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-El santo de cenizas- ignis - Capítulo 13

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Capítulo 13: Capitulo 13 – el nacer de una cazadora

Nuestro grupo llegó a una gran puerta en el fondo de la cueva, rodeada por más huesos que los que habían visto en la entrada principal. Aldrich se acercó y la tocó, sintiendo el material antiguo y desgastado bajo sus dedos.

—Esta no es una cueva de goblins común… Es una de esas Dungeons de las épocas antiguas —murmuró. Intentó abrirla, pero era demasiado pesada.

—¿Una Dungeon? —Seth se acercó con curiosidad—. Mis sirvientes me leían historias de héroes que se metían en estos lugares…

—…y conseguían tesoros y armas —añadió Miller, terminando la idea.

De repente, una sonrisa apareció en los labios de los tres. La palabra tesoros resonó en el aire como una campana. Sumado al dato básico de que los goblins roban oro por pura avaricia, la idea tomó forma rápidamente.

—¿Y si avanzamos un poco más? Ya acabamos con varios en el camino, eso prácticamente es hacer el trabajo. Pero al ver esta puerta, significa que hay más escondidos adentro. Podríamos hacer una… revisión del entorno, si me entienden —dijo Seth, mirando la puerta con intensidad.

—Me parece bien —respondió Miller, con una sonrisa cómplice.

—No lo digas dos veces —añadió Aldrich.

Los tres se acercaron a la puerta y empujaron al unísono con todas sus fuerzas. Lograron abrirla lo suficiente para pasar de a uno. Del otro lado, todo era más oscuro y desolado. Seth notó las antorchas apagadas en las paredes y lanzó un pequeño destello de fuego: todas se encendieron a la vez, iluminando un largo pasillo que se perdía en la oscuridad.

—Vaya pasillo… y muchas posibilidades de que nos embosquen —dijo Aldrich, mirando a todos lados con cautela.

—Si al final hay un tesoro, los riesgos son necesarios —respondió Miller.

Comenzaron a caminar, guiándose por la luz de las antorchas. El silencio era tan absoluto que ni el goteo del agua se escuchaba; solo el sonido de su propia respiración y el latido de la sangre en sus oídos. La confianza codiciosa fue transformándose lentamente en algo más pesado. Cada uno apretó los puños, los nervios al límite. Aldrich, sin darse cuenta, empezó a envolverse en sombras, sosteniendo la espada con más fuerza. Miller, de forma instintiva, dejó que pequeños cristales se formaran en sus nudillos. Seth no estaba mejor: su grimorio comenzó a arder suavemente, listo para reaccionar.

Ninguno sabía por qué se sentían tan tensos, pero el instinto de supervivencia gritaba cuidado como si no hubiera un mañana. La atmósfera era tan sofocante que estaban empezando a replantearse volver. Sin embargo, la avaricia y la curiosidad pudieron más.

De repente, un mini ejército de goblins más grandes que los anteriores bloqueó el camino. Sus armas no eran simples garrotes: portaban huesos afilados y reforzados, letales. Sus rostros calculadores los diferenciaban claramente de los salvajes del exterior. El grupo se lanzó hacia ellos, pero en vez de atacar de frente, los rodearon pegándose a las paredes.

—¡Están usando una táctica de acorralamiento! —gritó Aldrich, mientras sus sombras se intensificaban.

—¡Espalda contra espalda! —ordenó Seth—. ¡Para que no nos ataquen por detrás!

Los otros dos asintieron y chocaron sus espaldas, cubriéndose mutuamente. Miraban a sus atacantes con tensión, esperando el primer movimiento.

Un goblin dio el primer paso: saltó hacia adelante con el garrote en alto. En un segundo, las sombras de Aldrich se alzaron formando estacas afiladas que atravesaron al intrépido de lado a lado. Los demás soltaron un grito de guerra y se lanzaron en venganza.

Aldrich y Seth avanzaron, dejando a Miller cubierta detrás; era su prioridad por ser la menos experimentada en combate.

Aldrich se zambulló en sus sombras y emergió como un proyectil, apuñalando a cuanto goblin se cruzaba en su camino. Creó clones que peleaban cuerpo a cuerpo con los salvajes, y cuando los tenía ocupados, del suelo brotaron enormes espinas de oscuridad que los atravesaron. Un goblin se abalanzó hacia él, pero Aldrich lo atrapó del pie y lo estrelló contra el suelo antes de rematarlo.

Seth se impulsó con sus llamas y conjuró una lluvia de luciérnagas de fuego que explotaron sobre los que no lograron esquivarlas. Siguiendo el ataque, invocó una espada ígnea y comenzó a cortar y quemar a todo lo que se ponía en su camino. Un goblin con muy buena suerte le acertó un garrotazo en la cabeza, pero Seth no lo sintió. Le devolvió el golpe con un cabezazo que dejó al goblin inconsciente.

Miller, por su parte, lo tenía más difícil. A pesar de contar con pocos enemigos, se limitaba a esquivar con su gran agilidad y, de vez en cuando, lograr alguna patada al que se acercaba demasiado. Creó una pequeña daga e intentó apuñalar a uno, pero el goblin era demasiado escurridizo.

—Malditas porquerías —gruñó, intentando patear a otro sin éxito—. Los odio.

Harta, empezó a correr en círculos alrededor del grupo. Los goblins intentaron seguirle el rastro hasta que comenzaron a marearse. Entonces Miller, con la mano convertida en cristal, apuñaló a dos por la espalda, barrió a otros con una patada giratoria y atravesó la cabeza de otro más. Se tiró al suelo jadeando, agotada por el esfuerzo que le había costado acabar con solo cinco goblins.

Seth y Aldrich, que ya habían terminado, se acercaron a ella, sin aliento pero en pie.

—Lo hiciste bien para ser tu primera vez peleando —reconoció Seth, sentándose en el suelo.

—Sí, pero te dejó completamente agotada —añadió Aldrich.

—¿Me ayudan? —preguntó Miller, levantando los brazos—. No siento las piernas.

Los dos suspiraron y la ayudaron a sentarse. Se tomaron unos segundos para recuperar fuerzas.

Fue entonces cuando Seth y Aldrich salieron despedidos contra la pared, lanzados por el golpe brutal de una criatura enorme: verde como el pantano, con colmillos que sobresalían de su mandíbula inferior, empuñando un hueso gigantesco como arma.

—¿Un orco? —murmuró Seth con dificultad, escupiendo sangre—. ¿No se habían extinguido?

El orco no les dio tregua. Se abalanzó sobre ellos, golpeando con su arma en un frenesí salvaje. Aldrich, a duras penas, logró levantar una barrera de sombras para protegerse, pero no duraría mucho: había gastado casi todo su maná en la batalla anterior.

Miller, que se había salvado del primer golpe, miraba impotente. Intervenir sería suicida; el orco la aplastaría con solo pisarla. Las lágrimas empezaron a formarse, no de miedo, sino de rabia. Su mente dibujó lo impensable: Aldrich y Seth muertos.

Entonces algo se movió dentro de ella.

Sus piernas actuaron solas. Una extraña sed de sangre encendió algo primitivo. Sus ojos se volvieron rojos y su cabello onduló como si lo azotara un viento invisible. Con un salto que desafió su tamaño, le asestó una doble patada al orco que lo hizo retroceder varios metros.

No se detuvo. Con mirada fría, corrió por las paredes, se impulsó y reforzó su puño con cristales afilados, cortando el rostro del monstruo de lado a lado.

El orco rugió de dolor y comenzó a agitarse de forma errática, intentando sacudírsela de encima. Miller no aflojó: trepó por su brazo, invocó dos espadas de cristal y las clavó en la carne para no caer. Las venas de sus ojos se remarcaron, el rojo de su mirada se intensificó. El orco, desesperado, sacudió las extremidades con más violencia. Ella lanzó una de las espadas directo al ojo.

El monstruo soltó un alarido que hizo temblar la cueva entera. Miller cayó, pero ya lo esperaba: recibió el puñetazo del orco de frente, lo detuvo con ambas manos y, sin darle tiempo a reaccionar, lo levantó y lo estrelló contra el suelo.

El orco yacía en el piso, gimiendo. Ya no sentía rabia. Sentía miedo. Su corazón latía desbocado mientras veía a la albalepus caminar hacia él con una calma depredadora. Quería levantarse, escapar, pero su cuerpo no respondía. El terror se multiplicó cuando Miller invocó una enorme espada de cristal rojo. La hoja recorrió su brazo lentamente mientras ella avanzaba hacia su cabeza, desgarrando la piel, brillando roja como la sangre bajo la poca luz de la cueva.

Miller levantó el arma, lista para el golpe final.

Una pequeña explosión de fuego rosado la interrumpió. Kurt apareció de entre las llamas, deteniendo la espada con un hacha ígnea.

—¡Ya basta! —exclamó, forcejeando contra el arma de Miller—. Es el último orco que queda en la faz del planeta.

—No te metas, señor Kurt —respondió la chica con un tono frío, sin emoción, completamente en estado de flujo—. Atacó a mis compañeros. Merece morir con mis propias manos.

Kurt desvió el arma de un golpe rápido y le dio un toque certero en el cuello que la dejó inconsciente. Luego se giró hacia el orco, que intentaba levantarse, y lo noqueó de una patada.

Seth y Aldrich, que se habían puesto a cubierto, salieron lentamente con los rostros todavía desencajados por lo que habían visto.

—¡¿Qué demonios fue eso?! —exclamó Seth, apoyándose en Aldrich para no caer.

—Honestamente, no lo sé —dijo Kurt con seriedad, levantando a Miller del suelo.

—¿Y tú cómo llegaste? —preguntó Aldrich.

Kurt señaló la mariposa de fuego que revoloteaba cerca.

—Me puedo teleportar a través de mis llamas. Los estuve vigilando desde la entrada hasta que abrieron la puerta —dijo, acomodando a Miller sobre su espalda—. ¿Nos vamos? Están todos heridos.

—Siento algo extraño en este lugar —respondió Kurt, comenzando a caminar—. No sé qué es exactamente… pero no es momento de investigarlo. Volvemos mañana.

Al salir de la cueva, Jan los estaba esperando, visiblemente preocupado al verlos llegar en ese estado.

—¿Qué les pasó?

—El nido de goblins era más grande de lo que pensábamos. Hay una segunda entrada —dijo Aldrich, ayudando a Seth a caminar.

—¿Una segunda entrada? —repitió Jan—. ¿O sea que era una Dungeon?

—Dile al viejo que volvemos mañana para una exploración a fondo —dijo Kurt—. Y llama a control de monstruos: había un orco adentro.

—¿Un orco? ¿No se habían extinguido?

—Eso lo resolvemos mañana —cortó Aldrich, comenzando a alejarse.

-Continuara-

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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