-El santo de cenizas- ignis - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Capitulo 3- búnker
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3: Capitulo 3- búnker 3: Capitulo 3- búnker Kurt se incorporó lentamente del suelo, mirando el lugar donde, segundos atrás, había estado el enmascarado.
Se llevó una mano a la cabeza, furioso consigo mismo por no haber podido salvar a la chica.
Maldijo en voz baja mientras se sacudía el polvo del hoodie.
Miró a su alrededor y, al no ver a su hurona, el corazón se le aceleró.
Se metió de inmediato en el auto para buscarla, pero enseguida comprendió la verdad: Polarbear también se la había llevado.
—¡Maldito hijo de puta!
—insultó el pelirosa, cerrando la puerta de un portazo.
Se dejó caer al suelo, apoyando la espalda contra la parte trasera del coche.
Tenía que pensar.
Tenía que salvarlas a las dos.
No quería ni imaginar qué podrían hacerle a Miller… y menos aún a Jenny.
Entonces escuchó un ruido dentro del auto.
Asomó la cabeza y vio una pequeña bola de espinas avanzando con total pereza hacia él.
Era su segundo compañero animal: un erizo.
—¡Diesel!
¡Me había olvidado de vos!
—exclamó Kurt, tomándolo con cuidado.
El erizo, identificado como Diesel, bostezó largamente.
Miró a su alrededor, notando el caos… y la ausencia de la hurona gruñona.
Luego miró a su dueño con una expresión clara de “¿dónde está ella?”.
—Se la llevaron.
Tenemos que encontrarla… y también a Miller —dijo Kurt mientras se ponía de pie, acariciándole la cabeza.
Diesel se dejó mimar sin entender quién era esa tal Miller.
De pronto, las orejas de Kurt se tensaron al escuchar un gemido.
Buscó el origen del sonido y vio al beastfolk puma tirado en el suelo, intentando recuperar el aire tras haber sido sometido.
Kurt se acercó rápidamente, le quitó el arma y se la apuntó a la frente.
Cuando el puma logró enfocarlo, levantó las manos de inmediato.
—Decime dónde está tu líder… o ya sabés lo que pasa —dijo Kurt, quitando el seguro del arma.
El puma gruñó, pero terminó cediendo.
Sabía que estaba en desventaja y que morir no era una opción.
—Está bien… voy a colaborar —dijo, levantándose con dificultad.
— Era de noche El auto se detuvo frente a unas escaleras que descendían bajo tierra.
Kurt bajó arrastrando al beastfolk, ahora atado con cadenas, y lo dejó frente a la entrada.
Al final de las escaleras había una pesada puerta metálica: un búnker.
—¿Es acá?
—preguntó Kurt, arrojándolo al suelo.
—¡Sí!
¡Es la base!
¡Y dejá de arrastrarme como mierda!
¡Esto es racismo!
—gritó el beastfolk, forcejeando inútilmente con las cadenas.
Kurt le dio una patada y lo empujó hacia las escaleras.
—Sé de los problemas raciales con los demi-humanos y los beastfolk —dijo con frialdad—.
Pero entendé algo: sos un criminal.
Te trato así porque sos un asesino.
El puma guardó silencio.
No tenía forma de refutar eso.
Kurt lo levantó y bajaron las escaleras hasta quedar frente a la puerta.
—Vamos, poné la contraseña —ordenó, quitándole las cadenas, pero manteniendo la pistola lista.
El puma se frotó las muñecas enrojecidas y se acercó al panel.
—Uno… dos… tres… cuatro… cinco… seis… siete… ehhh… ocho… nueve… La puerta del búnker se abrió.
Kurt se pellizcó el puente de la nariz, frustrado.
—No lo puedo creer… —¿Qué?
Siempre usamos los portales del jefe para entrar y salir —respondió el puma, confundido.
Demasiado enojado para discutir, Kurt lo apartó de un empujón y avanzó.
El beastfolk se encogió de hombros y lo siguió.
Kurt caminaba detrás, con el arma en mano.
—Este lugar es un maldito laberinto —gruñó—.
¿Estás seguro de que vamos bien?
—Sí… creo —respondió el puma, mirando a todos lados—.
Ehhh… creo que nos perdimos.
Kurt inhaló profundamente para no perder la paciencia y matarlo a golpes.
Tras varios minutos, doblaron una esquina y se toparon con un joven de unos 24 años, vestido como un brujo, con sombrero puntiagudo y bastón.
Llevaba el mismo uniforme que el puma.
—¿¡Eh!?
¿Qué hacés con un desconocido acá, Aldrich!?
—gritó el mago, señalándolo.
El puma, ahora identificado como Aldrich, levantó las manos.
—¡Calma, Nick!
Es solo un invitado… ¡sí, un invitado!
—¡Mentís!
¡Es el elfo que destrozó al ejército del señor Polarbear!
—gritó Nick, formando un círculo mágico—.
¡¿Sos un traidor?!
—¡Estoy bajo amenaza!
—replicó Aldrich, desesperado.
—¡No soy estúpido!
Siempre fuiste antisistema —escupió Nick, ampliando el círculo rúnico, ahora cargado de electricidad—.
Thunder— No terminó el hechizo.
Dos disparos resonaron en el pasillo.
El cuerpo del mago cayó al suelo, con dos agujeros humeantes en la frente, formando un charco de sangre.
Aldrich giró la cabeza, horrorizado.
Kurt estaba detrás, con la pistola aún humeante.
Bajó el arma, la guardó en el bolsillo del hoodie, sacó un cigarrillo y lo encendió con calma.
—Vaya tipo molesto… —dijo, expulsando humo por la nariz—.
Para ese círculo, su magia era patéticamente débil.
—Continuará—
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