El señor de los misterios - Capítulo 581
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Capítulo 581: Capítulo 581 — Entrando En Personaje Como En El Desapego Del Mismo Capítulo 581: Capítulo 581 — Entrando En Personaje Como En El Desapego Del Mismo Editor: Nyoi-Bo Studio «Solo el Muerte Negra…
¿Las otras naves están ancladas más allá de los confines del Archipiélago de Rorsted porque tienen miedo de ser descubiertas?
Estas son buenas noticias…» Apartó su mirada y deliberadamente se mordió el labio para expresar su agitación.
Después de echar un vistazo al perfil lateral de Helena, Mithor encendió una antorcha y comenzó a moverla como señal a la embarcación principal.
En poco tiempo, llegó un bote que lo llevó a él y al Klein disfrazado al Muerte Negra.
Mientras se levantaba el bote, Klein abordó la embarcación principal de otra almirante pirata.
Bajo la dirección de Mithor, entró en la cabina.
Esperándolos más adelante había una asistente rubia.
Miró a Helena con una mirada fría antes de señalar a la habitación a un lado.
—Entra.
«Esa actitud…
Es como encontrarse con un rival amoroso cara a cara…
Tanto los hombres como las mujeres caen ante el encanto de esta Vicealmirante Plaga…» Aún esposado Klein aumentó instantáneamente su vigilancia mientras mostraba una expresión pesada y siguió a la asistente rubia hasta la habitación.
Originalmente creía que se encontraría de inmediato con Tracy y tendría la oportunidad de conocerla en privado.
Ya estaba listo para desatar su ataque, pero aparte de un armario, un sofá y un espejo de cuerpo entero en una habitación alfombrada, no había nada más.
«¿Podría ser que Tracy esté evitando deliberadamente a Helena para expresar su ira?» Recordó las novelas románticas y las series de televisión inventadas que había visto alguna vez mientras reflexionaba sobre el motivo de las acciones de la Doncella de la Plaga.
La asistente rubia echó un vistazo al atuendo masculino de “Helena”, que carecía de la belleza andrógina debido a la falta de maquillaje, dio dos pasos rápidos, abrió el armario y señaló los vestidos en el interior.
—A la Capitana no le gusta tu atuendo actual.
Cámbiate.
«Mierda…» Maldijo por dentro.
Originalmente se imaginó que se le podría conceder una reunión con la Vicealmirante Plaga Tracy mientras se pareciera a Helena vestida como un hombre.
Estaba agradecido de que no necesitara humillarse demasiado para lograr su objetivo, pero al final, no logró escapar del resultado que quería evitar.
Al ver a Helena parada allí de manera perpleja, la asistente rubia la fulminó con la mirada: —Tienes dos opciones.
¡O te cambias tú misma o te ayudaré!
Klein hizo uno de los movimientos habituales de la pelirroja Helena y tomó aire ligeramente: —Quítame las esposas —giró su cuerpo hacia un lado e hizo un gesto con la barbilla hacia la puerta—.
Y sal de la habitación.
—Puta traicionera… La asistente rubia maldijo por lo bajo y usó la llave que Mithor le dio para liberar a Helena de sus esposas.
Después de salir de la habitación y cerrar la puerta, Klein caminó hacia el armario y permaneció en blanco durante unos veinte segundos.
De repente, cerró los ojos y extendió su mano derecha.
Después de un período de tiempo desconocido, se colocó frente al espejo de cuerpo completo y vio el cabello rojo de Helena cayendo en cascada en el reflejo.
Sus ojos verdes brillaban mientras vestía un vestido rojo-dorado.
Junto a su cintura había una cinta atada a una flor.
Estaba apretada, acentuando su esbelta cintura.
El bello rostro de Helena se puso rojo mientras sus labios estaban fuertemente fruncidos.
Su expresión era pesada, muy idéntica a la imagen de antes.
Klein miró su imagen actual y su primera reacción fue sentirse algo avergonzado.
Sin embargo, consiguió superar en cierta medida esa sensación mientras cambiaba su aspecto.
Además, no había nadie adentro.
Y, por otra parte, gradualmente comenzaba a sentirse diferente.
Eso no quería decir que esos actos estuvieran empezando a gustarle gradualmente.
En cambio, mientras superaba su aversión mental, ganaba una especie de desapego de su autoconciencia.
Sentía como si su alma hubiera salido volando de su cuerpo, permitiéndole observar con calma a esa “Helena” vestida con un atuendo femenino, acomodándose la ropa frente a un espejo con una actitud tranquila.
Creía que ese era un paso necesario en su misión y que no había nada vergonzoso o extraño.
Klein sintió una desconcertante sensación de familiaridad al esforzarse por recordar y comparar ese sentimiento, en un intento por dimensionarlo plenamente y comprenderlo.
Pronto, encontró el origen de dicha sensación.
Eso era similar a cuando jugaba juegos de rol.
En esos juegos, podía elegir un personaje femenino, eligiendo cuidadosamente los rasgos faciales y la vestimenta del personaje, permitiéndose una belleza que complaciera sus ojos.
No había nada perverso o vergonzoso en hacer eso.
Por un lado, lo veía desde el ángulo de un dios detrás de una pantalla, desprendiéndose de su actitud original; y, por otro lado, estaba actuando seriamente mientras empezaba a construir una trama.
Al combinar ambas perspectivas sin distinguirlas, no sentía ninguna aversión porque estaba jugando un juego.
«Esto…» ¡Klein de repente abrió completamente los ojos, hasta ese entonces entreabiertos, sintiendo que este era el estado Sin Rostro que había estado buscando!
Podía actuar como cualquiera, pero aún seguía siendo él mismo.
A medida que entraba en el personaje y trabajaba duro en su actuación, podía desprenderse de sus sentimientos y observar las cosas con calma.
Al compararse internamente, ¡podría darse cuenta y encontrar su verdadero ser!
«Esto es entrar en el personaje, así como en el desapego del mismo…
Esta es la aplicación real del principio Sin Rostro más importante.» Klein se sintió en paz repentinamente cuando la vergüenza remanente pasó a coexistir en un segundo plano con su nueva actitud cambiada.
Con una actitud indiferente, como si estuviera jugando un juego de rol, se observó en el espejo de cuerpo completo y se esforzó por encontrar algún defecto.
«Afortunadamente, conseguí que Danitz obtuviera dos juegos de ropa femenina para estudiar la forma en que todo se combina.
De lo contrario, no habría forma de que pueda vestirme y lucir bien tan rápido y normalmente sería como un primerizo en este arte.
Sería fácil exponer cualquier defecto.
Je, esto se llama profesionalismo.
La ropa femenina es complicada…
Desde la perspectiva de un Sin Rostro, hay muchas fallas en los contornos y rasgos faciales de Helena.
Puede que sea hermosa, pero definitivamente no es nada que pueda llamar deslumbrante…
Sí, con este estado mental, puedo sentir claramente que la poción se digiere…» Klein se miró en el espejo como si estuviera mirando a un personaje llamado Helena.
*¡Thump!
¡Thump!
¡Thump!* La asistente rubia golpeó la puerta y preguntó con impaciencia: —¿Todavía no terminaste?
La cara de Klein se hundió al instante, como si la asistente le debiera diez mil libras.
Mantuvo ese estado mientras caminaba hacia la puerta y la abría.
La asistente rubia le lanzó una mirada y levantó las esposas.
—Pon tus manos en tu espalda.
¡Ahora eres una prisionera!
Como la pelirroja Helena ya estaba en el Muerte Negra, no temía que esa asistente le hiciera daño.
Todo lo que quería era humillarla tanto como pudiera.
Klein gruñó y dio media vuelta, poniendo las manos en la espalda.
Se relajó por dentro porque la mujer no estaba prestando demasiada atención a su atuendo.
Después de ponerle las esposas, la rubia ayudante lo condujo a la entrada de la cabina de la Capitana.
La puerta estaba entreabierta, permitiendo que una cálida fragancia emanara hacia afuera.
No era demasiado fuerte, pero era lo suficientemente persistente.
Era un aroma que atraía a uno hasta el punto de involuntariamente hacerle desear querer ir a una cama buscando placer.
La asistente rubia llamó a la puerta y estaba a punto de decir una palabra cuando una voz femenina sombría pero suficientemente hermosa sonó desde el interior: —Déjala entrar sola.
El rostro de la asistente rubia se hundió instantáneamente mientras abría la puerta, señalando con los ojos a Klein para que entrara.
«El momento de la verdad finalmente llegó…» Respiró hondo y entró a la habitación.
La puerta detrás de él se cerró con un ruido sordo, aislando el interior del exterior.
Klein cruzó la gruesa alfombra y, usando de la luz de las velas en los candelabros dorados, vio a una bella dama sentada y recostándose detrás de un escritorio.
Llevaba pantalones beige con los pies extendidos en diagonal mientras cruzaba las piernas.
Sus cejas eran largas y rectas, y sus ojos azules-celestes eran agudos y brillantes.
Llevaba una camisa de lino blanca, permitiendo que la silueta íntima de su cuerpo se asomara levemente.
El cabello rizado negro como el plumaje de un cuervo caía en cascada ocultando partes claves, haciendo que Klein se sintiera incómodo instantáneamente.
Al ver entrar a la pelirroja Helena, la Vicealmirante Plaga Tracy levantó la mano izquierda y preguntó con una sonrisa ambigua: —Dime, ¿cómo debería castigarte?
Sostenía un látigo de cuero negro en su mano.
«…Madame, siempre hay lugar para la discusión sana…» Bromeó internamente sobre la resistencia de su incomodidad.
Sus ojos primero se movieron hacia arriba antes de fijarse en ella.
Dijo sin una pizca de emoción: —Regresar a este lugar ya es el mayor castigo.
Cualquier otra cosa sería solo algo anecdótico.
—Eres tan terca como siempre, aunque sigues igual de indecisa… Tracy se puso de pie.
Era alta y delgada, y bajo la iluminación de la luz de las velas, las sombras de su figura bailaban con un encanto extremo.
Contuvo su sonrisa y caminó hacia la pelirroja Helena, con el látigo de cuero en la mano izquierda.
Ella no tenía la más mínima pizca de duda.
Durante ese proceso, Klein notó que llevaba un brazalete con diamantes incrustados en su muñeca derecha.
«¿Es el artículo místico descrito por Helena?
¿Puede reducir la mayoría de las formas de daño?» Klein, que originalmente había planeado tomar medidas en el mismísimo momento en que la brecha entre ellos se redujo, contuvo su impulso.
—Oh, te esposaron.
Eso es lindo.
No hemos jugado algo así antes —dijo Tracy con una sonrisa, pero sus ojos azules-celestes parecían un océano tormentoso que iba acumulando sus fuerzas.
«Madame, sus líneas son muy terribles…» Apretó los labios con fuerza y no dijo una palabra.
Tracy se colocó frente a él y levantó su mano derecha para para deslizársela por su mejilla.
—¿Regresar ya es el mayor castigo?
—mientras hablaba, sus ojos se volvieron brumosos, tornándose extremadamente atractivos—.
Generalmente no pareces pensar así.
Aunque siempre te resistes al principio, al final, a menudo terminas siendo más apasionada que yo…
Antes de que ella terminara su oración, Klein liberó su mano izquierda de las esposas, y agarró el brazalete de su muñeca en un movimiento tan ágil y rápido que pareció un rayo.
¡Y luego lo bajó violentamente!
Al mismo tiempo, esa mano adquirió un tono dorado.
Los profundos ojos verdes de Klein se iluminaron repentinamente con dos relámpagos.
¡Ese era el Hambre Creciente!
¡Eso era una Perforación Psíquica!
Y la capacidad de liberar su mano de las esposas fue un poder Mago.
¡Era el poder Reblandecimiento de Huesos que Klein rara vez usaba!
Llevaba bastante tiempo pensando planes y preparativos para lo que haría después de infiltrarse.
Tenía que buscar la oportunidad de estar solo con la Vicealmirante Plaga Tracy y asesinarla sin ninguna contención de su parte.
Solo así tendría cierta chance de derrotar a una almirante pirata.
Solo así podría herirla severamente y capturarla.
E incluso si no podía lograr eso exactamente, no le importaba ni descartaba tener que matarla.
Ya estaba muy acostumbrado a canalizar espíritus sobre la niebla gris.
No tenía miedo de no poder obtener la inteligencia que necesitaba.
¡Una traficante de personas no merecía lástima!
Además, para evitar contratiempos, solo llevó al Hambre Creciente, el cual era muy difícil de detectar y además era bueno para disfrazarse.
Los otros artículos místicos los dejó en el misterioso espacio sobre la niebla gris.
Además, estaba en Muerte Negra con varios Beyonders enemigos a bordo.
¡Tenía que terminar la batalla lo más rápido posible!
Eso también era para evitar ser derribado por los poderes de dolencias de Tracy.
¡Mientras más luchara contra ella, peor serían las dolencias que padecería!
En ese instante, el brazalete con diamantes incrustados abandonó la muñeca de Tracy.
Los ojos verdes de Klein brillaban con un resplandor centelleante mientras la hermosa y encantadora Vicealmirante Plaga permanecía sorprendida.
Todo lo que alcanzó a hacer fue esquivar instintivamente.
No podía creer que Helena la atacara, ni siquiera podía atreverse a creer que poseyera semejante capacidad de reacción y habilidades.
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