-El santo de cenizas- ignis - Capítulo 5
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Capítulo 5: Capitulo 5- ojo por ojo, diente por diente
El hombre se acercó hasta quedar frente a Miller y se agachó con calma calculada, bajando la cabeza para mirarla a los ojos, como un depredador observando a su presa.
—Decime, Miller… —susurró con una sonrisa fría— ¿dónde escondiste el frasco?
—¡No te lo diré! —exclamó Abigail, intentando retroceder.
Pero no pudo. Polarbear ya estaba detrás de ella, bloqueándole cualquier escape.
El hombre chasqueó los dedos con fastidio. Polarbear obedeció de inmediato y le arrebató el bolso a la chica. Miller forcejeó con desesperación, pero fue inútil. El enmascarado tomó el bolso y se lo entregó a su superior. Este lo abrió con parsimonia, revisando su contenido hasta que finalmente extrajo el objeto que tanto buscaba.
Un frasco de vidrio reforzado, lleno de un líquido amarillento, en cuyo interior flotaba un globo ocular negro, opaco, antinatural.
Junto a él, cayó también Jenny, inconsciente.
—Aquí está… —murmuró el hombre, satisfecho—. ¿Y este bicho?
Con total indiferencia, arrojó a la hurona hacia Miller.
—Bueno… —continuó—. ¿Sabés a quién pertenece este ojo?
—Pertenecía a una figura religiosa de la época del Santo de Cenizas —respondió Miller, desviando la mirada.
Un soldado la tomó del mentón con fuerza, obligándola a mirarlo.
—Correcto —dijo el hombre—. Pero no es de un santo cualquiera de hace 900 años. Es el ojo de Santa Adeline, la sanadora del grupo principal del Santo de Cenizas.
Jugaba con el frasco entre los dedos como si fuera una baratija.
Los ojos de Miller se abrieron con horror. No conocía ese detalle. Siempre creyó que se trataba de una reliquia menor, con algo de valor histórico… jamás imaginó que perteneciera a alguien tan cercana al mismísimo Santo de Cenizas. Mucho menos que lo hubiera encontrado en unas catacumbas olvidadas bajo la ciudad.
—¡¿Pero no se supone que sus ojos están resguardados en la gran ciudad sagrada de Safriterra?! —exclamó, incrédula.
—Una verdad a medias —respondió él con tranquilidad—. El Papa afirmó que ambos ojos estaban allí para evitar que cazatesoros y fanáticos los buscaran. Este —señaló el frasco— es el ojo derecho. El izquierdo está en Safriterra.
Sonrió.
—Las leyendas dicen que ambos ojos contienen fragmentos del poder de un antiguo Titán. Cada uno libera apenas un veinticinco por ciento de ese poder… lo cual no suena impresionante, ¿no?
Su sonrisa se ensanchó.
—Pero es suficiente para borrar un pueblo entero en segundos.
Miller sintió un nudo en el estómago. Conocía las leyendas… pero jamás pensó que un solo ojo fuera capaz de tanta destrucción. Su mente se llenó de imágenes de ciudades arrasadas, vidas perdidas, gritos ahogados. Todo ese horror, indirectamente, recaía sobre ella.
—Calma, mujer —intervino Polarbear, dándole palmaditas burlonas en la espalda—. De todas formas no cargarás con esa responsabilidad. Al fin y al cabo, por traicionarnos y robar el ojo… vas a morir.
El terror se apoderó de Miller. Sabía que habría castigo, pero la naturalidad con la que Polarbear hablaba de su muerte era aún más espeluznante.
—Bueno, señorita Abigail… adiós —dijo el hombre, dándose media vuelta—. Hagan lo que quieran con ella… pero no la maten.
Polarbear lo siguió.
Los soldados comenzaron a rodear a la peli-naranja con sonrisas torcidas y miradas repulsivas. Miller intentó retroceder, pero fue sometida. Jenny, recién despertando, intentó morder y arañar, pero los mercenarios solo se burlaban del pequeño animal.
—¡Aléjense! —gritó Abigail, forcejeando.
Entonces…
La enorme puerta del hangar explotó.
Un mar de llamas rosadas mezcladas con oscuridad pura inundó la sala. Del caos surgieron Kurt y Aldrich, avanzando como una tormenta viviente, derribando soldado tras soldado.
Kurt saltó por los aires y cayó frente a Miller, liberando una explosión de fuego rosado que incineró a todos los mercenarios que la rodeaban.
—¡Señor elfo! —exclamó Miller, con lágrimas en los ojos y una chispa de esperanza renaciendo.
—Te lo dije —respondió Kurt, ayudándola a ponerse de pie—. Soy un exaventurero. No voy a dejar que una inocente esté en peligro.
El hombre se giró con furia ante el desastre.
—¡¿Qué mierda está pasando?! ¡¿Y quién demonios sos vos?!
—Kurt McDrufell —respondió el elfo con desdén—. ¿Y vos, chino?
Una vena se marcó en la frente del hombre.
—Soy Deh Sae-Kim, heredero de una de las familias más poderosas de Seoryun. ¡Y no voy a permitir que un orejón interfiera en mis planes!
La escarcha brotó de su ropa, formando una lanza de hielo perfecta.
Entonces, una carcajada estridente llenó el hangar.
Kurt se estaba riendo.
—¿¡De qué te reís?! —rugió Sae-Kim.
—Perdón, perdón… —dijo Kurt, limpiándose una lágrima—. Me causa gracia que me amenaces con una lanza de hielo tan patética.
—¡Tengo un ejército y estoy armado! —gritó Sae-Kim—. ¡No caeré!
—Ahí te equivocás, mocoso —respondió Kurt, sonriendo y mostrando dientes tan oscuros como el carbón—. A vos te costó demasiado crear esa lanza. Eso me dice que aún no dominás tu poder.
Se inclinó un poco hacia adelante.
—Yo tengo más de quinientos años. He visto magos capaces de crear eras glaciales.
Sae-Kim apretó los dientes, furioso.
—¡No me importa! ¡Tengo poder!
—No sirve de nada el poder si no sabés usarlo —replicó Kurt—. Aunque… no puedo criticar demasiado. Porque lo mío no es magia.
El silencio cayó como una losa.
—¿Entonces qué es ese fuego? —preguntó Miller, igual de confundida que los demás.
—Es más simple de lo que parece —dijo Kurt, sacando su encendedor y abriéndolo con un clink metálico—. Esto no es magia. Es un poder prohibido, sancionado por los altos mandos… poderoso, pero con un precio.
Un sonido metálico resonó desde debajo de su pantalón.
—Se llama… Xevirs.
Un símbolo ardió en el encendedor. Al prenderlo, enormes llamas brotaron de la espalda de Kurt, formando una cola de fuego con forma de columna vertebral de color negro como el carbón, rematada por una hoja de guadaña envuelta en llamas rosadas.
—Continuará—
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