El Renacimiento del Rey - Capítulo 26
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Capítulo 26: Una Deuda Aplazada
El silencio no llegó de golpe.
Se deslizó.
Primero fue la ausencia de pasos, luego la sensación de que el aire había cambiado de densidad, como si el mundo mismo contuviera la respiración. Aurelio y Daemon se miraron cara a cara, separados por apenas unos pasos, y en ese espacio mínimo se concentró algo antiguo, algo que no necesitaba palabras para tensarse.
No era odio.
Tampoco sorpresa.
Era reconocimiento.
Los ojos de Daemon reflejaban una alerta contenida, afilada como una hoja que aún no decide si cortar. Los de Aurelio, en cambio, eran quietos, profundos, demasiado serenos para la situación. Dos miradas distintas chocando en un punto exacto del tiempo, como si el destino hubiera decidido detenerse solo para observarlos.
Aurelio fue el primero en sentirlo con claridad:
aquella no era una confrontación improvisada.
Era una convergencia.
El lugar parecía comprenderlo.
La sala de archivos se extendía alrededor de ellos como el interior de una mente obsesiva. Estanterías altas, ordenadas con una precisión casi cruel, sostenían registros de vidas enteras reducidas a etiquetas, códigos y fechas. Cristales de datos flotaban en soportes de metal, proyectando líneas de información incompleta: nombres borrados, pueblos extinguidos, proyectos archivados bajo sellos que no admitían réplica.
El aire estaba frío, clínico, impregnado de ese olor indefinible que tienen los lugares donde se decide el valor de una existencia. No había ventanas. Solo luz blanca descendiendo desde el techo, sin sombras suaves, sin rincones donde esconderse. Todo estaba diseñado para observar, para registrar, para juzgar.
Aurelio dio un paso dentro.
La puerta se cerró a su espalda con un sonido seco, definitivo.
En ese instante, el mundo exterior dejó de importar.
Pensó, con una lucidez inquietante, que aquel cuarto no guardaba información…
guardaba verdades incompletas.
Y que cada archivo era una confesión a medio camino entre la ciencia y el crimen.
Daemon lo sabía también.
Se notaba en la forma en que apretaba el mapa entre los dedos, como si aquel pedazo de información fuera lo único que aún lo anclaba a un propósito claro. Sus hombros estaban tensos, su postura ligeramente ladeada, listo para moverse, para huir o atacar según lo exigiera el siguiente segundo.
Dos piezas de un tablero mayor.
Dos sujetos que no deberían haberse encontrado ahí… y sin embargo lo hicieron.
Aurelio comprendió algo más, algo que le recorrió la espalda como un escalofrío silencioso:
ese cuarto no era solo un archivo del pasado.
Era una antesala.
Un lugar donde las decisiones dejan de ser hipotéticas.
Donde el conocimiento ya no puede olvidarse.
Y donde, por primera vez desde que llegó a ese lugar, no estaba seguro de quién observaba a quién.
El pensamiento de Daemon fue inmediato, casi reflejo.
Lo que faltaba… Aurelio aquí.
Sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor del archivo que había estado revisando segundos antes. No levantó la voz. No retrocedió. Solo analizó.
¿Cómo llegó hasta aquí?
La pregunta apareció… y murió al instante.
No importa. Lo único que importa es salir vivo de este cuarto.
Aurelio, en cambio, no parecía tener prisa. Sus ojos recorrían la sala con una atención casi quirúrgica: las estanterías, los sellos de seguridad, los paneles ocultos entre las paredes, la disposición de las luces. Cada detalle era absorbido, clasificado, almacenado.
Como si ese lugar no fuera un obstáculo, sino un recurso.
—Supongo que no viniste aquí por accidente —dijo al fin, con voz baja, medida—. Así que seré breve.
En su mente, el cálculo era constante.
Esta es una oportunidad rara. No puedo desperdiciarla.
Roski… y el otro gemelo no deben sospechar.
Ni un minuto de más.
Daemon dejó el archivo sobre la mesa y se incorporó con un movimiento seco.
—No sé cómo llegaste hasta aquí —dijo—, pero fue un grave error.
No esperó respuesta.
Fue el primero en atacar.
Su cuerpo se lanzó hacia adelante con una patada directa, rápida, apuntando al torso. No era un golpe impulsivo; era limpio, bien ejecutado, con intención de desplazar, no de destruir.
Aurelio abrió los ojos apenas un poco más.
¿Eso es todo?
Detuvo la patada con una mano, el impacto resonó como metal contra piedra. Con un giro de muñeca, desvió la pierna y obligó a Daemon a retroceder dos pasos.
—Oh… —murmuró Daemon, sorprendido.
Aurelio contraatacó.
Puño, codo, giro de cadera. Un combo directo, eficiente. Pero el golpe nunca llegó.
Una barrera translúcida se formó alrededor de Daemon como una segunda piel. No era rígida, sino flexible, absorbente. El impacto se disipó como una ola contra un rompeolas invisible.
Aurelio frunció el ceño.
Defensa pura.
Daemon sonrió.
—Supongo que no puedes atravesarme.
Aurelio no respondió. Atacó de nuevo.
Golpes consecutivos. Cambios de ángulo. Variación de ritmo. Cada impacto era detenido, amortiguado, desviado por escudos que aparecían y desaparecían alrededor del cuerpo de Daemon como capas superpuestas.
Uno de los gemelos es velocidad.
El otro… es resistencia.
Y Daemon era una muralla.
—No pienso alargar esto —pensó Aurelio.
Cambió de postura.
Sus pies se asentaron de otra forma. Su respiración descendió. Las sombras del suelo comenzaron a moverse, apenas perceptibles, como si el lugar hubiera parpadeado.
Daemon lo notó.
—¿Qué…?
El primer golpe vino desde abajo. No físico. Sombrío. La defensa respondió… pero se ralentizó. El segundo golpe fue real. El tercero, mixto. Aura y sombra superpuestas.
Daemon retrocedió.
—¡Tch…!
Aurelio se movía sin destruir el lugar. Cada golpe era preciso, contenido. No buscaba colapsar la sala. Buscaba romper el equilibrio.
Entonces concentró todo.
Aura comprimida. Sombra adherida.
Desapareció.
Los ojos de Daemon se abrieron.
—¿Qué…? ¿Dónde…?
Aurelio reapareció detrás de él.
El golpe fue certero.
No espectacular. No ruidoso.
Pero suficiente.
La barrera se quebró como cristal fatigado. Daemon salió despedido contra el suelo, el aire escapando de sus pulmones en un jadeo seco.
—¡Ah…! ¡Espera…!
Aurelio avanzó y lo inmovilizó antes de que pudiera incorporarse.
—Ten misericordia de mí… —dijo Daemon, con la voz rota.
Aurelio se detuvo.
—¿Misericordia…?
Las imágenes cruzaron su mente sin permiso: el laberinto, los cuerpos, los gritos ahogados, la selección.
—¿Cuánta gente te pidió lo mismo? —dijo en voz baja—. ¿Qué te da derecho a pedirla… especialmente a mí?
Su mano se cerró alrededor del cuello de Daemon, con la fuerza justa. No para matarlo. Para recordarle la fragilidad.
No aún.
Aún no puedo.
Pero voy a destruir este lugar. Desde dentro.
Se inclinó hacia su oído.
—Aún no te voy a matar —susurró—. Considera esto… una deuda aplazada.
El cuerpo de Daemon se relajó cuando la conciencia lo abandonó.
Entonces Aurelio lo escuchó.
Pasos.
Un guardia al otro lado del pasillo. Rutina. Patrullaje.
Aurelio no se movió.
Esperó.
El sonido se alejó.
Y entonces lo vio.
Un archivo distinto. Etiqueta negra.
PERSONAL.
Interesante.
Se deslizó hasta el estante, pasó páginas a velocidad imposible… hasta que lo encontró.
Una figura enmascarada.
No tomó el archivo completo. Solo la hoja clave.
La guardó.
Reacomodó la sala. Ningún rastro evidente. Cargó a Daemon y lo dejó junto a un panel de energía, ajustando la escena para que pareciera un accidente eléctrico.
Luego salió.
Debo decirles que existe este lugar.
Que hay información.
Que podemos buscar para salir de aqui,pero primero–.
Corrió.
Y entonces—
—¿Aurelio?
Kai.
El tiempo total transcurrido: 6 minutos y 49 segundos.
—Oh… Kai —dijo Aurelio al verlo.
No explicó nada más.
—Luego te cuento —añadió, ya girándose—. Apurémonos.
Kai frunció el ceño, confundido, pero no preguntó. Algo en el tono de Aurelio le dijo que no era el momento. Ambos echaron a correr por los pasillos, el eco de sus pasos rebotando contra las paredes metálicas mientras el tiempo parecía perseguirlos como otra prueba invisible.
Llegaron justo cuando el instructor estaba a punto de declarar la incomparecencia.
—Tch… —chasqueó la lengua—. Llegas tarde.
Aurelio dio un paso al frente.
—Aquí estoy.
Amelia fue la primera en acercarse. Sus ojos bajaron instintivamente a las manos de Aurelio. Los nudillos estaban rojos, inflamados, la piel tensa, como si hubiera golpeado algo que no debía golpearse.
—¿Qué pasó? —preguntó en voz baja.
Aurelio cerró la mano con cuidado.
—Nada. Luego te cuento.
Amelia no insistió. Se giró hacia Kai.
—¿Y tú? ¿Cómo te sientes?
—Bien… bien —respondió Kai, forzando una sonrisa—. Nada que un poco de aire no arregle.
El instructor volvió a alzar la voz.
—Siguiente combate. Aurelio… contra el sujeto 008.
Un murmullo bajo recorrió a los presentes.
El murmullo fue bajo, casi respetuoso. Ya no había entusiasmo infantil. Solo expectativa.
Aurelio avanzó hacia la arena con pasos medidos. Cada pisada era consciente. Cada movimiento, calculado. El niño frente a él tenía una postura cerrada, los brazos altos, el peso bien repartido. No parecía nervioso. Eso lo hacía peligroso.
—¡Empiecen!
Aurelio tomó la iniciativa.
Entró con un puño recto, seco, directo al torso. El impacto fue extraño. No blando. No natural. Como golpear algo endurecido desde dentro.
El dolor le subió por el brazo como una descarga.
—Tch…
Retrocedió medio paso, sacudiendo la mano sin querer mostrar debilidad.
¿Qué demonios…?
008 avanzó.
Un golpe horizontal, rápido. Aurelio lo bloqueó con el antebrazo izquierdo. El choque resonó. No fue fuerte, pero sí pesado. Demasiado.
008 siguió presionando. Dos golpes más. Uno al costado, otro al pecho. Aurelio retrocedía, girando, desviando lo justo. No podía intercambiar fuerza. Cada impacto que bloqueaba le vibraba en los huesos.
No es resistencia común… es densidad.
Aurelio cambió el ritmo.
Se deslizó hacia dentro, amagó un golpe alto y giró el cuerpo, descargando una patada ascendente, limpia, directa a la barbilla.
El impacto fue seco.
El cuerpo de 008 se elevó apenas un instante… y cayó de espaldas, inmóvil.
Silencio.
—¡Combate terminado! —anunció el instructor—. ¡Ganador, Aurelio!
Aurelio bajó el brazo lentamente. Su mano derecha ardía. Los nudillos estaban rojos, inflamándose a la vista.
El cuerpo de un niño sigue siendo un cuerpo de niño…
pensó.
Pero incluso así… esto duele.
Se retiró de la arena.
Selene, Thane, Amelia y Kai se acercaron enseguida.
—¿Estás bien? —preguntó Selene.
—Me duele un poco la mano —admitió Aurelio.
Se sentó, tomó una de las prendas de media que llevaba y comenzó a envolver cuidadosamente sus nudillos, apretando lo justo para estabilizar sin perder movilidad.
—¿Y ustedes? —preguntó, levantando la vista—. ¿Cómo van?
Hubo un silencio incómodo.
Se miraron entre ellos.
—Ya nos eliminaron —dijo Amelia, encogiéndose de hombros.
—Amadeo me sacó a mí —añadió Selene, señalándolo con la cabeza.
—Y a mí él —dijo Amelia, apuntando al que estaba junto a Amadeo, un amigo de el supongo.
Aurelio siguió la dirección de sus miradas.
—Oh… vaya.
Respiró hondo.
—Tengo que contarles algo importante que pasó —dijo—, pero será después.
La competición avanzó.
—¡Semifinales! —anunció el instructor—. ¡Prepárense!
Aurelio volvió a la arena.
Esta vez, el aire era distinto. Más pesado. Más atento. El público había dejado de murmurar.
Frente a él, su oponente se movía en círculos, ligero, nervioso.
Aurelio adoptó una postura distinta. Centro bajo. Brazos relajados, control antes que fuerza.
—¡Empiecen!
El rival fue el primero en atacar.
Un golpe directo al rostro.
Aurelio no llegó a esquivarlo del todo.
El impacto le sacudió la cabeza. Un sabor metálico llenó su boca. Escupió sangre al girar el rostro.
Bien…
El segundo golpe vino inmediato. Aurelio lo desvió por centímetros, giró el torso y entró en corto, buscando agarre.
El rival se zafó y lanzó una patada baja. Aurelio la bloqueó con la tibia, sintiendo el impacto subirle por la pierna.
Intercambiaron posiciones.
Veinte segundos.
Treinta.
El combate se volvió un juego de lectura. Amagos. Pasos cortos. Respiraciones medidas.
Aurelio notó la apertura.
Entró.
Desvió un golpe, giró el hombro y lanzó un golpe de boxeo puro, compacto, directo al rostro.
El impacto fue definitivo.
El cuerpo cayó.
—¡Ganador, Aurelio!
Aurelio se quedó inmóvil un segundo. Sus nudillos ardían. El vendaje estaba manchado de sangre.
Estoy forzando demasiado.
Alzó la vista.
La final ya estaba definida.
Aurelio… contra Amadeo.
Amadeo lo miraba desde la arena opuesta, tranquilo, respirando parejo. Sin sonrisa. Sin arrogancia.
Aurelio exhaló lentamente.
Esto no será fuerza contra fuerza.
Esto será decisión contra decisión.
Y por primera vez desde que comenzó el torneo, entendió algo con absoluta claridad:
Si quería salir de ese lugar…
necesitaría aliados tan peligrosos como él.
Fin del capítulo.
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