-El santo de cenizas- ignis - Capítulo 9
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Capítulo 9: capitulo 9 – calma tras la tormenta pt 2
Kurt estaba agotado.
Cuidar a esos dos sujetos era como hacerse cargo de un par de niños sin ningún sentido del peligro ni de la vergüenza ajena. Por suerte, había conseguido un pequeño respiro.
Se sentó en una banca del parque, obligando a Aldrich a sentarse a su lado para que no causara problemas. Estaban esperando a Miller, ya que Kurt la había mandado sola a comprar su propia ropa interior. No iba a acompañarla ni loco: le daba demasiada vergüenza. Aprovechó ese momento para relajarse; encendió un cigarrillo y se acomodó, dejando escapar un suspiro largo.
—Tengo hambre —dijo Aldrich de repente, tocándose el estómago, que respondió con un sonoro gruñido.
Kurt apenas abrió los ojos. Metió la mano en el bolsillo y le dio unos billetes.
—Comprate algo rápido. No te alejes mucho —dijo con desgano—. A la vuelta hay una tiendita.
Mientras veía cómo Aldrich se levantaba, agregó:
—¡Y traeme el cambio!
—Ajá —respondió Aldrich, y salió casi corriendo hacia el local.
Kurt volvió a acomodarse en la banca. Jenny se subió a su regazo y se hizo un ovillo, vigilante pero tranquila. Diesel, en cambio, dormía panza arriba dentro de la capucha de Kurt, rascándose distraídamente como si nada pudiera perturbar su siesta.
Minutos después, Miller apareció. Tenía el rostro rojo como una fresa y trataba, sin mucho éxito, de esconder una bolsa contra su cuerpo.
—¿Y vos por qué estás tan colorada? —preguntó Kurt, alzando una ceja—. Tampoco es tan terrible.
—E-es que… es mi primera vez… comprando esto —respondió ella, apretando la bolsa contra el pecho, sin atreverse a mirarlo.
—Jajaja… ¿qué pasa? ¿Andabas sin nada debajo de la ropa? —bromeó Kurt.
Se quedó en silencio al ver la expresión de Miller.
—…
—Dios —murmuró—. Mejor quedate con la ropa que te di.
Miller asintió levemente, todavía avergonzada. No tenía casi nada propio; apenas algunas prendas sueltas. Aquella bolsa era, probablemente, la primera cosa que había comprado sin robarla o encontrarla abandonada.
De pronto, alguien apareció detrás de ella.
—¡Aaah! ¡Una chica coneja! —exclamó un hombre, agarrándole las orejas sin permiso—. ¡Qué lindo color! ¡Y qué suave es tu pelo! Es tan tie—
No llegó a terminar la frase.
Miller soltó un chillido de sorpresa y miedo, y reaccionó por puro instinto: le dio una fuerte patada hacia atrás.
—¡Ugh!
El hombre salió despedido unos metros y cayó al suelo con un grito de dolor. Era alto, llevaba un abrigo gris con capucha, tenía una nariz prominente, casi griega, ojos rojos como la sangre y dientes grandes, parecidos a los de una rata.
Para sorpresa de todos, se levantó de un salto y volvió a acercarse como si nada.
—¡Qué buena patada! —exclamó, fascinado—. ¡Tenés unas piernas bastante fuertes!
Comenzó a dar vueltas alrededor de Miller, observándola sin disimulo.
Ella retrocedió un paso, incómoda, con las orejas temblándole. Kurt se levantó de inmediato, lo agarró del abrigo y lo apartó de un tirón.
—A ver, viejo —dijo con voz firme, colocándose delante de Miller—. Dejá de acosar a la chica. ¿No ves que la estás incomodando?
—¡Oh! Disculpá mi actitud —respondió el hombre—. Mi nombre es Doglas.
Hizo una pose exagerada, abriendo el abrigo como si fuera una capa.
—¡Soy el Rat-Man!
—Ah… sos el Rat-Man —respondió Kurt con un tono totalmente apagado.
—¿Quién es el ratón-man? —preguntó Miller, confundida.
—¡Es Rat-Man! —corrigió Doglas—. ¡Señor de los roedores y defensor en la oscuridad!
Un ratón apareció y se subió a su hombro, reforzando la pose dramática.
Miller solo lo miraba sin entender nada. Claramente era algún tipo de “superhéroe”… o algo así. Aun así, seguía sintiendo cierto miedo por su actitud extraña.
En ese momento, Aldrich volvió con un sándwich de mortadela en la mano.
—¿Y este quién es? —preguntó, dándole una mordida.
—¡SOY DOGLAS! ¡EL RAT-MAN! ¡DEFENSOR DE LOS ROEDORES Y SALVADOR EN LA OSCURIDAD! —gritó por segunda vez, haciendo otra pose ridícula.
—¡¿Un súper héroe?! ¡Como los de los cómics! —exclamó Aldrich, con los ojos brillándole.
—No exactamente, amigo felino depredador —respondió Doglas—. Yo soy un… ¡vigilante! Vigilante… vigilante… —repitió, haciendo eco.
Kurt suspiró, sacó un billete de veinte y se lo dio.
—Tomá y andate.
Doglas frunció el ceño, ofendido, pero aceptó el dinero. Se alejó agitando su abrigo como si realmente fuera una capa.
Los tres lo observaron irse. Kurt y Miller con expresión de incredulidad; Aldrich, en cambio, lo miraba con admiración… hasta que intentó darle otra mordida a su comida.
—…
—¡Me robó mi sándwich! —gritó, revisándose los bolsillos con desesperación— ¡MI BOCATA!
—No es para tanto —dijo Kurt con calma—. Eran solo cinco dólares.
—Parece más un mendigo que un héroe —murmuró Miller, acomodándose el cabello con las manos.
Jenny también parecía incómoda; no le había gustado nada ese sujeto.
—Eso no importa ahora —dijo Kurt, empezando a caminar—. Vamos a comer. Ya son las tres de la tarde.
Ya en el restaurante
Los tres estaban sentados en la barra de un diner. Kurt leía el menú con tranquilidad. Miller acariciaba la cabeza de Jenny mientras observaba todo con curiosidad. Aldrich, en cambio, giraba una y otra vez en la butaca giratoria, tocándolo todo.
—¿Qué es este lugar? —preguntaron ambos al mismo tiempo.
—Un diner —respondió Kurt—. La gente viene acá cuando sale del trabajo o cuando necesita comer algo que de verdad llene el estómago. No como esas hamburguesitas miserables que no llenan nada.
Los dos soltaron un “oooh” al unísono.
Una camarera se acercó con una libreta.
—¿Qué van a ordenar?
—Una hamburguesa grande con papas para mí —dijo Kurt—. Un estofado con extra zanahoria para la coneja y un buen filete con puré para el puma.
La chica anotó y se fue.
—¿Por qué ordenaste por nosotros? —preguntaron Miller y Aldrich.
—Se iban a tardar una eternidad —respondió Kurt, indiferente.
Minutos después, la comida llegó.
—Hamburguesa con papas, estofado con extra zanahoria y filete al punto con puré.
—Gracias —dijo Kurt, sonriendo.
Los otros dos comenzaron a comer y soltaron un sonido casi animal de placer.
—Mmmmh…~
Era la primera comida decente que tenían en mucho tiempo.
—En una parte desconocida de la ciudad—
Un pasillo largo y oscuro se extendía en silencio. Apenas estaba iluminado por pequeñas lámparas de luz blanca incrustadas en las paredes metálicas. El aire vibraba con el zumbido constante de ventiladores industriales ocultos en lo alto, como una respiración artificial que nunca se detenía.
De pronto, el silencio fue roto por el sonido de pasos lentos y firmes. Zapatos elegantes resonaban con un eco seco sobre el suelo de metal.
Era un hombre alto, envuelto en un enorme abrigo de piel. Vestía ropa fina, de corte impecable, y su rostro estaba completamente oculto tras una máscara con forma de cabeza de león, tallada con un detalle inquietante.
Avanzó hasta detenerse frente a una puerta de madera oscura. Sus manos, cubiertas por guantes negros, tomaron la manija y la giraron con calma.
Al abrirla, el ambiente cambió por completo.
La habitación del otro lado contrastaba de forma violenta con el pasillo: era amplia, cálida, y elegante, como una cabaña de lujo. Las paredes de madera oscura estaban perfectamente pulidas. Una gran mesa del mismo material dominaba el centro del lugar, rodeada de sillas robustas y cómodas.
El hombre entró y tomó asiento en la cabecera.
Pocos segundos después, la puerta volvió a abrirse.
Polarbear apareció desde las sombras. Caminó hasta la mesa y colocó con cuidado un maletín sobre la superficie. Lo abrió lentamente, sacó un frasco sellado… y dentro, el ojo.
Lo deslizó hacia el hombre con la máscara de león.
—Veo que lo conseguiste, Polarbear —habló por primera vez el enmascarado, observando el ojo con la precisión fría de un joyero.
—Me tomó un poco de tiempo —respondió Polarbear—. Tuve tres interferencias: un elfo, mi proyecto número uno… y la ladrona del ojo, que resultó ser una albalepus.
—Vaya aventura —comentó el hombre con voz tranquila—. Así que tu proyecto se reveló ante ti.
—Por culpa de ese elfo se enteró de mis planes —dijo Polarbear con un leve fastidio—. Pero ya da igual. Al final conseguí el ojo, ¿no?
El enmascarado asintió.
—Al menos obtuviste el premio máximo. El jefe estará muy satisfecho.
Hizo una breve pausa.
—¿Y qué ocurrió con tu contratista asiático?
—¿Sae-Kim? —respondió Polarbear—. Murió. Su propia arrogancia lo condenó. El elfo lo mató.
—¿Un elfo? —preguntó el hombre, inclinando levemente la cabeza—. Descríbemelo.
—Alto para su raza. Pelo rosado ceniza, descuidado —respondió con seriedad—. Manipula fuego de un color rosado extraño, con una energía distinta a la magia convencional. Algo parecido al Xevirs.
Hizo una pausa.
—Además, usa magia ósea. La transforma en armas.
—Interesante… —murmuró el hombre.
Luego cerró el maletín con un clic seco.
—Eso ya no importa por ahora. Lo esencial es este objeto. Puedes retirarte.
Polarbear asintió en silencio, dio media vuelta y salió de la sala. La puerta se cerró tras él.
El hombre con la máscara de león sacó su teléfono. Marcó un número. Tras unos segundos, una voz masculina respondió.
—Habla.
—Señor, Polarbear ha conseguido el Ojo de Santa Adeline —informó.
—Excelente, Northleon —respondió la voz al otro lado—. Esto será crucial para el plan principal.
Northleon asintió, aunque nadie pudiera verlo, mientras acomodaba el frasco dentro del maletín. Un grupo de hombres con máscaras de porcelana entró en silencio, tomó el maletín y se retiró sin decir una palabra.
—El objeto ya va en camino a su ubicación, jefe —continuó Northleon—. Polarbear mencionó algo más… un elfo.
—¿Qué tipo de elfo? —preguntó la voz, ahora con un leve interés.
—Pelo rosa y poderes de fuego —respondió—. Creo que se trata de él.
Tomó una hoja amarillenta con datos antiguos.
—Kurt McDrufell. Coinciden todas las características.
—Kurt McDrufell… —repitió la voz, con un tono cargado de ironía—. Hace mucho que no escuchaba ese nombre.
Hubo un breve silencio.
—Déjalo por ahora. Hemos cumplido un objetivo principal. Prepárense para conseguir las demás partes. Moviliza a tus hombres.
—Sí, señor —respondió Northleon, antes de cortar la llamada.
Se quedó mirando la hoja unos segundos.
—Han pasado cien años, que no escuchaba de ti… —murmuró—. Elfo maldito.
Arrugó el papel entre sus dedos. La hoja comenzó a ennegrecerse, a pudrirse lentamente, hasta deshacerse en polvo.
—Continuará—
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