-El santo de cenizas- ignis - Capítulo 7
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Capítulo 7: capitulo 7 – liebres
Los puños de Aldrich y Polarbear chocaron al unísono en el rostro del otro, produciendo un impacto seco y brutal. Ambos retrocedieron varios pasos, aturdidos por la fuerza del golpe, con la respiración pesada y la sangre palpitando en las sienes. Sin embargo, ninguno tardó en recomponerse; el combate aún estaba lejos de terminar.
Aldrich fue el primero en avanzar. Lanzó un golpe directo al estómago del enmascarado, pero la sombra de Polarbear surgió como un escudo viviente y detuvo el ataque en seco. La sombra del puma reaccionó de inmediato, interceptando a la otra con un golpe oscuro que distorsionó el aire. Polarbear no perdió el tiempo: sujetó a Aldrich del brazo con violencia y lo estampó contra el suelo, seguido de una patada brutal en las costillas que lo hizo rodar varios metros.
El puma se recompuso con dificultad, escupiendo sangre al suelo. El ardor en su pecho era insoportable, pero el odio lo mantenía en pie. Rugiendo de rabia, volvió a lanzarse contra su antiguo líder.
Polarbear esperaba cualquier ataque, confiado, pero sus ojos se abrieron apenas cuando Aldrich se hundió en su propia sombra y desapareció. Un instante después, reapareció a su espalda y le asestó una patada directa a la cabeza. El golpe lo dejó aturdido. Aldrich no desaprovechó la oportunidad: le clavó un rodillazo en el estómago, arrancándole un escupitajo de sangre, y remató con un puñetazo al rostro que mandó a Polarbear al suelo.
—¡Yo creí en usted! —rugió Aldrich, con la voz quebrada—. ¡Creí que eras mi padre! ¡Eres un mentiroso!
Se sentó encima del cuerpo del enmascarado y comenzó a golpearlo con furia descontrolada, liberando años de frustración, dolor y emociones reprimidas.
Polarbear, en cambio, lo miraba con absoluta frialdad. No había culpa en su mirada, ni remordimiento, ni dolor. Los golpes apenas parecían afectarlo, y las palabras de Aldrich no rozaban su corazón cínico y criminal. Cansado del berrinche del puma, habló con una calma perturbadora.
—Vi algo en vos, Aldrich… —dijo con voz suave—. Algo que ni siquiera vos sabías que existía. Un poder antiguo. Dormido. Aplastado por la culpa y el miedo. Y yo… solo te di el empujón que necesitabas para despertarlo.
Soltó una risa baja, satisfecha.
—Decime —continuó—, ¿de verdad pensaste que esos soldados del pasillo te odiaban? ¿Que todos acá querían verte muerto?
La máscara se levantó apenas, lo justo para revelar una sonrisa amplia, torcida, cruel.
—Te voy a decir la verdad… —susurró—. Estaban bajo mi control. Cada palabra, cada insulto, cada mirada de desprecio… eran mías. No suyas.
Hizo una pausa deliberada, dejando que la revelación se hundiera como una daga.
—Todo fue para vos. Para empujarte al límite. Para que estalles.
—Su risa se volvió abierta—. Y mirá qué hermoso resultado… funcionó.
Su voz adquirió un tono casi afectuoso.
—Aldrich… mataste a tus amigos.
Los ojos del puma se abrieron de par en par. Su mente regresó al pasillo, a los gritos, a las acusaciones. Las palabras… no eran de ellos. Nunca lo fueron. Eran marionetas. Títeres sin voluntad.
Había asesinado a quienes creyó traidores. A sus propios hermanos.
El mundo se le vino abajo.
Polarbear no desperdició el momento. Aprovechó el shock absoluto y, con un movimiento rápido y preciso, le dio un golpe brutal en el mentón.
Aldrich cayó inconsciente al suelo.
La sonrisa del enmascarado se ensanchó detrás de la máscara.
Se levantó con calma y comenzó a caminar, ignorando el caos a su alrededor, hasta llegar al frasco que contenía el ojo. Lo tomó con cuidado, extrayendo un maletín de hierro desde sus sombras y guardándolo con meticulosa precisión.
Miller despertó del shock al ver a Polarbear con el maletín en las manos. Sacó un valor que no sabía que poseía y corrió hacia él; no podía permitir que ese poder cayera en manos de alguien tan cínico. Saltó y mordió con fuerza el brazo del enmascarado, obligándolo a soltar el maletín por el dolor.
—¡Mocosa! ¡Soltame ahora! —rugió Polarbear, furioso.
Ella intensificó la mordida hasta hacerle sangrar. Harto de interrupciones, Polarbear sacó su pistola y, sin dudarlo, le disparó en el pecho.
El estruendo resonó en todo el hangar.
Kurt, que tenía sometido a Sae-Kim, se congeló y giró la cabeza. La escena lo golpeó como un martillazo: Aldrich inconsciente, Miller en el suelo en un charco de sangre, Polarbear con el arma humeante.
En un borrón rosado, Kurt apareció frente al enmascarado y le dio una patada a las piernas. Polarbear cayó al piso con un gruñido de dolor y frustración.
—Por todos los demonios… —escupió mientras se levantaba—. ¿Ya nadie respeta a alguien mientras trabaja?
—Eres un manipulador criminal —respondió Kurt, con odio puro—. No mereces respeto.
Polarbear terminó de recomponerse y lo miró de frente. El aura de fuego rosado envolvía a Kurt, volviéndolo aún más amenazante. Antes de que el enmascarado hablara, Kurt lo golpeó en el estómago y luego en la cara. Polarbear lo atrapó del brazo y lo estrelló contra el suelo.
La pelea se volvió encarnizada. Kurt desaparecía entre llamas y reaparecía para atacar; Polarbear se desvanecía en sombras para contraatacar. Puños chocaban, huesos crujían, sombras y fuego se entrelazaban. Polarbear creó un clon; Kurt respondió formando su cola de huesos.
A unos pasos de allí, Miller yacía en el suelo. El frío la invadía. El dolor era insoportable, su pecho ardía como el infierno. No tenía fuerzas para gritar. Con un esfuerzo monumental, observó la escena: Kurt luchando, Aldrich inconsciente, Sae-Kim derrotado, los soldados muertos.
Sentía que todo era su culpa.
Si no hubiera robado ese ojo, nada de esto habría ocurrido.
Sus ojos se humedecieron. Miró a Jenny, inconsciente a su lado, y luego a la brecha del hangar por donde se filtraba la luz de la luna, bañando su rostro.
Un recuerdo la golpeó.
—Mi pequeña Miller… tienes que sobrevivir…
Las últimas palabras de su padre resonaron en su mente, justo antes de que todo se volviera blanco.
De repente, Miller sintió que todo el dolor se disipaba.
El ardor en su pecho desapareció como si nunca hubiera existido. Por un instante creyó que había muerto. No había frío ni calor, solo una extraña sensación de ligereza. Entonces sintió un peso suave sobre su pecho.
Abrió los ojos.
Una pequeña liebre de pelaje blanco puro, con ojos rojos brillantes como rubíes, se encontraba allí, observándola en silencio. No parecía un animal común; su cuerpo emanaba una luz tenue, etérea, casi espiritual. La criatura inclinó levemente la cabeza y, en un parpadeo, se lanzó hacia el rostro de Miller.
La liebre se desvaneció en un destello espiritual, fundiéndose con ella.
Miller jadeó.
Un calor profundo recorrió su cuerpo, distinto a cualquier sensación que hubiera experimentado antes. La herida de bala en su pecho comenzó a cerrarse lentamente, la carne regenerándose ante los ojos de todos. Su respiración se estabilizó.
Su cabello, antes corto y de un naranja apagado, empezó a crecer con rapidez, deslizándose por su espalda como una cascada de luz. El color se transformó hasta volverse blanco absoluto, tan puro como la nieve bajo la luna llena. Sus orejas se alargaron hacia arriba, cubriéndose de un suave pelaje blanco, adoptando la forma inconfundible de las orejas de un conejo. Su piel, antes ligeramente bronceada, se aclaró hasta volverse pálida y luminosa.
El aire alrededor de ella vibraba.
Kurt y Polarbear detuvieron su combate al mismo tiempo. Ambos miraban la escena sin poder creer lo que veían.
—Una hija de la Luna… —murmuraron al unísono, con una mezcla de asombro y temor—. Una Albalepus…
Nadie esperaba una mutación así. Miller había sido, hasta ese momento, completamente humana.
El cuerpo de Miller se movió sin que ella lo decidiera. En un parpadeo desapareció de su posición y apareció frente a Polarbear. Sus piernas se impulsaron con una fuerza imposible y le asestó una patada brutal directo al rostro, una patada de conejo cargada de energía lunar que lo hizo retroceder varios metros. Sin darle respiro, barrió sus piernas con un movimiento bajo y preciso, haciéndolo caer con violencia.
Kurt salió de su shock inicial y no desaprovechó la oportunidad. Aprovechando la ofensiva de la nueva Miller, se lanzó contra Polarbear, lo tomó del rostro y lo arrojó contra el suelo con brutalidad.
El enmascarado soltó un grito de dolor al verse atacado por ambos al mismo tiempo.
Pero entonces… desapareció.
Kurt y Miller quedaron desconcertados. Un aplauso lento resonó en el hangar.
Desde las sombras emergió Polarbear, completamente ileso, sin una sola marca, como si nada hubiera ocurrido.
—¿Se han entretenido mucho con mi clon? —rió con burla—. Jejejejeje…
Con un gesto de su mano, sus sombras atrajeron el maletín que contenía el ojo.
—Es una pena, pero ya me voy.
Sae-Kim, con el rostro destrozado y el cuerpo hecho trizas, logró hablar desde el suelo.
—¿Q-qué… haces, maldito…? ¡Eres mi socio! —gruñó con dificultad, intentando arrastrarse.
—Oh, pero yo nunca firmé un contrato —respondió Polarbear con desprecio—. Solo fuiste un medio para conseguir esto.
Agitó el maletín con burla.
Miller lanzó una patada desesperada, pero Polarbear la esquivó con facilidad. En un movimiento veloz y preciso, le dio un golpe certero en el cuello, dejándola inconsciente antes de que pudiera reaccionar.
Kurt reaccionó al instante, alzando la mano y creando una llamarada que obligó al enmascarado a retroceder.
—Nos veremos en algún punto de la vida, Kurt McDrufell —dijo Polarbear mientras se fundía con la oscuridad y desaparecía.
Kurt apretó los dientes, furioso por dejar escapar al verdadero enemigo. Suspira con frustración, cargó a Miller sobre su hombro y luego levantó también a Aldrich inconsciente.
—A-alto… —exclamó Sae-Kim desde el suelo, tomando la pistola de un soldado muerto—. ¡Destruiste todo! ¡Te voy a matar!
Kurt levantó un dedo.
Una pequeña mariposa de fuego nació de la punta de su dedo y revoloteó suavemente hasta Sae-Kim. El fuego lo envolvió en segundos. Sus gritos llenaron el hangar… y luego se apagaron.
Silencio.
Solo quedaron Kurt, un montón de cadáveres, un beastfolk inconsciente, una hurona y una Albalepus dormida sobre sus hombros.
Kurt comenzó a caminar para abandonar ese lugar.
Mientras recorría los pasillos, liberó más mariposas de fuego que se esparcieron por la base, devorándolo todo, borrando rastros, destruyendo pruebas. De todas formas, todo había terminado allí.
En el auto, Diesel dormía boca arriba, con la panza al aire, disfrutando del calor del calefactor y de la luz de la luna. De pronto, se despertó de un salto cuando la puerta del búnker explotó y Kurt salió al exterior.
—Continuará—
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