-El santo de cenizas- ignis - Capítulo 10
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Capítulo 10: Capitulo 10 – un arrogante y una sitio de raros
—Ha pasado una semana—
Nuestro grupo de amigos favorito se encontraba en otro pequeño paseo por la ciudad. Por desgracia, el clima no acompañaba: una lluvia constante caía desde un cielo gris y cargado.
Kurt caminaba al frente, sosteniendo el paraguas con una mano firme. Mantenía a Aldrich y a Miller pegados a su lado, casi empujándolos bajo la tela para que no se mojaran. Ambos estaban prácticamente abrazados al elfo, sin la menor intención de soltarse.
El motivo era simple: su pelaje y su cabello eran un infierno de secar.
De pronto, un trueno estalló en el cielo con un estruendo ensordecedor.
—¡AAAH! —gritaron ambos al mismo tiempo.
El puma y la liebre se aferraron a Kurt con tanta fuerza que casi lo tiran al suelo.
—¡Suéltenme! —exclamó Kurt, forcejeando—. ¿Qué les pasa? ¡Es solo un trueno!
Pero Aldrich y Miller no aflojaron. Temblaban, con las orejas gachas y el pelaje erizado, claramente asustados por el sonido repentino.
Kurt rodó los ojos, resignado. Se metió el mango del paraguas entre los dientes, tomó a ambos del rostro y los empujó hacia atrás para recuperar un mínimo de espacio personal.
—Espacio personal, por favor —murmuró con dificultad, hablando alrededor del mango.
—¡Nos da miedo! —protestó Miller, sujetándose las orejas—. ¡Sabés que los pumas y las liebres tenemos los sentidos mucho más agudizados!
Kurt suspiró y quitó el paraguas de su boca.
—Ya, ya, entiendo —dijo—. Pero aléjense un poco… ¿no ven que nos están mirando?
Ambos se dieron cuenta recién entonces de que varias personas los observaban con curiosidad y algunas risitas. Rápidamente se separaron de Kurt, con las caras completamente rojas por la vergüenza.
Como si el cielo se burlara de ellos, la lluvia se detuvo. Los truenos cesaron y las nubes comenzaron a disiparse, dejando pasar algo de luz.
—Bueno, se terminó la tormenta —comentó Kurt con sarcasmo mientras cerraba el paraguas—. ¿Felices ahora?
Aldrich y Miller no respondieron. Siguieron caminando en silencio, aún avergonzados. Kurt, por su parte, sonrió con satisfacción: había logrado, al menos por un rato, calmarlos.
Caminaron por el centro sin decir una palabra… hasta que algo llamó su atención.
Un alboroto.
Varias mujeres corrían en la misma dirección, formando rápidamente un gran círculo alrededor de algo —o alguien—. Muchas tenían los ojos en forma de corazón, otras gritaban emocionadas.
—¿Qué les pasa a todas esas mujeres? —preguntó Aldrich, esquivando a una que casi lo atropella.
—Eso vamos a averiguar —respondió Kurt—. Solo cuidá que no te pase por encima la estampida.
Se acercaron al círculo. Kurt y Aldrich levantaron a Miller para que pudiera ver por encima de la multitud.
—¿Qué ves? —preguntó Aldrich.
—Veo a un tipo en el medio… —respondió ella—. Y todas parecen babeando por él.
La bajaron y, con más curiosidad que prudencia, se metieron entre la marea de mujeres. Kurt tomó a ambos de la mano para no perderlos. Tras algunos empujones, lograron llegar al frente.
En el centro estaba un hombre de cabello verde intenso y mirada arrogante. Era innegablemente atractivo. Vestía un atuendo de estilo victoriano y posaba como si estuviera en una sesión de fotos para una revista de moda. Las mujeres gritaban cada vez que cambiaba de pose.
—Calma, mis linduras —dijo con una sonrisa exageradamente seductora—. Hay suficiente de mí para todas.
—¿Y este random? —murmuró Kurt, claramente incómodo.
Una de las fans lo miró como si hubiera insultado a toda su familia.
—¿¡No lo conocés!? —exclamó indignada—. ¡Es Seth Alister! ¡Un joven neo-hechicero que aparece en las mejores revistas de moda mágica del país!
Seth, al notar al grupo, clavó la mirada en Miller. Sonrió y se acercó a ella, tomándola del brazo y llevándola al centro. Adoptó una pose elegante, como si fueran a bailar un tango.
—Hola, hermosa chica coneja —dijo con voz melodramática—. Tu pelaje blanco como la nieve y esas orejas largas y esponjosas son más valiosas que el oro blanco.
Miller se tensó. Estaba claramente incómoda. Intentó alejarse, pero Seth la atrajo más hacia él.
Eso fue suficiente.
Kurt se acercó de inmediato y empujó al peli-verde, obligándolo a retroceder unos pasos.
—¿No ves que la chica está incómoda, niño bonito? —dijo con severidad, plantándose frente a él.
—¿Quién sos vos? —replicó Seth, furioso—. ¿Cómo te atrevés a intervenir? ¡Estaba a punto de caer rendida ante mis encantos!
Intentó empujarlo, pero Kurt no se movió ni un centímetro.
—¿En serio pensás eso? —respondió Kurt con una sonrisa burlona—. Más bien parecía que quería escapar.
Los gritos de las fans comenzaron a subir.
—¡Vamos, señor Seth! ¡Demuéstrele quién es!
—¡Enséñale a ese elfo!
Seth sonrió con arrogancia. Sacó un grimorio, que flotó frente a él, y una llama apareció en su mano.
—Magia de grimorio… —comentó Kurt, observando con calma—. Bastante moderna. Siglo XVII, cuando se empezó a dejar de usar pergaminos y círculos mágicos.
—Es el grimorio de fuego de mi familia —respondió Seth—. Muy poderoso.
—Yo también uso fuego —dijo Kurt, sacando un encendedor—. Pero el mío es un poco especial.
Antes de que Seth pudiera responder, el brazo de Kurt se envolvió en llamas rosadas. El fuego recorrió su piel sin dañarlo y se concentró en su dedo, apuntando directamente al hechicero.
—Entonces… —dijo con una sonrisa peligrosa—. ¿Querés pelear?
Seth no retrocedió. Su grimorio giró a su alrededor mientras adoptaba una pose desafiante.
—Vamos, maldito.
Pero de repente, varias granadas de humo cayeron alrededor del círculo de chicas.
El estallido seco resonó como un latigazo, seguido de inmediato por una nube espesa y grisácea que lo cubrió todo. La visibilidad se redujo a nada en cuestión de segundos.
Gritos. Tos. Confusión.
Las personas comenzaron a empujarse unas a otras, chocando a ciegas, sin entender qué estaba pasando.
—¡¿Qué demonios…?! —alcanzó a decir alguien antes de perderse entre el humo.
Kurt reaccionó al instante… pero no lo suficiente.
De la nada, manos enormes surgieron entre la neblina. Firmes. Precisas.
Agarraron a Kurt, Seth, Miller y Aldrich casi al mismo tiempo, con una coordinación inquietante, y los arrastraron fuera del caos como si no pesaran nada.
Antes de que cualquiera pudiera gritar otra vez…
Seth, Aldrich y Miller se desmayaron.
Kurt soltó un suspiro cansado.
—Genial… —murmuró—. Justo ahora.
—Media hora más tarde—
Los cuatro despertaron encadenados a sillas metálicas, en lo que parecía una habitación de un hospital psiquiátrico abandonado.
Las paredes estaban descascaradas, con manchas de humedad subiendo como venas oscuras. Las luces del techo parpadeaban de forma irregular, emitiendo un zumbido molesto, y el aire estaba cargado con un olor rancio a desinfectante viejo y óxido.
Miller miraba alrededor con las orejas erizadas, rígida, como si esperara que algo saltara desde las sombras.
Aldrich respiraba agitado, con la cola tensa y los músculos contraídos.
Seth temblaba abiertamente, con lágrimas resbalando por sus ojos amarillos, sin poder ocultar el pánico.
Kurt… estaba tarareando.
Movía la cabeza con suavidad, como si tuviera una canción pegada en la mente. Demasiado relajado.
Tanto, que resultaba inquietante para los otros tres.
—¡Maldito! —explotó Seth—. ¡¿Por qué estás tan tranquilo?! ¡Nos acaban de secuestrar!
Aldrich y Miller asintieron, aunque no les agradara estar del lado de Seth.
—¿Y qué pasó con tu arrogancia y tu confianza? —respondió Kurt con una sonrisa felina—. ¿No podés usar tu grimorio?
—¡¿Pero no te das cuenta que nosotros no?! —gritó Miller, forcejeando con las cadenas, que solo lograron crujir contra el metal.
La puerta chirrió lentamente.
Un sujeto cubierto por una túnica negra entró en la habitación. Su rostro estaba completamente oculto y su voz sonó distorsionada, artificial, como si pasara por un filtro.
—Saludos… nuevos sacrificios —dijo—. Soy el Clérigo de la Verdad. Sus vidas serán ofrecidas para dar sangre joven a mi dios… El Perro.
Se acercó a Seth con una obsesión inquietante, inclinándose hacia él mientras jugueteaba con una daga ritual que reflejaba la luz parpadeante.
Seth, Aldrich y Miller gritaron al unísono, pataleando como niños aterrados.
—Ahorrate el discurso, tarado —dijo Kurt con calma—. Ya estás grandecito para este jueguito.
Las cadenas que lo sujetaban se fundieron con fuego rosado, cayendo al suelo como metal derretido.
El encapuchado chasqueó la lengua.
—Aburrido.
Se quitó la capucha.
Era un joven asiático, de cabello rojo intenso y expresión despreocupada, casi perezosa.
Los tres se quedaron helados.
¿Kurt lo conocía?
—Perdón —dijo Kurt con una sonrisa—. Este es Kurasu. Es un compañero de trabajo.
—Muy buenas tardes —saludó el peli-rojo—. Kurasu Aoki.
Extendió la mano como si nada de lo anterior hubiera pasado.
Nadie se la estrechó.
Uno: los había amenazado con sacrificarlos.
Dos: seguían encadenados.
Kurasu parpadeó, incómodo.
—Ah… cierto.
En segundos les quitó las cadenas, con movimientos rápidos y precisos.
—Perdón por la actuación —dijo, rascándose la nuca—. Es cosa de la organización. Siempre me gusta asustar a los nuevos.
—¿ORGANIZACIÓN? —rugió Aldrich—. ¿¡Qué clase de organización secuestra gente y dice que va a sacrificarla!?
—Bueno… —intervino Kurt—. El dios se llamaba “El Perro”. Era medio obvio.
—¡NO ESTÁBAMOS EN CONDICIONES DE SABER SI ERA BROMA! —gritó Seth, aún temblando.
Miller no dijo nada.
Ella sí había sido secuestrada antes.
Aldrich también había visto demasiado en sus años en las fuerzas de Polarbear.
Kurasu le restó importancia a las quejas y abrió la puerta.
—Vengan. Esto no es el lugar para charlar.
Caminaron por los pasillos hasta llegar al centro del hospital.
Y ahí… todo se volvió absurdo.
El lugar estaba limpio, restaurado, iluminado. Paredes recién pintadas, luces firmes.
Pero las personas…
Estaban peleando.
Una batalla campal.
Sillas volando.
Gritos.
Puños.
Caos total.
Kurasu esquivó por puro reflejo un vaso que pasó silbando frente a su cara.
Seth, Aldrich y Miller estaban en shock.
—¡HIJOS DE LA COME MOCO! —rugió Kurt—. ¡Me voy UNA semana y ya arman peleas sin mí!
Y se lanzó de cabeza al combate, sin pensarlo dos veces.
—¡¿QUÉ—?! —exclamaron los tres al unísono.
Los ruidos fueron más fuerte, más cosas volaban, más gritos, más vidrio roto.
—¿¡Ese es el mismo tipo que teje en casa!? —balbuceó Aldrich.— cómo un anciano —
—¡Yo creí que era tipo aburrido! —añadió Miller.
—Ustedes conocen al Mcdrufell civilizado
—explicó Kurasu—. Este es el Kurt libre.
De repente, un estruendo sacudió todo el lugar.
Una figura gigantesca, oscura, con forma femenina, apareció imponiéndose sobre todos.
—¡BASTA! —tronó la voz—. ¡Manada de inútiles!
La pelea se congeló al instante.
La sombra se disipó… revelando a un hombre de abrigo negro con detalles naranjas. Pelo corto, ojos ámbar, dos cicatrices marcando su boca.
El líder.
—Kurt —dijo con calma—. A mi oficina. Y trae a tus compañeros.
El eco de sus pasos resonó por todo el hospital mientras subía las escaleras.
Kurt solo asintio, subiendo las escaleras detrás del líder, hizo señas a Miller y Aldrich para que le sigan. Seth aunque dudó por el principio, siguió a los demás no queriendo quedarse con estos lunáticos
-Continuara-
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