-El santo de cenizas- ignis - Capítulo 12
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Capítulo 12: capitulo 12 – primera aventura
Unos minutos después
Unos minutos después de que Seth, Miller y Aldrich se oficializaran como nuevos miembros del gremio, Kurt decidió darles un pequeño tour por la base.
—Bien —dijo con una sonrisa peligrosamente confiada—, ya que ustedes serán la nueva carne de cañón del grupo, es hora de presentarles este encantador hospital abandonado.
Los tres lo miraron con expresiones que decían claramente “vaya presentación”.
—Originalmente lo remodelamos para que fuera solo un bar —continuó Kurt mientras caminaban—, pero con el tiempo empezó a atraer a demasiados usuarios de magia… y bueno, ahora es un gremio lleno de locos funcionales.
Mientras avanzaban, podían ver los restos de la pelea reciente: mesas astilladas, sillas rotas, manchas en el suelo. Evidentemente, Subaru había obligado a todos los involucrados a reparar y reponer cada mueble.
—Ignoren eso —dijo Kurt, agarrándolos del brazo—. Sigamos.
Zona abandonada
Llegaron a un ala más oscura del edificio. Las luces parpadeaban y el aire era notablemente más frío. Allí, una chica vestida como bruja movía lentamente una varita, trazando símbolos en el aire.
—Ella es Alana —explicó Kurt—. Se encarga de mantener a los espíritus lejos del resto del lugar. Si no fuera por ella, los fantasmas estarían molestando todo el tiempo.
—¿O sea que este lugar está embrujado? —exclamó Seth, visiblemente incómodo.
—Créeme —respondió Alana sin mirarlos, con voz cargada de veneno—, este tipo de sitios están horriblemente malditos. En el pasado, aquí encerraban a enfermos mentales para que se pudrieran lejos de la vista del mundo. Los trataban como basura viviente, anestesiados hasta la médula, todo por prejuicios.
Mientras hablaba, apartó con fastidio a un pequeño espíritu.
—No, no, no… pequeño. Volvé al más allá. Fuera.
El ambiente se volvió pesado. Nadie dijo nada. Kurt solo dio unos pasos hacia atrás con los demás, alejándose del aura inquietante de Alana.
Zona “sana”
El contraste fue inmediato. En este sector, los pasillos estaban mejor iluminados. Detrás de varias puertas se escuchaban ronquidos, algunos suaves, otros escandalosos.
—Bueno… ejem —aclaró Kurt—. Estas son las habitaciones. Se usan cuando uno llega demasiado cansado para volver a casa. Pedís algo en el bar y dormís acá.
Abrió una puerta.
La habitación estaba impecable: sábanas blancas, sin humedad… y un esqueleto durmiendo plácidamente.
—¿Un no-muerto? —preguntó Miller, confundida.
El esqueleto se incorporó lentamente, se rascó la calavera… y al notar la presencia, soltó un chillido agudo y femenino, cubriéndose con las sábanas.
—¡¡TOCÁ LA PUERTA, ELFO HIJO DE PUTA!! —gritó.
—¡Perdón, Gonzalo! —respondió Kurt cerrando la puerta de golpe.
Los tres nuevos lo miraron sin entender absolutamente nada.
—¡Bueno! ¡Ignoren eso! —dijo Kurt, nervioso—. Sigamos.
Entrada principal / Bar
Finalmente llegaron al corazón del gremio: el bar. Detrás de la barra había un hombre mayor, con expresión eternamente malhumorada, limpiando una jarra. A su lado, un joven rubio lo ayudaba.
—Él es Robert, nuestro cantinero —presentó Kurt—. Y su hijo, Johnny.
Robert solo gruñó. Johnny, en cambio, sonrió y extendió la mano.
—Un gusto. Soy Johnny. Ustedes deben ser los nuevos. Lamento el espectáculo de hace un par de horas.
Miller se sonrojó de inmediato. Para ella, Johnny era guapísimo: rubio, ojos verdes, sonrisa amable. Aldrich notó la reacción y se acercó a su oreja.
—No me digas que te enamoraste —susurró con burla.
—¡Callate! —exclamó Miller, roja como un tomate.
Kurt se rió abiertamente. Seth, en cambio, frunció el ceño con celos evidentes.
—Me alegra que conozcan nuestro lugar de reunión principal —dijo Kurasu, apareciendo detrás de Seth.
—¡AAH! —chilló el peli-verde, provocando carcajadas generales… menos de Robert.
—Mañana tienen su primera misión —anunció Kurasu—. Ya que son nuevos.
—¿Pero no deberíamos entrenar primero? —preguntó Aldrich.
—Vos ya tenés entrenamiento militar —respondió Kurt—. Y el señor pasarela sabe lo básico de grimorios.
—¿Y la coneja? —preguntó Seth.
—Será una misión tranquila —cerró Kurasu—. Para empezar.
Al día siguiente
El auto de Kurt llegó al gremio. Bajaron los tres protagonistas, vestidos con ropa deportiva.
Kurt llevaba una chaqueta naranja, pantalones harem y zapatos de kung fu.
Miller, una camiseta blanca algo grande, pantalones capri y botas.
Aldrich, camisa sin mangas, pantalones hasta los tobillos y sus viejas botas de combate.
Seth llegó en su propio auto, vestido como si fuera a una pasarela.
—¿Qué hacés vestido así? —preguntó Aldrich—. Vamos a una misión.
—Esto es moda, gato. No lo entenderías —respondió Seth, posando.
—Deberías haberte cambiado —dijo una voz detrás.
Seth casi se infarta al ver a Kurasu.
—¡No aparezcas detrás de la gente!
—Acostumbrate —respondió el pelirrojo—. Y no vas a pelear vestido así.
—Lo soy —dijo Seth, cruzándose de brazos.
—Ah.
—Ya vine preparado, señor —dijo el mayordomo, sacando una caja.
Minutos después, Seth volvió cambiado.
—Mucho mejor —dijo Kurt con burla—. Así no arruinás la ropita de marca, principito.
—Callate… —murmuró Seth, con dolor de cabeza.
Kurasu les entregó una hoja y se fue.
—Misión básica —leyó Kurt—. Campo agrícola. Plaga de goblins salvajes.
—¿Una granja? —preguntó Aldrich.
—Un sembradío industrial —corrigió Kurt.
—¿No es lo mismo? —preguntó Miller.
—No —respondió Seth—. Después lo explico.
—En el auto —ordenó Kurt—. Seth de copiloto. Aldrich y Miller atrás.
Miller y Aldrich asintieron al instante. Seth, en cambio, a regañadientes, se dejó caer en el asiento del copiloto con un suspiro pesado.
El auto avanzaba por la carretera mientras el paisaje urbano quedaba atrás y era reemplazado por campos abiertos. Dentro del vehículo, el ambiente era… incómodo. La música que Kurt había puesto llenaba el interior: una orquesta lenta, dramática, con violines y coros profundos.
Los tres jóvenes parecían estar muriendo de aburrimiento.
—¿Sos un fantasma, elfo—gruñó Seth, pasándose una mano por la cara—. ¿Te creés intelectual por escuchar orquesta?
—Yo solo escucho mi música favorita —respondió Kurt con calma, encendiendo otro cigarrillo y movía sus manos como si estuviera dirigiendo una orquesta—. No trato de hacerme el interesante. Además, es mejor que la música actual, que es puro ruido sin sentido
—A mí me hace pensar que sos un anciano —bostezó Miller, acomodándose mientras apartaba a un Aldrich dormido de su hombro.
—Lo que te molesta son el grunge y el metal crudo—añadió Seth, cambiando la estación—. Mirá, esto es soft rock.
La cabina se llenó de una melodía más suave.Kurt frunció el ceño un segundo, moviendo su cabeza lentamente al ritmo.
—Mmmh… bueno. Dejalo —se resignó—. Ya vamos a ver.
El sembradío
Al llegar, todos bajaron del auto. Frente a ellos se extendían hectáreas interminables de cultivo. Sembradoras gigantes avanzaban en filas perfectas, mientras trabajadores cargaban mercancía en camiones industriales.
El grupo se acercó a quien parecía ser el jefe de la productora: un anciano semi-bestia pastor aleman, curtido, de espalda encorvada y manos ásperas, claramente alguien que había trabajado toda su vida en el campo.
—Buenas —saludó Kurt—. Venimos del gremio. ¿Usted solicitó ayuda?
—¿Ustedes son de ese lugar? —escupió el viejo con desconfianza—. Más les vale que no sea una jodida estafa. Uno de mis empleados vio goblins salvajes robándose la cosecha.
—Ehm… ¿podría decirnos dónde los vieron? —preguntó Miller, incómoda por el tono áspero.
—¡Eh, Jam! —gritó el anciano—. Llevá a los muchachos a la cueva.
Un chico semi-bestia de tipo oveja, dejo su trabajo y se acercó corriendo.
—Síganme, es por acá.
La cueva
Se internaron en el bosque. En los árboles se notaban marcas profundas de uñas, y el suelo estaba revuelto. Finalmente, llegaron a una cueva adornada con cráneos de ganado clavados en estacas.
—Sí… esto es un nido de goblins —murmuró Seth, sintiendo un escalofrío.
—Okey —ordenó Kurt—. Miller y Aldrich al frente. Seth, vos los acompañás.
—¿Y vos no vas? —preguntó Aldrich.
—Es su primera misión —respondió Kurt con una sonrisa tranquila—. Yo ya hice esto demasiadas veces.
Levantó el dedo y creó una pequeña mariposa de fuego.
—Esto los va a guiar. Ah, y tomá.
Creó una espada de hueso y se la entregó a Aldrich.
Los ojos del puma se iluminaron mientras la empuñaba.
—Por cierto —gritó Kurt—. Seth y Aldrich, están a cargo de Miller. Uno sabe magia, el otro combate militar. Protéanla.
Asintieron al unísono. Miller, distraída, intentaba crear otra arma de cristal mientras caminaban.
Dentro de la cueva, el olor a humedad y muerte los golpeó de inmediato. Aldrich se cubrió la nariz.
—Qué asco…
—Coincido —dijo Seth, colocándose la nariz un pañuelo.
Miller, en cambio, caminaba tranquila. Había dormido en lugares peores. El sonido constante de gotas cayendo contra la piedra hacía que la atmósfera se volviera más opresiva.
Llegaron a una bifurcación.
—¿Por dónde? —preguntó Aldrich.
—Esperá —dijo Seth—. Mi instinto está alertándome.
Sacó su grimorio, pasó páginas rápidamente y lanzó dos grandes bolas de fuego por ambos caminos. Segundos después, gritos de goblins resonaron por el sendero derecho. El fuego del izquierdo se extinguió sin respuesta.
—La derecha era una trampa —sonrió Miller, dándole una palmadita—. Buen trabajo.
—Mi instinto nunca falla —se pavoneó Seth—. Siempre tuve sexto sentido para estas cosas.
—Sigamos por el camino libre —interrumpió Aldrich.
Avanzaron con paso rápido. La mariposa de fuego revoloteaba sobre ellos… hasta que, de pronto, varias figuras emergieron de las sombras.
Goblins. Enanos, deformes, cubiertos con harapos roñosos.
—¡¡DIOS MÍO, QUÉ COSA FEA!! —gritó Miller, agarrando a uno y mirándolo como si fuera un animal abandonado.
—No los trates como mascotas —dijo Aldrich, empuñando la espada—. Son bestias salvajes.
—Si lo pensás —reflexionó Seth—, hacen lo mismo que cualquier animal…
¡CRACK!
Un goblin le golpeó la cabeza con una cachiporra… que se rompió al impacto. El goblin cayó inconsciente.
—Cabeza dura… —murmuró Aldrich.
—¡¡NO ME INSULTES!! —gritó Seth.
—¡Literalmente! —señaló las astillas en su pelo.
—¿En serio? No sentí nada…
—Después hablamos de eso —interrumpió Aldrich, apuñalando al goblin inconsciente.
—Ah, cierto —dijo Miller distraída.
De sus manos surgieron cristales afilados que atravesaron al goblin que sostenía.
—Ah… no sé cómo pasó eso.
—Vaya forma de morir —comentó Seth con falsa pena, lanzando una bola de fuego que calcinó al resto.
El silencio volvió a la cueva.
—Demasiado fácil —dijo Aldrich, limpiando la espada.
—Era apenas goblins exploradores, debemos esta demasiado lejos del nido principal-—hablo Seth, peinando su pelo
Miller seguía mirando sus manos, aún con la sangre mirada del goblins en sus manos, pensando cómo hizo eso.
La misión apenas comenzaba.
—Continuará
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