-El santo de cenizas- ignis - Capítulo 14
- Inicio
- Todas las novelas
- -El santo de cenizas- ignis
- Capítulo 14 - Capítulo 14: Capitulo 14 - revelacion
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 14: Capitulo 14 – revelacion
—Otro día, otra aventura—
El auto de Kurt se detuvo cerca de la entrada de la cueva. El grupo bajó del vehículo; estaban ya curados y con mejor equipamiento que el día anterior. Notaron que un gran equipo de personas merodeaba la zona: eran del servicio de control y preservación de monstruos en peligro de extinción. A juzgar por las marcas frescas en el suelo y el agujero en el techo de la caverna, ya se habían llevado al orco.
Kurt se acercó a una mujer que parecía ser la veterana a cargo.
—Buenos días. Soy Kurt y este es mi equipo. Fuimos nosotros quienes encontramos el orco que se llevaron —dijo, extendiendo la mano con un gesto que intentaba ser profesional.
—Sí, el viejo de la granja nos habló de ustedes. Les agradecemos el hallazgo. Teníamos una hembra en la base, y con este macho podríamos iniciar el programa de repoblación —respondió la mujer, estrechando la mano.
—Es un placer ayudar. Pero venimos a hacer una exploración más profunda de la cueva, por orden de nuestro jefe. Como ya vieron, hay una puerta y un largo camino por explorar —dijo el elfo, sacando un papel firmado por Subaru.
La mujer tomó la hoja y se tomó un momento para leerla antes de guardarla en su portapapeles.
—¿Son parte de ese bar que terminó siendo un gremio? Bien. Nos han ayudado a encontrar varios especímenes raros, así que esto cuenta como favor —dijo, comenzando a caminar hacia la cueva, seguida por el grupo.
La entrada estaba custodiada por dos hombres armados, que se pusieron firmes al ver a la veterana y la saludaron. Ella sacó una identificación e hizo un gesto señalando al grupo. Los soldados se hicieron a un lado. Caminaron un buen rato hasta llegar a la gran puerta, que ahora estaba abierta de par en par.
—Hasta aquí los acompaño. Si algo llega a pasar, manden una alerta con esto —dijo la mujer, entregándole a Kurt un pequeño botón antes de retirarse, dejando al equipo solo.
—Me da escalofríos ahora que ya no tengo la codicia empujándome —habló Seth primero, sobándose el brazo con incomodidad.
—Es esa misma sensación aplastante que sentimos antes de que los goblins nos atacaran —continuó Miller.
—Y antes de que te pusieras de esa manera —añadió Aldrich, mirándola de reojo.
Miller se estremeció. Recordar ese estado la inquietaba: la sed de sangre, la violencia desmedida, la frialdad con la que había atacado al orco. Sacudió los pensamientos, intentando no darles espacio. Pero a pesar del miedo, en algún rincón muy adentro… se había sentido bien.
—Oye, despierta, que te dejamos atrás —chasqueó los dedos Aldrich.
Miller salió del trance y apuró el paso para alcanzarlos.
Al cruzar la puerta, todo seguía igual que el día anterior: las antorchas continuaban encendidas, marcando el camino en silencio. Siguieron el recorrido que Seth había trazado la vez anterior. La sensación opresiva seguía presente, aunque algo menos intensa que antes; la presencia de Kurt les daba cierta seguridad. Tras unos minutos llegaron al lugar donde habían combatido al ejército de goblins y al orco. El techo de la caverna tenía un gran agujero por donde evidentemente se habían llevado al monstruo. Siguieron caminando.
—¿Cómo puede ser tan extensa? —preguntó Aldrich, mirando a su alrededor—. Desde afuera parecía una cueva pequeña. —Se llevó una mano al mentón, pensativo.
Miller asintió, igual de confundida por las proporciones. Seth, en cambio, se pasó una mano por el pelo sin darle demasiadas vueltas al asunto.
—No intenten cuestionar nuestra realidad —respondió Kurt con indiferencia—. Somos un elfo, un humano, una hija de la luna y un puma humanoide que usan magia. La lógica no sirve de mucho. Ahora caminemos, que tenemos un largo pasillo por delante.
Los tres asintieron y siguieron adelante. Poco después encontraron una segunda puerta, más pequeña que la anterior. Al abrirla, descubrieron una larga escalera en espiral de piedra, con marcas de uso acumuladas a lo largo de décadas. Bajaron con cuidado, atentos a la estructura. Y la sensación regresó: un escalofrío recorrió los cuatro al mismo tiempo. La tensión se fue intensificando con cada peldaño, la presión volviéndose más sofocante a medida que descendían. Seth miró hacia el abismo de la espiral y sintió que algo esperaba abajo. Algo peligroso. Algo que no era amigable.
—¿Sienten lo mismo que yo? —murmuró.
Los demás asintieron en silencio. Los instintos de supervivencia sonaban a todo volumen. Cada paso era una prueba de voluntad. Todos se preguntaban si aquello era buena idea, incluso Kurt, aunque la curiosidad de aventurero en él era demasiado fuerte para retroceder.
Al llegar al final de la escalera los recibió otra puerta: pequeña, de tamaño doméstico, hecha de cobre oxidado.
Kurt se acercó, se quitó uno de los guantes y pasó los dedos por la superficie desgastada por el tiempo y la humedad.
—Esto es más antiguo de lo que creemos. Creo que este lugar se usó como base durante la guerra de hace cien años —dijo. Intentó abrirla, pero las bisagras estaban atascadas por el óxido.
Los ojos de Seth se iluminaron. Poca gente lo sabía, pero era un apasionado de la historia.
—¿La guerra del Norte? ¿La que estalló por el conflicto con el país del sur a causa de la mina masiva de carbón mágico? —reclamó con una sonrisa que no podía contener.
Aldrich y Miller le taparon la boca de inmediato, señalando el techo. Las escaleras se estremecieron levemente. Seth lo notó y se calmó: la estructura era vieja y no iba a aguantar mucho si seguía gritando como fanático.
—Hay algo que no cuadra —dijo Kurt en voz baja—. Estamos en un nido de goblins. Hemos visto guerreros, exploradores, guardias… pero ¿dónde está la Reina?
—Tiene razón. Todo nido tiene su monarca, y en todo lo que llevamos aquí no la hemos avistado ni una vez —reflexionó Aldrich, soltando a Seth.
—Y tampoco hemos encontrado más goblins desde la última batalla —añadió Miller—. No creo que la gente de arriba haya acabado con todos.
—Eso no importa ahora. Avancemos —interrumpió Kurt. Invocó una llama en el dedo, calentó las bisagras y arrancó la puerta de cuajo.
Otro pasillo. Siguieron caminando hasta llegar a una gran habitación. Había mesas de madera podrida, estantes derrumbados, libros viejos destrozados por la humedad y un agujero oscuro en la pared. El polvo acumulado durante siglos hizo que Kurt estornudara, un sonido que resonó en el silencio y llamó la atención de lo que se escondía en ese agujero.
Salieron cuatro goblins, más grandes y fornidos que cualquiera de los anteriores, cargando algo entre ellos: un trono improvisado, y sobre él, una goblin gorda, de nariz prominente, cubierta con harapos de tela que debieron ser finos en otra época, y una corona hecha de huesos. La Reina. Los cuatro fornidos depositaron el trono en el suelo con solemnidad.
—Oye… ¿esa es la Reina? —preguntó Miller—. Vaya cosa más fea.
Kurt intentó contener una carcajada. Seth lo logró apenas. Aldrich no se molestó en disimular y se rió abiertamente. La Reina soltó un “¡Ooh!” indignado por el comentario y las risas del puma, y con un gesto furioso ordenó a sus cuatro guardias que atacaran y vengaran la humillación.
Los goblins se lanzaron hacia adelante, los puños en alto, listos para defender el honor de su monarca. Pero antes de que llegaran, un disparo seco resonó en la habitación. Luego otro. Luego otro más.
Los cuatro cayeron al suelo con un golpe sordo.
El silencio fue total.
Miller fue la primera en reaccionar. Miró hacia el agujero del que había salido la Reina. La susodicha, con dificultad por su tamaño, giró la cabeza hacia el origen de los disparos.
De la oscuridad emergió otro elfo. Joven, con el pelo naranja, vestido con un uniforme verde oscuro de pies a cabeza. En la mano sostenía una pistola todavía humeante. La expresión arrogante de la Reina se desvaneció al instante: sin guardias, era completamente vulnerable.
Kurt, por su parte, se quedó inmóvil. Algo en ese elfo lo golpeó de una forma que nada ni nadie había logrado antes. Miller notó el cambio en su expresión.
—¿Lo conoces, señor Kurt? —preguntó, adoptando una postura de alerta.
El elfo apretó los puños. Su expresión se volvió seria, cargada.
—Sí. Lo conozco.
El joven comenzó a caminar hacia la Reina sin vacilar, disparando a su espalda con una frialdad perturbadora, hasta que el arma quedó sin balas.
—Es un sádico… —murmuró Aldrich, mirando el cadáver acribillado de la Reina goblin.
—…Hace ciento sesenta años que no nos vemos la cara… papá —dijo el elfo de pelo naranja, mirando directamente a Kurt.
—…Gilbert. Mi niño… Nunca creí que seguirías vivo —respondió Kurt, con la voz tensa por una mezcla de nostalgia y dolor que no lograba ocultar.
Gilbert no respondió. En su mano apareció una espada.
Kurt reaccionó en décimas de segundo, reforzando el brazo con una armadura de hueso. Detuvo el primer golpe, pero Gilbert no se detuvo: lanzó una ráfaga de cortes sin pausa, cada uno más preciso que el anterior, buscando romper la defensa de su padre.
Kurt esquivaba y bloqueaba a duras penas. Su mente estaba paralizada por el shock de tener a su hijo frente a él después de un siglo y medio. La razón le decía que contraatacara, pero el cuerpo no obedecía. La nostalgia lo tenía atado.
Entonces Gilbert encontró la apertura: una estocada precisa que rompió la guardia de Kurt y, sin perder un instante, le hundió la hoja en el estómago, destrozando la armadura de cuero.
El elfo mayor escupió sangre. Sus rodillas cedieron un momento.
—Gilbert… —logró decir.
Se recompuso, extrajo la hoja lentamente y miró a su hijo con una mezcla de dolor y culpa. Aun así, no iba a perder. Dio un paso adelante y estaba a punto de liberar una llamarada cuando una patada brutal en la misma herida lo cortó, lanzándolo contra la pared.
Gilbert iba a continuar cuando una barrera de estacas de sombra lo obligó a retroceder, cortesía de Aldrich. Seth aprovechó el momento para invocar un muro de fuego que los separó del joven elfo.
Miller se arrodilló junto a Kurt, le levantó la ropa y palideció al ver la magnitud del corte. Con lo básico de primeros auxilios, le quitó la chaqueta y la enrolló contra el estómago para contener la hemorragia.
Gilbert atravesó el muro de fuego sin inmutarse.
—¿Pero cómo…? —exclamó Seth, incrédulo.
—Inmunidad al fuego por un pacto con un dragón —respondió el joven con calma absoluta, invocando otra espada.
Aldrich se lanzó hacia él junto con un clon de sombras. Gilbert los neutralizó con un solo movimiento fluido y remató con un golpe de mango en el mentón que dejó al puma inconsciente. Seth se interpuso, lanzando múltiples proyectiles de fuego, pero Gilbert usó el filo para desviarlos todos sin esfuerzo aparente y le asestó un corte limpio en el pecho que lo dejó en el suelo.
Solo quedaba Miller.
La albalepus miraba la escena con el corazón desbocado. Si Gilbert había despachado con tanta facilidad a los más fuertes del equipo, incluyendo a Kurt, ella sin entrenamiento no era nada. Y aunque sabía que podía volver a aquel estado de matanza, no estaba segura de que fuera suficiente. No esta vez.
Gilbert levantó la espada, apuntando directamente hacia ella.
Miller cerró los ojos.
—¡¡RAT-MAAAAN!!
Gilbert retrocedió varios pasos. La hoja de su espada cayó al suelo, partida en dos. Miller abrió los ojos.
Era Doglas.
—¡Señor raro! —gritó Miller, entre confundida y aliviada.
—¡Es Rat-Man, querida amiga! ¡Las ratas me guiaron hasta aquí para salvar el día una vez más! —exclamó con el tono grandilocuente de un narrador de cómics baratos.
Gilbert lo observó en silencio, sin inmutarse.
—¡Ese tipo es muy fuerte! ¡Venció a Kurt y a los demás como si nada! —advirtió Miller, con el miedo todavía marcado en la voz.
—¡Eso no importa! ¡Yo me encargo! ¡Escapa con tus amigos, yo lo distraigo! —ordenó Doglas, adoptando su pose de combate.
Una marea de ratas emergió de las grietas en las paredes. En cuestión de segundos levantaron a Miller y a los tres caídos y los arrastraron hacia la salida. Gilbert intentó seguirlos, pero un muro de ratas le bloqueó el paso.
—No, no, no. Esta pelea es entre tú y yo —dijo Doglas, con una firmeza que, por una vez, no sonó ridícula.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com