EL SEÑOR DEL PECADO DIVINO - Capítulo 10
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10: El tablero del soberano 10: El tablero del soberano En el centro del pabellón estaba Daverion.
Se encontraba sentado sobre un asiento bajo, firme y simple, cercano al suelo, sin imponerse.
Su presencia no necesitaba altura para ser central; bastaba con estar allí.
El pabellón parecía organizado alrededor de él, como si su quietud marcara el equilibrio del lugar.
El aire era limpio y estable, perceptible al respirar, cargado de una calma que no pesaba, pero tampoco se disolvía.
Frente a Daverion se encontraba un ajedrez, dispuesto sobre una mesa pequeña, cuadrada, de madera.
La mesa no tenía patas ni encajes visibles.
No estaba sostenida por nada y, aun así, permanecía inmóvil, suspendida en el aire con una estabilidad absoluta.
No oscilaba, no descendía, no respondía al movimiento del entorno.
Simplemente flotaba, como si el espacio hubiera aceptado sostenerla.
La madera era oscura y lisa al tacto, pulida con cuidado, sin brillo innecesario.
No parecía nueva ni gastada.
Sobre ella, el tablero permanecía alineado frente a Daverion, esperando, silencioso, atento.
—Qué buena escena —comentó Daverion.
Su voz fue tranquila, casi contemplativa, y al oírla el silencio no se rompió; se acomodó.
—Alguien debería pintar todo esto y capturarlo.
Sería una obra de arte.
Guardó silencio un instante, como si evaluara no la partida, sino la composición misma del momento.
—Mejor aún —añadió—, narrar esto… y que sea recitado en todo el mundo.
Entonces Daverion comenzó a describirlo.
No como quien explica, sino como quien nombra.
Sobre un pabellón se extiende un cielo cubierto de estrellas, profundo, silencioso, inagotable.
Una luna llena, inmensa, domina la noche y se siente cercana, tan clara que su luz parece descender sin esfuerzo, como si siempre hubiera pertenecido a este lugar.
Cerca de ella, estrellas fugaces cruzan el firmamento y desaparecen, breves, precisas, dejando solo la certeza de que han pasado.
Esa luz cae sobre un lago inmenso.
El agua la recibe y la refleja como un espejo vivo, y al moverse la fragmenta en ondulaciones lentas que se expanden sin prisa.
Peces koi emergen de la superficie, trazan arcos suaves en el aire y regresan al lago; al caer, el reflejo se rompe y el sonido del chapoteo se extiende, claro, real.
El viento sopla y desplaza las flores; las desprende y las deja caer sobre el agua.
El lago responde con un murmullo constante, grave y sereno.
A lo lejos se percibe la fauna: animales invisibles que habitan la noche y la sostienen con su presencia silenciosa.
En medio de todo ello, un soberano permanece.
Joven en apariencia, antiguo en presencia.
No endurecido por el tiempo ni debilitado por él, sino intacto, sostenido por una calma que no necesita imponerse.
Frente a él, el ajedrez aguarda.
Guarda el pasado en silencio.
Observa el presente sin intervenir.
Espera la mano que revele aquello que separa el ahora del futuro.
Daverion calló.
Frente a él, el ajedrez continuó esperando.
Y el mundo, por un instante, pareció hacer lo mismo.
En el centro del pabellón, Daverion alzó la mano.
El aire pareció vibrar con su gesto, denso y cargado, como si el espacio mismo contuviera la respiración.
Ante él comenzaron a formarse figuras suspendidas en la nada.
Primero, una serpiente, serpenteante y silenciosa, su cuerpo emitiendo un brillo sutil que iluminaba tenuemente el pabellón.
Luego la Corte Celestial, etérea y fragmentada, componiendo un coro de presencias que parecían sostener universos en cada gesto.
Mael surgió después, sólido y calculador, y Theron, elegante y exacto, se posicionó junto a él.
La séptima sombra apareció densa y oscura, absorbiendo la luz a su alrededor.
Una figura incompleta, vacilante y difusa, osciló un instante.
Finalmente, Kel emergió, firme, como un pilar de fuerza contenida.
Cada figura se elevó lentamente, flotando en un espacio que no obedecía gravedad ni tiempo.
Primero la serpiente; luego la Corte Celestial se fusionó con ella.
Cada nueva presencia se combinó sucesivamente, hasta que la última en elevarse fue la figura incompleta, suspendida con un peso que hacía sentir al pabellón la densidad de su existencia.
Daverion la observó con atención.
Su mirada recorrió la tensión contenida de Theron, la quietud deliberada de Mael, la densidad oscura de la séptima sombra.
Había pleno reconocimiento en sus ojos, un cálculo y una fascinación imposibles de ocultar.
—Es complicado leer a un soberano —murmuró—.
Luego añadió, con una sonrisa apenas perceptible: —El que está detrás de la séptima sombra debería ser él.
Permitió que la figura incompleta se uniera a las demás.
Al final, todas se condensaron en una sola presencia, un ser sin rasgos, sin género, indistinguible en apariencia, pero repleto de contenido.
Contenía pensamientos, miedos, preocupaciones, inteligencia, astucia, gustos, odios y rencores.
Su presencia tensó el aire; el pabellón pareció inclinarse hacia él y el silencio se volvió absoluto.
—Arte Celestial… Pecado Divino —dijo Daverion—.
Un arte que me permite acceder al todo de una persona, a partir del pecado.
Se reclinó levemente.
—Esta es nuestra segunda partida.
Esta vez hay más variables.
Daverion comenzó el juego y avanzó la primera pieza.
Un movimiento simple, casi trivial.
—No fue una coincidencia que llegara a este planeta.
Su mirada abarcaba el tablero completo.
—Solo aquí existía una posibilidad real de que la Séptima Sombra se acercara.
El oponente permanecía inmóvil.
No había gesto, pero Daverion percibía la tensión.
—No me interesa la organización —continuó—, sino el que está detrás de ella.
Movió otra pieza.
—Su arte marcial es único.
Cada pieza representaba una voluntad externa.
—La Corte Celestial de este planeta tiene un infiltrado de la Red.
Una presión lateral.
—De una de las organizaciones de recolección de información más grandes.
—Que yo usara mi poder para conmocionar a todo el planeta no fue un capricho.
Ofreció una pieza.
—Pobre serpiente.
Actuó contra su voluntad.
—¿Dónde una bestia de su nivel atacaría sin razón?
—se preguntó—.
Aun sabiendo que fue extraída a la fuerza.
—Había orgullo en ti.
Poco, pero suficiente.
—Ni siquiera te diste cuenta.
El tablero respondió como había previsto.
—Mostré mi poder para que todos lo notaran, pero sobre todo ese infiltrado.
—Notificó a la Red.
No se atrevería a investigarme solo.
—Acudirían a otra organización.
—Dos opciones.
Solo una apuntaba hacia mí.
—La Séptima Sombra.
—Hasta aquí llegó la primera partida.
Reanudó el juego.
—La llegada de Mael y Theron fue deducida previamente.
—Ahora, continuemos.
—Mael notificó algo que no habría hecho sin influencia.
—Tu pecado: egoísmo.
—A través de él, accedí a ti.
—La Séptima Sombra no solo notificaría a su cliente.
—También a quien está detrás de ellos.
Kel entró en juego.
—Kel divulgará la información.
—El primero al que notificará será el primero.
—Solo él detectará el mensaje oculto en el video de Mael.
—La gran conferencia se adelantará.
—Y el soberano detrás de la Séptima Sombra ya debió moverse.
—Por curiosidad.
Colocó la última pieza.
—El tablero ya lo está empujando hacia mi.
El tablero quedó inmóvil.
—Jaque mate.
Daverion retiró la mano.
—Gané.
Todos los objetivos se cumplieron.
Guardó silencio.
—Cualquier persona, criatura o entidad implicada en un evento relacionado conmigo se convierte en una pieza.
—Cada acción, cada decisión, cada error y cada acierto se convierte en una pieza.
—Todo se mueve bajo mi visión.
—Todo permanece dentro de mi juego.
El ajedrez siguió allí, intacto.
La partida había terminado.
Y aun así, continuaba más allá del tablero.
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