El Secreto de la Omega: La Luna Oculta del Cruel Rey Alfa - Capítulo 111
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111: Capítulo 111 Confrontación de medianoche 111: Capítulo 111 Confrontación de medianoche —Voy para allá.
Espérame —la voz de Kaius era áspera, llena de algo cortante e inquebrantable.
La respuesta de Austin fue fría, como una bofetada de viento invernal.
—Me voy a la cama.
Kaius apretó la mandíbula.
Con fuerza.
Le dolían los dientes por la presión.
Si ella no estaba enfadada, con gusto dejaría que alguien le pateara la cabeza como un balón de fútbol.
—Veinte minutos.
Espérame.
Su tono no dejaba lugar a discusión.
Colgó antes de que ella pudiera rechazarlo de nuevo.
Lo último que quería era oír su rechazo dos veces.
Se giró hacia el hombre que había traído a las mujeres.
Los ojos dorados de Kaius eran penetrantes y brillaban con algo cercano a la furia.
Su mirada era tan fría que podría haber congelado el infierno.
El hombre se estremeció bajo el peso de esa mirada.
Abrió la boca y volvió a cerrarla.
No se atrevió a hablar.
Tragó saliva con dificultad, y el pánico se reflejó en su rostro.
Repasó las palabras en su cabeza.
«El Alfa Kaius había pedido mujeres.
Él solo estaba haciendo lo que el Alfa quería.
¿Verdad?».
La energía de la sala cambió.
Pesada.
Tensa.
Los otros ricos herederos lo captaron rápidamente.
Dejaron sus bebidas, susurraron algo a sus acompañantes y, en silencio, les mostraron la salida a las mujeres.
Nadie quería estar en medio del mal humor de un Alfa.
Kaius permaneció quieto en el centro de todo, con el rostro oscuro como una tormenta a punto de estallar.
La gente cercana se echaba hacia atrás sin querer, como si un instinto les dijera que despejaran el camino.
Salió con las llaves en la mano, los hombros tensos y los pasos pesados.
Fuera, se subió a su Aston Martin.
El motor rugió como si compartiera su ira.
Arrancó a toda velocidad, con los neumáticos mordiendo el asfalto mientras se dirigía directamente a la Torre Apex.
Apretó con más fuerza el volante.
Tenía la mandíbula tensa y la lengua apretada contra los dientes.
—Joder —masculló, frotándose el puente de la nariz con el pulgar y el índice.
Austin era su debilidad.
No tenía sentido fingir lo contrario.
Su teléfono vibró contra la consola.
Lena.
Dejó que sonara.
Una vez.
Dos.
A la tercera, contestó.
—Kaius —dijo ella suavemente, su voz melosa y estudiada.
—¿Qué quieres?
—preguntó él.
Sin calidez.
—Me preguntaba si podrías venir a verme.
Últimamente me he sentido muy deprimida.
Todo se está desmoronando.
Su voz tembló al final, como si intentara contenerse.
Sabía que él había visto las noticias.
Estaba por todas las redes sociales.
La gente lo compartía como loca en chats de grupo y blogs de cotilleos.
El escándalo había estallado de la noche a la mañana.
Su nombre estaba en todas partes, arrastrado por el fango por extraños que no sabían nada de ella.
Había esperado su llamada.
Quizá no para que la consolara, pero al menos para saber cómo estaba.
Algo.
Lo que fuera.
Y, sin embargo, no había llamado.
Ni una sola vez.
Claro, había aparecido ayer.
Pero no para ver cómo estaba.
Vino a interrogarla.
Como un policía, no como su pareja.
Todos los demás en la casa Blair le habían mostrado compasión.
Todos menos él.
Y ahora, según Fati, ¿estaba en una discoteca pidiendo mujeres?
Pero en el momento en que llamó Austin, todo cambió.
Lo dejó todo.
Solo por ella.
Lena apretó con más fuerza el teléfono.
Se clavó las uñas en la palma de la mano, pero no lo soltó.
Le ardía la garganta, tenía el pecho oprimido, pero mantuvo la voz firme.
Apenas.
¿Y este lío en el que estaba metida?
Todo había empezado por culpa de Austin.
—No soy médico —dijo Kaius, con voz fría—.
Tengo trabajo que hacer.
Cuídate.
Su tono fue definitivo.
Indiferente.
Como si ella fuera una extraña, no alguien que una vez significó algo.
Terminó la llamada sin decir una palabra más, dejando a Lena llorando al otro lado.
Se quedó sentada allí durante un buen rato, mirando la pantalla.
El silencio de su habitación la oprimía como un peso.
—
Austin estaba dibujando en su tableta cuando su teléfono se iluminó.
Lo cogió, esperando problemas.
Y los tuvo.
—Tus luces siguen encendidas —dijo Kaius.
Tajante.
Directo.
Adiós a su excusa de «me voy a la cama».
Solo otra forma de esquivarlo.
—¿Qué quieres?
—Su voz era puro hielo.
—Necesito hablar contigo.
O bajas o subo.
—Dilo por teléfono y ya.
—He dicho que en persona.
—Entonces espera a mañana.
En el trabajo.
—Que.
Bajes.
—Hizo una pausa entre cada palabra.
No era una petición.
Austin se tensó.
¿Quién se creía que era para dar órdenes así?
—A menos que quieras que despierte a todo el edificio —añadió, con la voz más baja ahora, más peligrosa.
Apretó la mandíbula.
Sus hijos dormían.
No quería que nadie los molestara.
Miró el teléfono durante unos segundos, apretándolo con más fuerza.
Su pulgar se detuvo sobre el botón de finalizar llamada.
Pero sabía que no iba de farol.
Pensando en ellos, cedió.
De camino a la salida, revisó las habitaciones de los niños.
Silencio.
Paz.
Se quedó en el pasillo un momento más de lo necesario, dejando que los latidos de su corazón se calmaran.
Luego salió sigilosamente del apartamento y cerró la puerta tras de sí.
El coche de Kaius estaba aparcado frente al edificio.
Estaba apoyado en él, con un cigarrillo entre los dedos y sus ojos dorados fijos en la entrada.
En cuanto la vio, tiró el cigarrillo y lo apagó con la bota.
Se detuvo a pocos metros de él, con los brazos cruzados.
—Es tarde.
Di lo que tengas que decir.
Su voz era baja y áspera.
—Acércate.
Austin no se movió.
Le lanzó una mirada.
—¿Qué pasa?
—Ven aquí y te lo diré.
Sus ojos se clavaron en los de ella, agudos y hambrientos.
—¿De qué tienes miedo?
—preguntó—.
¿Crees que voy a morderte?
Austin lo miró detenidamente.
Era más alto, más corpulento, más fuerte.
Si de verdad quisiera inmovilizarla, no habría forma de detenerlo.
Aun así, dio unos pasos hacia delante, lentos y firmes.
En un rápido movimiento, Kaius extendió la mano y la agarró del brazo.
Tiró de ella hasta acercarla, y su espalda chocó contra el lateral del coche.
Estaba atrapada entre el frío metal y el cuerpo de él.
Sus ojos ardían.
De deseo.
De algo más oscuro.
Antes de que pudiera hablar, él se inclinó y la besó.
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