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-El santo de cenizas- ignis - Capítulo 11

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Capítulo 11: capitulo 11 – un gremio en epocas modernas

En la oficina

El hombre abrió la puerta de su despacho. A diferencia del resto del hospital —frío, gris y funcional—, aquella oficina parecía sacada de otro mundo. La madera oscura cubría las paredes, una chimenea apagada descansaba en el fondo y el aire olía a resina y papel viejo. Más que una oficina, parecía una cabaña acogedora plantada a la fuerza en medio de un bosque muerto.

El líder rodeó el escritorio y se dejó caer en su silla, apoyando los pies sobre la superficie con total descaro.

—Ahorrate el discursito, jefe —dijo Kurt, interrumpiendo cualquier posible introducción.

El castigo fue inmediato.

En cuestión de segundos, Kurt estaba hecho un ovillo en posición fetal, castigado en la esquina de la oficina, con dos coscorrones bien marcados en la cabeza. Miller y Aldrich lo observaban con los ojos en blanco; literalmente lo habían mandado a la esquina como a un nene malcriado.

—Okey… ignorando al elfo —habló el jefe mientras se tronaba los nudillos, aún resentidos por la fuerza del correctivo—. Bueno. Yo soy Subaru Newstar, y este lugar donde han despertado es lo que, en los antiguos tiempos de las aventuras, funcionaba como un punto de reunión para cazadores. Aquí convivían, tomaban misiones y compartían información.

—En básicamente… ¿un gremio? —intervino Seth.

—Exactamente, joven Alister —respondió Subaru con una sonrisa aprobatoria—. Un gremio.

—¿No se habían extinguido después de la revolución industrial? —preguntó Aldrich.

—Creía que desaparecieron tras la revolución de Faria —añadió Miller.

Desde la esquina, Kurt sonrió para sí mismo. Todo el tiempo que había gastado enseñándoles historia, al final había valido la pena.

—Correcto —asintió Subaru, visiblemente sorprendido—. Los gremios desaparecieron oficialmente a finales del siglo XVIII, pero el concepto sobrevivió en la memoria colectiva de las generaciones venideras.

—¡¿Y entonces por qué nos secuestraron?! —exclamó Seth, perdiendo la paciencia.

—Bueno, no era mi idea secuestrarlos —respondió Subaru con una calma inquietante—. Yo pensaba enviarles una carta a Kurt y a vos, Seth. Pero los encontramos todos juntos y… bueno, Kurasu lo hizo más fácil. Pum. Aquí estamos.

Hablaba como si secuestrar gente fuese parte de la rutina.

—¡Había gente alrededor nuestro! ¡Mis fans! —gritó Seth, furioso—. ¿Acaso nadie en este lugar entiende que no todos somos raros?

—Calma —dijo Subaru con serenidad—. Al menos no les sacamos los órganos para venderlos en el mercado negro.

Un escalofrío recorrió la espalda de Miller, Aldrich y Seth al mismo tiempo.

—Ah, sí… tomá, Alister.

Subaru dejó el grimorio sobre el escritorio.

Seth se abalanzó sobre él y lo abrazó como si fuera una tabla de madera flotando en medio del océano. Subaru pareció recordar algo.

—Kurt, dejá de chillar y vení acá.

Kurt se levantó de la esquina y volvió al escritorio.

—¿Qué pasa?

—Mis investigadores dicen que causaste un pequeño caos en el valle, a las afueras de la ciudad —dijo Subaru, ahora con un tono serio.

Kurt también se puso serio.

—Venía de vacaciones. Empecé a discutir con mi hurona y, en el caos, casi atropello a ella —señaló a Miller—. Y entonces apareció un tipo con una máscara de oso polar y un grupo armado. El puma era uno de sus soldados.

Subaru lo observó en silencio, intentando recordar algún criminal conocido que usara una máscara animal. Se levantó y fue hacia el archivero, revisando informes.

—Subaru, no es momento de buscar archivos —dijo Kurt—. Alguien merece una explicación.

Señaló a Seth.

Subaru dejó un expediente sobre el escritorio.

—Tenés razón. La razón por la que Kurasu los secuestró es simple: necesito más personal. Tengo a Kurt, a Kurasu y a unos pocos más… pero estamos cortos.

—¡Yo no pienso unirme! —explotó Seth—. ¡Me secuestraron! ¡Ese pelirrojo psicópata me amenazó con sacrificarme! ¡Y abajo hay un montón de monos agarrándose a golpes!

Subaru se limpió la oreja con calma.

—Entiendo tu enojo. Pero acá podemos ayudarte a mejorar tu magia.

Seth estaba a punto de seguir gritando cuando la puerta se abrió.

Entró una mujer alta y rubia, vestida con un uniforme militar de estilo victoriano, un grimorio apoyado contra el pecho.

—Jefe… ¿es verdad que Kurt ya volvió de vacaciones?

Seth chilló.

En un instante se plantó frente a ella, saltando como un fanboy.

—¡Oh, dios! ¡Sos Inés Van-Tylor! ¡La maga de grimorio y armas más fuerte de la actualidad! ¡Soy tu fan!

—Hola —sonrió Inés—. ¿Así que vos sos el que Kurasu secuestró? Seth Alister… vi tus apariciones en revistas de magia moderna. Podés decirme Inés.

Extendió la mano.

Con el corazón acelerado, Seth sacó desinfectante de quién sabe dónde, se limpió la mano y aceptó el saludo con una sonrisa absurda.

—¿Qué necesitás, Inés? —preguntó Subaru, algo molesto.

—Perdón, jefecito. Solo quería saber si Kurt volvió.

—Qué onda —saludó Kurt.

Inés se le abalanzó y lo abrazó con fuerza, aplastándolo.

—¡Ya, ya! ¡Volví! ¡Soltame! —se quejó Kurt, dándole palmaditas en la espalda.

—Perdón, Kurt —dijo ella sonriendo—. Una semana sin verte es demasiado.

Seth se acercó al escritorio. Al ver la alianza entre su ídolo y este lugar

—Cambié de opinión, señor Subaru. Me gustaría unirme a su gremio.

Subaru sonrió.

—Agradezco el cambio de opinión. ¿Y ustedes?

Aldrich y Miller se miraron. Había sido intenso, confuso… pero también una oportunidad. Kurt les devolvió la mirada, aceptando cualquier decisión.

—Me uniré —dijo Miller.

—Yo también —añadió Aldrich.

Kurt sonrió con suficiencia.

—Bueno… conseguimos nueva carne de cañón.

Apoyó las manos en los hombros de ambos con una sonrisa peligrosa.

Un escalofrío les recorrió el cuerpo.

Tal vez… no había sido una decisión tan buena.

En el patio del hospital

El patio trasero del hospital había sido reacondicionado como zona de entrenamiento. En el centro se alzaba una vieja cancha de básquet, con el piso agrietado y los aros oxidados, vestigios de una época más normal. Las gradas, en cambio, estaban llenas de vida: miembros del gremio ocupaban cada asiento, algunos apoyados en las barandas, otros sentados en grupos, todos observando con curiosidad a los nuevos integrantes.

Subaru estaba de pie en el centro de la cancha, con las manos cruzadas detrás de la espalda, evaluándolos como un general antes de una inspección.

—Bien —dijo con voz firme—. Como son nuevos, vamos a hacer un pequeño test. Necesito saber cuáles son sus habilidades.

Se acercó y les entregó a cada uno una hoja de papel, aparentemente común.

—Concentren su magia en la yema de los dedos. Dejen que fluya de forma natural. El papel reaccionará según su afinidad.

Aldrich y Miller se miraron entre sí, claramente confundidos. No tenían idea de cómo “concentrar magia”. Seth, en cambio, ni siquiera dudó: apoyó los dedos sobre el papel y, en cuestión de segundos, este se redujo a cenizas flotando en el aire.

—Fuego —murmuró alguien desde las gradas.

Kurt observó la escena con atención y luego miró a los dos animales, que seguían sin saber qué hacer.

—Escuchen —intervino—. No piensen en “lanzar” magia. Concéntrense en su flujo interior. Todos lo tienen. Solo tienen que guiarlo hasta los dedos.

Levantó la mano y, en la punta de su dedo, apareció una pequeña llama rosada, estable y pura, como si respirara.

Aldrich y Miller asintieron. Cerraron los ojos. Tras unos segundos de esfuerzo, ambos sintieron algo: una corriente tibia recorriendo su cuerpo. Con dificultad, guiaron una pequeña porción hasta la yema de los dedos.

El papel de Aldrich se oscureció y se desvaneció en sombras, como si hubiera sido tragado por la ausencia de luz.

Pero el de Miller hizo algo distinto.

Se cristalizo.

—¡Vaya! ¡cristal! —exclamó uno de los miembros del gremio.

Un murmullo recorrió las gradas.

Miller miró los papeles, confundida.

—¿Eso… es malo?

Kurt se acercó con una sonrisa enorme, visiblemente orgulloso.

—Para nada. Miller, tenés una de las magias más raras que existen.

Le dio unas palmaditas en la cabeza.

—¿Y… qué significa? —preguntó ella, todavía sin entender.

—Significa que podés crear cristales magicos —explicó Kurt—. imagina un vidrio normal, y hace una espada, crea en tu mente y dale forma

Miller cerró los ojos, concentrándose. Manipulando su flujo magico para crear lo que le pidio. De pronto, una pequeña espada de hecha de cristales, apareció en sus manos, de tonos rojos y morados, que se reflejan de manera espetacular con el recien salido sol.

Sus ojos se iluminaron. Empezó a moverla de un lado a otro, jugando con el reflejo, fascinada.

Aldrich se acercó de inmediato, con la misma expresión brillante.

—¡Haceme una a mí!

—¿Cuántos años tenían esos dos? —preguntó Subaru en voz baja a Kurt.

—El puma tiene diecisiete… la coneja veinticinco —respondió Kurt, pellizcándose el puente de la nariz.

—Genial —suspiró Subaru—. Vamos a tener que entrenarlos de forma intensiva.

—Yo me encargo —dijo Kurt—. Y vos —señaló a Seth—, me vas a ayudar.

Seth lo miró como si acabara de decirle que salía con su madre. Luego miró a los animales. Luego volvió a mirar a Kurt.

¿Por qué yo? decía su expresión.

Kurt sacó un papel con el número de Inés y sonrió.

Seth refunfuñó… y asintió.

—Así de fácil caen —bromeó Kurasu, con un cigarrillo entre los labios.

Kurt asintió mientras encendía uno también.

—Voy a tener que pedir ayuda a los demás —dijo, exhalando humo—. Esto va a llevar tiempo.

—Las cosas importantes, a su debido momento —intervino Inés, sonriendo mientras observaba la alegría de Aldrich y Miller—. Primero tienen que acostumbrarse a este lugar.

Subaru observó a Kurt con atención.

—¿Les hablaste de… ya sabés a qué me refiero?

Kurt se puso serio.

—Como dijiste vos. Cada cosa a su tiempo. No es momento de que sepan sobre la magia del sacrificio.

Se levantó. Sus piernas emitieron un leve sonido metálico al moverse. Caminó hacia sus compañeros, observando cómo el gremio comenzaba a rodear a los nuevos integrantes.

El juego había comenzado.

Continuará.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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