógica.

Roski asintió.

—¿Te sientes cómodo con las modificaciones?

—preguntó, como si hablara de una mejora arquitectónica—.

Ajustamos el entorno para evitar sobreestimulación innecesaria.

Menos variables.

Más estabilidad.

Aurelio soltó una breve exhalación por la nariz.

—Cómodo no es la palabra —respondió—.

Pero es eficiente.

Silencioso.

Limpio.

Alzó la vista hacia el techo.

—Una jaula pulida sigue siendo una jaula… aunque se agradece que no intente parecer otra cosa.

Roski lo observó con interés genuino.

—Esa respuesta confirma varias hipótesis —murmuró.

Aurelio no preguntó cuáles.

Hubo un silencio breve, denso.

—¿Y Amelia?

—preguntó entonces, sin rodeos.

Roski no pareció sorprendido.

—Está estable —respondió—.

Al igual que los demás que se vieron afectados por el incidente.

Bajo observación, por supuesto.

El pecho de Aurelio se relajó apenas.

Fue un gesto mínimo, casi imperceptible.

Ni siquiera puede comer ahora, pensó.

Y aun así… —Bien —dijo en voz alta—.

Entonces ahorrémonos el rodeo.

Roski arqueó una ceja.

—¿Directo al punto?

—Sé por qué estoy aquí.

Roski se acercó.

Tomó una silla metálica y se sentó frente a él, con un movimiento tranquilo, casi ceremonioso.

Sus ojos brillaban con algo parecido al entusiasmo.

—Entonces dime —dijo—.

¿Por qué crees que estás aquí?

Aurelio guardó silencio.

Roski no esperó la respuesta.

—La Directriz —comenzó— no es una entidad común.

No es una fuente de energía ni una conciencia tradicional.

Es… una estructura.

Un principio que existe antes de la intención.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Hemos buscado durante años un recipiente capaz de sostener su manifestación sin colapsar.

La mayoría de los cuerpos se destruyen.

Otros… sobreviven unos segundos.

Con suerte, minutos.

Sonrió.

—Contigo es distinto.

Aurelio apretó la mandíbula.

—Tu cuerpo no rechaza la carga —continuó Roski—.

La absorbe.

Se adapta.

Se reorganiza.

No se rompe… responde.

Hizo una pausa, saboreando la palabra.

—Eso es extraordinario.

Maldito maniático, pensó Aurelio, conteniendo la rabia que le subía como ácido.

Roski lo observó en silencio unos segundos más.

No había burla en su mirada.

Tampoco compasión.

Solo una curiosidad casi reverente.

—Después de todo lo que pasaste —dijo al fin—, después de todo lo que sufriste… sigues luchando.

Inclinó levemente la cabeza.

—Eso, Aurelio, es valentía.

El rostro de Aurelio no se movió.

Sus ojos, en cambio, se endurecieron.

¿Rendirme?

¿Después de esto?

En su mente, la promesa se formó con una claridad aterradora: Voy a destruir este lugar.

Piedra por piedra.

Y cuando todo caiga… tú caerás conmigo.

Roski pareció percibir algo de aquello.

Sonrió apenas, como si acabara de confirmar una teoría largamente esperada.

—Bien —dijo—.

Ahora sí te haré una pregunta de verdad.

Se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre las rodillas.

—Dime… ¿qué sentiste cuando perdiste el control?

Aurelio parpadeó una vez.

Sabía a qué se refería.

Al laberinto.

Al instante en que la Directriz tomó su cuerpo y lo usó como arma.

Se acomodó lentamente en la silla.

El metal crujió bajo su peso.

Pasaron uno… dos… tres segundos.

—No lo sé —respondió al fin—.

Alzó la mirada, fija, distante.

—Mi mente fue llevada a un lugar aislado.

No había ruido.

No había formas.

No había miedo.

Hizo una breve pausa.

—No había nada.

Los ojos de Roski brillaron.

—Fascinante —susurró.

Se irguió un poco más.

—¿Y cómo volviste en ti?

Aurelio no respondió.

No bajó la mirada.

No tensó los hombros.

Simplemente lo observó.

Directo.

Silencioso.

Como si esa pregunta no mereciera una respuesta.

Roski soltó una leve risa nasal.

—Oh… —murmuró.

Ya lo sé, pensó.

Siempre vuelven por algo.

Por alguien.

Por una grieta emocional.

Sus labios se curvaron apenas.

Supongo que tocará romperlo un poco más.

Llevarlo al límite.

El silencio volvió a cambiar de dueño.

—Dime algo tú ahora —dijo Aurelio—.

Su voz era baja, firme.

—Todos esos niños que traen a este lugar… ¿qué tienen en común?

No los eligen al azar.

Tiene que haber un criterio.

Roski lo miró con atención renovada.

—Correcto —respondió—.

No cualquier cuerpo puede resistir lo que hacemos aquí.

Se levantó y comenzó a caminar lentamente alrededor de él.

—Buscamos predisposición genética, plasticidad mental, tolerancia al trauma.

Algunos nacen con ello.

Otros… se rompen intentando.

Se detuvo detrás de Aurelio.

—Y sí —añadió, sin ocultar la crudeza—, hay casos que adquirimos únicamente para pruebas secundarias.

Variables descartables.

Datos adicionales.

Aurelio cerró los ojos un instante.

Definitivamente voy a matarte, pensó.

—Entonces dime —continuó, abriéndolos de nuevo—.

Giró apenas la cabeza.

—¿La Directriz está realmente en tus manos… o eres tú quien está atado a ella?

Una pausa precisa.

—¿Tienes el poder de detenerla… o solo eres su marioneta?

Roski se detuvo.

Por primera vez, la pregunta lo tomó desprevenido.

Se giró lentamente hacia Aurelio.

—Yo soy quien permanece de pie en este mundo —dijo con voz firme—.

Yo soy quien formula, quien ejecuta, quien transforma teoría en realidad.

Caminó hasta quedar frente a él.

—La Directriz no actúa.

No decide.

No crea.

Yo lo hago.

Se tocó el pecho.

—Soy el intermediario consciente entre una fuerza absoluta y un mundo incapaz de comprenderla.

Sus ojos se afilaron.

—Yo soy el control.

Y aun así…, pensó.

Todo científico guarda un plan de contingencia.

Roski se sentó de nuevo.

—Dime, Aurelio —preguntó—.

¿Cuánto tiempo crees que aguantarás la próxima vez?

Sonrió.

—¿O crees que ya no habrá regreso?

Algo hizo clic.

Las ataduras cedieron con un chasquido seco.

Aurelio se incorporó con calma.

Demasiada calma.

Se puso de pie, estiró ligeramente los hombros y lo miró desde arriba.

No dijo nada.

Se giró.

Caminó hacia el cristal mágico.

Se detuvo justo frente a él, en el punto exacto donde la presencia silenciosa observaba.

No habló con nadie en particular.

—No lo sé —dijo—.

Su reflejo se mezclaba con la luz blanca.

—No sé si habrá una próxima vez.

No sé si podré volver.

Giró un poco la cabeza.

—Tal vez no.

Se dio la vuelta.

—Todo depende —continuó— de si logras hacerlo… Sus ojos se clavaron en Roski.

—Y de si tienes la fuerza para controlar lo que se viene.

Sin esperar respuesta, se dirigió a la pared.

La puerta secreta se abrió apenas… y Aurelio la pateó con fuerza.

—Me voy —dijo—.

Esto se terminó.

Salió.

La puerta se cerró tras él.

En la sala blanca, una voz surgió desde la nada.

—¿Lo detenemos, señor?

Roski se levantó lentamente de la silla.

Observó la puerta unos segundos más, pensativo.

—No —respondió—.

Ya recopilé lo suficiente.

Sonrió.

—Él solo… debería conocer el camino.

La luz blanca siguió brillando.

Impasible.

Los pasillos no dormían.

Cámaras invisibles seguían cada trayecto, cada respiración, cada sombra que se deslizaba entre la luz blanca.

Aurelio avanzaba sin saberlo, registrado, analizado, convertido en datos que corrían por conductos de cristal y símbolos vivos.

Muy lejos de allí, más allá de los corredores conocidos, existía un nivel que no figuraba en ningún mapa.

Una sala sellada.

Profunda.

Silenciosa.

La luz allí no era blanca.

Era azulada, densa, como si el aire mismo estuviera sumergido.

En el centro de la habitación, suspendido dentro de un cilindro de cristal reforzado, yacía un cuerpo.

Un joven.

Sumergido en un líquido translúcido que pulsaba lentamente, como un corazón artificial.

Tubos recorrían su pecho, su espalda, su cuello.

Dos conductos entraban por la nariz, otros se conectaban a las sienes y a la base de la columna.

Cada respiración no era suya: era inducida, medida, controlada.

Dormía.

No por descanso.

Por diseño.

Su cabello flotaba suavemente en el fluido.

Su rostro estaba intacto, sereno… demasiado sereno para alguien que llevaba tanto tiempo detenido entre un latido y otro.

Un símbolo brilló brevemente sobre el cristal.

ERYON ASTOR Estado: Estable Fase: Latente Desde una pasarela superior, fuera del alcance de cualquier mirada común, una figura observaba.

Roski Vorn permanecía inmóvil, con las manos entrelazadas a la espalda.

—Plan de respaldo —murmuró, casi con devoción—.

—No todos los caminos se revelan al mismo tiempo.

La luz del tanque se intensificó un segundo.

El cuerpo dentro reaccionó apenas.

Un dedo se movió.

Una mínima perturbación en el líquido.

Roski sonrió.

—Pero algunos… siempre estuvieron destinados a cruzarse.

La cámara se alejó lentamente.

El sonido del líquido burbujeando fue lo último que quedó.

Y en algún lugar del complejo, sin saberlo, Aurelio seguía caminando hacia su destino.

Fin del Capítulo 22.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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