Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El Renacimiento del Rey - Capítulo 24

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. El Renacimiento del Rey
  4. Capítulo 24 - 24 El peso de quien no cae
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

24: El peso de quien no cae 24: El peso de quien no cae La sala de entrenamiento no estaba donde solía estar todo lo demás.

No era uno de los pasillos repetidos, ni una extensión más del bloque habitual.

Para llegar hasta allí, los niños fueron guiados por corredores nuevos, más anchos, con muros de metal oscuro que absorbían la luz en lugar de reflejarla.

El sonido de las pisadas se perdía antes de regresar, como si el lugar se negara a devolver ecos.

Avanzaban en grupos dispersos.

Algunos en silencio rígido.

Otros murmurando, con miradas inquietas que buscaban puntos de referencia donde no los había.

El miedo no se manifestaba igual en todos: en unos era rigidez, en otros exceso de palabras, en otros una calma demasiado forzada para ser real.

Cuando las puertas se abrieron, el espacio se reveló de golpe.

Era enorme.

No una sala común, sino algo más cercano a un estadio cerrado.

El techo se perdía en una estructura abovedada, sostenida por vigas negras entrecruzadas, de donde colgaban luces blancas suspendidas a distintas alturas, creando zonas de claridad y sombras que no terminaban de definirse.

No había ventanas.

Todo el mundo exterior quedaba excluido por completo.

La pista de correr dominaba el lugar.

Ovalada, amplia, perfectamente delimitada, rodeaba el centro como un anillo de control.

El suelo tenía marcas finas, casi imperceptibles, que no parecían hechas solo para medir distancia, sino también ritmo, presión, desviaciones mínimas.

No era una pista diseñada para correr… era una diseñada para observar.

En el centro, distribuidas con una simetría inquietante, se alzaban distintas zonas de entrenamiento.

Había plataformas de fuerza, con estructuras metálicas y pesas ajustables que parecían adaptarse al cuerpo del usuario.

Sectores delimitados para combate cuerpo a cuerpo, con suelos reforzados, maniquíes articulados y marcas de impacto en las paredes.

Áreas de tiro al arco, donde blancos móviles se desplazaban lentamente, cambiando de distancia y altura sin previo aviso.

Zonas de práctica mágica, rodeadas por anillos de contención grabados con símbolos apenas visibles, donde la energía parecía más densa, casi viscosa.

Todo estaba ahí.

No como una invitación a mejorar… sino como un catálogo de posibilidades que alguien esperaba explotar.

Aurelio caminaba hacia el fondo del grupo, como solía hacerlo.

No por inseguridad, sino por costumbre.

Desde atrás, se veía mejor el conjunto.

A su lado estaban Amelia y Kai; un poco más adelante, Thane y Selene avanzaban atentos, evaluando el espacio con miradas distintas, pero igualmente tensas.

—Hoy conoceremos a los niños nuevos —dijo Kai, rompiendo el silencio, con un tono que intentaba sonar ligero.

—Veamos de qué están hechos —respondió Thane sin girarse, con esa calma suya que nunca era indiferencia.

Kai caminaba de espaldas mientras hablaba, haciendo gestos con las manos, hasta que chocó de frente con alguien.

El impacto no fue fuerte, pero sí suficiente para detenerlos.

Kai levantó la vista.

Frente a él había un chico más alto, de unos catorce años.

Complexión sólida, hombros anchos para su edad, postura recta.

Su expresión no era de sorpresa, sino de molestia contenida.

Ojos oscuros, atentos, evaluadores.

El tipo de mirada que no se distraía con facilidad.

—Lo siento, no te vi —dijo Kai de inmediato, llevándose una mano a la nuca.

El chico lo observó de reojo, bajando apenas la mirada hacia el pie que Kai había pisado.

—Fíjate por dónde caminas —respondió, con voz seca.

No esperó respuesta.

Se dio la espalda y siguió su camino, integrándose al grupo de los recién llegados.

Kai lo siguió con la mirada unos segundos.

—Ehhh… qué amargado —murmuró.

—Debes tener cuidado, Kai —dijo Selene con suavidad, pero sin humor—.

Aquí nadie tropieza por accidente.

—Sí, sí, sí… —respondió él, golpeándose la cabeza con los nudillos, exagerando el gesto.

Aurelio, en cambio, no dijo nada.

Había sentido algo al verlo.

No amenaza directa, no hostilidad abierta.

Era otra cosa.

Una densidad.

Como si ese chico no estuviera allí por casualidad, ni por descarte.

Como si hubiera sido traído con un propósito claro.

—Apurémonos —dijo Amelia, mirando hacia el centro—.

Llegaremos tarde.

Cuando llegaron al área central, los instructores ya estaban allí.

Les indicaron formar filas.

Eran alrededor de cincuenta niños en total, organizados con precisión: cinco columnas, diez filas cada una.

Nuevos y antiguos mezclados sin distinción aparente.

No por igualdad, sino porque la comparación debía ser directa.

Aurelio quedó en una de las filas intermedias, con Amelia cerca y Kai un poco más atrás.

Desde allí, podía verlo todo.

Los nuevos observaban el lugar con asombro mal disimulado.

Algunos con curiosidad.

Otros con miedo.

Otros con una calma que parecía ensayada.

Los antiguos, en cambio, miraban en silencio.

Ya sabían que nada de eso estaba allí para ayudarlos.

Uno de los instructores dio un paso al frente.

Su voz no necesitó amplificación.

—La prueba de hoy evaluará resistencia, adaptación y respuesta bajo presión —dijo, sin elevar el tono—.

No se les explicará el propósito de cada ejercicio.

No es necesario que lo entiendan.

Solo que lo ejecuten.

Hizo una pausa breve.

—Recuerden esto —añadió—: aquí no se mide quién es el mejor.

Se mide quién continúa.

—Calentamiento.

Diez minutos.

En grupos —ordenó el instructor, cuya voz no parecía pertenecer a ningún rostro en particular—.

Muévanse.

El murmullo regresó al estadio como un animal contenido al que por fin le daban aire.

Los niños comenzaron a separarse, formando pequeños círculos, algunos por instinto, otros por miedo a quedarse solos.

Aurelio se reunió de inmediato con los suyos.

Kai estiraba los brazos exageradamente, girando los hombros como si estuviera a punto de entrar a una competencia deportiva y no a una prueba diseñada para quebrarlos.

Amelia hacía movimientos más contenidos, cuidando la respiración.

Selene observaba el entorno incluso mientras calentaba, como si contara salidas invisibles.

Thane se limitaba a estirar en silencio, eficiente, preciso.

—Bueno… —dijo Kai, inclinándose hacia adelante para tocarse las puntas de los pies—, ¿creen que pueda quedar de primero en la pista?

Thane levantó la vista, apoyó una mano pesada sobre el hombro de Kai y le sonrió apenas.

—Si te desmayas en la primera vuelta —dijo—, seguro haces historia.

Le levantó el pulgar con una seriedad impecable.

Kai lo miró, entrecerrando los ojos.

—Puedo notar su sarcasmo, señor motivación.

Por primera vez en mucho tiempo, se rieron.

No fue una carcajada, sino algo breve, casi tímido, como si el lugar pudiera castigarlos por hacerlo demasiado fuerte.

No muy lejos de ellos, otro grupo calentaba con una energía distinta.

El chico alto —el que Kai había pisado— lideraba a los nuevos.

Su postura era firme, su respiración controlada incluso durante los estiramientos.

Hablaba poco, pero cuando lo hacía, los demás escuchaban.

—No gasten energía ahora —les dijo a dos chicos más pequeños—.

La pista es larga.

El truco no es correr rápido… es no caer.

—¿Y si caemos?

—preguntó uno, nervioso.

El chico lo miró sin dureza, pero sin consuelo.

—Entonces no servíamos.

La frase quedó suspendida entre ellos como una sentencia asumida.

El silbato del instructor cortó el aire.

—A la pista.

No hubo explicaciones elaboradas.

No las necesitaban.

Los niños se alinearon en la ovalada pista.

Aurelio notó de inmediato algo extraño: una presión sutil, casi imperceptible, como si algo dentro de él estuviera amortiguado.

—El uso de aura está inhabilitado —anunció el instructor—.

Cualquier intento será sancionado.

Aurelio lo confirmó al instante.

Su sombra respondía lento.

Su cuerpo estaba solo.

—Corran.

Eso fue todo.

Y entonces comenzaron.

Al principio, el ritmo fue estable.

Respiraciones acompasadas.

Pasos firmes golpeando la superficie de la pista como un tambor colectivo.

En las primeras vueltas, nadie destacaba demasiado.

Era una carrera de resistencia, no de velocidad.

A la vuelta quince, el orden empezó a romperse.

Algunos respiraban con dificultad.

Otros aflojaban el paso.

El sudor comenzaba a caer por frentes tensas, empapando camisetas.

La pista ya no parecía tan grande.

Fue entonces cuando ocurrió.

Desde la parte trasera del circuito, emergió un mecanismo.

Un tronco metálico, grueso, alargado, cubierto de protuberancias romas.

No cortaban.

No atravesaban.

Pero golpeaban con la fuerza suficiente para derribar a cualquiera que no pudiera mantenerse en pie.

Avanzaba girando, implacable, arrasando con todo a su paso.

—¿Qué demonios es eso…?

—jadeó alguien antes de caer.

Uno tras otro, los niños empezaron a ser derribados.

El impacto los lanzaba al suelo, dejándolos inmóviles, aturdidos, fuera de la prueba.

Quince vueltas más.

Kai respiraba mal.

No era solo cansancio.

Era como si el aire hubiese perdido densidad, como si cada inhalación llegara tarde.

Su pecho subía y bajaba de forma desordenada, y el ritmo de sus pasos ya no coincidía con el latido de su corazón.

—No… no puedo… —murmuró entre jadeos—.

Me… me voy a caer… Sus piernas comenzaron a fallarle, primero de manera sutil, luego evidente.

Un paso más corto que el anterior.

Otro que se arrastró.

El suelo parecía inclinarse bajo sus pies, como si la pista misma quisiera expulsarlo.

Las líneas blancas se deformaban ante sus ojos.

El mundo oscilaba.

Thane lo vio al instante.

No gritó.

No dudó.

Se desplazó apenas un paso, estiró el brazo y le agarró la mano con fuerza, una sujeción firme, anclada, como si le clavara al suelo.

—Respira conmigo —dijo, con la voz grave, estable—.

Uno… dos… uno… dos.

No mires atrás.

Kai cerró los ojos por un segundo, apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula y asintió.

Se dejó arrastrar medio paso, encontró el ritmo de Thane y lo imitó.

No corría bien.

No corría bonito.

Pero corría.

Sostenido más por la voluntad que por las piernas.

Diez niños ya habían caído.

Algunos estaban inmóviles en el suelo, otros intentaban incorporarse sin lograrlo.

El tronco había pasado sobre ellos como una sentencia, sin pausa, sin compasión.

El mecanismo giraba con un zumbido constante, un sonido grave que se mezclaba con las respiraciones agitadas y los golpes secos de los cuerpos cayendo.

Amelia empezó a perder estabilidad.

Aurelio lo notó antes de que ella hablara.

Su paso se volvió irregular.

Su respiración, demasiado rápida, demasiado superficial.

Los hombros tensos, el cuerpo encogido, como si quisiera desaparecer dentro de sí misma.

—Creo que… yo tampoco… —dijo, con la voz quebrándose, más por frustración que por miedo.

Aurelio giró el rostro apenas hacia ella, sin reducir el paso, sin permitir que su propio ritmo se rompiera.

—Toma mi mano.

No fue una orden.

Fue una certeza.

Amelia dudó un segundo.

Solo uno.

Lo suficiente para decidir si seguía sola… o confiaba.

Le tendió la mano.

Sus dedos se entrelazaron, y Aurelio sintió el temblor.

No solo físico.

Humano.

Corrieron juntos.

—Respira por la nariz —le dijo, con calma forzada—.

Cuenta los pasos.

No mires el tronco.

Mira el suelo.

Cada paso es uno menos.

Ella asintió, concentrándose en el contacto, en el sonido de sus pisadas, en no pensar en lo que rugía detrás.

La voz del instructor volvió a caer sobre el estadio.

—Cinco minutos.

No gritó.

No necesitó hacerlo.

La frase se clavó en cada cuerpo como una amenaza.

El tronco se acercaba.

El zumbido era más fuerte ahora.

Más cercano.

Se sentía en los huesos, en el aire, en la vibración del suelo.

Entonces ocurrió.

Amelia tropezó.

No fue una caída aparatosa.

Fue peor.

Un enganche mínimo.

El pie adelantado que no llegó a tiempo.

El cuerpo que se descompensó lo justo.

El tiempo se quebró.

Aurelio reaccionó por puro instinto.

La sujetó antes de que tocara el suelo.

La levantó apenas, pasó su brazo por la nuca de ella, cargando parte de su peso contra su propio cuerpo, y siguió corriendo.

El impacto fue inmediato.

Sus músculos ardieron como si se desgarraran desde dentro.

El aire dejó de ser suficiente.

Cada inhalación quemaba.

Cada exhalación dolía.

El suelo parecía resistirse, pesado, hostil, como si quisiera atraparlos.

—¡Aurelio!

—gritó Kai desde atrás, con la voz rota.

—¡No la sueltes!

—vociferó thane, sin dejar de correr.

Las pantallas se activaron.

El conteo apareció suspendido sobre la pista, implacable.

20… 19… El tronco estaba demasiado cerca.

Aurelio sentía cada latido como un golpe seco en el pecho.

Su visión se estrechaba.

Sus piernas temblaban, no por debilidad, sino por exceso.

Amelia respiraba contra su cuello, caliente, agitada, pesada… viva.

10… 9… Cada paso era una decisión consciente.

No avanzar por impulso.

No ceder.

No pensar en el dolor.

5… El rugido del tronco llenó todo el estadio.

3… 2… —¡AURELIO!

—gritó Thane, como si pudiera alcanzarlo con la voz.

1… El golpe estaba a punto de alcanzarlos.

Y entonces—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo