El Renacimiento del Rey - Capítulo 25
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Capítulo 25: Tras el cristal
El rugido del tronco llenó todo el estadio, un sonido grave, metálico, parecido al gruñido de una bestia que se sabe dueña de la distancia.
3…
2…
—¡AURELIO! —gritó Thane desde atrás, como si la voz pudiera convertirse en un puente.
1…
El golpe estaba a punto de alcanzarlos.
Y entonces—
Selene apareció.
No como un milagro, sino como un relámpago calculado. Se deslizó entre los cuerpos con una precisión casi antinatural, las botas raspando el suelo, el cabello pegado al rostro por el sudor.
Amelia ya había tocado el suelo con una rodilla.
Aurelio intentaba levantarla con el brazo tembloroso.
—¡Ahora! —ordenó Selene.
La tomó del hombro, la alzó con un movimiento seco y, usando el impulso del propio tronco, empujó hacia adelante. Por un instante los tres fueron un solo cuerpo desordenado: respiraciones mezcladas, músculos al límite, un único deseo de no caer.
El tronco pasó rozándolos.
Luego… se detuvo.
El silencio fue tan repentino que dolió.
Amelia rompió a llorar. No un llanto ruidoso, sino uno contenido, humano, de quien vuelve a sentir el suelo bajo los pies.
—Gracias… muchas gracias… de verdad —murmuró, abrazándolos a ambos, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
Las piernas no le respondieron y cayó sentada.
Aurelio también se dejó caer a su lado.
Eso estuvo realmente cerca, pensó, con el corazón todavía golpeándole las costillas como un prisionero furioso.
Miró a Selene.
—Gracias.
Ella, aún de pie, con el pecho subiendo y bajando, respondió con una media sonrisa cansada.
—No hay de qué. Somos un equipo.
Thane y Kai llegaron corriendo.
—¡Chicos, eso estuvo a nada! —dijo Kai, abriendo los brazos—. Selene, estuviste increíble.
Le mostró el pulgar hacia arriba.
Selene rodó los ojos, pero no ocultó la leve satisfacción.
En ese momento las puertas laterales se abrieron. Unos diez guardias ingresaron con camillas metálicas y comenzaron a recoger a los niños que habían caído. Los levantaban sin prisa, como quien ordena objetos y no personas.
Aurelio los observó en silencio.
Los cuerpos no tenían heridas fatales.
Solo moretones oscuros, golpes en las costillas, marcas rojizas donde el tronco había besado la piel con violencia mecánica. Algunos respiraban con dificultad, otros miraban al techo con ojos vacíos, como si el susto aún no encontrara salida.
No había sangre.
Pero sí derrota.
Un niño temblaba sin control mientras dos guardias lo acomodaban en la camilla. Otro intentó incorporarse y volvió a caer, con la dignidad rota más que los huesos.
¿Qué les pasará después?
Nadie respondió a esa pregunta invisible.
En ese lugar, las respuestas nunca tenían prisa.
El estadio volvió a llenarse de murmullos, de pasos cansados, del eco de respiraciones que intentaban recordar cómo sonar humanas. Desde abajo todo parecía caos; desde arriba, solo un patrón.
La distancia transforma el dolor en estadística.
Lo que para los niños era un abismo, para quienes observaban era un simple filtro. Un tamiz de carne y voluntad. El mismo evento, dos realidades: abajo latidos desordenados; arriba números alineados.
Y entre ambos mundos, un cristal.
Tras el cristal
Roski observaba la escena con las manos cruzadas a la espalda. Sus ojos no miraban a los caídos, sino a los que habían resistido.
—Interesante… —murmuró.
Alguien tocó la puerta.
—Adelante.
La hoja se abrió con un leve susurro y entraron dos figuras idénticas, aunque distintas en algo difícil de nombrar: uno caminaba con firmeza; el otro con cautela.
Darius y Daemon.
—Oh… mis muchachos —dijo Roski con una sonrisa cálida—. ¿Qué se les ofrece?
Darius dio un paso al frente.
Siempre era él quien hablaba primero.
—Señor, venimos por lo que prometió.
Daemon asintió en silencio, observando cada rincón del despacho como si pudiera aprenderlo de memoria.
—Hemos cumplido con lo que pidió —añadió el menor.
Roski los observó un instante, y en su mirada se encendió un recuerdo antiguo, como una llama que se niega a apagarse.
Aún podía ver aquella noche.
El pueblo de Vaelthorne devorado por el fuego, las casas retorciéndose como animales heridos, el humo cubriendo el cielo como una herida abierta. Dos niños corriendo hacia el bosque, pequeños, desesperados, aferrados el uno al otro como si el mundo entero fuera un enemigo con dientes.
Casi podía sentir de nuevo el peso de sus cuerpos exhaustos cuando los encontró entre la hojarasca, perseguidos por la muerte con botas de hierro.
—Pequeños lobos perdidos —había dicho aquella noche—. Hoy la muerte no los reclamará.
Sonrió al presente.
Darius apretó los puños.
—Venimos por la información sobre quién destruyó Vaelthorne.
La sonrisa de Roski se volvió más delgada.
—Claro que lo recuerdo. Y cumplo mis promesas.
Se acercó a la mesa y desplegó un mapa holográfico. Líneas azules flotaron en el aire como venas de un mundo enfermo.
—Ve a este lugar —señaló un punto—. Ahí encontrarás lo que necesitas.
Daemon miró el mapa con desconfianza.
—¿Solo eso?
—El conocimiento no se entrega completo —respondió Roski—. Se conquista por capas.
Darius inclinó la cabeza, aceptando la regla no escrita, pero antes de girarse miró por el cristal hacia el estadio.
—Oh… ese de ahí es Aurelio —dijo con una sonrisa ladeada—. Hace tiempo que no lo veía.
Roski siguió su mirada.
—¿Quieres observar?
—Si no es mucha molestia.
—Ninguna. De hecho… es conveniente.
Darius miró a su hermano.
—Daemon, ve a traerlo.
El menor asintió y salió en silencio, como una sombra obediente.
Roski volvió la vista hacia abajo, donde Aurelio se incorporaba entre sus amigos, ajeno a los ojos que lo estudiaban.
—El pasado siempre regresa —murmuró—. Solo hay que saber abrirle la puerta.
Aurelio ayudó a Amelia a ponerse de pie. Sus dedos todavía conservaban el temblor del peligro reciente, ese eco invisible que queda cuando la muerte pasa rozando y decide seguir de largo. El sudor le corría por la sien como una línea tibia y el aire del estadio, antes ruidoso, ahora parecía un animal adormecido.
—Bien… ¿ahora qué sigue? —preguntó Kai mientras se estiraba la espalda con un quejido teatral.
Thane observó al instructor, que conversaba con dos asistentes cerca de la arena.
—Solo esperemos a ver qué dicen —respondió—. Con esta gente nunca se sabe.
El instructor avanzó al centro. Su voz, amplificada, cayó sobre ellos como una losa.
—Felicidades a los que lograron superar la prueba. Lo que viene ahora es sencillo: cada uno participará en un combate uno a uno. Será por rondas. El ganador recibirá una recompensa especial.
Un murmullo recorrió el lugar, una mezcla de emoción y miedo.
—¡Ohhhh! —se escuchó entre los niños.
Kai chocó los puños.
—¡Esto sí me gusta!
Aurelio no dijo nada. Sentía un presentimiento extraño, como si una mirada invisible se hubiera posado sobre su nuca. Miró hacia las gradas altas, hacia el cristal oscuro donde a veces se adivinaban siluetas.
El instructor continuó:
—Yo elegiré los enfrentamientos. Pasen al frente con su contrincante.
Revisó su tableta.
—Primer combate:
Thane vs Amadeo.
Luego siguieron los demás nombres:
—Aurelio contra 017.
—Kai contra 019.
—Amelia contra 020.
—Selene contra 023.
—¡Formen filas!
—Esto va a ser interesante —dijo Kai, frotándose las manos.
Aurelio asintió, pero su mente estaba en otra parte, como si el combate ya hubiera comenzado dentro de su pecho.
THANE VS AMADEO
Thane entró primero a la arena, sacudiendo los brazos para soltar tensión. Amadeo avanzó después, con pasos cortos, calculados, como un depredador que no necesita correr para cazar.
—Soy Thane —dijo, levantando el puño—. Y… lo de mi amigo Kai… fue un accidente.
Amadeo inclinó apenas la cabeza.
—No pasa nada.
Comenzaron a rodearse. Las suelas raspaban la arena con un sonido áspero.
—¿Sin resentimientos? —preguntó Thane.
—Sin resentimientos.
—¡Empiecen!
Amadeo atacó primero.
Recto al rostro.
Thane bloqueó con el antebrazo; el golpe le vibró hasta los dientes.
Amadeo no se detuvo:
izquierda al costado,
derecha al mentón,
patada baja a la tibia.
Thane retrocedió cubriéndose. Su defensa era sólida, pero rígida, como un escudo demasiado pesado.
—¡Vamos, Thane! —gritó Kai desde fuera.
Thane respondió con un gancho al hígado.
Amadeo giró el torso y lo esquivó por un suspiro.
Contraatacó con un codo ascendente que rozó la mejilla de Thane, dejando un hilo rojo.
El público contuvo el aliento.
Amadeo combinó de nuevo:
dos jabs rápidos,
rodillazo al muslo,
barrido a los pies.
Thane saltó hacia atrás y, reuniendo coraje, lanzó su golpe más fuerte: un recto cargado desde la cintura.
Amadeo lo vio tarde.
Lo esquivó por milímetros y, como reflejo, lanzó una patada circular.
El talón impactó en el rostro de Thane.
El sonido fue seco, definitivo.
—¡Ganador: Amadeo!
Duración: 1 minuto 39 segundos
Thane quedó de rodillas, respirando como un fuelle roto. Amadeo le tendió la mano y lo ayudó a levantarse.
Aurelio observó en silencio.
Buena técnica… demasiada para alguien de nuestra edad.
COMBATES INTERMEDIOS
Los duelos siguieron uno tras otro.
Aurelio vs 017 – 0:42 s
Aurelio ganó con tres movimientos: amague al rostro, barrido a la pierna izquierda y presión al hombro que obligó a rendirse al rival.
Kai vs 019 – 0:58 s
Kai recibió dos golpes torpes antes de conectar un cabezazo salvaje que dejó al otro sin aire.
Amelia vs 020 – 1:12 s
Amelia venció con paciencia, desviando ataques hasta encontrar una llave al brazo.
Selene vs 023 – 0:57 s
Selene terminó el combate casi sin sudar, con una proyección limpia al suelo.
Y entonces—
—Siguiente combate:
Kai vs Aurelio.
KAI VS AURELIO
Kai subió riendo.
—Oh vaya… esto sí será interesante.
Aurelio sonrió a medias.
—Intenta no vomitar esta vez.
—¡Oye!
—¡Empiecen!
Kai no esperó.
Derecha al pecho.
Izquierda al rostro.
Patada frontal.
Aurelio esquivó cada golpe con economía, como si bailara dentro de un espacio invisible.
Kai combinó de nuevo:
gancho,
codazo,
rodillazo.
Aurelio bloqueó con la palma, desvió con el codo, giró sobre el talón.
El público empezó a animarse.
—¡Dale, Kai!
—¡Vamos, Aurelio!
Kai lanzó un barrido.
Aurelio saltó.
Puño al costado.
Esquiva.
Patada giratoria de Kai que pasó rozando la oreja.
—Nada mal —murmuró Aurelio.
Pero entonces—
Aurelio levantó la mirada.
Arriba.
Tras el cristal.
Roski.
Y junto a él, una figura idéntica a uno de los gemelos.
Los ojos se encontraron.
El mundo se detuvo.
El cuerpo de Aurelio reaccionó solo.
Puño directo al estómago de Kai.
Demasiado limpio.
Demasiado perfecto.
—Oh mierda…
Kai retrocedió, cayó de rodillas.
El color se le fue del rostro.
Sintió náuseas, un fuego subiendo por la garganta.
Se levantó como pudo y salió corriendo, tapándose la boca.
—¡Kai!
Aurelio fue tras él.
El instructor gritó algo, pero ya era tarde.
Duración: 1 minuto 03 segundos
Daemon caminaba por un pasillo idéntico a todos los demás, con el mapa electrónico flotando frente a su cara como un insecto luminoso.
—Mierda… mierda… —murmuró—. Llevo diez minutos perdido.
Giró sobre sí mismo por tercera vez.
—No entiendo este maldito lugar. Todo es blanco, todo es igual… ¿quién diseñó este laberinto?
Miró el mapa de nuevo.
Parpadeó.
—Oh…
Lo volteó lentamente.
—¡JAJAJA!
Se tapó la cara con ambas manos.
—Estaba al revés… estoy loco, definitivamente estoy loco.
Respiró hondo, intentando recuperar la dignidad que nadie le estaba viendo perder.
—Bien, bien… ahora sí. Giro a la derecha, sigo derecho, luego otra vez a la derecha… sí, sí, creo que es así.
Avanzó con pasos más seguros.
—Soy un profesional —se dijo—. Un agente serio. Un mensajero importante. Nada de perderse como un idiota.
Se equivocó otra vez de pasillo.
Mientras tanto, Aurelio corría.
El eco de sus pasos se mezclaba con los latidos de su cabeza. La imagen del palco no dejaba de repetirse: Roski… y ese rostro idéntico, esa mirada que no pertenecía a ningún niño común.
Amelia también lo vio.
Entonces no había sido un error.
No había sido imaginación.
Kai entró al baño casi tropezando. La puerta golpeó contra el muro y enseguida se escuchó el sonido áspero de las arcadas.
—¡Fuaa…! —se quejó—. Eso estuvo cerca…
Aurelio se detuvo en la entrada, pero no por él.
Sus ojos se afilaron.
Al fondo del pasillo, reflejada en el metal de una puerta, vio una silueta.
Alta.
Delgada.
Idéntica.
—Kai, espérame aquí.
—¿Eh? —respondió el otro desde dentro—. ¿A dónde vas?
Aurelio ya estaba corriendo.
Giró a la derecha.
La sombra dobló a la izquierda.
Aumentó el ritmo. El suelo parecía deslizarse bajo sus pies. El aire se volvió más frío, más silencioso, como si ese corredor no perteneciera al mismo edificio.
Llegó al cruce.
Nadie.
—Lo habré perdido…
Miró las paredes blancas, lisas, demasiado limpias.
—No… debe haber una puerta secreta. Como en ese cuarto blanco.
Extendió la mano.
El muro no era muro.
Sus dedos atravesaron una capa de frío eléctrico, una cortina invisible que vibró como agua.
Aurelio sonrió.
—Te encontré.
Palpó alrededor hasta sentir un pequeño relieve, un botón oculto que parecía un lunar en la piel del edificio. Lo presionó.
La pared se abrió sin ruido.
Dentro, Daemon ya había llegado a la sala de archivos.
Las estanterías metálicas se alzaban como muros interminables, cargadas de carpetas, cristales de datos y registros con nombres que parecían susurrar secretos antiguos.
Estaba inclinado revisando uno por uno.
—A ver… tiene que estar por aquí… —murmuró—. Pueblo de… ¿cómo era? Vael… Vaelthorne, sí, eso.
Sus dedos recorrían las etiquetas con ansiedad.
—Registro de incursiones… proyectos descartados… informes de limpieza… —frunció el ceño—. Este lugar guarda más muertos que un cementerio.
Sacó un archivo y lo volvió a dejar.
—Roski dijo que estaría fácil de encontrar… fácil para él, claro.
Suspiró.
—Si Darius me viera ahora mismo se estaría burlando…
Fue entonces cuando la puerta se cerró detrás de él.
Aurelio sonrió.
Una sonrisa que no pertenecía a un niño.
—¿No te alegra verme… ?
Los ojos de Daemon temblaron.
El aire se volvió pesado.
Y el capítulo terminó allí, con dos destinos mirándose a la cara por primera vez.
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