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EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 1

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  4. Capítulo 1 - 1 El Lago Inmóvil
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1: El Lago Inmóvil 1: El Lago Inmóvil En un lago inmenso, tan vasto y silencioso que parecía confundirse con el horizonte, se hallaba un joven de apariencia atractiva pero sencilla.

Su presencia no imponía ni intimidaba; era serena, casi humilde, como si él mismo buscara pasar desapercibido.

Nadie que lo viera pensaría que había algo extraordinario en él… hasta que se cruzaba con su mirada.

Sus ojos eran un universo propio.

En ellos brillaban los reflejos del sol, la suavidad de la luna y el titilar de innumerables estrellas.

Era como observar todas las luminarias del cosmos reunidas en un solo par de pupilas.

Ese joven era Daverion, el amo de la luz.

Mientras contemplaba el vasto lago, inmóvil y tranquilo como si formara parte del paisaje, la caña de pescar a su lado comenzó a temblar levemente.

Primero fue un tirón suave, casi imperceptible.

Luego, de pronto, el agua que lo rodeaba empezó a ondularse con una fuerza antinatural.

La transformación fue abrupta.

El lago, sereno hasta hacía un instante, se convulsionó como si despertara un océano entero en su interior.

Olas gigantescas se levantaron una tras otra, golpeando el borde con un estruendo que hacía vibrar la tierra.

Un rugido profundo emergió desde las entrañas del agua, un sonido tan brutal y primitivo que habría helado el corazón de cualquier ser vivo.

Entonces, rompiendo la superficie tumultuosa, apareció una serpiente descomunal.

Su cuerpo era tan grande que parecía desplazar el lago mismo a su alrededor.

Cada movimiento suyo hacía que el agua explotara en cascadas, y su presencia era tan abrumadora que incluso los seres más fuertes de ese planeta se pondrían en guardia al verla.

Pero Daverion seguía allí, sentado, sereno, completamente indiferente al caos que esa bestia colosal había desatado frente a él.

Su expresión no cambió ni un segundo, como si la furia del monstruo fuera apenas una brisa a su alrededor.

Daverion observaba a la serpiente con una calma casi desconcertante.

—¿Por qué tanto ruido?

—murmuró, casi divertido—.

Solo eres una pequeña serpiente.

He pescado cosas mucho más grandes cuando vagaba por el universo.

Su voz no subió de tono; era suave, relajada, como si estuviera comentando el clima.

Esa serenidad contrastaba brutalmente con el caos del lago y con la criatura colosal que lo encaraba.

La serpiente, al escuchar aquellas palabras, liberó un aura asesina tan densa que el aire se volvió pesado, casi sólido.

Su cuerpo entero vibraba con furia.

Desde sus ojos reptilianos emanaba un odio ardiente, una indignación que parecía incendiar el agua que aún goteaba de sus escamas.

En su interior, pensamientos salvajes se agitaban como tormentas.

¿Cómo se atreve?

Ese humano diminuto, sin poder, sin nada que lo distinga… ¿Cómo se atreve a intentar pescarme a mí?

Las olas seguían rompiendo a su alrededor mientras su mente rugía.

Yo soy el soberano de estas aguas.

Una de las criaturas más poderosas de todo este planeta.

Ni siquiera los emperadores de las grandes dinastías, portadores de linajes antiguos y temidos, se atreverían a provocarlo de ese modo.

Todos ellos lo respetaban, lo temían, lo rodeaban con cautela.

Pero aquel joven… Aquel humano corriente… Aquel ser que no mostraba ni el más mínimo rastro de cultivo… ¿Cómo?

¿Cómo pudo obligarme a salir?

La serpiente no podía comprenderlo.

No veía energía espiritual en él.

No percibía fuerza, ni presión, ni ninguna señal de poder.

Era como estar frente a un estanque vacío, una presencia sin ondulaciones.

Y aun así… Allí estaba ella, arrancada de sus profundidades por algo que no alcanzaba a comprender.

La indignación ardió aún más fuerte en su pecho.

Esto no tiene sentido.

No lo acepto.

No lo tolero.

La serpiente abrió su boca, y de inmediato el aire a su alrededor pareció quebrarse.

En el interior de su garganta se formó un torbellino de energía, succionando cada partícula del entorno como si el mundo entero respirara hacia adentro.

La luz del ambiente se curvó, los vientos se detuvieron, y hasta las sombras se estiraron hacia aquella fauce abierta que devoraba todo.

La acumulación de poder era tan densa que el espacio temblaba, vibrando como una cuerda tensada al límite.

Entonces la serpiente atacó.

La energía reunida se comprimió en un punto feroz y estalló hacia afuera, convertida en un rayo de luz tan intenso que el cielo cambió de color al instante.

El rayo fue arrojado directamente hacia Daverion.

Al avanzar, su trayectoria dividió las aguas del lago en dos paredes gigantescas, separándolas como si un océano entero se partiera obedeciendo a una voluntad rabiosa.

Cualquier cosa que se encontraba en su camino —piedras, plantas, criaturas, incluso el aire mismo— se desintegraba sin dejar rastro.

El lago tembló.

La tierra se agitó.

El mundo pareció contener el aliento.

Y el rayo siguió su curso, directo hacia él.

Realmente podría haber evitado todo este espectáculo, todo este disturbio.

Bastaba con mostrar un mínimo rastro de mi aura, una fracción de mi poder, y esta criatura habría caído de rodillas sin hacer ruido.

Incluso podría suprimirlo, comprimirlo hasta volverlo diminuto, sostener a este ser en la palma de mi mano como si fuera una lombriz y aplastarlo con un simple cierre de dedos.

Tan fácil.

Tan trivial.

Pero ¿qué sentido tendría?

Daverion dejó escapar una risa suave, casi perezosa, que se desvaneció sobre el viento.

Era más entretenido así.

Más interesante.

Más vivo.

—¿Cómo mostraría mi grandeza de otro modo?

—murmuró, dejando que una sonrisa traviesa curvara sus labios.

Había un brillo particular en sus ojos, el tipo de brillo que nace cuando uno se divierte con algo que, para cualquier otro, sería terror puro.

Un suspiro se escapó de su pecho, largo y profundo, cargado de una nostalgia que rozaba lo eterno.

—Supongo que todo eso hace la vida más interesante —comentó en voz baja—.

Después de todo… ya ha pasado tanto tiempo.

Sus palabras se perdieron en el aire, como si el mundo mismo escuchara con respeto.

Daverion permaneció allí, inmóvil, con la misma calma despreocupada de antes.

Sin embargo, cuando alzó la mano, su poder se desató.

Aquella presencia que hasta ese momento había pasado completamente inadvertida para todos los seres de este mundo se volvió imposible de ignorar.

El mundo tembló.

Los cielos tronaron como si estuvieran por partirse.

Cada persona viva en la superficie del planeta —desde el humilde granjero hasta reyes y emperadores encerrados en sus palacios— tembló sin comprender la razón.

Los líderes de las grandes sectas quedaron consternados, incapaces de explicar aquel fenómeno que hacía estremecer sus almas.

En la Corte Celestial, suspendida en lo alto del cielo, los miembros del consejo cambiaron radicalmente su semblante.

Rostros antes serenos se tornaron en puro asombro, miedo y desconcierto mientras observaban la transformación del mundo provocada por aquella presencia devastadora.

Todos, sin excepción, dirigieron su conciencia hacia la fuente del poder.

Y lo que vieron los dejó sin palabras.

Un joven.

Solo un joven cuya sola existencia provocaba una presión tan descomunal que sus corazones parecían a punto de romperse.

Mientras levantaba su mano, en la punta de uno de sus dedos comenzó a formarse un pequeño sol: una esfera brillante y compacta, tan densa en luz y calor que parecía contener en miniatura la furia de una estrella real.

A medida que ese sol crecía, un calor abrasador se extendía por el mundo, devorando todo lo que tocaba.

Cuando alcanzó su plenitud, el lago inmenso a los pies de Daverion perdió una quinta parte de su volumen al instante, evaporado en un suspiro.

La serpiente, testigo directo de aquel horror, sintió cómo el terror se apoderaba de su cuerpo entero.

Su aliento se volvió frenético.

La desesperación la inundó.

El arrepentimiento la corrompió.

El calor del sol comenzó a derretir sus escamas como si fueran manteca bajo una llama divina.

—S-señor… por favor… no me destruya —imploró la serpiente, con la voz temblorosa—.

No sabía quién eras… no te reconocí… Soberano de la Luz, ¿por qué ensuciarte las manos con alguien tan insignificante como yo?

Daverion solo rió suavemente.

Y luego arrojó el sol.

La esfera que había creado era tres veces más grande que el lago mismo.

Al caer, la superficie del agua se evaporó en cuestión de segundos, y toda forma de vida en su interior fue consumida sin resistencia.

El rayo que la serpiente había disparado antes chocó contra el sol, pero lejos de detenerlo, fue devorado por él, aumentando aún más su tamaño y poder.

La serpiente intentó huir con desesperación, pero apenas movió un músculo descubrió que no podía.

Su cuerpo se negaba a obedecerle.

Las cadenas invisibles del miedo y la energía de Daverion la paralizaban por completo.

Pero nada de eso importó.

Cuando el sol entró en contacto con su cuerpo, Daverion pronunció una sola palabra, una sentencia final que marcó el destino de todo.

—Explosión solar.

El sol estalló.

La explosión arrasó con todo: la serpiente, el lago y las montañas que lo rodeaban.

El espacio mismo se rasgó; partes de él se derritieron, distorsionándose como vidrio bajo un fuego infernal.

El sonido de la explosión retumbó por toda la región, alcanzando incluso la Corte Celestial.

Y sin embargo… Daverion seguía allí.

De pie en el mismo lugar.

La zona que lo rodeaba, ni siquiera un metro cuadrado, permanecía intacta, completamente ajena a la destrucción absoluta que se extendía más allá de sus pies.

Todo el poder, toda el aura abrumadora que había manifestado, desapareció al instante.

Solo quedaba un joven sencillo, sin ningún rastro visible de poder, como si nada hubiera sucedido.

—Si no tuviera poder, me habrías destruido, pequeña serpiente —dijo con voz tranquila, mirando el enorme cráter humeante—.

Solo salí a jugar.

Estaba paseando, vi este enorme lago y quise pescar.

Luego iba a soltarte… pero no supiste comportarte.

Y este es el resultado de ello.

Daverion contempló en silencio las ruinas y la desolación.

El humo se elevaba lentamente, como si el mundo aún intentara procesar lo ocurrido.

—Debería ir a la Corte Celestial de este mundo y saludar… —murmuró con tono juguetón.

Por un instante imaginó el caos, el temblor en sus rostros, el silencio forzado.

Todo eso le habría resultado divertido… hacía mucho tiempo.

—No.

Mejor no —concluyó—.

Sería perder tiempo, y el tiempo es más corto de lo que creen.

El viento pasó a su lado como un suspiro cansado, levantando polvo y ceniza.

Entonces, una sensación tenue rozó la profundidad de su ser.

No era una voz ni un sonido, sino un eco antiguo que vibraba en algún lugar más allá del cielo y del mundo.

Un llamado.

Familiar.

Olvidado.

Imposible.

Daverion entrecerró los ojos.

—Ah… ya veo —susurró—.

El cauce comienza a agotarse.

Caminó alejándose del cráter, sin prisa, como quien sigue un sendero ya recorrido en sueños.

—Este universo pronto llegará al final de su río —dijo despacio—.

Y cuando eso ocurra, todos desaparecerán.

Incluso nosotros, los soberanos.

Una sonrisa tranquila acompañó sus últimas palabras.

—Supongo que es hora de prepararme.

Después de todo… el llamado siempre vuelve.

Y Daverion siguió avanzando, dejando atrás un mundo que aún no comprendía lo que había despertado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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