-El santo de cenizas- ignis - Capítulo 8
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Capítulo 8: Capitulo 8- calma tras la tormenta part1
Kurt conducía a máxima velocidad por la carretera, en plena madrugada. El silencio de la noche se rompía únicamente por el rugido del motor, el roce de las ruedas contra el asfalto y el leve golpeteo del viento contra la carrocería.
Estaba agotado.
No solo físicamente, sino también mentalmente, como si su cabeza pesara el doble. Tenía los ojos irritados, la mandíbula apretada y el cuerpo tenso, aún con la adrenalina de la batalla pegada a los músculos.
En la parte trasera del auto llevaba a Miller y a Aldrich, ambos todavía inconscientes, envueltos en un sueño pesado y artificial. Kurt rezaba —aunque no fuera precisamente un tipo religioso— para que no hubiera revisiones de ruta. No tenía ni el más mínimo deseo de explicar por qué traía dos personas desmayadas, cubiertas de sangre y tierra, en su auto rojo.
Con una mano sostuvo el volante y con la otra agarró una lata de café amargo, abriéndola con un psssht metálico. Tomó un trago largo, haciendo una mueca de asco, pero obligándose a seguir. Necesitaba mantenerse despierto hasta llegar a casa.
Por suerte, las luces lejanas de la ciudad ya se divisaban en el horizonte. Faltaban pocos kilómetros.
Era de mañana
Miller comenzó a despertar lentamente, arrastrada desde la oscuridad del sueño por un olor fuerte y familiar: café recién preparado. Abrió los ojos con pesadez y parpadeó varias veces, aturdida.
Lo primero que notó fue que estaba en una habitación blanca.
Blanca y simple. Sin ventanas. Sin cuadros. Sin decoraciones. Solo una cama grande bajo ella y una mesita de noche al lado, con un vaso de agua y una lámpara apagada.
Le recorrió un escalofrío.
Giró la cabeza… y ahí lo vio.
Un puma enorme dormía a su lado, boca arriba, con el hocico entreabierto y los colmillos asomándose de forma intimidante. Su respiración era profunda y lenta, como la de una bestia tranquila… pero aun así aterradora.
Las orejas de Miller se erizaron al instante.
Tuvo que tragarse un grito.
Su corazón se aceleró como un tambor. Recién después de unos segundos su mente conectó la realidad: era Aldrich. Ese beastfolk que había sido soldado de Polarbear.
Eso no la calmó del todo.
De repente, la puerta se abrió.
Kurt entró como si nada, con una camiseta blanca de una banda de rock y unos shorts de básquet. Tenía un cepillo de dientes en la boca y el pelo revuelto, claramente recién despertado… o directamente sin haber dormido.
—Veo que ya despertaste —dijo el elfo, quitándose el cepillo de dientes de la boca.
—Sí… —respondió Miller, todavía en tensión—. ¿Qué es este lugar? ¿Y por qué estoy con él? —preguntó, señalando con la mirada al puma.
Kurt suspiró, como si le diera pereza explicar lo obvio.
—Esta es mi casa. Estás durmiendo en el cuarto de invitados. Y estabas al lado de Aldrich porque es la cama más grande. No iba a dejarlo dormir en mi sofá.
Su tono era tan indiferente que casi parecía absurdo.
Aldrich se movió en ese momento, soltando un gruñido adormilado. Su pelaje gris estaba esponjado y desordenado, como si hubiera dormido increíblemente bien a pesar de todo lo ocurrido. Se incorporó lentamente, con los ojos medio cerrados, y bostezó de forma exagerada.
—Mmmmh… ¿dónde estoy? —murmuró, rascándose el trasero sin pudor—. Esto no es mi habitación…
—Es el cuarto de invitados —respondió Kurt, con un cansancio evidente en la voz—. Estás en mi casa.
Miller abrió los ojos de golpe, dándose cuenta de algo importante.
—¡¿Y Jenny?! ¡¿Y qué hora es?!
Como si la hubieran invocado con su nombre, Jenny apareció en el hombro de Kurt. La hurona saltó con agilidad, subió a la cama y se acercó a Miller, enrollándose en su mano como si nada hubiera pasado.
Miller exhaló, aliviada, sintiendo que al menos una cosa seguía en su lugar.
—Y por cierto —añadió Kurt—… son las 13:10 de la tarde.
Miller parpadeó.
—¿Qué?
—Levántense —ordenó Kurt, apoyándose en el marco de la puerta con los brazos cruzados—. Tengo que lavar las sábanas.
Miller y Aldrich se miraron, completamente confundidos… hasta que ambos bajaron la vista.
Seguían con la ropa de ayer. Ropa destrozada. Manchada de sangre. Cubierta de polvo y tierra.
Aldrich abrió la boca.
—¿Por qué no nos…?
—¡No voy a desvestir a dos desconocidos! —lo interrumpió Kurt, casi gritando, con cara de horror—. ¡Eso sería rarísimo! Y encima hay una chica.
Luego hizo un puchero, como si el mundo lo obligara a ser responsable en contra de su voluntad.
Miller y Aldrich no discutieron. Tenía razón. Sería raro… y bastante pervertido.
Los dos se levantaron.
Diez minutos después
Kurt les había prestado ropa vieja para que no anduvieran por la casa con esas prendas sucias, rotas y cubiertas de sangre.
Aldrich se veía extraño con ropa humana común, demasiado grande para él. Miller, por su parte, sentía incomodidad… no solo por las prendas, sino por su propio cuerpo nuevo, por sus orejas largas y sensibles, por esa sensación extraña de estar “fuera de lugar”.
Entonces Miller notó algo.
Kurt estaba tirando su ropa vieja a la basura sin pensarlo dos veces.
—¡Oye! ¡No la tires! —exclamó Miller, metiendo la mano en el basurero y sacando su camiseta antigua.
Kurt la miró como si estuviera loca.
—Esa cosa tiene un agujero de bala, está quemada por el fuego y encima tiene sangre. Es basura.
Intentó devolvérsela al cesto.
—¡Pero es lo único que tengo! —protestó Miller con una mezcla de rabia y desesperación, sujetando la tela como si fuera un tesoro—. ¡No voy a dejar que la tires!
Kurt se quedó quieto.
—¿Lo único que tenés…? —preguntó, frunciendo el ceño—. ¿Acaso no tenés casa?
Miller bajó la mirada.
—No… —respondió con vergüenza—. Vivía robando… y me metía de manera discreta en hoteles para dormir.
Su voz salió más baja, como si le doliera admitirlo.
Aldrich, que estaba caminando por la casa con curiosidad, se detuvo un momento.
—Yo tampoco tengo un lugar donde vivir —dijo, sin emoción, aunque sus ojos se ensombrecieron—. Yo vivía en la base de… él.
No dijo “Polarbear”. No hacía falta.
El silencio se instaló como una sombra.
Kurt los miró a ambos. Algo en su expresión cambió. Se notaba incómodo… pero no de manera cruel, sino como alguien que no sabía qué hacer con esa información.
Su casa era grande. Demasiado grande para alguien que vivía solo con una hurona enojona y un erizo que dormía las veinticuatro horas del día. Y, aunque jamás lo admitiría en voz alta, tampoco le vendría mal compañía… gente con la que pudiera hablar.
Finalmente, Kurt suspiró con resignación, como si estuviera tomando una decisión terrible.
—Bien… —dijo—. Les voy a decir una cosa.
Se cruzó de brazos, con tono serio.
—De ahora en adelante… este lugar es su hogar.
Miller sonrió, y sus orejas de conejo se movieron por reflejo, delatando su felicidad antes de que ella pudiera disimularla. Ya no tendría que forzar puertas ni esconderse en cuartos ajenos para dormir.
Aldrich también se quedó inmóvil unos segundos… y luego bajó la mirada, como si esa sola frase le hubiera quitado un peso que llevaba años encima.
Por primera vez en su vida…
No tenía que preocuparse por dónde iba a dormir.
—¡Gracias! ¡Muchas gracias! —dijeron ambos al mismo tiempo, genuinamente agradecidos por la hospitalidad del elfo pelirosa.
Kurt solo respondió con un gesto despreocupado, como si alojar a dos desconocidos (y un ex enemigo) fuera lo más normal del mundo. Pero por dentro, incluso él sabía que aquello era raro… solo que no estaba dispuesto a admitirlo.
Pasaron unos minutos y Aldrich comenzó a explorar la casa con curiosidad. Caminaba lento, olfateando el aire como si todavía necesitara comprobar que todo era real. Su cola se movía apenas, inquieta. Terminó llegando a una puerta grande que parecía dar al exterior. Dudó, pero la empujó con cuidado.
Y se quedó congelado.
Frente a él se extendía una sala enorme, oscura y elegante, con filas interminables de sillas perfectamente alineadas. El escenario se veía al fondo como una boca gigante, esperando tragarse a cualquiera que se atreviera a subir. Había cortinas pesadas, luces colgantes y un aire antiguo, lleno de polvo y misterio… como si el lugar guardara cientos de historias.
Miller lo siguió. Cuando vio lo mismo, también se quedó con la boca entreabierta.
—¿Un… teatro? —susurró, y luego lo dijo más fuerte, incrédula—. ¡¿UN TEATRO?!
Kurt apareció detrás, como si nada, bostezando con absoluta tranquilidad.
—Sí —dijo, encogiéndose de hombros—. Mi casa está dentro de un teatro. ¿Impresionante, no? Genial, ¿no?
Aldrich y Miller lo miraron como si estuviera completamente loco.
Pero la sorpresa les duró poco.
Los dos se miraron entre sí… y, como si les hubieran dado permiso para ser niños por primera vez en sus vidas, salieron disparados a explorar.
Miller corrió por los pasillos, tocando los asientos con la punta de los dedos, mirando hacia arriba como si las luces fueran estrellas artificiales. Aldrich se subió de un salto al escenario, caminó por las tablas, y se quedó quieto al escuchar cómo sus pasos retumbaban en el teatro vacío. Para él, ese eco sonaba como libertad.
Kurt los observaba desde atrás… y, de repente, una sensación incómoda le apretó el pecho.
Porque para él, el teatro era normal. Una cosa simple.
Pero para ellos… era un mundo nuevo.
Lo entendía con Aldrich: apenas tenía 18 años. Su vida entera había sido una base militar, órdenes, violencia y supervivencia. Y Miller… era obvio que había pasado años escapando, robando, escondiéndose, viviendo sin hogar, sin calma, sin descanso.
Ninguno había tenido una infancia decente.
Kurt soltó un suspiro pesado y habló con una voz más suave.
—Bueno… son las 13:35 —dijo, intentando sonar casual—. ¿Qué tal si salimos a explorar la ciudad?
Al decirlo, una sonrisa leve, casi amable, se formó en su rostro. Jenny y Diesel, como si entendieran el ambiente, treparon a sus hombros: Jenny con energía, Diesel con su eterna pereza.
—Y así… de paso nos quitamos el tema de la ropa, ¿no?
Aldrich y Miller se iluminaron al instante. Sus ojos brillaron, como si Kurt acabara de abrirles una puerta al mundo.
Se acercaron corriendo, con una emoción tan evidente que Kurt se sintió incómodo. No estaba acostumbrado a ser mirado como si fuera un héroe… o un salvador.
—¡Sí! —respondieron casi al unísono, sonriendo como tontos.
Un rato después, Kurt ya estaba vestido con ropa más “de calle” y los guió hacia la puerta principal del teatro. Apenas cruzaron el umbral, la luz del sol les golpeó el rostro con fuerza.
Miller levantó los brazos instintivamente, cerrando los ojos. Aldrich gruñó, entrecerrando la mirada.
—¡Agh…!
—No se quejen —dijo Kurt con sarcasmo—. Ustedes quisieron salir.
Sacó dos lentes de sol de su chaqueta y se los colocó a ambos, sin delicadeza, como si fueran niños a los que hay que vestir.
Miller parpadeó, sorprendida, mientras la luz dejaba de lastimarla.
Aldrich se tocó los lentes como si fueran magia pura.
—Oh…
Y así empezó su mini paseo.
La ciudad estaba viva: gente caminando, vendedores gritando ofertas, autos pasando, bocinas sonando, olores a comida, pan recién hecho, café, perfumes. Todo era demasiado para quienes habían vivido encerrados o huyendo.
Aldrich y Miller exploraban como si estuvieran en una dulcería gigante. Entraban en tiendas sin preguntar, tocaban cosas, se acercaban a puestos, miraban carteles, se asomaban a callejones como si fueran portales.
Kurt se iba poniendo rojo de vergüenza.
En menos de una hora ya había tenido que:
sacar a Miller de un local donde “solo quería mirar” (pero tenía tres collares en la mano)
bajar a Aldrich de una fuente pública porque “quería ver si el agua estaba rica”
evitar que ambos se metieran a un local de mascotas porque Jenny empezó a gruñir por celos
Kurt cargaba bolsas con ropa que les había comprado, respirando como alguien al borde de explotar.
Jenny iba sobre su hombro con cara de “yo te lo dije”.
Diesel dormía como si nada, sacudiéndose apenas con cada paso.
Kurt murmuró entre dientes:
—Jenny… creo que debería comprar una correa para esos dos. Si siguen así, me van a vetar de todas las tiendas…
Se giró de golpe al escuchar un ruido arriba.
—¡¿QUÉ HACEN?! —gritó—. ¡BAJEN DE ESE ÁRBOL!
Aldrich estaba en una rama, mirando desde arriba como si fuera el rey de la ciudad.
Miller estaba más abajo, con las orejas moviéndose por el viento, sonriendo como si fuera una niña.
Kurt se lanzó hacia ellos, los bajó como pudo, y cuando por fin ambos tocaron el suelo…
¡PUM!
¡PUM!
Les dio un coscorrón a cada uno.
Los dos se sobaron la cabeza, con lágrimas pequeñas en los ojos.
—¡No seas malo! —protestó Aldrich, cruzándose de brazos—. Solo estábamos explorando…
—¡Tú mismo dijiste que nos llevarías a pasear! —refunfuñó Miller, con las orejas caídas y las mejillas infladas, haciendo un puchero adorable sin querer.
Kurt los miró, completamente derrotado.
—¡Son adultos! ¿Pueden comportarse como personas normales? —gritó, con las manos en la cintura.
Y en su cabeza solo había una pregunta:
¿En serio estas son las mismas personas de ayer…?
Soltó un suspiro cansado y siguió caminando, resignado.
Porque ya sabía la verdad:
Este día iba a ser largo.
—Continuará—
(Inicia una nueva era, voy a intentar hacer caps más largos)
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