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-El santo de cenizas- ignis - Capítulo 15

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Capítulo 15: capítulo 15 – cosas del pasado

Kurt abrió los ojos.

Una habitación blanca, iluminada apenas por una lámpara. Estaba acostado en una cama de sábanas blancas. Giró la cabeza para orientarse y se encontró con la sorpresa de ver a Aldrich y Miller dormidos a su lado. Intentó incorporarse, pero un dolor punzante en el estómago se lo impidió. Los recuerdos de la cueva volvieron de golpe: el reencuentro, la hoja hundiéndose en su vientre.

Aldrich fue el primero en abrir los ojos. Al ver a Kurt despierto, le puso una mano en el hombro a Miller para que se despertara.

La coneja movió las orejas, levantó la cabeza y se frotó los ojos con somnolencia.

—¿Qué pasó, Aldrich? —preguntó, antes de ver a Kurt—. ¡Señor Kurt! —Se lanzó hacia él.

—¡AAAH!

Miller se bajó de la cama de inmediato, roja de vergüenza. Kurt se retorció, aferrándose el vientre con una mueca de dolor.

—Perdón, perdón —repitió la albalepus, agachando la cabeza y haciendo múltiples reverencias.

La puerta se abrió. Entró Subaru, seguido de Johnny con una bandeja de comida. El rubio dejó el plato en la mesita de noche y se retiró, dejando al líder a solas con los tres.

—Me alegra que no te hayas muerto, McDrufell —dijo el peli-negro, sentándose al borde de la cama.

—Me halaga tu preocupación —respondió Kurt con dificultad, aunque sin abandonar el sarcasmo. Tomó el plato y comenzó a comer—. ¿Cuánto tiempo llevo dormido?

—Cuatro días —respondió Miller.

Kurt se atragantó y empezó a toser. Aldrich le dio unas palmaditas en la espalda por las dudas.

—¿¡CUATRO DÍAS!? ¡MEDIA SEMANA! —exclamó, soltando el plato sobre la cama.

—Sí, aunque no lo creas. Pero eso no es lo importante ahora —interrumpió Subaru, adoptando una expresión más seria—. Dime, Kurt… ¿qué pasó en esa cueva para que termines así?

El pelo de Kurt cayó sobre su rostro. Tardó un momento en responder.

—Me encontré con alguien que creía haber perdido hace mucho tiempo —dijo en voz baja, como si todavía le costara creerlo.

Subaru frunció el ceño. Eso no le explicaba nada.

—Sé más claro. Necesito saber.

—Me encontré con mi hijo.

—Tu… tu hijo —repitió Subaru, con una mirada comprensiva y algo de tristeza escondida.

Kurt asintió, bajando la vista, perdiéndose de nuevo en sus pensamientos. Subaru entendió que necesitaba tiempo. Se levantó, le dedicó una mirada que decía mucho más que cualquier palabra, y salió de la habitación, dejándolos solos.

—Elfo, si es tu hijo… ¿por qué te llamó “mamá” en vez de “papá”? —preguntó Aldrich, haciendo que Kurt se tensara visiblemente.

—¡Es complicado! —exclamó él, desviando la mirada.

—¿Nos podés contar? Tenemos tiempo —dijo Miller con curiosidad.

—Es mucho… —respondió Kurt, poniéndose cada vez más colorado.

—¡Decinos! Si vivimos con vos, no queremos más secretos —suplicó Miller. Su curiosidad estaba al cien por ciento y no iba a aceptar un no como respuesta.

—Mejor decís, porque sabés que va a insistir —añadió Aldrich, con una mirada igualmente curiosa.

Kurt exhaló, exasperado. Sin más que argumentar, habló:

—Está bien. Pero esto queda entre nosotros tres.

Los dos animales asintieron con entusiasmo. Kurt los miró un momento y luego, con una pequeña nube de humo, se transformó. Seguía siendo él, pero en femenino. La mandíbula de Miller y Aldrich cayó al mismo tiempo.

—¡¿Qué?! —gritó Miller, sin poder creer lo que veía.

—Soy mujer de nacimiento, pero uso magia para cambiar mi género. Traje a Gilbert a este mundo, por eso me llama mamá —dijo, incorporándose con cuidado y sentándose en la cama para que pudieran verla mejor.

Aldrich estaba a punto de decir algo cuando la puerta se abrió de golpe. Kurasu entró y se quedó completamente en blanco al ver a una elfa desconocida donde debería estar su amigo inconsciente. Se recuperó en un segundo, se acomodó el pelo con una sonrisa coqueta y se acercó.

—Hola, señorita. No es muy habitual ver chicas así de hermosas en este gremio —dijo, tomándole la mano y dándole un beso.

Kurt le dio un coscorrón que lo tiró al suelo.

—Soy yo, tarado —se cruzó de brazos, molesta.

Kurasu procesó la información: la forma de hablar, el acento élfico marcado, el pelo rosado.

—¿¡Kurt!? —exclamó, incrédulo.

—Sí, soy yo. Y dejame decirte que estás muy lejos de mi alcance —respondió con tono molesto y un poco de orgullo propio.

Aldrich agarró a Kurasu del hombro y lo arrojó fuera de la habitación sin más ceremonia. Cerró la puerta y volvió a sentarse, todavía intrigado.

—Proseguí —dijo con tono educado.

Kurt se aclaró la garganta.

—Bueno. Cuando era una joven elfa, me enamoré de un elfo que, en términos de apariencia, era bastante promedio. Pero me enamoré de su actitud, de su personalidad, y de su… —Su mente se desvió. Una sonrisa fantasiosa apareció en su rostro y el sonrojo le llegó hasta las orejas.

—Señorita Kurt… ¿está fantaseando con su marido? —preguntó Miller, mirándola con una mueca.

La elfa miró hacia otro lado, atrapada en su propia fantasía.

—No me cuestionen. Es mi primer y único amor.

—Lo entendemos, pero guardátelo para la privacidad —respondió Miller, con un sonrojo propio al recibir una imagen mental involuntaria.

—¿Podría contarnos más sobre él? ¿Y por qué te atacó Gilbert si sos su madre? —preguntó Aldrich.

—Bueno… me salto la parte romántica y paso a lo importante —dijo Kurt, tomando aire—. Cuando Gilbert tenía diez años, me lo quitaron. La dictadura en el reino élfico se lo llevó a él y a su padre…

Sus ojos se cristalizaron. La voz se le quebró.

—Creí que nunca lo volvería a ver. Me quitaron lo que más amaba. Y ahora que resulta que está vivo… ni siquiera sé por qué me atacó.

Empezó a llorar. Los sollozos resonaron en el pasillo y el ruido habitual del gremio fue apagándose, uno a uno.

Miller se sentó a su lado y la rodeó con los brazos en silencio. Kurt se aferró a ella como si fuera lo único sólido en medio de todo ese mar de emociones. Lloró durante lo que pareció una eternidad.

Cuando por fin se calmó, volvió a acostarse sin decir una palabra. La sobrecarga había sido tan intensa que simplemente se quedó dormida. Miller y Aldrich la acomodaron, la taparon y salieron de la habitación en silencio.

Los dos fueron al salón central del gremio y se sentaron a la mesa grande sin saber muy bien qué hacer. Seth estaba en casa recuperándose. Kurt estaba destrozada. Y en algún lugar allá afuera, Gilbert seguía existiendo. El miedo que había nacido cuatro días atrás no había desaparecido; más bien se había asentado, tranquilo y frío, como algo que llegó para quedarse.

Subaru se acercó con su expresión calmada, aunque igual de tenso que todos los que habían escuchado los sollozos.

Se sentó frente a ellos y esperó un momento antes de hablar.

—Sé que es difícil ahora. Lo mejor es que se tomen un tiempo antes de volver a una misión. Lo de esta última fue una advertencia clara: hay cosas mucho más fuertes de lo esperado escondidas incluso en lugares simples… Vengan conmigo.

Se miraron un momento y lo siguieron.

Llegaron al patio trasero, donde los esperaba una figura alta y plumada: un Caelinífero de la rama de las Garzas, viejo, de plumaje gris ceniza y ojos pequeños y brillantes.

—Él es Bansho —presentó Subaru—. Una garza que sabe cómo despertar el potencial de la gente.

—¡Hola! ¡Soy Bansho, entrenador de cazadores! —extendió un ala en señal de saludo.

Aldrich fue el primero en responder. Extendió la mano… y se escuchó un crack seco. La garza cayó al suelo retorciéndose.

—¡¡AAAH!! ¡¡MI ALA!! —aullaba de dolor.

—¡Perdón! ¡Perdón! ¡No era mi intención! —Aldrich entró en pánico, mirando a todos lados. Miller se cubrió la boca con horror. Subaru no se inmutó.

—¡Jajaja! ¡Calma, hijo, era una broma! —Bansho se levantó como si nada, el ala perfectamente sana.

Aldrich se quedó congelado unos instantes, con una sonrisa tonta y vidriosa, antes de caer de espaldas, al borde del desmayo. Miller se pasó una mano por la frente, aliviada.

—Bansho los va a ayudar a volverse más fuertes para que no se repita lo de la semana pasada —dijo Subaru, levantando a Aldrich con facilidad—. No pongas esa cara, chico. Bansho tiene un sentido del humor… algo retorcido.

—¡Retorcido es poco! —exclamó Miller.

—¡Vaya, una albalepus! No había visto una en años. Mirá esas piernas fuertes… aunque sin entrenar —dijo la garza, tocándoselas con demasiada confianza. La mano se deslizó más de la cuenta.

Miller soltó un grito y lo mandó volando con una patada.

—¡¿Por qué todos están tan interesados en mis piernas?! ¡No me toqués más! ¡¡PERVERTIDO!! —Con la cara roja como un tomate, lo fulminó con la mirada.

—¡¡Perdóoon!! —respondió Bansho desde lejos, antes de estrellarse contra el asta de la bandera en lo alto del edificio.

Subaru soltó una carcajada. Era raro verlo reírse así.

—Han pasado tres horas—

Kurt volvió a abrir los ojos. La misma habitación, el mismo olor. Pero esta vez notó algo más: Jenny y Diesel, hechos bolita junto a su almohada. No supo cómo habían llegado hasta ahí. Los tomó con cuidado y los acunó contra el pecho. Con una pequeña nube de humo, volvió a su forma masculina.

Diesel fue el primero en despertar. Se acercó al rostro de Kurt, lo olfateó y se detuvo en las marcas de lágrimas.

—Estoy bien, Diesel. No te preocupés —le dijo, dándole unas caricias en la barriga.

El erizo aceptó las caricias y se subió a su hombro. Kurt se levantó, puso a la dormida Jenny en el hombro izquierdo, se calzó las pantuflas que había junto a la cama y salió al pasillo.

Ahí estaba Kurasu, sentado contra la pared, mirando al vacío, haciendo girar un lápiz entre los dedos.

—Kurasu… ¿qué hacés acá?

—Te estaba esperando. Te escuché llorar —respondió el peli-rojo.

Kurt se sonrojó un poco. En medio de todo, había olvidado medir el volumen de sus sollozos.

—Perdón.

—Nada de perdones. Está bien haber llorado. Es una forma de soltar lo que duele —dijo Kurasu, poniéndole una mano en el hombro—. Llorar debería estar normalizado, tanto para mujeres como para hombres. Somos seres que merecemos deshacernos del peso acumulado.

Kurt sonrió apenas, asintiendo.

—Sí. Tenés razón.

Kurasu le pasó el brazo por los hombros en un gesto de amistad.

—Vamos a comer. De seguro tenés hambre, viendo que tiraste el plato antes.

Ambos comenzaron a caminar por el pasillo, ya sin la tensión de antes.

-Continuara-

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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