-El santo de cenizas- ignis - Capítulo 1
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- Capítulo 1 - 1 Capitulo 1- Un elfo y una huróna
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1: Capitulo 1- Un elfo y una huróna 1: Capitulo 1- Un elfo y una huróna Dicen los antiguos historiadores que, en la época en la que el mundo era gobernado por la desgracia, la muerte y la guerra, un héroe y su grupo de aventureros surgieron de entre las sombras y se enfrentaron a los altos gobernantes de aquellas tierras, con el fin de liberar a todas las razas y permitirles vivir en paz.
Todos aquellos que pelearon bajo el ala del héroe, o que estuvieron presentes en la batalla, lo han llamado “el Santo de Cenizas”.
Pero eso fue hace ya 900 años.
¿Y qué ocurre cuando la era de los aventureros enfrentándose a los villanos llega a su fin?
¿Qué pasa con el mundo después de derrotar a la gran amenaza?
— En una carretera estatal, los autos pasaban rápidamente siguiendo los límites de velocidad.
Pero vamos a centrarnos en un auto Renault 12 rojo en particular.
Dentro de él se encontraba un joven de largas cabelleras rosa ceniza, piel blanca y orejas puntiagudas.
Un cigarrillo humeante colgaba de la comisura de sus labios.
Sus ojos se iban cerrando lentamente mientras conducía a máxima velocidad.
De pronto, un pequeño hurón salió de la guantera y se acercó al chico, rozando su rostro con la nariz en un intento desesperado por despertarlo y evitar que ambos terminaran estrellándose en plena ruta El pelirosa se despertó ante los toques insistentes de su compañera peluda.
Rápidamente se acomodó en el asiento y volvió a tomar el volante, evitando por poco chocar contra un camión, pues iban en el sentido contrario.
—Perdón, perdón, Jenny… —murmuró el joven, dando una última calada al cigarrillo antes de arrojarlo por la ventanilla—.
Es que no dormí bien anoche… La hurona llamada Jenny le dio un golpe en la mejilla con sus patitas, claramente molesta por la estupidez y los descuidos de su dueño.
Luego, con un bufido casi imperceptible, se acurrucó en el asiento del copiloto —Vamos, Jenny, no seas así.
Solo fue un ligero despiste, no te enojes, chiquita~ —dijo el chico, intentando que su compañerita dejara de lado su enojo.
La hurona apartó la cabeza, dejando claro que no quería mimos.
El pelirosa soltó un suspiro resignado.
Luego estiró la mano detrás de los asientos hasta encontrar una lata de café; la abrió y le dio un trago.
El chico hizo una mueca amarga.
—¡Blagh!
¡Es café amargo!
Mierda… —miró hacia atrás y vio que todas las latas eran de café negro—.
Maldición, ya compré dos packs… Jenny se enfureció aún más.
Ella, a su manera, ya le había indicado que estaba comprando el café equivocado, pero nooo… su dueño la ignoró y lo compró sin pensarlo.
La hurona le dio un golpecito con la cabeza en la pierna, en señal de reproche.
El chico elfo dejó la lata en el apoyavasos y volvió a concentrarse en la carretera.
Sacó otro cigarrillo del bolsillo y lo encendió.
—Sabes, Jenny… debería empezar a pensar las cosas más de dos veces.
Odio el café negro —dijo mientras sacaba un terrón de azúcar y lo dejaba caer por el orificio de la lata—.
¡Ahora es consumible para mis pobres papilas!
La hurona puso una expresión equivalente a un “no me digas, tonto” y hasta se hizo un pequeño facepalm con sus patitas.
El pelirosa expulsó el humo por la ventana y comenzó a cambiar la estación de la radio, buscando algo decente, hasta que… —Ejem… Querida gente de Lauderia, yo, Lancer Royal, como su electo presidente, les prometo que esta difícil situación que atraviesa el país está bajo control y yo… Antes de que el discurso continuara, el chico cambió la estación de inmediato.
—¡Ah!
¡Ya me tiene cansado ese tarado!
Es un mentiroso que convirtió este país en una porquería —refunfuñó el elfo, visiblemente agotado del presidente.
Siguió pasando canales hasta encontrar música de los 50’s.
Sonrió, satisfecho, y se relajó mientras daba una calada al cigarrillo.
Pero Jenny no estaba de humor para trompetas y violines: se lanzó sobre la radio y cambió la estación a una que estaba transmitiendo rock pesado.
El pelirosa fulminó con la mirada a la hurona y volvió a poner la estación de música clásica.
Jenny le devolvió la mirada con la misma intensidad y cambió nuevamente al rock pesado.
En cuestión de segundos, ambos estaban enfrascados en una pequeña batalla por decidir qué música escuchar.
—¡Deja de poner ese ruido sin sentido, hurona cabrona!
—exclamó el elfo, regresando la radio a la música clásica.
Jenny respondió dándole unas pataditas en la mano, cambiando otra vez al rock.
Y así, entre manotazos, patitas y gruñidos, el elfo y la hurona peleaban por el control de la radio, ignorando por completo el camino.
El auto zigzagueaba por la carretera, causando un verdadero caos.
Los demás vehículos se abrían como podían, intentando evitar el coche totalmente fuera de control.
A un lado de la ruta, una mujer cubierta con una túnica negra corría por el arcén.
De pronto, vio cómo un auto rojo se abalanzaba hacia ella a máxima velocidad.
Soltó un grito ahogado al sentirlo pasar peligrosamente cerca, tan cerca que casi la atropella.
Cayó al suelo, pálida como la nieve.
El elfo y la hurona dejaron de pelear en cuanto escucharon el grito de la mujer a la que casi atropellan.
Al instante, ambos bajaron del vehículo y se acercaron a ella.
La chica estaba tan pálida como una sábana, con una expresión de shock absoluto.
Jenny, que hasta entonces estaba en el hombro del elfo, saltó hacia la joven para olfatearla y comprobar que no había muerto de un infarto.
La hurona levantó una patita, indicando que seguía viva.
El elfo soltó un suspiro de alivio.
—¡Señorita, despiértese!
Este no es lugar para echarse una siesta —dijo mientras sacaba una botella de agua del auto y le mojaba la cara.
La chica reaccionó de inmediato ante el agua fría.
Dio un respingo, se incorporó de golpe y, al abrir los ojos, lo primero que vio fue a Jenny sentada en su regazo y a un elfo demasiado cerca de su espacio personal.
La chica echó la cabeza hacia atrás al notar lo cerca que estaba el elfo.
Se pasó la tela de su propia túnica por el rostro para secarse.
No parecía tener más de unos 23 años; tenía el cabello de un naranja claro y la piel ligeramente bronceada.
—¿Quién eres tú?
—preguntó, y de inmediato recordó que ese mismo elfo casi la atropellaba—.
¡¿Pero qué te pasa, animal?!
¡Casi me matas!
—refunfuñó, visiblemente molesta.
—Ya, calma… me disculpo por casi atropellarte —dijo el pelirosa, inclinando la cabeza.
Luego empujó suavemente a Jenny para que ella también bajara su cabeza en señal de disculpa, pues en cierto modo también era su culpa.
La chica intentó ponerse de pie, pero sus piernas temblaban por el susto.
Al verlo, el elfo se apresuró a ayudarla.
—Déjame ayudarte, como forma de compensación —dijo, extendiendo la mano.
Sin muchas opciones, la chica aceptó.
El elfo la ayudó a levantarse y luego la sentó en la cajuela del auto para que pudiera relajarse y recuperar el equilibrio.
Unos segundos después, más calmada, la joven habló: —…¿Cómo te llamas?
Para saber el nombre del que casi me mata.
—Yo soy Kurt McDrufell, y esta pequeña es Jenny —respondió el pelirosa, acariciando la cabeza de la hurona—.
¿Y tú cómo te llamas?
La chica titubeó un poco, pero finalmente respondió: —Soy Abigail Miller…
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